20. 20
La subasta de arte del otoño era uno de los eventos del calendario neoyorquino que funcionaban como un organigrama social actualizado: quién compraba qué, a qué precio, con quién pujaba y a quién cedía la puja eran informaciones que circulaban en el entorno financiero con la misma importancia que los balances trimestrales y más velocidad.
Victoria llegó cuando ya habían rematado los primeros seis lotes.
Encontró su asiento en el extremo del tercer bloque de sillas, junto a la pared, que era donde el equipo de relaciones institucionales de Vance Dynamics le reservaba siempre en este tipo de actos: suficientemente visible para que su presencia tuviera el efecto corporativo que se esperaba, suficientemente lateral para que pudiera salir sin interrumpir nada si la operación lo requería.
El lote diecisiete era una acuarela grande de un pintor de la escuela abstracta de San Francisco que la sala de subastas había valorado en doscientos cincuenta mil y que Victoria había decidido comprar para la fundación familiar con independencia del precio de remate, porque la obra en cuestión tenía la calidad de los trabajos que se sostienen solos en una pared y no necesitan que nadie les explique por qué están ahí.
Estaba estudiando el catálogo cuando la vio.
Cuatro filas más adelante y tres asientos a la izquierda: el perfil que conocía de memoria.
El cabello cortado a la mandíbula, ahora con algunas canas en las sienes que a esa distancia y con esa luz se veían como hilos plateados sobre el negro.
La misma postura. La misma forma de sostener el catálogo: apoyado en el muslo, con una sola mano, sin el gesto de quien lo estudia sino el de quien ya lo ha estudiado y ahora simplemente lo tiene encima.
Cuatro filas. Tres asientos. Una sala de doscientas personas entre ellos y la posibilidad de no haberse visto.
Pero Adrienne giró la cabeza tres segundos después, con esa precisión suya que no necesitaba buscar para encontrar, y sus ojos se cruzaron con los de Victoria durante el tiempo exacto en que dos personas deciden si reconocerse o no reconocerse.
Se reconocieron.
Adrienne asintió una vez. Brevemente, con la inclinación mínima de la cabeza que sirve para confirmar que algo ha ocurrido sin añadir nada a lo que ya era.
Victoria asintió también. Luego las dos bajaron la vista al catálogo, en el mismo momento, con la sincronía de algo practicado aunque nunca hubieran practicado exactamente esto.
El lote diecisiete se remató en trescientos ochenta mil. Victoria lo compró con la señal que el agente de Vance Dynamics hizo desde el lateral de la sala. Adrienne pujó por el lote diecinueve, una pieza de escultura en bronce que se fue a cuatrocientos veinte, y ganó.
Al terminar la subasta, la sala se disolvió con la lentitud característica de los eventos donde la salida es parte del evento: quién habla con quién al salir, en qué orden, durante cuánto tiempo. Victoria recogió su abrigo y su bolso y tomó la salida lateral que era la más rápida hacia la calle.
No miró hacia atrás.
En la acera de York Avenue, el frío de octubre tenía la calidad limpia de los primeros días en que el otoño se convierte en algo real y no solo en un cambio de calendario. Se subió al cuello del abrigo. Levantó la mano para parar un taxi.
Cuando el taxi arrancó hacia el oeste, tuvo la certeza de que Adrienne había tomado la misma salida lateral treinta segundos después y que en ese momento estaba en la misma acera mirando hacia el mismo taxi que se alejaba. No se giró para comprobarlo. No necesitaba comprobarlo.
En la muñeca izquierda, el aceite de sándalo olía exactamente igual que tres años antes.
***
Febrero de 2003. Sala de juntas, One World Financial Center.
El consejo de administración conjunto de Vance Dynamics y sus tres principales fondos de inversión institucional se celebraba en febrero de cada año, en el edificio del World Financial Center que había reabierto dieciséis meses antes con la meticulosidad de las instituciones que entienden que reabrir después de algo así requiere hacerlo exactamente igual que antes, sin gestos grandiosos ni cambios de imagen.
La mesa del consejo tenía veintidós sillas. Victoria presidía desde el extremo norte. En el extremo sur, representando a Kestrel Partners, que seguía siendo socio institucional de Vance Dynamics desde la ronda de 1995, estaba Adrienne.
Llevaban tres años sin verse en un espacio tan reducido.
La reunión duró cuatro horas. Los temas eran los temas de las reuniones de ese tipo: proyecciones de crecimiento, expansión al mercado asiático que Victoria había estado postergando desde 2001 y que el consejo consideraba ineludible, las implicaciones del nuevo marco regulatorio federal sobre cifrado que el Congreso había aprobado en diciembre y que en la práctica era exactamente lo que Victoria había estado anticipando desde 1995.
Adrienne intervino tres veces. La primera para cuestionar las proyecciones del mercado de Singapur con la misma brutalidad quirúrgica con la que había cuestionado las proyecciones de penetración del este en aquella sala de juntas de Kestrel ocho años antes.
La segunda para proponer una estructura de financiación de la expansión asiática que el equipo de Marcus no había considerado y que era objetivamente mejor que la que habían preparado.
La tercera para preguntar, al hilo de la discusión sobre el marco regulatorio, si Vance Dynamics tenía posición tomada sobre el debate de la encriptación de extremo a extremo en los dispositivos de consumo, que era la pregunta correcta y que nadie más en la mesa había hecho.
Victoria respondió a las tres intervenciones con la misma temperatura con la que habría respondido a cualquier otro consejero institucional: precisa, directa, sin exceso de elaboración.
El equipo de Marcus tomaba notas. Los representantes de los otros fondos participaban con la proporción habitual de sus respectivas carteras.
Eleanor, que era consejera independiente en representación del patrimonio familiar, escuchaba desde el extremo de la mesa con esa postura suya de quien ya ha calculado todo lo que se va a decir antes de que se diga y está simplemente verificando que sus cálculos eran correctos.
Al terminar la reunión, los participantes se dispersaron con la eficiencia de las personas que tienen agendas llenas y que no necesitan extender los encuentros más allá de su propósito.
Adrienne recogió sus documentos, intercambió dos frases con el representante de Goldman Sachs sobre algo que Victoria no alcanzó a escuchar, y se dirigió hacia la salida del pasillo norte .
Victoria estaba recogiendo sus propias carpetas cuando Marcus se acercó y dijo, en voz muy baja, con la economía de palabras que había perfeccionado a lo largo de ocho años de servicio:
—La propuesta de financiación de Loomis. ¿La estudiamos?
—Sí —dijo Victoria—. Con los números reales, no los que ella trajo.
Marcus asintió. Se fue.
Victoria terminó de recoger. Miró la sala vacía durante un segundo: la mesa de veintidós sillas, las ventanas que daban al Hudson con la calidad de febrero sobre el agua gris, las sillas devueltas a su posición original por los asistentes que habían entrado a limpiar con esa eficiencia invisible de los espacios institucionales que se rehacen solos entre una reunión y la siguiente.
Salió al pasillo norte. Adrienne estaba en el ascensor, sola, con el abrigo puesto y la cartera bajo el brazo. Las puertas empezaban a cerrarse.
Victoria no aceleró el paso. Las puertas se cerraron.
En el ascensor siguiente, sola, Victoria miró los números bajar en el panel digital y pensó que en cuatro horas de reunión habían hablado exactamente tres veces, que las tres veces habían sido sobre el trabajo, y que eso era exactamente lo que era posible entre ellas en ese contexto y que era suficiente para el propósito de ese día.
La propuesta de financiación de Adrienne era objetivamente mejor. Marcus lo confirmaría el martes.
***
Mayo de 2014. Iglesia de San Bartolomé, Park Avenue.
Charles Vance murió en una mañana de septiembre de 2013, en la pista de tenis del Maidstone Club, de un aneurisma que el médico de urgencias describió como masivo e instantáneo, que era la forma médicamente precisa de decir que no hubo tiempo para nada.
Tenía cincuenta y cinco años. Llevaba un polo azul claro y sus zapatillas de tenis favoritas, que eran blancas con un ribete verde que había elegido él mismo en la tienda de deportes de la Madison y que cuando Victoria las vio en la bolsa del hospital tardó un momento en reconocer como las zapatillas con las que había salido esa mañana de casa.
El funeral se celebró en mayo porque así lo había dispuesto Charles en el testamento, redactado con Tobias Ellery cinco años antes, que decía textualmente que quería que la gente viniera con el tiempo justo para recordarlo bien y no con el agotamiento del duelo inmediato.
Era una disposición que en su momento había parecido excéntrica y que en la práctica resultó ser la muestra más clara del carácter de Charles que Victoria había conocido: que incluso en la instrucción de su propio entierro había pensado en la comodidad de los demás antes que en la suya.
La iglesia de San Bartolomé tenía cuatro siglos de oficio para los funerales de las familias del Upper East Side y lo ejercía con la discreción de quien no necesita recordarle a nadie su propia competencia.
Quinientas personas, que era el número que cabía en la nave principal con las sillas adicionales que el párroco colocaba para los actos importantes.
Eleanor en la primera fila, con un traje negro de corte impecable que había comprado específicamente para ese día, que era lo que hacía Eleanor cuando algo importaba: prepararse antes de que ocurriera para no tener que prepararse cuando ya estuviera ocurriendo.