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La luz cruda y blanquecina de la mañana se filtró por las rendijas de las cortinas opacas, apuñalando las retinas de Harper.
Abrió los ojos despacio, sintiendo los párpados pesados, arenosos, como si hubiera pasado la noche en vela frotándolos con papel de lija.
El temporal nocturno había amainado, dejando a su paso un cielo plomizo y un silencio tenso, el equivalente meteorológico a una respiración contenida.
La finca entera parecía sumida en el ojo del huracán, una calma engañosa antes de que los vientos volvieran a azotar con el doble de violencia.
Harper rodó sobre el inmenso colchón de plumas.
Los músculos de su espalda estaban rígidos, anudados por la tensión de las últimas horas.
Al llevarse la mano izquierda al rostro para apartar un mechón de pelo húmedo por el sudor, la yema de sus dedos rozó la piel de su propia muñeca.
El contacto la hizo detenerse en seco. Cerró los ojos con fuerza.
Todavía podía sentirlo. El fantasma del pulgar de Victoria trazando círculos lentos, metódicos y ardientes sobre sus venas en la oscuridad de la cocina seguía allí, latiendo bajo la epidermis como un veneno de acción lenta.
Se incorporó de golpe, expulsando el aire de los pulmones.
—Basta —murmuró para sí misma en la soledad de la habitación—. Detente.
Necesitaba centrarse. Faltaba una semana para la boda.
Julian iba a llegar en dos días. Tenía que revisar la disposición de las mesas, confirmar las opciones veganas del menú y fingir que todo estaba en perfecto orden.
Se obligó a salir de la cama, a pisar la madera fría con los pies descalzos y a meterse bajo el chorro de agua hirviendo de la ducha de mármol, esperando, absurdamente, que el agua a cuarenta grados lograra derretir la sensación de irrealidad que se había instalado en su pecho.
Cuarenta minutos más tarde, ataviada con unos vaqueros rectos y un jersey de punto color avena que disimulaba la leve bajada de peso de las últimas semanas, bajó a la planta principal.
El olor a café tostado, amargo y denso, la guio hasta el solárium adyacente a la cocina, un espacio semicircular acristalado que ofrecía una vista panorámica de los jardines destrozados por la tormenta.
Eleanor ya estaba allí. Sentada con una postura tan recta que parecía tener una tabla de planchar soldada a la columna vertebral, leía el periódico en formato físico mientras daba pequeños y calculados mordiscos a una tostada seca.
—Buenos días —saludó Harper, dirigiéndose directamente hacia la cafetera italiana de acero inoxidable.
—Tienen poco de buenos, querida —replicó Eleanor, sin apartar la vista de las páginas financieras—.
El viento ha destrozado dos de las carpas que los operarios montaron ayer en el césped sur.
He tenido que llamar a la empresa de eventos a las seis de la mañana para exigir un reemplazo inmediato.
Y el jardinero me ha confirmado que tres de las hortensias francesas están insalvables. Un desastre logístico absoluto.
—Lo siento mucho. Iré a hablar con ellos ahora mismo para ver cómo podemos reorganizar el espacio.
—No hace falta. Ya he dado yo las órdenes pertinentes. Julian confía en mi criterio para evitar que el terreno parezca un lodazal de campo de refugiados el día de su boda —la mujer mayor pasó la página con un chasquido seco de papel—. Por cierto, ¿has conseguido hablar con mi sobrino esta mañana?
Harper sirvió el café negro en una taza de porcelana, notando cómo le temblaba ligeramente el pulso. Apoyó el borde de la taza en el platillo con más fuerza de la necesaria.
—Le dejé un mensaje de voz anoche. Supongo que con la diferencia horaria en Londres y las reuniones de la fusión del fondo, estará abrumado.
—Julian es un hombre ocupado, Harper. Está forjando un imperio.
Deberías ir acostumbrándote a estas ausencias prolongadas.
Las mujeres de nuestra familia no somos como esas esposas dependientes que necesitan validación constante por teléfono.
Entendemos el sacrificio que requiere el verdadero éxito.
Harper apretó los dientes, sintiendo el esmalte rechinar. Se tragó la respuesta mordaz que le bailaba en la punta de la lengua. Antes de que pudiera articular una excusa para abandonar la sala, el sonido grave y áspero de unos neumáticos triturando la grava del camino de entrada la salvó.
Dejó la taza intacta sobre la encimera y caminó a paso rápido hacia el vestíbulo principal.
Al abrir la pesada puerta de roble, una ráfaga de aire frío y salado le golpeó el rostro.
Aparcado frente a la escalinata, un viejo todoterreno Volvo de los años noventa, cubierto de barro hasta los tapacubos, desentonaba de forma gloriosa con la arquitectura elitista de la mansión.
La puerta del conductor se abrió con un crujido metálico y Sloane Kensington saltó al suelo de piedra.
Vestía unos pantalones de chándal negros, unas botas militares desgastadas y una chaqueta de cuero enorme que probablemente había robado en una tienda de segunda mano en Brooklyn.
Su cabello oscuro, cortado en un estilo asimétrico y rebelde, flotaba salvajemente con la brisa húmeda del océano.
Era la antítesis andante de los Hamptons, y a Harper le pareció la visión más hermosa del planeta.
—¡Sloane! —Harper bajó los escalones de dos en dos y se lanzó a los brazos de su amiga, aferrándose al cuero de su chaqueta como un náufrago a una tabla de madera.
—¡Eh, eh, cuidado con los huesos, futura señora Vance!
—Sloane soltó una carcajada ronca, devolviéndole el abrazo con fuerza, aplastando a Harper contra su pecho.
Olía a tabaco de liar, a menta piperita y a humedad—.
Mírate nada más. Estás pálida como un fantasma.
¿Qué pasa, no te dan de comer en el castillo de Drácula?
Harper se apartó un poco, sintiendo una sonrisa genuina asomar a sus labios por primera vez en tres días.
—Te eché de menos. Siento haberte hecho conducir tan temprano después de la tormenta.
—Tonterías. Llevo despierta desde las cinco.
Mi gata vomitó en la alfombra y decidí que era una señal divina para huir de Nueva York —Sloane se giró hacia el maletero, abrió el portón trasero y sacó una bolsa de lona verde oliva, echándosela al hombro—.
Bueno, ¿dónde está el novio ausente? Ah, espera, cierto.
En Europa, salvando la economía mundial mientras tú eliges servilletas. Típico de Julian.
—Sloane, por favor. No empieces. Al menos no delante de su tía. Está dentro y tiene un radar para el sarcasmo no disimulado.
Las dos mujeres entraron en la casa. El contraste entre la energía caótica y vibrante de Sloane y el ambiente estéril del vestíbulo era palpable.
Subieron rápidamente a la planta superior, evitando pasar por el solárium para no enfrentarse al escrutinio de Eleanor.
Harper la guio hasta una de las habitaciones de invitados, dos puertas más abajo de la suya.
Sloane tiró la bolsa sobre la cama con un golpe sordo, se quitó la chaqueta de cuero y se giró para observar a Harper, cruzándose de brazos.
Su expresión juguetona había desaparecido por completo, reemplazada por la mirada clínica y penetrante que solía usar cuando analizaba los fallos en sus lienzos de pintura.
—Vale. Ya estamos solas —dijo Sloane, bajando la voz—. Suéltalo.
—¿Soltar el qué? —Harper fingió demencia, alisando una arruga inexistente en la colcha de la cama—. Solo estoy organizando tu ropa. Deberíamos bajar a ver el desastre del jardín antes de que...
—Harper. Mírame —la interrumpió Sloane, dando un paso al frente—.
Nos conocemos desde la primera semana de primer año en Yale.
Sé cuándo estás nerviosa por un examen y sé cuándo estás aterrorizada porque algo se está derrumbando.
Tienes unas ojeras que te llegan a la barbilla, te tiemblan las manos y llevas evitando mirarme a los ojos desde que bajaste la escalera.
¿Qué ha pasado? ¿Es Julian? ¿Te ha cancelado?
—No, no es Julian. Él llega el sábado por la tarde, como estaba previsto.
—Entonces, ¿qué es? ¿El síndrome de la impostora te está comiendo viva otra vez? ¿Sientes que van a descubrir que no tienes sangre azul y te van a echar a los leones?
Harper se sentó en el borde de la cama, frotándose las sienes con las yemas de los dedos.
El dolor de cabeza amenazaba con regresar.
Quería contárselo. Deseaba desesperadamente abrir la boca y expulsar la confesión: Tuve un apagón anoche.
Me encontré con mi suegra en la cocina. Me tocó.
Me desmontó entera en cinco frases y ahora no puedo respirar si pienso en ello.
Pero las palabras se atascaron en su garganta, pesadas y pegajosas.
¿Cómo podía explicar algo que ni ella misma comprendía?
¿Cómo verbalizar que la proximidad física de una mujer de casi sesenta años le había provocado un cortocircuito en el cerebro que el supuesto amor de su vida jamás había logrado en años de relación?
—Es todo, Sloane. La casa, la tía Eleanor, la magnitud de esta boda... Siento que estoy atrapada en una obra de teatro y no me sé mis líneas.
Sloane la observó en silencio durante varios segundos, entornando los ojos oscuros. No parecía completamente convencida de la respuesta, pero asintió despacio, respetando el límite invisible que Harper acababa de trazar.
—Bien. Para eso estoy aquí. Para ser tu escudo humano contra los esnobs estirados —Sloane se acercó y le revolvió el pelo con cariño—. Venga, vamos a ver esos jardines arruinados. Necesito reírme un rato del sufrimiento de la tía Eleanor.