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Harper estaba de pie junto a la ventana, observando cómo un camión de mensajería privada, de un blanco inmaculado y sin logotipos, se alejaba por el camino de grava.
Acababa de llegar.
Sobre la cama de dos metros y medio de ancho, descansaba una funda de tela transpirable de casi dos metros de largo.
El bordado en el extremo superior rezaba un nombre que en los círculos de Manhattan se pronunciaba con la misma reverencia que un salmo religioso.
Era el vestido definitivo. No el de la cena de ensayo, no una prueba de algodón; era la armadura blanca con la que Harper Delaney se convertiría oficialmente en una posesión de la dinastía Vance.
Se acercó a la cama con una lentitud casi fúnebre.
El silencio en la planta superior era absoluto, roto únicamente por el zumbido monótono del sistema de climatización y el lejano graznido de una gaviota.
Victoria estaba en una videoconferencia con la junta directiva en el ala oeste, y Eleanor había salido a supervisar la llegada de las botellas de cristal de bohemia. Harper estaba sola.
Tiró de la cremallera de la funda. El sonido, un siseo metálico prolongado, le pareció el desgarro de una piel.
La seda apareció primero. Un blanco roto, denso, con una caída que recordaba al mercurio.
Era una pieza de ingeniería textil: un corsé interno de ballenas invisibles diseñado para moldear el cuerpo hasta la asfixia estética, una falda con metros de encaje francés aplicado a mano y una hilera de cincuenta botones de perla auténtica que debían recorrer su columna vertebral.
Harper se despojó de su ropa con movimientos mecánicos.
Se quedó en ropa interior frente al espejo de cuerpo entero que dominaba la estancia, observando su propio reflejo con una desafección creciente.
Se veía delgada, casi traslúcida bajo la luz del atardecer.
Sus clavículas sobresalían como crestas de caliza y sus ojos, de un gris tormentoso, parecían hundidos.
—Es solo un vestido —susurró, intentando convencerse. Su voz sonó pequeña, engullida por el papel pintado de seda de las paredes.
Levantó el vestido. Pesaba más de lo que recordaba en la última prueba en Manhattan. La estructura interna era rígida, fría contra su piel desnuda. Con un esfuerzo que hizo que sus músculos se tensaran dolorosamente, se deslizó dentro de la prenda.
El problema empezó con el corsé.
Harper intentó subir la cremallera lateral oculta mientras sujetaba el torso con el brazo izquierdo.
La tela estaba diseñada para ajustarse al milímetro, no permitía errores, no permitía respiraciones profundas.
Al tirar hacia arriba, la seda se tensó sobre sus costillas, oprimiendo sus pulmones.
El encaje, exquisito y caro, se sentía como una red de pesca áspera sobre sus hombros.
Se miró al espejo. La visión la golpeó como una bofetada.
Ya no era la chica que había devorado libros de Virginia Woolf en la biblioteca de Yale mientras contaba los céntimos para el café.
No era la mujer que soñaba con descubrir autores nóveles en una editorial pequeña de Brooklyn.
La imagen que le devolvía el cristal era la de una muñeca de porcelana de alta gama, una figura hueca envuelta en seis mil euros de seda italiana.
Era la prometida de Julian Vance. Era el éxito social personificado.
Y de repente, el aire desapareció.
Fue como si el vacío se hubiera instalado en la habitación. Harper intentó inspirar, pero el corsé actuaba como una garra de hierro alrededor de su tórax. Sus pulmones se expandieron, chocando contra las ballenas rígidas del vestido, y el oxígeno no llegó a su sangre.
«No puedo respirar», pensó. El pánico, un fluido negro y viscoso, comenzó a inundar su mente.
Se llevó las manos al cuello, intentando aflojar el encaje que de pronto sentía como una soga.
Su reflejo comenzó a distorsionarse; los bordes del espejo se volvieron borrosos, manchados de puntos de luz blanca.
El sonido de su propio corazón, un galope frenético y desordenado, le retumbaba en los oídos como el motor de un avión a punto de estrellarse.
Sus rodillas flaquearon. Se apoyó contra el tocador de madera tallada, tirando al suelo un frasco de perfume de cristal que estalló en mil pedazos, inundando el aire con un olor dulzón y asfixiante a jazmín.
—Ayuda —intentó decir, pero lo que salió de sus labios fue un silbido agónico.
El sudor frío comenzó a empapar el interior de la seda blanca.
Sentía las puntas de los dedos hormiguear, una señal de que el dióxido de carbono se estaba acumulando en su sistema.
La habitación comenzó a dar vueltas. La opulencia de la suite, los cuadros de marinas, la cama inmensa...
todo se convirtió en una jaula de oro que se cerraba sobre ella.
En ese momento, la puerta de la suite se abrió. No fue un golpe suave; fue el sonido de alguien que entra con un propósito, alguien que no espera permiso.
Victoria Vance se detuvo en el umbral. Llevaba todavía los auriculares de la videoconferencia colgando del cuello y la tableta en la mano izquierda. Su rostro, habitualmente una máscara de indiferencia ejecutiva, cambió en una milésima de segundo al ver la escena.
—¿Harper?
Victoria tiró la tableta sobre la alfombra sin preocuparse de si se rompía y cruzó la habitación en tres zancadas largas y decididas.
Al ver a la joven colapsar sobre el suelo, envuelta en una marea de seda blanca y rodeada de cristales rotos, el instinto protector de la mujer mayor afloró de una manera violenta y primaria.
—Mírame, Harper. ¡Mírame! —ordenó Victoria, hincando las rodillas en la alfombra sin importarle arruinar sus pantalones de mil quinientos dólares.
Harper tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos en blanco y la boca abierta en una lucha desesperada por el aire. Sus manos arañaban la tela del pecho del vestido, intentando desgarrarla.
Victoria agarró las muñecas de Harper con una fuerza sorprendente, inmovilizándola.
—No luches contra el vestido, te vas a hacer daño —dijo Victoria. Su voz ya no era fría; era un rugido bajo, cargado de una autoridad que buscaba anclar a Harper a la realidad—. Concéntrate en mi voz. Necesito que me escuches. No te estás muriendo. Es solo un ataque de pánico.
Victoria soltó las muñecas de Harper y llevó sus manos al rostro de la joven, obligándola a fijar la vista en sus ojos oscuros.
El contacto físico fue como una descarga eléctrica que atravesó la niebla del pánico de Harper.
Las manos de Victoria estaban calientes, olían a café y a ese sándalo embriagador que parecía emanar de sus poros.
—Inspirar... uno, dos, tres... —instruyó Victoria, exagerando su propia respiración para que Harper pudiera imitarla—. Expira... uno, dos, tres... Hazlo conmigo, Harper.
Poco a poco, el ritmo frenético del pecho de la joven comenzó a acompasarse con el de Victoria. El aire empezó a filtrarse, muy despacio, a través de sus bronquios contraídos. El velo blanco frente a sus ojos se disipó, dejando paso a la mirada intensa, casi febril, de la mujer que tenía delante.
—Así es. Otra vez —susurró Victoria. Su pulgar derecho acarició la mejilla de Harper, retirando un mechón de pelo pegado por el sudor—. Estás a salvo. Estoy aquí.
Harper soltó un sollozo desgarrador, una liberación de toda la presión acumulada durante semanas.
Su cabeza cayó hacia delante, apoyándose en el hombro de Victoria.
El contraste entre la seda fría del vestido de novia y el calor del cuerpo de Victoria, vestida con su blusa de seda oscura, era casi insoportable.
Victoria la rodeó con sus brazos, estrechándola contra sí.
Intentó consolarla, pero la naturaleza de aquel contacto físico mutó rápidamente.
Lo que empezó como un acto de auxilio comenzó a mutar en algo más denso, más pesado.
La respiración de Victoria, que antes era rítmica y calmada, se volvió irregular al sentir el cuerpo menudo de Harper temblando contra el suyo.
Harper se apartó apenas unos centímetros, lo justo para mirar a Victoria a la cara.
Tenía los labios entreabiertos, la piel húmeda y las pupilas tan dilatadas que casi borraban el iris gris.
El pánico había desaparecido, dejando en su lugar una vulnerabilidad absoluta, una desnudez emocional que la dejó expuesta ante los ojos depredadores de Victoria.
—Yo... no puedo casarme, Victoria —susurró Harper, con una voz quebrada que apenas era un aliento—. No puedo ser esto. No puedo ser lo que Julian quiere.
Victoria no respondió con palabras. Sus ojos bajaron hacia los labios de Harper y luego volvieron a subir, clavándose en los suyos con una intensidad que hizo que a la joven se le encogiera el estómago.
El silencio en la habitación cambió de frecuencia; ya no era el silencio de la soledad, era el silencio cargado de electricidad estática de un cable a punto de romperse.
Victoria se puso en pie, arrastrando a Harper con ella. Sus manos bajaron desde el rostro de la joven hasta sus hombros, sujetándola con una firmeza que rozaba el dolor.
—Sabes perfectamente por qué te está pasando esto —dijo Victoria, su voz ahora un susurro ronco, peligroso—. No es por el vestido. No es por la ceremonia. Es por la mentira que estás intentando vivir.
Victoria la empujó hacia atrás. Harper retrocedió un par de pasos hasta que su espalda chocó con un golpe sordo contra la pared de caoba oscura del dormitorio.
El impacto la dejó sin aliento por un segundo, pero antes de que pudiera reaccionar, Victoria estaba sobre ella, invadiendo su espacio personal hasta que no quedó un solo milímetro de aire entre ambas.
En un arrebato de necesidad mutua, la máscara de Victoria se hizo añicos. Ya no era la CEO, ya no era la madre preocupada, ya no era la viuda gélida. Era una mujer consumida por un deseo que llevaba días cociéndose a fuego lento bajo la superficie.
No hubo ternura en el encuentro. Fue una colisión de dientes y lengua, un choque de desesperación acumulada. Victoria agarró el rostro de Harper con ambas manos, hundiendo sus dedos en su cabello, mientras su boca devoraba la de la joven con una voracidad que la dejó aturdida.
Harper soltó un gemido que fue ahogado por la lengua de Victoria.
Sus manos, que hace un momento buscaban aire, se cerraron con fuerza sobre la blusa de seda de Victoria, arrugándola, tirando de ella para acercarla aún más si era posible.
El sabor de Victoria era una mezcla de café amargo, whisky caro y una feminidad madura y sofisticada que hizo que las rodillas de Harper se volvieran gelatina.
La seda blanca del vestido de novia crujió bajo la presión de sus cuerpos.
Harper sentía el frío de la madera de caoba en su espalda y el calor abrasador de Victoria en su frente.
Era una contradicción sensorial absoluta.
Victoria bajó una mano hacia la cintura de Harper, apretando el corsé del vestido con una fuerza que hizo que las costillas de la joven protestaran, pero Harper solo quería más.
Quería que Victoria la rompiera, que la sacara de esa piel de seda blanca que no le pertenecía.
El beso se volvió más profundo, más urgente.
Victoria la empujaba contra la pared, su cuerpo dominando por completo el de la joven, marcando su territorio con una posesividad que hizo que Harper sintiera un espasmo de placer líquido en el bajo vientre.
Cada roce de la lengua de Victoria era una promesa de destrucción, un asalto a la moralidad y al futuro planificado de Harper.
Victoria se apartó un segundo, solo el tiempo suficiente para respirar, sus rostros a milímetros de distancia. Sus ojos oscuros brillaban con una luz salvaje, casi maníaca.
—Dime que me detenga, Harper —exigió Victoria, su voz apenas un gruñido—. Dilo ahora o no habrá vuelta atrás.
Harper no dijo nada. En lugar de eso, rodeó el cuello de Victoria con sus brazos y volvió a atraer su boca hacia la suya, respondiendo con un hambre que igualaba a la de la mujer mayor.
El vestido de novia, el símbolo de su pureza y de su compromiso con Julian, estaba siendo profanado por la propia madre del novio en una habitación llena de espejos que multiplicaban su traición.
Victoria soltó un gruñido de satisfacción y volvió a estrellar sus labios contra los de Harper, sus manos bajando ahora hacia las caderas de la joven, levantando ligeramente la falda de seda para sentir la piel de sus muslos.
El mundo exterior, los Hamptons, la boda, el desfalco de Julian que aún permanecía oculto...
nada de eso existía. Solo existía el roce abrasador de la piel, el olor a sándalo y el sonido de dos respiraciones entrelazadas en una batalla que ninguna de las dos quería ganar.
Harper sabía, mientras sentía el cuerpo maduro y poderoso de Victoria presionándola contra la caoba, que su vida tal como la conocía acababa de terminar. Y lo peor de todo es que no le importaba en absoluto.