-3- #2
Bajaron a la planta baja y cruzaron las puertas francesas del salón trasero.
El aire del exterior era denso, saturado de humedad, y el olor a tierra mojada y pino triturado era abrumador.
El césped, que el día anterior parecía una alfombra de billar impecable, estaba lleno de charcos irregulares y ramas caídas.
Una docena de operarios con botas de agua corrían de un lado a otro, levantando estructuras de acero y lona blanca, intentando salvar el montaje del banquete nupcial.
Harper caminaba junto a Sloane, explicando la distribución original de las mesas, pero su mente estaba a kilómetros de distancia. Sus ojos escaneaban el terreno de forma involuntaria, saltando de una persona a otra, buscando una silueta específica entre la multitud.
Y entonces, la vio.
Victoria estaba de pie bajo el porche cubierto de la casa de la piscina, a unos treinta metros de distancia.
Vestía un abrigo de cachemira color arena, entallado, sobre unos pantalones oscuros, y sostenía un vaso de café de cartón en una mano mientras con la otra señalaba unos planos que sostenía el encargado del catering.
A plena luz del día, rodeada de caos logístico, Victoria proyectaba una imagen de control absoluto, de poder corporativo inquebrantable.
Era la reina del tablero, fría, inalcanzable, dictando las normas de la partida.
Harper se detuvo en seco. Su respiración se enganchó en su garganta.
La distancia física no importaba; podía sentir la gravedad que emanaba la mujer mayor tirando de su propio centro.
Revivió la intensidad de la noche anterior, la vulnerabilidad en la voz de Victoria, el calor de sus dedos, la dureza de sus acusaciones.
El contraste entre la ejecutiva blindada que veía ahora y la mujer sentada a oscuras en la cocina la fascinaba de una manera casi enfermiza.
Sloane, con su ojo entrenado para los detalles, notó la tensión al instante.
Vio cómo la atención de su amiga no estaba en las flores, sino anclada magnéticamente a la figura de la mujer mayor.
La artista plástica detuvo su explicación sobre los arreglos florales, se giró hacia Harper y siguió la trayectoria exacta de su mirada, aterrizando directamente en la figura imponente de la CEO de Vance Dynamics.
—¿Por qué miras a tu suegra como si le debieras dinero... o como si estuvieras pensando en cómo robárselo? —preguntó Sloane, en un murmullo bajo, casi inaudible por el ruido del viento.
Harper parpadeó, sacudida por la brusquedad del comentario. Sintió un rubor caliente trepar por su cuello, manchando sus mejillas de rojo.
—No la estaba mirando a ella. Estaba mirando la carpa de la banda de música, que está torcida —mintió Harper, tragando saliva con dificultad y obligándose a girar la cabeza en dirección opuesta.
—Claro. La carpa. Y yo soy daltónica —murmuró Sloane, frunciendo el ceño.
Sus ojos oscuros escanearon el perfil nervioso de Harper, absorbiendo cada microexpresión: el temblor en el labio inferior, la rigidez antinatural de los hombros, el pulso acelerado en la base del cuello.
Sloane era excepcionalmente intuitiva, y lo que acababa de presenciar no encajaba en la caja de la simple "ansiedad preboda".
La mañana avanzó en un torbellino de decisiones triviales sobre mantelerías y cuberterías.
Pasado el mediodía, el cielo comenzó a despejarse, permitiendo que tímidos rayos de sol secaran la hierba.
Fue entonces cuando la tensión, que hasta ese momento había sido un zumbido de fondo, decidió materializarse.
Una de las asistentas de la casa encontró a Harper y Sloane en el vestíbulo.
—Señorita Delaney. La modista ha llegado de Nueva York con el vestido de la cena de ensayo. La está esperando en la sala de lectura del ala este para los últimos ajustes de dobladillo.
Harper asintió, sintiendo una súbita punzada de náuseas.
—Vamos, te acompaño —dijo Sloane, dándole un empujoncito en la espalda.
Al entrar en la sala de lectura, una estancia forrada en paneles de caoba oscura y estanterías repletas de primeras ediciones, Harper descubrió que no estaban solas.
La modista, una mujer menuda y nerviosa llena de alfileres, había desplegado el vestido sobre un maniquí.
Y sentada en un sillón orejero de cuero junto a la ventana, hojeando una revista de arquitectura con absoluta indiferencia, estaba Eleanor.
—Ah, por fin —dijo la tía de Julian, cerrando la revista con un golpe—. Adelante. Pruébatelo. No tenemos todo el día. Julian pagó una fortuna por ese diseño de seda italiana, espero que al menos logres llenarlo adecuadamente.
Harper se tragó el orgullo, agarró la funda protectora y se dirigió tras un biombo de madera tallada.
Se despojó de sus vaqueros y su jersey, quedando en ropa interior, tiritando ligeramente por el aire acondicionado de la sala.
Se deslizó dentro del vestido. Era una pieza impresionante de seda esmeralda, de corte asimétrico, con un escote pronunciado en la espalda y un cuello halter que requería ajustarse perfectamente para no resultar vulgar.
Salió de detrás del biombo y se subió al pequeño taburete circular frente al espejo de cuerpo entero. La seda fría se adhería a sus curvas, pero el cuello le quedaba flojo, colgando de manera extraña sobre su clavícula.
La modista se arrodilló a sus pies, comenzando a marcar el dobladillo inferior con alfileres a una velocidad vertiginosa.
—El bajo es aceptable —dictaminó Eleanor, levantándose del sillón y rodeando a Harper como un buitre evaluando a su presa—. Pero ese escote es un desastre. La tela hace bolsas. Parece que llevas una cortina mal cortada. Haz el favor de arreglar eso de inmediato.
La modista, sudando frío, se levantó con torpeza e intentó fruncir la tela en la nuca de Harper, clavando accidentalmente la punta de un alfiler cerca del omóplato de la joven.
—¡Ay! —Harper soltó un quejido, encogiéndose hacia delante.
—Tenga cuidado, por el amor de Dios —gruñó Sloane desde una esquina, dando un paso protector hacia Harper.
Antes de que la modista pudiera disculparse, la doble puerta de la sala de lectura se abrió sin previo aviso.
Victoria entró en la habitación.
Llevaba el mismo pantalón sastre oscuro de la mañana, pero se había quitado la chaqueta, quedando en una blusa de seda blanca con las mangas remangadas hasta los codos, mostrando sus antebrazos tonificados.
El olor a sándalo y notas cítricas invadió el espacio cerrado casi de inmediato, desplazando el olor a cera de los muebles y al polvo antiguo de los libros.
—He oído gritos desde el pasillo —dijo Victoria, su voz grave resonando contra la madera de las paredes—. ¿Qué está pasando aquí?
—La inutilidad generalizada, eso es lo que pasa —respondió Eleanor, cruzándose de brazos—. El vestido le queda holgado en el torso. Y la mujer parece incapaz de clavar un alfiler sin desangrar a la novia.
Victoria posó sus ojos en Harper. Fue una mirada lenta, pesada, que recorrió la seda esmeralda adherida al cuerpo de la joven, deteniéndose una fracción de segundo más de lo necesario en el escote desbocado, para luego subir hasta los ojos muy abiertos de Harper.