Despertar en Manhattan (Sal y Sándalo 2) 7. 7
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No los buscaba. Los encontró detrás del maletín, doblados sobre una silla de respaldo bajo que Victoria usaba para dejar la ropa de recambio cuando se quedaba hasta tarde.

Eran unos vaqueros rectos, de un azul sin desgastar que indicaba compra reciente, sin etiquetas de marca visible, del tipo que no se vende en los sitios donde Victoria compraba su ropa.

—¿Son tuyos? —preguntó Charles esa noche, con esa ingenuidad suya que no era exactamente ingenuidad sino la tranquilidad de un hombre que no espera motivos para sospechar.

—Sí —dijo Victoria, sin levantar la vista del informe que tenía sobre las rodillas—. Los compré para estar más cómoda en la oficina cuando trabajo hasta tarde. La ropa de sastre después de diez horas resulta incómoda.

—Tiene sentido —dijo Charles. Y no preguntó más, porque para Charles las cosas que tenían sentido se cerraban solas.

Pero Ruth Kagan no era Charles.

Ruth los había visto antes que Charles, dos semanas atrás, cuando había entrado sin llamar al despacho de Victoria buscando el cable del proyector y había encontrado los vaqueros sobre la silla, con una camiseta de algodón blanco doblada encima que tampoco era del tipo de ropa que Victoria guardaba en la oficina.

No había dicho nada ese día. Ruth tenía el sistema de sus silencios, que eran diferentes de los silencios de Eleanor —que eran acumulativos y estratégicos— y diferentes de los silencios de Charles —que eran simplemente ausencia de pregunta.

Los silencios de Ruth eran espera: dejaba que las cosas llegaran a ella sin ir a buscarlas, con la paciencia de alguien que sabe que la verdad tiene su propia velocidad.

Lo dijo un jueves, en la cocina pequeña del despacho, mientras esperaban que la cafetera terminara su ciclo.

Ruth era de esas personas que pueden sostener una conversación importante sin cambiar el ángulo del cuerpo, sin preparación visible, como si lo que van a decir hubiera estado siempre ahí y solo necesitara el momento apropiado.

—¿Cuándo la viste por última vez? —preguntó, mirando la cafetera.

—¿A quién?

—A quien llevas tres semanas pensando —dijo Ruth.

El café cayó en la jarra con ese sonido de goteo final que tienen las cafeteras cuando están a punto de terminar. Victoria cogió su taza.

—El lunes —dijo.

Ruth asintió. No preguntó quién. Desde los tiempos de Oakland, Ruth tenía la capacidad de construir el contexto de lo que le contaban con los fragmentos que recibía sin pedir los que faltaban.

—¿Es complicado? —preguntó.

—Todo es complicado —dijo Victoria.

—Eso no es una respuesta.

Victoria sirvió el café. Lo tomó sin azúcar, negro, que era como lo había tomado siempre hasta que conoció a Adrienne y descubrió que Adrienne lo tomaba igual, lo cual no era un dato relevante pero que había registrado de todas formas con la misma automaticidad con la que registraba todo lo que tenía que ver con ella.

—Es inversora de la ronda —dijo Victoria.

Ruth procesó eso.

—¿Es lo más complicado que podría haber elegido?

—Probablemente.

—¿Y lo más interesante?

Victoria miró la taza.

—Sí.

Ruth asintió por segunda vez. Cogió su propio café y lo llevó hacia la puerta, que era la forma que tenía de indicar que una conversación había terminado de decir lo que tenía que decir.

—Ten cuidado —dijo desde el umbral. No como advertencia. Como se dice ten cuidado a alguien cuando va a hacer algo que tiene riesgo y que de todas formas va a hacer.

Victoria dijo que sí. Ruth salió.

Ese mismo jueves, a las dos de la tarde, llegó el mensaje de Adrienne.

No por teléfono: un sobre cerrado entregado en mano por el servicio de mensajería interno de Kestrel, que Adrienne usaba para los documentos contractuales porque prefería el papel al fax para lo que importaba.

Dentro había una sola hoja: la dirección de una calle en el SoHo y las palabras «viernes, ocho de la tarde» escritas con la letra inclinada y eficiente que Victoria ya reconocía, y debajo, en una línea separada, solo: «No es una reunión de trabajo».

Victoria leyó la nota dos veces. Luego la dobló en cuatro y la guardó en el bolsillo interior del blazer, cerca del cuerpo, donde no se movería.

El viernes llegó con lluvia fina, la primera lluvia de verdad desde que había empezado el verano.

Manhattan con lluvia fina tenía una calidad diferente: más gris, más concreta, con los sonidos absorbidos por la humedad del aire y los charcos en las aceras reflejando las luces del tráfico como si la ciudad tuviera un segundo nivel debajo de sí misma.

La dirección era un edificio de ladrillo rojo en Broome Street, entre la Broadway y la Mercer, que desde fuera no indicaba nada excepto cuatro plantas y un telefonillo con números descoloridos.

Victoria pulsó el del cuarto piso a las ocho en punto, con el paraguas todavía goteando en la mano y los zapatos equivocados para la lluvia de julio.

—Sube —dijo la voz de Adrienne desde el telefonillo, sin el filtro de la estática que tienen los porteros automáticos viejos.

El ascensor era de los que cierran con reja metálica. Victoria subió los cuatro pisos oyendo los cables moverse sobre su cabeza con ese ruido de maquinaria que funciona hace décadas y seguirá funcionando porque nadie ha tenido motivo suficiente para cambiarla.

La puerta del loft estaba entreabierta.

Entró.

El espacio era grande, con los techos altos de los edificios industriales del SoHo que en los años setenta habían empezado a convertirse en estudios de artistas y que en 1995 eran todavía eso, antes de que el barrio terminara de transformarse en otra cosa.

Las ventanas del frente daban a Broome Street y la lluvia golpeaba el cristal con una regularidad suave.

El suelo era de madera oscura, antigua, con las marcas de uso de algo que había vivido mucho antes de que nadie pensara en protegerlo.

No había decoración en el sentido en que Victoria entendía la decoración: no había alfombras persas ni cuadros de marinas ni consolas de caoba.

Había estanterías hasta el techo con libros sin orden aparente, una mesa de trabajo con papeles y dos monitores de ordenador, un sofá largo de cuero verde que había visto días mejores y los seguía viendo, y en el centro del espacio una isla pequeña de madera donde había una botella de vino abierta y dos copas.

Adrienne estaba junto a la ventana, mirando la lluvia.

Llevaba una camisa de algodón azul marino, sin cuello, con las mangas enrolladas.

Sin zapatos. Era la primera vez que Victoria la veía descalza, y había algo en ese detalle —los pies sobre la madera oscura del suelo, sin el intermedio del cuero y la suela— que hacía que toda la escena fuera diferente de cualquier otra en la que habían estado.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Victoria.

—Tres años. Era el estudio de un escultor antes. Todavía hay marcas en el suelo de donde estaban las bases. —Adrienne se giró. La vio de arriba abajo, se detuvo un momento en los zapatos mojados—. Hay calcetines en el cajón de la derecha si los quiere.

Victoria miró hacia el cajón, que era parte de una cómoda pequeña junto a la entrada. Luego miró a Adrienne. Cerró el paraguas, lo dejó junto a la puerta, y se quitó los zapatos sin ir a buscar los calcetines.

El suelo de madera estaba frío bajo sus pies. Era un frío limpio, sin humedad, el frío de la madera que ha absorbido el calor del día y por las noches lo devuelve en una temperatura que es exactamente lo opuesto al frío del mármol.

Adrienne sirvió el vino. Borgoña blanco, que Victoria cogió sin comentarlo porque empezaba a reconocer los gustos de Adrienne con la misma facilidad con la que reconocía los suyos propios.

—¿Por qué el SoHo? —preguntó Victoria, mirando el espacio.

—Porque en Park Avenue no puedo pensar —dijo Adrienne—. El Upper East Side tiene demasiado silencio del tipo incorrecto. Aquí el ruido es honesto.

Victoria escuchó. La lluvia en Broome Street era efectivamente un ruido honesto: irregular, sin ritmo artificial, con algún coche pasando de vez en cuando y el sonido lejano de una sirena que se alejaba hacia el norte.

—La nota decía que no era una reunión de trabajo —dijo Victoria.

—No lo es.

—¿Entonces qué es?

Adrienne la miró desde el otro lado de la isla de madera. La botella de vino entre ellas, las dos copas, la lluvia en la ventana. Descalzas las dos sobre el suelo frío, que era una igualdad pequeña y concreta en un mundo lleno de diferencias que importaban demasiado.

—Es una pregunta —dijo Adrienne—. Que llevo tres semanas haciéndome y que esta noche voy a hacerle a usted.

—Hágala.

Adrienne dejó la copa sobre la isla. Se apoyó en el borde con las dos manos, en ese gesto que tenía de inclinarse ligeramente hacia delante cuando algo le importaba.

—¿Sabe lo que está pasando? —preguntó.

Victoria sostuvo la copa. La madera del suelo seguía fría bajo sus pies. La lluvia seguía en la ventana.

—Sí —dijo.

—¿Y qué va a hacer con ello?

Era la pregunta más difícil que alguien le había hecho en mucho tiempo, y lo era porque no tenía la respuesta preparada.

No había calculado la respuesta de antemano, no la había ensayado, no la había guardado en el sitio donde guardaba las cosas que no podía mostrar.

Estaba aquí, en un loft del SoHo con el suelo frío bajo los pies y el vino en la mano y los zapatos mojados junto a la puerta, y la respuesta no la tenía.

—No lo sé todavía —dijo. Era la segunda vez en pocas semanas que le decía a Adrienne que no lo sabía, y cada vez que lo decía pesaba un poco menos decirlo, que era una sensación nueva.

Adrienne asintió lentamente.

—Bien —dijo, y en esa sola palabra había algo que no era resignación ni tampoco acuerdo sino algo más parecido al reconocimiento de que no saber todavía era también una respuesta, y que podía sostenerse.

La lluvia siguió. Acabaron el vino sin prisa.

Hablaron de cosas que importaban y de cosas que no importaban, y Victoria no habría podido distinguir después cuáles eran cuáles, porque en ese loft con el suelo de madera y la botella vacía y la lluvia honesta en la ventana, la distinción no parecía necesaria.

Cuando Victoria se fue, pasadas las once, se puso los zapatos todavía húmedos y cogió el paraguas de junto a la puerta. Adrienne la acompañó hasta el ascensor de reja metálica.

En el umbral, antes de que Victoria entrara en la cabina, Adrienne dijo:

—El martes tengo el teatro. El miércoles una cena en Boston. El jueves estoy libre.

Victoria tiró de la reja del ascensor.

—El jueves —dijo.

Adrienne asintió. La reja se cerró. El ascensor empezó a bajar con el sonido de los cables sobre la cabeza, y Victoria miraba el ladrillo del hueco del ascensor pasar lentamente mientras bajaba, y pensaba que tres semanas antes no habría sabido decir a qué olía el loft del SoHo de Adrienne Loomis y que ahora lo sabía: a papel y a madera vieja y a algo amaderado, cálido, que no era exactamente ninguna de esas cosas sino las tres juntas más algo que no tenía nombre todavía pero que reconocería en cualquier otra habitación en la que lo encontrara, durante el resto de su vida.