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L a primera semana de julio llegó con el calor húmedo que convierte Manhattan en una ciudad diferente: más lenta, más ruidosa, con ese olor a asfalto caliente y a basura aguardando recogida que el aire acondicionado de los edificios intenta borrar y nunca logra del todo.
Charles se había marchado a Southampton el viernes por la tarde.
Eleanor le había convencido de adelantar el inicio de la temporada una semana, que era un argumento del que Victoria sospechaba la verdadera motivación pero que no había combatido porque necesitaba los días.
Marcus Abara llegó a las nueve de la mañana del lunes con el informe de penetración de mercado que le había pedido el jueves.
Veinticuatro años, máster en Finanzas de NYU, recién rechazado por cuatro fondos de inversión y con una deuda estudiantil que Victoria había visto en el papel sin comentarla.
Llevaba tres semanas trabajando para ella, todavía en período de prueba, todavía aprendiendo que el café se pedía al equipo de Oakland por correo electrónico y no al servicio de mensajería.
Dejó el informe sobre la mesa con esa mezcla suya de precisión técnica y nerviosismo social que Victoria empezaba a encontrar, si no exactamente tranquilizador, al menos predecible.
—Los números del segmento de banca privada son más sólidos de lo que esperaba —dijo Marcus—. Tres bancos del Upper East Side que llevan dos años buscando proveedor para actualizar su arquitectura de cifrado. El problema es que ninguno quiere ser el primero .
—Nunca quieren ser el primero —dijo Victoria—. El primero asume el riesgo de tecnología sin historial. ¿Cuánto vale el contrato del más pequeño de los tres?
—Cuatro millones anuales en licencias, más servicios de implementación. Podría ser hasta seis si incluimos el módulo de auditoría.
—Ofrézcales el módulo de auditoría gratis el primer año. Y haga que el contrato de referencia sea anónimo en el pitch a los otros dos. Si saben que un competidor ya firmó, el riesgo percibido cae a la mitad.
Marcus anotó con esa concentración que tenía, la lengua ligeramente entre los dientes cuando escribía, que era un gesto que debería corregir antes de llegar a las reuniones de consejo pero que por ahora Victoria decidía no mencionar.
—¿Algo más? —preguntó él.
—Corrija la gramática del párrafo cuatro. «Adicionalmente» no es una palabra.
Marcus asintió, recogió el informe y salió.
Victoria giró la silla hacia la ventana.
Desde la planta veintidós del edificio de Midtown, la ciudad se veía a distancia segura: ordenada, geométrica, con los bloques de Central Park al norte como un rectángulo de verde demasiado perfecto para ser natural.
Había quedado con Adrienne a las siete.
No era una cena de negocios. No habían llamado así a las últimas dos veces, pero las dos primeras al menos habían tenido el pretexto de los números, de la ronda, de los contratos.
Esta era la tercera vez en tres semanas y ya no había números pendientes: la ronda estaba firmada, las condiciones establecidas, el dinero en proceso de transferencia.
Si había una razón para verse, era la razón que ninguna de las dos había nombrado todavía.
Victoria pasó la tarde trabajando con la eficiencia densa de quien tiene demasiadas cosas a las que atender y las atiende una por una con la misma temperatura, sin jerarquía emocional.
Llamada con el equipo de Oakland sobre el protocolo de autenticación que seguía dando problemas en el módulo de cliente corporativo.
Revisión de los contratos de tres nuevos ingenieros que empezaban en agosto.
Una conversación de cuarenta minutos con Tobias Ellery sobre las implicaciones específicas de las condiciones de garantía, que Tobias resumió como «estándar pero permanentes» con el tono de un médico que describe un tratamiento que funciona y tiene efectos secundarios que no va a detallar salvo que se le pregunte.
Salió de la oficina a las seis y cuarto. Se había traído ropa de recambio, que guardó en el maletín con la misma naturalidad con la que habría guardado un cuaderno, sin darle más significado del que quería que tuviera.
Se cambió en el baño de la planta, que a esa hora estaba vacío.
El vestido que había traído era de lino verde oscuro, de corte recto, que no era el tipo de ropa que llevaba normalmente pero que había comprado tres semanas antes en una tienda de la Madison que nunca habría entrado si no hubiera pasado por delante en el momento en que el escaparate tenía esa luz de tarde que hace que la ropa parezca lo que podría ser en lugar de lo que es.
El restaurante era Le Cirque, en el hotel Mayfair Palace. Adrienne había hecho la reserva.
Llegó antes que ella.
Le Cirque a las siete de la tarde de un lunes de julio tenía menos presión que los viernes o los sábados, que era cuando el restaurante se convertía en un escenario.
Los lunes era más real: mesas de cuatro con conversaciones de trabajo que seguían desde la oficina, parejas que preferían la semana al fin de semana, algún turista europeo que lo había reservado con meses de antelación porque el nombre estaba en todas las guías.
La decoración era exuberante de forma deliberada, con los murales circenses de Sirio Maccioni que habían sido un escándalo decorativo en su momento y que ahora formaban parte del carácter del lugar como formaban parte del carácter de una persona sus cicatrices más antiguas.
Adrienne llegó con siete minutos de retraso.
Llevaba un pantalón negro y una camisa de seda color miel, sin chaqueta, con el primer botón desabrochado.
Era la versión más relajada que Victoria había visto de ella, y esa escala gradual —del traje del Maidstone a la camisa sin chaqueta de este lunes— tenía la calidad de algo que se va construyendo capa por capa, sin prisa, como se construyen las cosas que van a durar.
—He pedido que nos sentaran de espaldas a la entrada —dijo Adrienne, dejando el bolso en la silla—. Supuse que lo preferiría.
Victoria la miró.
—¿Por qué lo supuso?
—Porque lleva cuatro semanas sentándose siempre con la espalda cubierta. En el Maidstone, en Kestrel, en el Frick. Nunca da la espalda a una puerta si tiene elección.
Era correcto. Era un hábito que tenía desde Stanford, desde los años en los que compartir apartamento en un barrio de Palo Alto donde los cerrojos de las puertas eran una sugerencia más que una realidad había instalado en ella una preferencia por ver las entradas.
Nunca se lo había dicho a nadie. No había pensado que fuera notable.
—En Bakersfield —dijo Victoria, y la frase se detuvo ahí un momento antes de continuar— las puertas no siempre cerraban bien.
Adrienne asintió. No con lástima. Con el tipo de asentimiento que reconoce un hecho sin necesitar comentarlo.
La cena fue larga. Tres platos, una botella de Chablis que Adrienne pidió con la confianza de quien conoce la carta sin haberla memorizado, que es diferente de saber lo que hay porque se ha estudiado.
Hablaron de muchas cosas: del caso Netscape, cuya salida a bolsa en agosto iba a cambiar la conversación sobre internet de una forma que todavía no era completamente predecible; de una exposición en el Whitney que Adrienne había visto dos veces y de la que Victoria no sabía nada pero que, mientras Adrienne la describía, empezaba a parecer urgente; de Ruth Kagan, a quien Victoria mencionó al hilo de una pregunta sobre el equipo técnico de Oakland, y cuya historia —Stanford también, dos años después que Victoria, hija de una familia de Buffalo que había llegado a California con la misma energía que lleva a la gente a los lugares donde las cosas parecen estar pasando— Adrienne escuchó con la atención que dedicaba a las cosas que le importaban.
—¿La conoció antes de la empresa? —preguntó Adrienne.
—El primer día de clase en Stanford. Compartíamos la misma fila en el laboratorio de sistemas.
Ella llegó tarde porque venía del trabajo y no había tenido tiempo de cambiarse.
Llevaba el uniforme de la cafetería debajo de la chaqueta de la universidad.
—Victoria tomó vino—. Seguía trabajando en la cafetería para pagar lo que la beca no cubría. Lo hacía hasta segundo año.
—¿Y usted?
—Yo reparaba ordenadores a particulares.
Había aprendido con mi padre, que arreglaba todo lo que se podía arreglar porque comprar nuevo no era una opción.
—Una pausa—. Los ordenadores no son tan distintos de las cosechadoras si los miras desde fuera.
Tienen partes que fallan y hay que saber cuál es para no desmontar todo lo demás.
Adrienne la miraba con esa atención suya. La vela de la mesa era más pequeña que la del Lespinasse, y la luz que producía llegaba más de lado, con más sombra.
—¿Echa de menos saber exactamente dónde está la pieza que falla? —preguntó.
—¿En los ordenadores ?
—En cualquier cosa.
Victoria consideró la pregunta con la seriedad que merecía.
—Lo que echo de menos es que en los ordenadores, cuando encuentras la pieza que falla, puedes arreglarla o cambiarla y el sistema vuelve a funcionar. En las personas no funciona así.
—No —dijo Adrienne—. En las personas la pieza que falla suele ser la que más trabaja.
El postre llegó. Adrienne no pidió nada; Victoria tampoco. El camarero trajo dos tazas de café sin que nadie lo hubiera pedido, porque era ese tipo de restaurante, el que anticipa en lugar de esperar.
Salieron a la calle pasadas las once. El calor de julio a esa hora seguía siendo denso, con esa cualidad adhesiva que tiene el verano en Manhattan cuando no hay viento. La Madison Avenue estaba quieta. Un taxi pasó hacia el norte con la luz apagada.
—Camino hasta Gramercy —dijo Adrienne.
Era la primera vez que mencionaba dónde vivía, aunque Victoria lo sabía: el barrio había aparecido en la ficha de Kestrel, en los documentos de la ronda.
Gramercy Park, que era el único parque privado de Manhattan, donde los residentes del entorno inmediato tenían llave y el resto de la ciudad miraba a través de la verja de hierro forjado como se mira a través de un escaparate que no vende nada que se pueda comprar.
—Son más de cuarenta manzanas —dijo Victoria.
—Lo sé. Por eso camino.
Se miraron en la acera. El ruido de la ciudad era ese murmullo de fondo que en Nueva York nunca desaparece del todo, que está siempre ahí como una marea que no llega a subir del todo ni a bajar del todo.
Adrienne levantó la mano y rozó, muy brevemente, el dorso de los dedos de Victoria con los suyos. No fue un apretón. No fue una caricia. Fue el contacto mínimo posible entre dos manos que se reconocen, tan breve que habría podido ser casual si las dos no hubieran sabido exactamente que no lo era.
—Buenas noches, Victoria —dijo.
Y echó a caminar hacia el sur, con esos pasos suyos que iban siempre a algún sitio.
Victoria se quedó en la acera el tiempo que tardó en no verse ya entre la gente de la Madison.
Luego levantó la mano para parar un taxi y pensó que el dorso de su mano seguía sintiéndose exactamente como segundos antes, cuando los dedos de Adrienne lo habían rozado, y que eso era una información que no sabía todavía cómo procesar pero que no iba a poder ignorar.