-12- #2
Victoria levantó la cabeza y sus ojos chocaron.
No hubo más palabras. Victoria estrelló su boca contra la de Harper en un beso salvaje, desesperado y devorador.
Era un beso que sabía a perdón y a hambre acumulada.
La lengua de Victoria invadió la boca de Harper con una autoridad que no admitía réplica, reclamando cada rincón como si fuera su territorio legítimo.
Harper respondió con la misma ferocidad, mordiendo el labio inferior de Victoria, saboreando el brillo de la mujer mayor. Sus manos bajaron por la espalda de Victoria, sintiendo el cuero suave de la gabardina y la seda del vestido debajo, apretando con una urgencia que le quemaba las palmas.
Victoria la empujó hacia atrás, despejando el escritorio de Harper de un manotazo violento.
El manuscrito, las pruebas de imprenta y las tazas vacías volaron por los aires, cayendo al suelo con un estrépito sordo que ninguna de las dos escuchó.
Victoria levantó a Harper por los muslos con una fuerza asombrosa y la sentó sobre el roble del escritorio.
Harper rodeó la cintura de Victoria con sus piernas, atrayéndola entre sus muslos. El contacto de la gabardina fría contra el interior de sus piernas la hizo jadear.
—Te he echado tanto de menos que duele —gruñó Victoria contra sus labios, su voz bajando a un nivel gutural mientras sus manos subían por los muslos de Harper, levantando el jersey de lana gris.
Victoria despojó a Harper del jersey con movimientos expertos, lanzándolo a un rincón de la oficina. Harper quedó en sujetador, su piel pálida brillando bajo la luz mortecina del Soho. Victoria se detuvo un segundo, observándola con una intensidad que hizo que Harper se sintiera consumida.
—Eres tan hermosa —susurró Victoria.
Sus manos, calientes y firmes, se cerraron sobre los pechos de Harper, amasándolos a través del encaje.
Sus pulgares rozaron los pezones, que se tensaron de inmediato bajo el estímulo.
Harper arqueó la espalda, echando la cabeza hacia atrás, dejando que un gemido largo y sonoro escapara de su garganta.
Victoria bajó la cabeza, capturando uno de los pezones con su boca a través de la tela, succionando con una fuerza que envió una descarga de placer líquido directamente al bajo vientre de Harper.
La otra mano de Victoria bajó hacia la cremallera de los vaqueros de Harper, bajándola con un siseo metálico que sonó como música en el silencio de la oficina.
Harper ayudó a Victoria a deshacerse de su gabardina de cuero, que cayó al suelo junto al jersey.
El vestido de seda granate de Victoria era una obra de arte, pero Harper solo quería sentir la piel debajo.
Buscó la cremallera en la espalda de la mujer mayor y la bajó, dejando que la seda se deslizara por los hombros de Victoria, revelando un conjunto de lencería negra que acentuaba su figura madura y poderosa.
El cuerpo de Victoria era un mapa de fuerza y disciplina. Sus hombros eran anchos, su vientre plano y sus pechos, firmes y llenos, parecían invitar a la profanación. Harper pasó las manos por su espalda, sintiendo la suavidad de la piel y la firmeza de la musculatura.
—Mírame, Harper —exigió Victoria, sus dedos enganchándose en la lencería de Harper, deslizándola hacia abajo hasta que la joven quedó completamente desnuda sobre el escritorio.
Victoria se despojó de su propia ropa con una rapidez que delataba su urgencia. Cuando quedó desnuda frente a Harper, la luz del flexo proyectó sombras largas sobre su cuerpo, resaltando cada línea y cada curva. Victoria se metió entre las piernas de Harper, sus muslos rozando los de la joven.
Victoria bajó al suelo, hincando las rodillas sobre la alfombra gastada. Abrió las piernas de Harper, exponiendo su coño empapado y sensible. El olor de la excitación de Harper se mezcló con el aroma del sándalo y la tinta.
—Victoria... —susurró Harper, sus dedos enterrándose en el cabello de la mujer mayor mientras sentía el aliento caliente de Victoria contra su intimidad.
Victoria no esperó. Su lengua trazó el contorno de Harper con una maestría que la hizo temblar. El primer contacto fue suave, exploratorio, pero rápidamente se volvió exigente. La lengua de Victoria era firme, experta, encontrando el ritmo exacto que Harper necesitaba.
Harper cerró los ojos, su cabeza golpeando rítmicamente contra el roble del escritorio.
El placer era una ola gigante que amenazaba con ahogarla.
Los dedos de Victoria buscaron su entrada, deslizándose dentro de ella con una suavidad que rápidamente fue reemplazada por una presión rítmica y profunda.
—Eso es, nena... déjate ir para mí —murmuró Victoria contra su piel, sus dedos moviéndose con una cadencia implacable, mientras su boca seguía trabajando en su clítoris con una devoción casi religiosa.
Harper se retorcía sobre el escritorio, sus caderas buscando más de aquel contacto abrasador.
Sentía que cada nervio de su cuerpo estaba conectado a la boca y a las manos de Victoria.
La tensión en su bajo vientre se enrolló como un muelle metálico, apretándose más y más con cada roce de la lengua de Victoria.