-12- #3
El orgasmo la golpeó con una violencia inesperada.
Su cuerpo se tensó como un arco, sus piernas se apretaron contra los hombros de Victoria y un grito largo y agudo, que Victoria ahogó con su propia mano sobre la boca de la joven, escapó de su garganta.
Las contracciones la sacudieron en oleadas, dejándola sin aliento, su pecho subiendo y bajando frenéticamente mientras la oficina volvía a quedar en silencio, solo roto por sus respiraciones entrecortadas.
Victoria se puso en pie, sus ojos brillando con un triunfo oscuro. No le dio tiempo a Harper a recuperarse. La agarró por la cintura, la giró sobre el escritorio y la obligó a apoyarse sobre sus manos y rodillas, de espaldas a ella.
El contraste entre la madera fría y la piel ardiente de Harper la hizo jadear. Victoria se presionó contra ella, sus pechos rozando la espalda de la joven. Harper sentía la humedad de Victoria contra sus nalgas, un recordatorio de que la mujer mayor estaba tan necesitada como ella.
Victoria agarró las caderas de Harper con una fuerza dominante, sus dedos hundiéndose en su piel.
—Dime que eres mía, Harper —susurró Victoria en su oído, su aliento caliente erizándole el vello de la nuca—. Dime que no vas a volver a huir.
—Soy tuya... —gimió Harper, su cabeza colgando hacia delante—. Siempre he sido tuya, maldita sea.
Victoria soltó un gruñido de satisfacción.
Introdujo dos dedos en Harper desde atrás, su pulgar presionando rítmicamente contra su entrada.
El cambio de ángulo hizo que Harper soltara un quejido agudo.
Victoria movía su mano con una fuerza y una velocidad que llevaron a Harper de nuevo al borde del abismo en cuestión de segundos.
Con la otra mano, Victoria agarró el cabello de Harper, obligándola a levantar la cabeza. Se inclinó y la besó de nuevo, un beso cargado de saliva y necesidad. Los cuerpos de ambas estaban empapados de sudor, deslizándose el uno contra el otro en una coreografía de pura pasión animal.
—Mírame en el espejo —dijo Victoria, señalando el gran ventanal de la oficina que, por la noche, actuaba como un espejo oscuro contra el cielo de Nueva York.
Harper abrió los ojos y vio sus siluetas reflejadas. Vio a Victoria, imponente, dominante, envuelta en las sombras, y se vio a sí misma, vulnerable y entregada sobre el escritorio. La imagen era de un morbo insoportable.
Victoria aceleró el ritmo. Sus dedos se movían dentro de Harper con una profundidad que la hacía arquear la espalda. Harper sentía que se estaba deshaciendo, que sus huesos se estaban volviendo líquidos bajo el toque de Victoria.
El segundo orgasmo fue aún más intenso que el primero.
Harper se derrumbó sobre el escritorio, su rostro contra el roble, mientras Victoria la apretaba contra sí, sus propios gemidos llenando la habitación mientras ella también alcanzaba el clímax, su cuerpo temblando contra el de Harper en una liberación total.
Pasaron varios minutos en los que solo se escuchaba el sonido de sus respiraciones volviendo a la normalidad. Victoria no se apartó. Permaneció abrazada a Harper desde atrás, sus manos acariciando suavemente su vientre, su rostro enterrado en su cabello.
—No voy a volver a dejar que nada ni nadie se interponga entre nosotros —dijo Victoria, su voz firme y llena de una promesa inquebrantable—. Ni Julian, ni la empresa, ni mi propio miedo.
Harper se giró en sus brazos, sentándose en el escritorio, rodeando el cuello de Victoria. Sus ojos se encontraron y, por primera vez, no hubo secretos, ni culpas, ni sombras.
—Te amo, Victoria —dijo Harper, la confesión saliendo de sus labios con una facilidad asombrosa.
Victoria la miró durante un largo segundo, y Harper vio cómo los últimos restos del hielo en su mirada se derretían por completo, dejando paso a una luz cálida y eterna.
—Y yo te amo a ti, Harper Delaney. Más de lo que creía que era capaz de amar a nadie.
Victoria se apartó lo justo para recoger el jersey de Harper del suelo. Se lo entregó y luego empezó a vestirse ella misma con una parsimonia que indicaba que no tenía ninguna prisa por marcharse.
—Mañana saldremos de la ciudad —dijo Victoria mientras se subía la cremallera del vestido—. No a los Hamptons. He comprado una casa en Maine, frente a los acantilados. Un lugar donde nadie nos conozca, donde el único ruido sea el mar y el sonido de tus libros al pasar las páginas.
Harper sonrió, sintiendo una paz profunda inundar su pecho.
—Maine suena perfecto.
Victoria se puso su gabardina de cuero, recuperando su aspecto de elegancia atemporal, pero cuando miró a Harper, su sonrisa era la de una mujer que acababa de ganar la batalla más importante de su vida.
Caminaron juntas hacia la puerta de la oficina. Victoria apagó el flexo, sumiendo la estancia en la luz azulada de la luna de Nueva York. Antes de salir, Harper miró su escritorio. Estaba vacío, con los manuscritos esparcidos por el suelo, pero ya no sentía que su vida fuera un caos.
Victoria le tendió la mano y Harper la tomó, entrelazando sus dedos con fuerza.
Salieron del edificio y caminaron por las calles del Soho, dos sombras unidas bajo las luces de la ciudad, dejando atrás la tinta y el fuego para abrazar, por fin, un destino que les pertenecía solo a ellas.
Ahora, sin secretos ni culpas, eran dueñas absolutas de su propio camino.
El sándalo y la tinta se habían fundido en una sola esencia: la de una libertad compartida que nada en el mundo podría volver a romper.