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—Apártese —le ordenó Victoria a la modista, en un tono que no admitía réplica.
La mujer retrocedió inmediatamente, casi tropezando con sus propios pies.
Victoria se acercó al taburete. Cada uno de sus pasos parecía hacer vibrar las tablas del suelo. Se colocó directamente frente a Harper, invadiendo su espacio vital, deteniéndose a escasos quince centímetros. Harper contuvo el aliento de forma instintiva.
—Levanta la barbilla —murmuró Victoria.
Harper obedeció en silencio, exponiendo la línea vulnerable de su cuello.
Victoria levantó ambas manos. Sus dedos, fríos y firmes, rozaron la piel desnuda de los hombros de Harper antes de agarrar la tela de seda del escote halter.
El contraste térmico provocó un espasmo involuntario en la musculatura del vientre de la joven.
Victoria tiró suavemente de la seda hacia arriba y hacia atrás, deslizando sus manos por los laterales del cuello de Harper, rozando con los pulgares el pulso desbocado que latía violentamente en su arteria carótida.
—El problema no es el corte del vestido —dijo Victoria, manteniendo la voz baja, sus ojos oscuros clavados en las pupilas dilatadas de Harper—.
El problema es la postura. Tiendes a encoger los hombros.
A hacerte pequeña cuando te sientes observada.
Tienes que alinear la espalda, dejar que la tela caiga sobre ti, no esconderte dentro de ella.
Mientras hablaba, Victoria deslizó una mano hacia la espalda descubierta de Harper, apoyando la palma cálida y firme justo entre sus omóplatos, aplicando una leve presión.
—Enderézate. Así.
La columna de Harper se arqueó bajo el contacto, obligando a su pecho a proyectarse hacia delante, tensando la seda verde contra su piel exactamente como estaba diseñado el vestido.
Sus pezones, duros por la bajada de temperatura y la sobrecarga sensorial, se marcaron levemente contra el tejido.
La respiración de Harper se volvió tan superficial que los bordes de su visión comenzaron a oscurecerse.
Estaban tan cerca que Harper podía ver las diminutas motas doradas en el iris oscuro de Victoria, podía contar las pestañas oscuras, podía sentir el calor del aliento de la mujer mayor chocando contra su propia clavícula.
Era una proximidad asfixiante, abrumadora, y sin embargo, Harper sentía una necesidad irracional y violenta de acortar los últimos milímetros que las separaban.
Quería que la mano de la espalda se moviera.
Quería que esos dedos fríos que sostenían la seda en su nuca se enredaran en su pelo.
—¿Lo ves, Eleanor? —dijo Victoria, sin apartar la mirada de los labios entreabiertos de Harper, hablando hacia la habitación pero manteniendo la atención absoluta en su nuera—. Ajusta perfectamente. Solo necesitaba la dirección correcta.
—Supongo —concedió Eleanor a regañadientes desde su sillón, ajena por completo a la tormenta de feromonas y tensión sexual reprimida que estaba a punto de reventar los cristales de la ventana.
Sloane, sin embargo, no era ciega. Desde su posición junto al biombo, apoyada contra la pared de madera, la mejor amiga de Harper observaba la escena en un silencio sepulcral.
Sus ojos iban de los nudillos blancos de Harper aferrados a la falda del vestido, a la mano posesiva de Victoria en su espalda desnuda.
Sloane tragó saliva, procesando la magnitud de lo que tenía delante.
La comprensión la golpeó con la fuerza de un tren de mercancías.
Victoria soltó la tela muy despacio, arrastrando las yemas de los dedos por la nuca de Harper antes de dar un paso atrás, rompiendo la burbuja de calor y obligando a Harper a soltar el aire acumulado en un suspiro tembloroso y entrecortado.
—Termine el dobladillo —le ordenó Victoria a la modista modificando su tono a uno estrictamente profesional—. Y asegúrese de que esté planchado y entregado en la suite de la novia mañana a primera hora.
Sin añadir una palabra más, ni despedirse de Eleanor, Victoria se dio la vuelta y salió de la sala de lectura, dejando la puerta abierta tras de sí.
El vacío que dejó su ausencia fue físico, como si el oxígeno de la habitación se hubiera ido tras ella.
Harper se tambaleó levemente sobre el taburete, apoyando una mano en el maniquí para no perder el equilibrio.
El contacto de la seda contra su piel ya no le parecía elegante, le parecía una jaula en llamas.
Levantó la vista y se topó con la mirada de Sloane en el espejo. Su amiga no sonreía, no la interrogaba, no había sarcasmo en su expresión. Solo había una certeza profunda y aterradora reflejada en sus pupilas oscuras.
Harper desvió la mirada hacia el suelo de madera.
Por primera vez en su vida, comprendió que el monstruo que amenazaba con devorarla y arruinar su futuro perfectamente planificado no venía de los barrios bajos de Chicago, ni se escondía en los balances financieros de la familia Vance.
El monstruo habitaba dentro de ella misma, acababa de despertar, y tenía un hambre voraz.