Capítulo 23 #2
Zoey inspiró hondo y cruzó la calle, pasando por la entrada de vehículos. Las hojas secas del otoño crujieron a su paso, pero no supo distinguir si aquel sonido era una advertencia, una súplica para que se detuviera o un aliento.
Aunque, en realidad, poco importaba. Zoey se apartó del camino de hormigón y pisó el césped entre las tumbas.
El silencio se instaló, como si el lugar se aquietara con su llegada.
Zoey no pudo evitar la oleada de reverencia que la invadió.
Respiró lenta y entrecortadamente, siguió caminando y se mantuvo al borde de los senderos transitados entre las tumbas.
Miró una de ellas al pasar. Se había caído en algún momento indeterminado del pasado, la piedra tan antigua que el nombre estaba totalmente erosionado, completamente olvidado.
Se estremeció y se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
Había algo horriblemente morboso en eso.
Ser olvidado por completo. No ser más que un garabato ilegible en un registro de defunciones en algún lugar.
Pero ¿no acababa pasándole eso a casi todo el mundo?
Respiró, esperando a medias que su aliento se condensara en el aire frente a ella.
¿No consumía el tiempo a todos excepto a los famosos y a los infames? Quizás era mejor ser olvidado.
Siguió caminando mientras el aire frío de octubre —casi noviembre— le calaba las mangas finas. Octubre. Noviembre. ¿Cómo era posible que ya fuera casi noviembre? ¿Se había evaporado el tiempo durante su encierro en Sawnton?
Y Rona. Rona llevaba desaparecida más de un mes. Más de un mes de terror sin más noticias que amenazas escritas y viales de sangre para demostrar que seguía viva.
Zoey soltó un siseo. Tenía que concentrarse. No en el calvario de Rona, sino en cómo traerla a casa. Esto podría ser una pista para recuperarla. Algo que espoleara a Maxwell a actuar.
Ojalá Sascha estuviera allí. Pero se había marchado. Desaparecido en algún lugar de Europa.
Estaba sola. Salvo por el diminuto y frágil hilo de esperanza que él había dejado. La nota envuelta en una tarjeta de crédito que le había puesto con ternura en la palma de la mano. De pronto, parecía pesar más en el bolsillo de los vaqueros.
Si alguna vez me necesitas.
Zoey sacudió la cabeza. Ya había estado sola antes. Podía estarlo ahora. Volvió a tragar saliva, con la garganta apretada, y siguió adelante mientras examinaba cada tumba en busca de algún marcador. Alguna indicación de qué parcela era cuál.
Se encontró en la parte más alejada del cementerio, en un rincón diminuto y descuidado.
La misteriosa Parcela 1734 de Simon no podía estar aquí , ¿verdad?
Zoey miró por encima del hombro, con las manos colgando inútiles a los costados.
No había nada. Un rincón cubierto de maleza.
Ninguna de las tumbas mostraba un nombre que reconociera.
De no conocer a Simon, habría pensado que era una broma.
Pero Simon no la habría mandado a hacer el tonto. No con una carta que había escrito creyendo que iba a morir.
Esto era...
Zoey se quedó paralizada. Sus ojos recorrieron unas letras que conocía bien.
No.
Se apoyaba contra el muro exterior, con los lados astillados y desgastados, pero de algún modo seguía en pie.
No.
Esto era imposible.
No .
La lápida la miraba fijamente, con una realidad tan penetrante como el viento otoñal.
Zoey no podía funcionar. El pecho le daba sacudidas y temblores mientras intentaba respirar sin conseguir aire. Las manos se le crispaban, desesperadas por encontrar algo a lo que aferrarse. Las piernas le temblaban, ansiosas por huir, por fingir que no había visto aquello.
Pero no podía moverse.
En cambio, las piernas le cedieron y cayó de rodillas sobre la hierba —hierba que de algún modo debería estar muerta, pero que cometía el insulto de estar viva—.
Lágrimas calientes le corrieron por el rostro y el viento dejó tras ellas rastros ardientes.
Quería limpiarse los ojos. Quería borrar aquella visión por completo.
Pero allí no había absolución.
Las palabras grabadas en la piedra la observaban con una autoridad silenciosa que jamás había conocido. Zoey no podía hacer más que mirar. Mirar como la niña perdida que había sido cuando Maxwell Blackmore llegó por primera vez con la noticia de que su madre había desaparecido.
Jodi Blackmore
1975-2010
No había nada más. Ni una oda ni un recuerdo de quién había sido. Ninguna mención de su maternidad. Ninguna mención de las tres hijas que había dejado atrás.
Zoey se meció hacia delante, apenas consciente de cómo se aferraba a los propios hombros en un intento desesperado de sostenerse. Un gemido pequeño y salvaje se le formó en la garganta y escapó entre los dientes apretados. El silencio resonante del cementerio no permitiría un grito.
Silencio devuelto por silencio ofrecido. La desesperación silenciosa que Zoey había cargado durante diez años, el anhelo de hablar con su madre una vez más. Algo que jamás volvería a tener.