Despertar a Orion (Matar a Aquila 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Arena fría y húmeda le raspaba entre los dedos de los pies mientras giraba en una pirueta cerrada.

La playa no era precisamente ideal para bailar, pero era el único lugar que se le ocurría donde podría tener espacio.

Una oportunidad para que su mente fuera completamente suya.

Una ocasión para calmar sus nervios, cada vez más alterados.

Sobre su cabeza, las densas nubes que ocultaban el sol otoñal parecían reflejar su ánimo sombrío.

Ya habían pasado cinco días. Cinco días con Alan y Charity. Sus conversaciones en susurros —que terminaban en cuanto Zoey entraba en la habitación donde estaban—, sus miradas furtivas.

Cerca de allí, su teléfono, apoyado en una roca afilada que sobresalía de la arena, reproducía a todo volumen una lista de canciones conocidas. Zoey apenas podía oírlo por encima del estruendo del oleaje. Se esforzaba desesperadamente por concentrarse solo en la música.

Para no oír el agua.

Para no pensar en Alan y Charity y en cómo su presencia la exasperaba.

Arrastró los dedos de los pies por la arena en un suave tendu, vagamente consciente de la leve huella que dejaba.

Contuvo un siseo de dolor cuando la vieja lesión de la pierna y la nueva del costado protestaron ante el movimiento.

Parecían insistir en que se quedara quieta.

Que se quedara dentro. Que permaneciera oculta como un zorro esperando a que terminara una cacería.

Pero no podía.

Le había prometido a Sascha que volvería a bailar.

Se había prometido a sí misma que encontraría a Rona.

No podía hacer ninguna de esas cosas si se escondía.

Desplazó el peso y se deslizó sin esfuerzo en un arabesque.

Era extraño bailar descalza, aunque había bailado así hacía solo unas semanas en The Roost. Una danza de puros movimientos. Sin pasos medidos. Simplemente moverse para asegurarse de que recordaba.

Recordaba a la persona que había sido antes de todo esto.

La arena se le coló más entre los dedos de los pies mientras giraba sobre el suelo húmedo.

La Zoey que había bailado en recitales de ballet y ensayado coreografías le parecía muy lejana. Quizás otra persona completamente distinta.

Juntó los talones y saltó de inmediato hacia un lado, desplazándose lateralmente en una serie de pasos passé ligeros.

Incluso sin nadie que la evaluara, ya notaba que la pierna izquierda no era tan flexible ni fuerte como la derecha.

Intentó no pensar en ello. La lesión de la pierna ya era antigua.

Seguramente aquello eran solo las últimas fases de la curación. Recuperaría la fuerza. Con el tiempo.

En cambio, centró la mente en algo en lo que sí podía pensar. Algo que resultaba más seguro que su propio futuro incierto.

Parcela 1734 .

Levantó las manos, extendiéndolas sin querer hacia el mar. Con un escalofrío, le dio la espalda con media pirueta.

Parcela 1734.

La carcomía.

¿Qué tenía de importante para que Charity hubiera estado enviando dinero durante la última década?

Simon había mencionado en su carta que Charity afirmaba que allí estaba enterrado su tío.

Una afirmación que Sascha contradecía. Zoey se inclinaba a darles la razón a ambos: ella tampoco creía la historia de Charity.

Charity nunca había parecido especialmente cercana a nadie, y mucho menos a alguien que no fuera familia directa.

Zoey se elevó en demi-pointe y se lanzó en un petit jeté, ignorando el temblor de la pierna izquierda al aterrizar y el calambre creciente en la base de las costillas.

Era evidente que la Parcela 1734 era algo que Simon había considerado lo bastante importante como para pedirle que lo investigara después de su muerte.

Lo ideal habría sido hablar con Sascha y Flynn de nuevo sobre la carta, pero estaban ilocalizables.

Lo cual suponía otro problema aparte. Todavía no había recibido respuesta de Flynn sobre el Sikorsky.

No estaba del todo segura de si siquiera lo habían investigado. Quizás no. Quizás no era importante.

Su ausencia la dejaba extrañamente desamparada. Como si fueran el único cable de salvamento al que podría haberse aferrado, y simplemente no estuvieran ahí. La comunicación, completamente cortada.

¿Cómo era posible que solo hubieran pasado cinco noches?

Cinco noches más que Rona llevaba en manos de La Zarina.

Una oleada gélida de miedo le recorrió las venas. Un miedo que no se atrevía a nombrar. Que quizás Rona estaba...

El dolor estalló en el costado de Zoey e irradió como una descarga eléctrica. Perdió el equilibrio y aterrizó pesadamente en la arena. Se presionó el estómago con fuerza, temblando mientras se miraba la palma en busca de sangre. Nada. Tenía la mano seca. No había rastros rojos en la piel.

No. No soportaba pensarlo.

Rona estaba viva. Tenía que estarlo. Porque una vida sin Rona —sin la otra mitad de sí misma— no era vida en absoluto.

Con un gemido quedo, Zoey se incorporó tambaleándose.

Cerca de allí, el teléfono seguía reproduciendo música con valentía, pero ella ya no tenía energía para seguirle el ritmo.

Ya no quería bailar. Toda la ligereza había desaparecido de sus pasos, como si se la hubieran absorbido y arrastrado hacia el mar gris.

Le dolía. En más de un sentido. Levantó la mano para frotarse el costado, pero acabó frotándose el pecho, con el pulgar rozando apenas el colgante de la constelación de la Estrella Polar.

Echó la cabeza hacia atrás, hacia el cielo encapotado, como si intentara ver a través de él las estrellas que aparecerían cuando cayera la noche.

—No quise decir que empezaras a bailar en cuanto me fuera y no pararas hasta que volviera.

Zoey giró en redondo; los colores se difuminaron con la velocidad del giro.

Sascha estaba al pie de una de las dunas, vestido con la misma ropa negra que había llevado días antes.

O al menos con un uniforme idéntico. Pulcro.

Impersonal. Sus botas dejaban huellas leves en la arena mientras se acercaba.

—Sascha —exhaló Zoey, acortando la distancia entre ellos.

El impulso de saltar a sus brazos y abrazarlo le nació en el pecho, pero no lo hizo.

Lo reprimió. Los pasos y el lenguaje corporal de Sascha parecían más pesados.

Como si algo le pesara encima. Lo inquietara.

No era su andar habitual de bailarín. Más bien parecía prepararse para un impacto invisible pero inminente.

La falta de gracia en sus movimientos la puso en alerta.

Un presagio de que algo iba mal. En lo más hondo de su mente, sonó una alarma.

Se detuvo a un paso de él, lo bastante cerca para que pudiera alargar la mano y tocarla si quería. Él no se movió.

Zoey carraspeó.

—Pensé que tardarías más. ¿Habéis encontrado algo?

Sascha apartó la vista y la posó en el agua. Se inclinó hacia delante, como si quisiera acortar la distancia entre ellos, pero se quedó donde estaba.

—Sí. Pero no hemos vuelto por eso.

—¿Entonces por qué?

—Nos han llamado de vuelta.

Su voz sonaba pesada, antinatural. Más señales de alarma se dispararon en la mente de Zoey.

—¿Qué? —preguntó Zoey, mientras un pavor sordo se le instalaba entre las costillas—. ¿Qué ha pasado?

Los ojos azules de Sascha se encontraron con los suyos, pero su expresión era indescifrable, y a Zoey se le cayó el alma a los pies.

Había algo calculado en la forma en que Sascha cerraba su rostro.

Ya había visto esto antes. Ese control férreo.

Aquella noche en París, cuando había hecho un trato con Maxwell para intentar salvar las vidas de ambos.

—Tienes que venir conmigo —dijo Sascha. Su expresión se endureció un instante y luego se suavizó de inmediato. Un atisbo de disculpa le cruzó la mirada—. No quiero alarmarte, pero necesito que te prepares para recibir un golpe.

—¿Qué está pasando? —preguntó Zoey mientras cogía el teléfono de la roca donde lo había dejado y se sacudía los pies.

—Zoey, yo...

—Por favor, Sascha —dijo Zoey—. Nunca me has ocultado nada.

Él suspiró quedamente y asintió.

—No. Tienes razón.

Sascha se acercó lentamente. Zoey se calzó y lo esperó; con cada paso que él daba, la ansiedad le crecía en el pecho.

—Hemos recibido una advertencia de La Zarina, y necesito que te armes de valor para esto.

~ ~ ~ ~ ~ ~

Gris. Pesado. Perturbado.

Zoey lo sintió en cuanto entró en la cocina de La Vicaría. Apenas oyó a Sascha cerrar la puerta tras ellos.

Maxwell y Hailee estaban sentados juntos a la mesa.

Maxwell tenía la cabeza gacha y las manos entrelazadas frente al rostro.

Flynn permanecía en una esquina, con los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos cerrados y la mandíbula apretada.

Bajo la luz demasiado intensa, Zoey distinguió el brillo acuoso en los ojos de Hailee.

Sobre la mesa había una caja de cartón con las solapas abiertas.

—Zoey —dijo Hailee, y se levantó tan deprisa que la silla golpeó la pared.

Zoey trastabilló. Hailee sonaba presa del pánico. Lo parecía. Había algo salvaje en sus ojos. Zoey miró a Sascha, pero su rostro no revelaba nada. Si acaso, estaba más hermético que nunca.

—¿Qué está pasando? —preguntó Zoey, esforzándose por que no le temblara la voz.

Los ojos grises de Maxwell se alzaron de la caja, oscuros fragmentos de pizarra, y Zoey tragó saliva.

Maxwell era muchas cosas. Insensible. Cruel.

Manipulador. Colérico, quizás. Peligroso, sin duda.

Pero nunca asustado. Y sin embargo, el miedo era lo que irradiaban los ojos de Maxwell.

Los ensombrecía hasta volver el iris casi indistinguible de la pupila.

Zoey apenas podía creerlo. Quería salir huyendo.

Fuera lo que fuese, no quería ver lo que había en la caja.

—Ven aquí —dijo Maxwell mientras bajaba las manos de la boca.