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Adrienne Loomis estaba en el extremo opuesto al de Victoria.
Victoria lo descubrió cuando bajó al salón a las siete y media y encontró el tablero de asientos sobre la consola del vestíbulo, escrito a mano con la caligrafía inclinada de Eleanor.
Cuatro parejas del círculo financiero de Charles, el subsecretario de Comercio con su esposa —un guiño de Eleanor a la ambición política de los Vance— y Adrienne, que figuraba en el plano como «A.
Loomis / Kestrel Partners», sin acompañante, en el asiento once de doce. Victoria estaba en el tres.
Nueve personas entre ellas.
Charles bajó a los diez minutos, con el pelo todavía húmedo de la ducha y una corbata que había elegido él solo, que Victoria identificó como la equivocada para esa noche antes de que él llegara al pie de la escalera.
No dijo nada. Llevaba tres años eligiendo las batallas de la corbata y esta no era una que pudiera ganar sin coste.
—Estás preciosa —dijo Charles, besándola en la sien.
Llevaba un vestido de seda negro de corte vertical, sin adornos, que había sacado del fondo del armario porque era el único que no le parecía un disfraz.
Charles lo decía en serio. Charles siempre lo decía en serio, y esa era exactamente la parte que empezaba a resultarle difícil de gestionar: la sinceridad absoluta de un hombre que la miraba y veía exactamente lo que quería ver, sin margen para nada que no encajara en el cuadro.
Los invitados llegaron entre las ocho y las ocho y cuarto.
Los Hartwell, los Pemberton-Cole, el matrimonio Asikainen que llegó desde Helsinki y hablaba un inglés de acento perfectamente europeo que en esa sala sonaba exótico de la forma correcta.
El subsecretario, Gerald Muñiz, un hombre de cincuenta y tantos con manos de apretón calculado y la costumbre de repetir el nombre de pila de su interlocutor en cada frase, como si el nombre fuera una herramienta.
Adrienne llegó la última, con cuatro minutos de retraso que en ese contexto no eran un olvido sino una decisión.
Llevaba un traje de pantalón en azul medianoche con una camisa de seda color crudo que no era exactamente blanca.
El cabello cortado a la mandíbula estaba igual que siempre, sin esfuerzo aparente.
Se detuvo en el umbral del salón el tiempo necesario para leer la sala —dos segundos, quizás tres— y luego saludó a Charles con una eficiencia agradable que no prometía más conversación de la estrictamente necesaria.
—Señor Vance. Gracias por la invitación.
—Charles, por favor. Esta es una cena de amigos —dijo Charles, con su sonrisa de siempre, la que no sabía no poner.
Victoria estaba al otro lado del salón, junto a la ventana que daba a la Quinta Avenida, hablando con la señora Asikainen sobre algo que ya no recordaba.
Cuando Adrienne entró, algo en su espalda se tensó con la misma leve brusquedad que cuando un sistema recibe una señal que no esperaba.
No se giró todavía. Terminó la frase sobre Helsinki, o sobre el tiempo, o sobre lo que fuera que estuviera diciendo, y luego se giró .
Adrienne ya la miraba.
No con la intensidad calculada de alguien que espera ser visto mirando.
Con la tranquilidad de alguien que mira porque hay algo que ver y no ve motivo para disimularlo.
Sostenía una copa de agua con gas, no de champán, y asintió una sola vez cuando sus ojos se encontraron.
Un gesto mínimo que podría significar cualquier cosa y que en ese contexto significaba exactamente: te he visto, sé dónde estás, sé dónde estoy yo.
Victoria asintió también. Luego volvió a la señora Asikainen.
La cena transcurrió en el formato habitual de ese tipo de reuniones: aperitivos en el salón, tránsito al comedor a las nueve menos cuarto, tres platos servidos por el matrimonio que Eleanor había contratado para las noches de gala.
El menú era de temporada —espárragos blancos, lubina al vapor con mantequilla de hinojo, un coulant de chocolate que el cocinero hacía siempre demasiado dulce y que nadie mencionaba— y el vino era de Borgoña porque Charles había decidido que el Borgoña era su firma en las cenas importantes, igual que su padre y el padre de su padre.
Desde el asiento tres, Victoria podía ver el asiento once solo si miraba directamente hacia el otro extremo de la mesa, lo cual habría resultado evidente.
En cambio podía, y lo hizo, captar el reflejo de Adrienne en la luna del aparador de caoba que Eleanor había traído de la casa familiar de Connecticut cuando se distribuyó el mobiliario heredado.
El aparador estaba a su derecha, en el ángulo exacto que le permitía ver el extremo de la mesa sin girar la cabeza más de lo que requería escuchar a Gerald Muñiz, que estaba sentado a su izquierda y que le estaba explicando, Victoria, la política de exportación de tecnología dual del Departamento de Comercio con el entusiasmo de quien cree estar compartiendo información privilegiada.
En el aparador, Adrienne hablaba con el señor Hartwell.
Lo escuchaba con esa forma suya de escuchar que parecía atención completa pero que Victoria ya sabía que era también procesamiento paralelo: mientras la parte visible de ella asentía y respondía, la otra parte estaba en otra cosa.
En qué, desde ese ángulo, era imposible determinarlo.
La señora Pemberton-Cole, al otro lado de Victoria, mencionó algo sobre una nueva construcción en los Hamptons.
Charles, desde la cabecera, intervino. La conversación migró hacia el verano, que era el tema de convergencia de todas las conversaciones de mayo en esa sala.
Fincas, club de tenis, la regata de julio, si el Meadow Club iba a ampliar la zona de vestuarios.
Victoria añadió lo que correspondía añadir en cada momento y bebió agua mientras los demás bebían el Borgoña, porque esa noche tenía el estómago demasiado tenso para el vino.
Fue durante el segundo plato, mientras el cocinero retiraba los platos del primero con el silencio profesional de quien ha aprendido a volverse invisible en ese tipo de casas, cuando el pie de Adrienne rozó el suyo bajo la mesa.
No fue un roce accidental. La mesa era demasiado ancha para el contacto accidental entre los asientos tres y once.
Lo que ocurrió fue que alguien, en algún punto entre el aperitivo y la lubina, había reconfigurado el mapa.
Victoria bajó la vista hacia el mantel durante el segundo necesario para confirmar lo que su pie ya sabía: que el pie de Adrienne, descalzo dentro de un zapato de cuero marrón sin tacón, estaba apoyado contra el lateral del suyo con una presión que era demasiado firme para ser casual y demasiado pequeña para ser declaración.
Gerald Muñiz, a su izquierda, seguía hablando. Decía algo sobre el presupuesto de defensa y la tecnología de doble uso, Victoria, y usaba su nombre con tanta frecuencia que había perdido el peso de un nombre y se había convertido en una marca de puntuación.
Victoria no retiró el pie.
Continuó escuchando a Gerald Muñiz con la proporción exacta de atención que requería la situación: suficiente para responder si era necesario, no tanta que pareciera entusiasmo.
Bebió agua. Partió un trozo de pan con las manos en lugar de con el cuchillo, porque así lo había hecho siempre antes de aprender que en esas casas el pan se corta.
Escuchó a Charles hacer una broma sobre el golf que arrancó tres carcajadas.
Contestó a la señora Pemberton-Cole que sí, que este verano también estarían en los Hamptons, que la zona sur de East Hampton era muy tranquila en junio antes de que llegaran los veraneantes de agosto.
El pie de Adrienne permaneció exactamente donde estaba durante cuarenta minutos.
No se movió. No exploró. Solo existió, con esa presión constante y mínima que era la única forma en que dos personas pueden sostener una conversación en la que no se puede hablar.
Victoria no sabía con certeza qué significaba.
Sabía con certeza que no era un accidente.
Sabía que Adrienne Loomis no hacía nada por accidente.
Los postres llegaron. El coulant demasiado dulce.
El café, que Eleanor había especificado que debía ser de origen único, un Ethiopian que el proveedor de Charles traía directamente desde un tostador de Brooklyn.
El señor Asikainen propuso un brindis por los negocios transoceánicos y todos levantaron las copas con la eficiencia refleja de quien ha brindado muchas veces en situaciones similares.
Fue entonces, con la copa de agua levantada y Charles mirando hacia el otro extremo de la mesa para incluir a todos los comensales en el brindis, cuando Victoria miró hacia el asiento once.
Adrienne la estaba mirando directamente, con la copa de agua también levantada, con esa cara suya que no prometía nada y no negaba nada, que simplemente veía.
Victoria no apartó la mirada .
Fue Adrienne quien la apartó, y lo hizo despacio, casi con deliberación, bajando los ojos hacia la copa antes de beber, como si hubiera decidido que eso era todo lo que cabía en ese momento.
Los invitados empezaron a marcharse pasadas las once.
El subsecretario fue el primero, con la eficiencia de quien tiene agenda a las siete de la mañana.
Los Asikainen le siguieron. Adrienne se puso en pie cuando los Pemberton-Cole se levantaron, recogió su bolso del perchero del vestíbulo, y se despidió de Charles con la misma eficiencia agradable con la que había llegado.
—Ha sido una cena magnífica —dijo—. Gracias.
—El placer es nuestro —dijo Charles—. Espero que encontremos ocasión de vernos durante el verano. Con la ronda en marcha, imagino que tendremos razones para coincidir.
—Sin duda —dijo Adrienne.
Se puso el abrigo. Buscó a Victoria con la vista, que estaba despidiendo a los Hartwell junto a la puerta. Cuando sus ojos se encontraron por segunda vez en la noche, Adrienne dijo, en el volumen exacto de alguien que habla solo para la persona que tiene enfrente:
—Buenas noches, señora Vance.
—Buenas noches —dijo Victoria.
La puerta se cerró. Los últimos invitados se fueron cinco minutos después.
Eleanor empezó a recoger las copas del salón con los movimientos de quien hace una evaluación post-batalla.
Charles se sirvió el último dedo de Borgoña y se sentó en el sofá con el alivio físico de quien ha estado de pie más tiempo del que le resulta cómodo.
—Ha ido bien —dijo Charles—. La Loomis es muy seria. Espero que el fondo acabe comprometiendo la ronda. ¿Crees que lo harán?
Victoria recogió las servilletas de lino que habían quedado sobre el aparador de caoba.
—Sí —dijo—. Lo creo.
Aquella noche tardó una hora en dormirse.
Notaba el lateral del pie con una claridad que no tenía explicación física: la presión ya no estaba, llevaba tres horas sin estar, pero la piel seguía acusando el contacto con la misma terquedad con la que los oídos mantienen el eco de un sonido después de que la sala ha quedado en silencio.
Cuando por fin se durmió, no soñó con nada que pudiera recordar.