Despertar en Manhattan (Sal y Sándalo 2) 5. 5
20%

5. 5

E l Frick Collection cerraba a las seis.

La gala de apertura del ciclo de conferencias de primavera empezaba a las siete, lo cual significaba que entre el cierre al público y la llegada de los primeros invitados había exactamente una hora en la que el museo era solo los Renoir, los Velázquez, los cuadros que no necesitaban ser vistos por nadie para seguir siendo lo que eran.

Victoria llegó a las siete en punto con un vestido de seda color pizarra y los zapatos equivocados para el suelo de mármol, que absorbía el ruido de los tacones y lo devolvía amplificado.

Charles tenía una reunión de consejo hasta las ocho y llegaría tarde, lo cual era habitual y en ese momento resultaba, si no bienvenido, al menos no inconveniente.

La gala era para doscientas personas. Una recaudación de fondos para el departamento de conservación, el tipo de evento que mezcla el dinero del arte con el dinero del dinero y produce una clase particular de conversación: culta en la superficie, transaccional por debajo.

Victoria conocía el formato. Lo ejecutaba sin esfuerzo desde hacía tres años.

Recogió una copa de champán en la entrada —la sostuvo por el tallo, como Eleanor le había enseñado, con la diferencia de que ahora lo hacía sin pensar— y avanzó por la Sala de Fragonard, donde la luz cálida de las lámparas de araña hacía que los páneles de las Escenas del amor parecieran más vivos que en plena tarde.

Una mujer con el cabello blanco recogido le dijo algo sobre la restauración del panel oeste.

Victoria respondió con los datos correctos porque los había leído tres semanas antes en el boletín trimestral de la fundación.

La mujer parecía satisfecha. Victoria continuó.

Encontró a Adrienne Loomis en la Sala Vest, frente al retrato de Vermeer.

Estaba sola, de espaldas a la puerta, con una copa en la mano que no había tocado, mirando al hombre del cuadro con la misma atención que le dedicaba a los balances de resultados.

Llevaba un vestido de crepé borgoña, largo hasta el tobillo, con la espalda parcialmente descubierta.

Era la primera vez que Victoria la veía sin traje desde que se conocían, y la diferencia no era de elegancia —ambas versiones eran igualmente precisas— sino de temperatura.

El traje era Adrienne en modo de trabajo.

El vestido era otra cosa que Victoria todavía no tenía nombre para clasificar.

Se detuvo en el umbral de la sala el tiempo justo para decidir si entrar o continuar hacia la siguiente habitación. Entró.

—El Vermeer es el único cuadro del Frick que parece incómodo de ser tan famoso —dijo, deteniéndose a metro y medio de ella, sin anunciar su llegada, porque Adrienne ya sabía que estaba allí. La acústica de mármol no permitía sorpresas.

—Tres siglos de ser el centro de atención de cualquier sala en la que lo cuelguen —dijo Adrienne, sin girarse—. Yo también estaría incómodo.

Victoria miró el cuadro. El hombre de Vermeer sostenía algo, un papel o una carta, con esa expresión de concentración absorta que tiene la gente cuando lee algo que importa.

La luz venía de izquierda, como casi siempre en Vermeer, con esa calidad de interior cerrado donde el mundo exterior existe solo como una hipótesis.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —preguntó Victoria.

—Desde las siete y cuarto. —Adrienne giró la cabeza hacia ella.

La luz de las lámparas de araña le caía de lado, lo que hacía que las líneas de su cara tuvieran más profundidad de la habitual—.

El resto de los cuadros de esta sala son perfectos.

El Boucher, los Fragonard. Perfectos y completamente satisfechos de serlo.

El Vermeer es el único que parece saber que le falta algo que no puede decir.

Victoria consideró eso.

—¿Qué le falta?

—Alguien que esté mirando lo mismo que él —dijo Adrienne—. No el cuadro. Lo que hay en el cuadro.

Se miraron. En la sala contigua alguien reía de algo. Las voces del cóctel llegaban atenuadas, convertidas en un murmullo que desde allí sonaba como música lejana.

—La ronda se firma el mes que viene —dijo Victoria. No porque fuera el momento natural para decirlo, sino porque necesitaba que hubiera algo concreto en el espacio entre ellas.

—Lo sé —dijo Adrienne—. He revisado las condiciones finales esta tarde. Las garantías están vinculadas al patrimonio Vance durante diez años. ¿Ha hablado ya con el abogado de la familia?

—Tobias Ellery. Sí. Dice que las condiciones son estándar.

—Son estándar —confirmó Adrienne—. También son una jaula muy bien diseñada. Quiero que lo sepa antes de firmar.

Victoria la miró.

—Ya lo sé.

—¿Y va a firmar de todas formas?

—Por cuarenta millones de dólares y la capacidad de ejecutar lo que hemos construido en cinco años, sí. —Victoria tomó un sorbo de champán que no quería—. La jaula solo es una jaula si quieres salir.

Adrienne no respondió de inmediato. Bajó la vista hacia la copa que todavía no había tocado, la giró ligeramente en su mano, y luego la dejó sobre una consola cercana con ese gesto suyo de abandonar los objetos que ya han cumplido su función decorativa .

—¿Qué quiere, Victoria Vance? —preguntó. No como pregunta de empresa, no como análisis de inversión. Con el mismo tono directo con el que había preguntado de dónde era en el Lespinasse.

La pregunta era diferente de cualquier pregunta que le hubieran hecho en los últimos tres años. No qué quería para la empresa, no qué quería para el verano, no qué quería para la cena del viernes. Qué quería ella, sin el apellido, sin el edificio de Midtown, sin la mesa del asiento tres.

—No lo sé —dijo Victoria. Era la respuesta más honesta que había dado en meses y salió con la fluidez de algo que llevaba tiempo queriendo salir—.

Sé lo que necesita la empresa. Sé lo que necesita el matrimonio para seguir siendo lo que es.

No sé lo que quiero yo, que es una pregunta que he dejado de hacerme porque la respuesta me resultaba inconveniente.

Adrienne la miró durante un momento largo.

—La inconveniencia es señal de que la pregunta importa —dijo—. Las preguntas cómodas no cambian nada.

El ruido del cóctel se acercó. Voces, pasos, alguien que buscaba la sala de Boucher y había tomado la dirección equivocada. Adrienne y Victoria se separaron un paso, con la naturalidad de dos personas que simplemente están mirando el mismo cuadro, que es lo que eran.

El hombre entró en la sala, leyó la placa del Vermeer con la brevedad de quien confirma que está en el lugar correcto, y continuó hacia la sala siguiente.

Quedaron solas de nuevo.

—Bemelmans —dijo Adrienne, sin preámbulo—. El bar del Carlyle. Cuando termine la gala.

No era una pregunta. Tampoco era exactamente una invitación, porque las invitaciones esperan respuesta y esa frase no esperaba nada, solo establecía una posibilidad en el aire como se establece una hipótesis antes de comprobarla .

Victoria miró el Vermeer. El hombre del cuadro seguía mirando lo que había en sus manos, con esa expresión de quien lee algo que importa. Tres siglos de saber exactamente lo que tiene delante y no poder decirlo.

—Charles llega a las ocho —dijo Victoria.

—Lo sé.

Pausa.

—La gala termina a las diez.

—Lo sé —repitió Adrienne.

Se miraron una vez más. Luego Adrienne cogió la copa de la consola, dio el primer sorbo de la noche, y salió de la Sala Vest hacia el cóctel con los mismos pasos con los que llegaba y se marchaba de todos los sitios: directos, sin decoración, sin mirar atrás.

Victoria se quedó frente al Vermeer durante tres minutos más. El hombre del cuadro seguía igual. Perfecto e incómodo y sabiendo que le faltaba algo que no podía decir.

A las diez y cuarto, cuando la gala empezó a disolverse, Victoria encontró a Charles conversando con el director del departamento de conservación sobre la restauración de una escultura flamenca.

Le dijo que estaba cansada, que tenía jaqueca, que tomaría un taxi y le esperaría en casa.

Charles la besó en la mejilla sin interrumpir la conversación.

El Carlyle estaba a cuatro manzanas hacia el norte.

Bemelmans Bar tenía las paredes cubiertas de los murales de Ludwig Bemelmans, esos paisajes de Central Park poblados de niños con paraguas amarillos y animales que paseaban por la orilla del lago como si el mundo fuera exactamente del tamaño que debía ser.

La luz era de una calidez densa, casi ambarína, que convertía cualquier conversación en algo más íntimo de lo que probablemente era.

El piano sonaba en el rincón, un estándar de jazz que Victoria no identificó pero que reconoció como del tipo que existe para hacer que el silencio entre frases no pese demasiado .

Adrienne ya estaba allí. Mesa en el ángulo del fondo, sin línea de visión directa desde la puerta. Dos vasos de agua. Un whisky que no había pedido para Victoria, porque no sabía todavía lo que Victoria bebía.

O quizás sí lo sabía y estaba esperando que lo eligiera ella.

Victoria se sentó. La tapicería de terciopelo verde de la silla era más suave de lo que parecía. Las paredes con los murales de Bemelmans la rodeaban de osos y niñas con abrigos rojos y perros que trotaban con propósito por caminos que llevaban a algún sitio específico.

—¿Qué va a beber? —preguntó Adrienne.

—Lo mismo que usted —dijo Victoria.

Adrienne hizo un gesto al camarero. El whisky llegó: bourbon, sin hielo, con un cubito de hielo en el vaso de Adrienne que produjo un tintineo claro cuando lo dejaron sobre la mesa.

Victoria tomó el suyo. Lo bebió sin hielo porque así era como lo prefería, con ese primer sorbo que quema en la garganta y luego se asienta en el estómago con una calidez que no es exactamente calor sino la ausencia del frío que había tenido antes.

El piano cambió de estándar. Algo más lento.

—¿Cuánto tiempo lleva casada? —preguntó Adrienne.

—Tres años.

—¿Lo eligió usted?

Era una pregunta extraña para un bar a las diez y media de la noche entre dos personas que se conocían desde hace menos de un mes. Victoria la consideró sin apartar la vista de la copa.

—Me eligió él —dijo—. Yo elegí aceptarlo, que no es exactamente lo mismo.

—¿Qué diferencia hay?

—La diferencia entre ir a un sitio y dejarte llevar a él —dijo Victoria—. Uno de los dos implica que sabes adónde quieres ir.

Adrienne escuchaba con esa atención suya que no interrumpía ni apresuraba. El hielo de su vaso se fue derritiendo despacio a lo largo de la conversación, que duró dos whiskys y el tiempo que tardó el piano en terminar su turno a la medianoche.

Hablaron de Nueva Orleans, que era donde Adrienne había pasado los veranos hasta los dieciséis años, cuando la familia vendió la casa grande del Garden District y se mudó a un apartamento en Metairie que tenía el mismo nombre de ciudad pero era ya otra cosa.

Hablaron de Stanford, que a Victoria le había parecido durante los cuatro años que duró el lugar más meritocrático en el que había estado, hasta que entró en el mundo real y descubrió que la meritocracia también tiene sus propias jerarquías de origen.

Hablaron del cifrado de clave pública con la comodidad de dos personas para quienes ese tema no es árido sino preciso, que es una cualidad diferente.

No hablaron de Charles. No hablaron de la ronda. No hablaron de nada que tuviera agenda o balance o condiciones de garantía.

Cuando el piano se fue y el bar empezó a vaciarse, Adrienne dejó el vaso sobre la mesa con el gesto final que Victoria ya reconocía como señal de que algo estaba a punto de terminar o de cambiar.

—Tengo el coche en el aparcamiento de la 76 —dijo Adrienne.

—Yo tomo un taxi —dijo Victoria.

Se miraron. El murmullo del bar, que antes había sido fondo y ahora se notaba en su casi ausencia, dejaba el espacio entre ellas más expuesto que antes.

—Buenas noches, Victoria —dijo Adrienne. Era la primera vez que usaba solo su nombre de pila, sin el apellido, y sonó diferente: más pequeño y más real, como si quitarle el Vance le devolviera algo que el apellido había estado guardando.

—Buenas noches —dijo Victoria.

Salió del Carlyle antes que ella. En la acera, el aire de mayo que empezaba a oler a junio tenía esa temperatura sin decidir que tiene la ciudad cuando todavía no sabe si va a ser verano o seguirá siendo primavera. Levantó la mano para parar un taxi.

Antes de subir, miró hacia la entrada del bar. Adrienne no había salido todavía.

El taxi arrancó hacia el sur. Victoria miraba por la ventanilla los números de las calles que descendían hacia casa, y pensaba que en la sala del Frick, frente al Vermeer, había dicho la verdad: no sabía lo que quería.

Pero en el taxi, a las doce y cuarto de la noche, con el sabor del bourbon en la garganta y el sonido de su propio nombre pronunciado sin el apellido todavía resonando en algún sitio que no era exactamente el oído, empezaba a sospecharlo.