Capítulo 11 #2
A su espalda, Zoey oyó a Flynn llamar a la noche, con la voz resonando extrañamente entre los edificios. Debería ir con él, en realidad. Pero no quería que la encontraran. Quería estar sola. Tumbarse en un lugar oculto y en sombras donde pudiera calmarse y poner en orden sus pensamientos.
En la oscuridad, Zoey se detuvo y giró sobre sí misma en un estrecho camino de grava.
El cementerio. Había caminado en la dirección exactamente opuesta a La Vicaría y había acabado entre las tumbas.
Las ramas secas y desnudas de los árboles crujían sobre su cabeza.
Por una fracción de segundo, el pánico la atravesó, y la ira salvaje que ardía bajo su piel se atenuó hasta convertirse en una brasa.
La idea de estar rodeada de muertos le puso la piel de gallina.
Entonces se sacudió el miedo. Había mucho más que temer de los vivos que de los muertos enterrados hacía tanto tiempo.
Continuó andando, más despacio esta vez, con las manos metidas bajo los brazos para intentar entrar en calor.
La brisa nocturna del mar traía un frío cortante como cuchillos.
Poco a poco, se acercó a las antiguas ruinas de la iglesia, protegidas por una valla de hierro negro e iluminadas por un débil foco.
Con un tropezón, se detuvo frente a ellas.
Quizás era apropiado que hubiera caminado hacia el cementerio.
Se suponía que debían despedirse de Simon, después de todo.
En silencio, Zoey contempló la vieja piedra, y esta le devolvió la mirada en silencio, con los huecos de las ventanas fulminándola como las cuencas vacías de un cráneo acusador.
—Lo siento —susurró Zoey, aunque no estaba muy segura de ante quién se disculpaba ni por qué.
¿Al edificio?
¿A Simon?
¿A Hailee?
Quizás incluso a sí misma.
Se abrazó las costillas con un brazo y agarró la valla protectora de hierro forjado con la mano libre, buscando algo estable a lo que aferrarse. La mampostería en ruinas de la iglesia no ofreció respuesta, pero Zoey habría jurado que oyó un susurro en el oído.
Un susurro con la voz de Lord Marion.
«¿Lo sientes?», parecía preguntar. «¿Para qué molestarse en disculparse cuando tu propia hermana no te cree? Tu hermana pequeña piensa que eres una asesina».
Casi podía sentir de nuevo aquellas manos fantasmales sobre ella. Zoey inspiró bruscamente y se giró en redondo. Tragó saliva y recorrió el oscuro cementerio con la mirada.
Nadie.
Era la única persona allí.
La voz de Lord Marion volvió, esta vez a su espalda. Sentía el calor de su cuerpo. Zoey giró por segunda vez, jadeando.
No había nada más que aire vacío.
«Puede que no lo mataras, Zoey», susurró la voz de Lord Marion. «Pero lo condenaste. Hailee cree que fuiste tú quien disparó. Y eso nunca cambiará».
—Basta —siseó Zoey, apretándose las costillas con fuerza.
«Sascha te abandonó. Ni siquiera soporta mirarte.
¿Por qué crees que aún no ha venido? Estás manchada.
Hailee jamás te perdonará. Perdiste a Rona.
No fuiste lo bastante rápida. Esto lo hiciste tú.
Es culpa tuya. Ni siquiera necesitaste a Varek para matar a tu padrino: tú misma firmaste su sentencia de muerte».
—¡Esto no es real! —gruñó Zoey con los dientes apretados, girando sobre sí misma.
En las sombras, habría jurado que algo se movió.
Una silueta. Algo semejante a un hombre se deslizó entre las tumbas.
Se tambaleaba y arrastraba los pies. Deforme.
Contrahecho. Como si lo hubieran mutilado.
En el fondo de su mente, Zoey oyó el motor de un barco que tosía y se ahogaba mientras las hélices raspaban contra hueso.
Algo húmedo y cálido le goteaba de las manos; bajó la vista.
La sangre se acumulaba en sus palmas y le resbalaba entre los dedos.
Zoey apretó los ojos con fuerza.
—Me llamo Zoey Blackmore. Estoy en Lindisfarne, Inglaterra, y esto no es...
La voz de Lord Marion resonó de nuevo. Tan potente como en vida.
—Destruiste a tu propia familia. Y volverás a hacerlo. De un modo u otro, llevas dentro a una asesina.
Zoey se desplomó de rodillas sobre el suelo frío y se hizo un ovillo.
Casi podía oler la muerte que emanaba de debajo de la hierba.
La descomposición de cuerpos desaparecidos hacía mucho.
Quería hundirse en la inexistencia. Negar la realidad que se ocultaba tras las palabras fantasmales de Lord Marion: una condena interna tan poderosa que bien podría haberse pronunciado en voz alta.
El fantasma de su voz tenía razón. Vibraba con una verdad que ella era incapaz de negar.
Había estado dispuesta a matar a Simon aquel día. Daba igual que el arma no estuviera cargada.
Había sido demasiado lenta para salvar a Rona. Era culpa suya que su hermana gemela ya no estuviera.
No había podido salvar a Hailee. Si Flynn no hubiera llegado aquella noche, Hailee también habría desaparecido.
En su imaginación, Lord Marion se agachó frente a ella, los ojos dorados relucientes en la noche. Abrió la boca para decir algo.
Unos pasos resonaron por el camino de grava. La pisada era ligera. Quienquiera que fuese sabía correr sin hacer ruido.
Zoey entreabrió un ojo, y por una fracción de segundo habría jurado que vio la silueta de Lord Marion alargando la mano hacia ella, una sonrisa cruel y afilada grabada en el rostro.
—¡Zoey!
La voz de Sascha rasgó la noche.