Despertar en Manhattan (Sal y Sándalo 2) 19. 19
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Doscientas personas. Victoria lo supo dos semanas antes porque Eleanor le entregó la lista definitiva de invitados con la misma eficiencia con la que le habría entregado un informe de gestión: sin excesos, sin falta de nada, con cada nombre en el lugar que le correspondía por razones que Eleanor nunca explicaba porque en su sistema las razones eran evidentes o no eran razones.

La casa estaba terminada. El equipo de Deering había resuelto en octubre los últimos detalles pendientes —los apliques del pasillo de la planta alta, la moldura de la sala de lectura que no había quedado a plomo en la primera instalación, la grieta mínima en el suelo de piedra del porche trasero que el invierno anterior no había estado en condiciones de provocar porque la casa no había existido todavía.

Berenice había llegado con Julian a primera hora del viernes, en el coche de Charles, con los sacos de dormir y los biberones y el aparato de ruido blanco que Julian necesitaba para dormir en sitios nuevos y que Berenice transportaba con la solemnidad de un instrumento quirúrgico .

Victoria había pasado el viernes revisando la casa con la lista de Deering y añadiendo tres anotaciones propias que Deering recibiría el lunes siguiente.

Luego había recorrido las habitaciones sola, en el orden inverso al que había llevado a Adrienne en junio: primero la biblioteca, luego la cocina, luego el porche trasero donde en junio el estanque todavía olía a verano y donde en diciembre el frío lo había convertido en un espejo mate y gris que no reflejaba nada porque no había suficiente luz que reflejar.

Se había quedado en el porche trasero durante un rato.

El frío de diciembre en los Hamptons no es el frío de Manhattan: no hay edificios que lo canalicen ni asfalto que lo absorba.

Es el frío del océano que llega sin intermediarios, con sal y con la velocidad del viento que en invierno tiene en esa costa la calidad de algo que no le importa lo que encuentra en su camino.

Victoria lo había recibido de frente, sin el abrigo que había dejado sobre el sillón del porche, con solo la chaqueta del traje de noche que llevaría esa noche, y había pensado que el frío del Atlántico en diciembre era probablemente lo más honesto que había sentido desde junio.

La fiesta empezó a las ocho. Los coches llegaron por el camino de grava con esa regularidad de los eventos bien organizados, donde los invitados tienen una razón para no llegar ni demasiado pronto ni demasiado tarde.

Los camareros con bandejas de champán en el vestíbulo.

Las orquídeas que Eleanor había traído de un invernadero de Bridgehampton porque en diciembre no hay flores de temporada que merezcan ese salón.

La orquesta de cámara en la sala contigua al comedor, tocando a un volumen que permitía la conversación porque Eleanor había especificado que la música debía ser fondo y no protagonista, que era una distinción que la mayoría de los organizadores de eventos no entendían y que Eleanor consideraba fundamental .

Charles recibía a los invitados en el umbral con esa disposición suya para hacer que cada persona que llegara sintiera que era la más esperada de la noche, que era un talento genuino y que en ese contexto resultaba exactamente el correcto.

Victoria estaba a su lado, con el vestido de seda azul oscuro que Eleanor había aprobado la semana anterior, recibiendo y sonriendo con la temperatura exacta de cada momento.

Marcus llegó a las ocho y cuarto con su novia de entonces, una chica de Flushing que estudiaba Derecho y que esa noche llevaba un vestido rojo que en ese salón contrastaba con todo de una forma que no era exactamente un error pero que no era exactamente lo correcto tampoco.

Marcus llevaba un traje oscuro que le quedaba un poco grande en los hombros, como todos sus trajes, y que con el tiempo aprendería a mandar al sastre antes de ponérselo, pero que esa noche llevaba con la determinación de alguien que sabe que la ropa no es su terreno y que ha decidido no preocuparse por ello.

Saludó a Victoria con la formalidad que había aprendido a usar en los eventos sociales de la empresa —un paso atrás del que usaría en la oficina, sin exceso de confianza pero sin servilismo— y le dijo que la casa era extraordinaria.

—Gracias, Marcus —dijo Victoria.

Marcus asintió y siguió hacia el interior. Su novia le dijo algo al oído. Marcus sonrió.

Eleanor presidía el extremo del salón principal con la postura de alguien que ha llegado antes que todos y que no necesita saludar porque es el eje al que los demás se acercan.

Julian estaba en brazos de Berenice en la habitación habilitada para él en la planta alta, con el aparato de ruido blanco y la temperatura exacta que Berenice había negociado con el sistema de climatización esa tarde.

De vez en cuando subía alguien a verle, generalmente una mujer de la generación de Eleanor que consideraba el bebé de nueve meses la parte más importante de la velada, y Berenice lo sostenía con la paciencia de quien ha aprendido que los bebés son mejores anfitriones que sus padres en determinados contextos.

Victoria saludó. Conversó. Bebió el champán correcto en los momentos correctos y dejó los vasos en las bandejas de los camareros cuando habían cumplido su función social de estar en la mano.

Escuchó al almirante Patterson hablar de la expansión del presupuesto de defensa tecnológico con la proporción exacta de atención que el tema merecía en esa noche.

Intercambió con Gerald Muñiz tres frases sobre los contratos gubernamentales de Vance Dynamics que Muñiz pronunció dos veces con su nombre de pila cada una.

Le dijo a la señora Kimball que sí, que la reforma había sido un proceso largo pero que el resultado merecía la espera, y la señora Kimball dijo que la sala de lectura era la habitación más hermosa que había visto en un Hamptons desde que los Morrison renovaron su propiedad en el noventa y uno, que era el cumplido más específico que una mujer de ese círculo podía hacer.

A las nueve y media, con la velada en su pico de conversación y ruido, Marcus la encontró en el ángulo del salón donde el aparador de caoba recibía la luz de las lámparas de manera que la parte de la sala que había detrás era más oscura que el resto.

—La señora Loomis llegó hace unos minutos —dijo Marcus, en voz baja, con ese tono que usaba cuando le traía información que no sabía exactamente cómo clasificar pero que sabía que importaba.

Victoria no preguntó cómo lo sabía. Marcus sabía todo lo que ocurría en cualquier sala donde su jefa tuviera intereses, que era un rasgo que había cultivado con la misma aplicación con la que había cultivado los balances y los protocolos de reunión.

Era su forma de pagar una lealtad que llevaba dieciocho meses contrayendo sin que nadie le hubiera pedido que lo hiciera .

—¿Dónde? —dijo Victoria.

—Cerca de los ventanales del comedor. Con alguien.

Con alguien. Las dos palabras más largas de la noche.

Marcus se alejó hacia la barra con discreción.

Victoria se quedó en el ángulo oscuro del aparador durante un momento, con la copa de champán en la mano, mirando el salón sin mirar nada en particular, que era la forma en que se miran los espacios cuando se está buscando algo específico y no se quiere que se note que se busca.

Luego se movió hacia el comedor.

La casa de Georgica Pond en diciembre con doscientas personas y las lámparas de araña encendidas era completamente diferente de la casa de Georgica Pond en agosto con una linterna y una tormenta.

El salón principal, con los ventanales colosales que en agosto recibían el Atlántico y en diciembre reflejaban el interior iluminado como si la noche exterior no existiera, tenía esa calidad de los espacios que han sido diseñados para un propósito específico y que lo cumplen exactamente.

La caoba de la sala de lectura, visible a través de las puertas abiertas, absorbía la luz de las velas que Eleanor había insistido en colocar sobre las estanterías como si los libros necesitaran luz propia además de la general.

Era una casa hermosa. Victoria lo supo en ese momento, cruzando el umbral del comedor, de una forma diferente a como lo había sabido mientras la construían o mientras la recorría con los planos: esta vez lo supo desde fuera, como lo sabría cualquier persona que llegara sin historia previa, y eso tenía algo de extraño y algo de alivio.

La vio junto a los ventanales.

Adrienne llevaba un vestido negro de corte recto, sin adornos, con los mismos pendientes discretos que usaba siempre en los actos formales.

El cabello cortado a la mandíbula, igual que siempre.

A su lado, con la mano en la pequeña de su espalda con ese gesto que pertenece a las personas que están con alguien y quieren que se sepa que están con alguien, había una mujer de unos cuarenta años con el cabello rubio recogido y una copa de champán en la mano con la que gesticulaba mientras hablaba con el señor Hartwell.

Adrienne no miraba hacia la entrada del comedor.

Victoria se detuvo en el umbral durante el tiempo que tardó en decidir si entrar o girar hacia el salón.

Entró. Bordeó el grupo de los Asikainen, que seguían en Manhattan desde el verano por razones profesionales y que habían aceptado la invitación con la puntualidad característica de quien aprecia las casas bien construidas.

Saludó al director legal de Boston, que había traído a su mujer esta vez.

Intercambió con alguien cuyo nombre no registró una frase sobre el año fiscal que tampoco registró.

En ningún momento de los veintidós minutos que pasó en el comedor se encontró con los ojos de Adrienne.

Era una de esas cosas que pueden ocurrir en una sala de cuarenta personas de dos formas distintas: porque no se está buscando, o porque se está buscando y se está evitando al mismo tiempo. Esta era la segunda.