-12-
El Soho a las diez de la noche de un viernes de octubre era un organismo vivo, una amalgama de luces de neón reflejadas en el asfalto mojado y el murmullo constante de la gente que buscaba refugio en los bares de cócteles cercanos.
Sin embargo, dentro de las oficinas de Davies el edificio era viejo y crujía constantemente. Fue el aroma.
Un rastro denso, amaderado, con notas de resina y un trasfondo cítrico muy sofisticado. Sándalo. Un sándalo que no pertenecía a una vela barata ni a un ambientador de oficina, sino que emanaba directamente de la piel de alguien que acababa de entrar en la habitación.
Harper se quedó helada, con el bolígrafo rojo suspendido sobre el papel.
Su corazón, que durante meses había mantenido un ritmo tranquilo y funcional, dio un vuelco violento, golpeando contra su caja torácica con una fuerza que le hizo perder el aliento.
Lentamente, como si temiera que el movimiento pudiera romper la realidad, levantó la vista.
Victoria Vance estaba de pie en el umbral de la puerta de cristal de la oficina.
No llevaba el traje de sastre gris de la última vez que la vio en Manhattan.
Vestía una gabardina de cuero negro de corte impecable, abierta sobre un vestido de seda granate que se ceñía a sus curvas con una elegancia depredadora.
Su cabello oscuro estaba algo más largo, peinado en ondas suaves que le daban un aspecto menos rígido, casi vulnerable bajo la luz amarillenta del flexo.
Pero eran sus ojos lo que detuvo el mundo de Harper. Ya no eran dos pozos de hielo negro. Estaban encendidos, cargados de una mezcla de hambre, arrepentimiento y una determinación que hizo que Harper se sintiera de nuevo como una presa acorralada frente a una leona que no pensaba dejarla escapar.
—El edificio estaba abierto abajo —dijo Victoria. Su voz, esa vibración grave y rasposa que Harper había escuchado en sus sueños más febriles, cortó el silencio de la oficina como un bisturí—. Supongo que la seguridad de las editoriales independientes deja mucho que desear.
Harper tragó saliva, sintiendo la boca seca. Se quitó las gafas con manos temblorosas y las dejó sobre el manuscrito.
—¿Qué haces aquí, Victoria? —logró decir. Su voz sonaba más firme de lo que se sentía internamente.
Victoria avanzó por la oficina, rodeando las mesas de los otros editores con una gracia felina. Sus tacones de aguja apenas hacían ruido sobre la alfombra gastada. Se detuvo a dos metros del escritorio de Harper, hundiendo las manos en los bolsillos de su gabardina.
—He pasado los últimos cuatro meses intentando convencerme de que el silencio era la decisión correcta —comenzó Victoria, manteniendo la mirada fija en Harper—.
He intentado convencerme de que estabas mejor sin mí, de que mi mundo solo te traería más destrucción.
Pero el silencio es una tumba, Harper. Y yo no estoy lista para morir todavía.
Harper soltó una risa seca, cargada de amargura.
—Vienes aquí después de lo que me dijiste en ese despacho... después de llamarme histérica, de decirme que solo era un juego para abrirme las piernas... ¿y esperas que te invite a un café?
Victoria cerró los ojos un segundo, y Harper vio, por primera vez, una grieta real de dolor cruzar su rostro.
—Te mentí —confesó Victoria, dando un paso más hacia ella—.
Te mentí porque tenía miedo. Tenía un miedo paralizante a perder el control, a que el imperio que construí se desmoronara por un escándalo.
Fui una cobarde, Harper. Una cobarde que prefirió quemar su propia alma antes que admitir que el fuego que tú encendiste era lo único real que había sentido en una década.
—¿Y qué ha cambiado ahora? —preguntó Harper, poniéndose en pie, apoyando las manos en el escritorio para no tambalearse—. ¿De repente ya no te importa tu empresa? ¿Ya no te importa Julian?
Victoria soltó un suspiro que pareció una exhalación de meses de presión acumulada.
—Julian ya no forma parte de mi vida. Descubrí lo que estaba haciendo.
Desfalcó millones a la empresa para cubrir sus pérdidas en criptomonedas y mantener su farsa de éxito.
Marcus me trajo las pruebas hace unas semanas.
Lo he despojado de todo, Harper. Lo he desheredado, lo he echado de Vance Dynamics y le he dejado claro que si vuelve a acercarse a ti o a mí, pasará el resto de su vida en una celda federal.
Harper parpadeó, procesando la noticia. La caída del "chico de oro" debería haberle dado satisfacción, pero lo único que sentía era la intensidad de la presencia de Victoria, que ahora estaba a menos de un metro de distancia.
—Siento no haberte creído —continuó Victoria, su voz bajando a un susurro que hizo que a Harper se le erizara la piel—.
Tenías razón sobre él. Y tenías razón sobre mí.
No he dejado de pensar en ti ni un solo segundo.
En cómo te sentías en mis brazos, en cómo me mirabas...
He buscado tu rastro en cada calle de esta ciudad, en cada rostro. Estaba volviéndome loca.
Harper sintió que sus defensas, construidas con tanto esfuerzo durante los últimos meses, empezaban a desmoronarse como arena bajo la marea. El olor de Victoria la estaba embriagando, nublándole el juicio.
—Me destrozaste, Victoria —susurró Harper, sintiendo las lágrimas picar en sus ojos—. Me dejaste sola en esa playa después de haberme abierto entera ante ti.
Victoria alargó la mano, pero no llegó a tocarla. Sus dedos temblaron en el aire, a escasos centímetros de la mejilla de Harper.
—Lo sé. Y es el mayor error de mi vida. He venido aquí a pedirte perdón, no porque crea que lo merezco, sino porque no puedo seguir respirando si no lo intento.
He dejado la dirección operativa de la empresa en manos de Marcus.
Ya no tengo cadenas, Harper. Solo te tengo a ti, si es que todavía queda algo de aquel fuego en tu interior.
Harper observó la vulnerabilidad en los ojos de la mujer más poderosa que había conocido. El contraste era devastador. Ya no había rastro de la CEO implacable; solo había una mujer desnuda emocionalmente, suplicando por una redención que ninguna de las dos sabía si era posible.
Sin decir una palabra, Harper rodeó el escritorio. Se detuvo frente a Victoria, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo. El espacio entre ellas estaba cargado de una electricidad estática tan densa que el aire parecía vibrar.
Victoria no esperó más. Se giró hacia la puerta de la oficina, la cerró con llave con un clic definitivo y bajó la persiana de lamas que daba al pasillo. Luego, se volvió hacia Harper.
—No voy a volver a dejarte ir —declaró Victoria.
Dio un paso rápido, agarró a Harper por la cintura y la atrajo hacia sí con una fuerza posesiva que hizo que Harper soltara un gemido ahogado.
Victoria no buscó sus labios de inmediato.
Enterró el rostro en el hueco del cuello de Harper, inhalando profundamente, como un náufrago que por fin llega a tierra firme.
—Hueles a papel y a libertad —murmuró Victoria contra su piel, sus labios rozando la clavícula de la joven.
Harper sintió que sus piernas fallaban. Rodeó el cuello de Victoria con sus brazos, hundiendo los dedos en su cabello oscuro, atrayéndola aún más. La necesidad, reprimida durante meses de soledad y orgullo, estalló como una presa rota.