8. 8
La gala de verano del Meadow Club era el último sábado de julio, con el argumento tácito de que el Cuatro de Julio en sí era demasiado democrático para ser el evento de la temporada.
La pista central se cerraba al juego y se llenaba de mesas redondas con manteles de lino blanco.
La orquesta tocaba en la terraza. El champán era francés.
Victoria llegó con Charles a las siete y media.
Llevaba un vestido azul marino de seda natural que Eleanor había aprobado dos semanas antes con un gesto de la cabeza que en su código personal equivalía a un elogio.
Charles llevaba el blazer blanco que sacaba para los eventos de verano con una regularidad que lo convertía en parte del paisaje tanto como los propios campos.
Adrienne había llegado sola, como en el Maidstone.
Victoria lo supo antes de verla porque había aprendido a leer los espacios que Adrienne ocupaba por el efecto que producían: una ligera reconfiguración del eje de atención en cualquier sala o pista o terraza en la que estuviera.
Era una cualidad que tenían pocas personas y que la mayoría confundía con presencia física, cuando en realidad era algo más difícil de nombrar: la ausencia de necesidad de aprobación que el cuerpo comunica antes de que la cara diga nada.
Charles encontró al señor Hartwell junto a la barra interior y se perdió en una conversación sobre algo que Victoria calculó que duraría al menos media hora.
Eleanor estaba presidiendo un grupo junto a la entrada con esa postura suya de quien organiza el mundo desde un eje invisible.
Victoria tomó una copa de champán, bebió un sorbo que no quería, y se movió hacia la terraza.
No fue directamente hacia Adrienne. Bordeó el grupo de los Pemberton-Cole, saludó a la señora Kimball del comité de conservación, intercambió con el almirante retirado dos frases sobre la regata de agosto. Cuando la brecha entre ellas era de cuatro personas y dos mesas, Adrienne giró la cabeza.
Sus ojos se encontraron con la naturalidad de la práctica.
Cuarenta días de verse con regularidad habían producido en Victoria una capacidad nueva: la de leer en esa cara lo que la cara no mostraba al resto del mundo.
Esta noche había algo en la comisura izquierda de la boca de Adrienne que era una sonrisa que había decidido no serlo.
Solo el inicio. Solo la presión mínima del músculo .
Victoria iba a avanzar un paso cuando sintió la mano de Eleanor en su brazo.
—Victoria. Ven, quiero presentarte a la señora Whitmore. Su marido está en el consejo de uno de los bancos que mencionaste el mes pasado en relación con la ronda.
No era una invitación. Eleanor no hacía invitaciones. La mano en el brazo era un gesto de aparente afecto que en su código significaba: vas a hacer esto ahora y sin comentarios.
Victoria fue hacia la señora Whitmore.
La conversación duró dieciocho minutos. La señora Whitmore era perfectamente agradable y perfectamente irrelevante para cualquier cosa que a Victoria le importara en ese momento, y Victoria actuó durante dieciocho minutos como si eso no fuera cierto.
El marido de la señora Whitmore estaba en el consejo del Citibank y podría mencionar Vance Dynamics si Victoria le enviaba el dossier ejecutivo la semana siguiente, que era probablemente la cosa más concreta que iba a salir de esa noche.
Cuando se separó de los Whitmore, buscó a Adrienne con la mirada y la encontró en el pasillo cubierto que llevaba al vestuario de tenis, hablando con una mujer que Victoria no conocía.
Fue hacia allá.
El pasillo era estrecho, con paredes de madera blanca pintada y el olor de los vestuarios deportivos al fondo mezclándose con el perfume de las flores de un jarrón junto a la entrada.
La luz era más suave aquí que en la terraza.
La mujer con la que hablaba Adrienne dijo algo, Adrienne respondió, y luego la mujer siguió hacia los vestuarios y Adrienne se quedó sola en el pasillo durante el segundo exacto en que Victoria llegó hasta ella.
El ruido de la gala amortiguado por el ángulo de la pared. Las flores en el jarrón. Un metro entre ellas.
—Hola —dijo Victoria.
—Hola —dijo Adrienne .
Se miraron. Victoria tomó un sorbo del champán que todavía tenía casi lleno y pensó que llevaba cuarenta días midiendo la distancia entre ellas con una precisión que era nueva en ella, que normalmente medía otras cosas.
—Eleanor nos vio en el aparcamiento el mes pasado —dijo Victoria.
—Lo sé.
—¿Y?
—Y vas a tener que decidir qué significa eso —dijo Adrienne.
Un paso. Victoria no lo calculó: fue el paso que llevas cuarenta días sin dar y que en algún momento el cuerpo decide dar porque ya no puede sostener la distancia que la cabeza insiste en mantener.
Adrienne no retrocedió. La diferencia de altura entre ellas era de tres o cuatro centímetros y ese detalle físico que Victoria no había procesado conscientemente antes se hizo presente ahora con una claridad incómoda.
La mano izquierda de Adrienne, la que no sostenía la copa, se movió hacia su cintura con una lentitud que le daba tiempo a no quererlo si no lo quería.
Lo quería.
El roce de los dedos de Adrienne en la seda del vestido azul fue exactamente tan breve y tan preciso como el del dorso de la mano en la Madison diez días antes. Solo que ahora no había acera ni ruido de ciudad ni la posibilidad de atribuirlo a nada.
El sonido de pasos en la terraza. Voces que se acercaban.
Adrienne retiró la mano con la misma naturalidad con la que la había puesto y dio medio paso hacia la pared como si hubiera estado mirando el jarrón, y Victoria giró levemente el cuerpo hacia la entrada del pasillo, y los Pemberton-Cole que doblaron la esquina las encontraron a una distancia razonable la una de la otra, mirando en direcciones apenas distintas.
—Buenas noches —dijo el señor Pemberton-Cole, sin detenerse .
—Buenas noches —respondieron las dos, en el mismo momento, con el mismo tono neutral.
Los Pemberton-Cole siguieron hacia los vestuarios. El pasillo volvió a ser suyo durante los tres segundos que tardó Eleanor en aparecer en la entrada desde la terraza.
El momento mismo. Eleanor en el umbral, con su copa y su espalda recta, mirando hacia el fondo donde estaban las dos.
Victoria vio exactamente el instante en que Eleanor procesó la imagen: las dos mujeres en el pasillo, la distancia entre ellas, algo en el ángulo de los cuerpos que no era culpable de ninguna forma concreta pero que Eleanor, que llevaba cuarenta y seis años leyendo lo que la gente intentaba no mostrar, leyó con la precisión de un sistema diseñado específicamente para ese propósito.
Un segundo. Dos. Eleanor no cambió la expresión.
—Victoria —dijo—. Charles te busca. El almirante Patterson quiere hablar contigo sobre los contratos de defensa.
—Voy ahora mismo —dijo Victoria.
Eleanor asintió y se retiró hacia la terraza sin dirigirse a Adrienne en ningún momento.
Victoria siguió a su cuñada sin mirar hacia atrás.
Encontró a Charles con el almirante junto a la barra.
La conversación sobre contratos de defensa duró doce minutos y fue, desde el punto de vista estrictamente profesional, la más útil que había tenido en toda la noche.
El almirante tenía contactos directos en el Departamento de Defensa y estaba genuinamente interesado en lo que Vance Dynamics construía para el segmento gubernamental.
Durante esos doce minutos no miró hacia la terraza.
Cuando la conversación terminó y Charles fue en busca de otra copa, Victoria se acercó a la balaustrada y miró los campos de tenis en la oscuridad. Las pistas estaban vacías, iluminadas por luces perimetrales. El césped tenía ese verde oscuro del verano que por la noche parece casi negro .
Adrienne llegó a su lado sin anunciarse.
—Tu cuñada nos vio —dijo Victoria, en voz baja.
—Lo sé.
—¿Y?
—Y vas a tener que decidir qué significa eso —repitió Adrienne, con exactamente el mismo tono que en el pasillo, como si hubiera estado esperando a que la pregunta volviera.
El viento del Atlántico llegaba desde el sur con ese olor a sal y a hierba marina que era el olor de los Hamptons por las noches. Victoria pensaría mucho tiempo después que fue ahí, en esa balaustrada, cuando ese olor se fijó en ella de una forma que no iba a poder deshacer.
—No sé qué significa —dijo Victoria.
—Sí lo sabes —dijo Adrienne.
Era la primera vez que la contradecía directamente, sin suavizarlo. Victoria sintió algo subir por su garganta que reconoció como irritación y que sabía, incluso mientras lo sentía, que no era exactamente eso.
—Necesito tiempo —dijo.
—Lo sé. —Pausa mínima—. Pero el tiempo que necesitas y el tiempo que tienes no siempre son el mismo número.
El ruido de la orquesta se acercó. Un vals, ahora. Algo antiguo.
Adrienne se separó de la balaustrada.
—Voy a pedir el coche —dijo—. Buenas noches, Victoria.
Fue hacia el interior. Victoria se quedó en la balaustrada mirando los campos oscuros durante el tiempo que tardó en escuchar sus propios pensamientos con suficiente claridad para saber que lo que Adrienne había dicho era correcto: sí sabía lo que significaba.
Lo que no sabía era qué iba a hacer con ello.
En el aparcamiento, diez minutos después, vio las luces traseras del vehículo de Adrienne saliendo hacia la carretera de Southampton, haciéndose más pequeñas hasta desaparecer en el giro.
El viaje de vuelta fue silencioso. Charles durmió a los veinte minutos con esa facilidad suya para el descanso que a Victoria le resultaba, si no exactamente un reproche, sí una diferencia que se notaba.
Condujo con las dos manos en el volante y el pensamiento de que Eleanor sabía y que eso era un problema de una naturaleza completamente distinta a todos los demás, y que sin embargo lo que ocupaba más espacio en su cabeza no era Eleanor sino las palabras: el tiempo que necesitas y el tiempo que tienes no siempre son el mismo número.