Despertar a Orion (Matar a Aquila 3) Capítulo 9
26%

Capítulo 9

Zoey no sabía cuánto tiempo llevaba en La Vicaría.

¿Una semana? ¿Dos? Realmente no estaba segura.

Los acontecimientos se dividían en dos mundos.

Cosas que le concernían, cosas que podían sacarla de una extraña especie de neblina narcótica, y cosas que no.

Cosas que sucedían en el mundo más allá de la ventana.

La ventana frente a la cual Zoey ahora permanecía de pie, tambaleante, parpadeando lentamente, con una mano apoyada suavemente en el estómago.

Una parte extraña y salvaje de su imaginación pensaba que aún podía sentir el cuchillo de Lord Marion clavado entre las costillas, el metal raspando el hueso.

Sin embargo, esos pensamientos se sofocaban rápidamente y se deslizaban de vuelta a la extraña neblina gris que le cubría la mente.

Tragó con dificultad y apoyó una mano contra los cristales de la ventana.

Era una sensación que la anclaba. Una superficie fría y dura que extraía el calor de su palma.

El coche de Maxwell estaba de nuevo en el camino de entrada. Se alzaba, inanimado, como un presagio de turbulencia. Y en cierto modo, Zoey suponía que lo era. Presionó el pulgar contra el cristal, tapando el vehículo, como si eso pudiera hacer desaparecer a Maxwell.

Un golpe en la puerta rompió el silencio, y por dentro, Zoey se sobresaltó; cada instinto en tensión le gritaba que corriera.

Que huyera. Sin embargo, no podía exteriorizar ninguno de sus nervios.

Estaban demasiado suprimidos. Demasiado lentos.

De hecho, todas sus emociones se sentían enterradas bajo una espesa niebla.

Inalcanzables. Se giró, un movimiento que a ella misma le pareció demasiado casual, e inclinó la cabeza cuando Archie entró en la habitación.

—Archie —dijo, con una voz que incluso a ella misma le sonaba como si hablara bajo el agua.

—Hola, Zoey —dijo él. Frunció el ceño y se puso las manos detrás de la espalda como un niño nervioso—. ¿Cómo te sientes?

—Bien —respondió ella—. Creo.

—Bien —respondió Archie. La palabra quedó suspendida en el aire, y él se meció sobre los talones. Su nerviosismo era palpable—. Escucha, Zoey...

—Quiere hablar conmigo, ¿verdad? —preguntó ella.

Archie chasqueó la lengua y miró hacia la ventana.

—Sí.

Zoey asintió lentamente.

—¿Están Sascha o Flynn aquí?

—Flynn está —respondió Archie—. Mira, los dos sabemos que esto no es precisamente ideal para ti, pero Maxwell insiste. Quiere hablar contigo antes de que se te confundan los recuerdos.

Zoey miró fijamente a Archie. ¿Sus recuerdos?

Ya estaban bastante confundidos, ocultos bajo esa niebla gris de medicación.

¿Cómo iba a dar información útil sobre Rona o sobre Sawnton Manor cuando sus recuerdos estaban tan dispersos?

Nada de su tiempo allí tenía sentido. Era un caleidoscopio fragmentado, sacudido, roto y destrozado en las manos de un niño imprudente.

Sus recuerdos no tenían solidez. Nada de lo que pudiera estar segura. No en ese momento.

—No sé si puedo hacer esto, Archie —dijo Zoey en voz baja, mientras su mano se deslizaba finalmente de la ventana. ¿Cuánto tiempo la había dejado allí?

—Lo sé. Flynn también, pero Maxwell...

Zoey tragó con dificultad. Maxwell. El hombre al que nadie tenía el poder ni el coraje de desafiar.

Se obligó a respirar, temiendo de algún modo que pudiera olvidarse de hacerlo si pasaba demasiado tiempo.

Si Maxwell no trabajara para el Gobierno británico, habría encajado perfectamente con hombres como Lord Marion.

Piezas inversas del mismo rompecabezas. En el pecho, el corazón le latía con fuerza; un miedo repentino le pisaba los talones y amenazaba con aflorar.

Lord Marion. Sus ojos dorados. Sus manos de hierro.

Su inquebrantable presencia amenazadora.

Por una fracción de segundo, Zoey habría jurado que veía su sombra apoyada contra la pared del lado opuesto de la habitación, con esa mirada depredadora clavada en ella.

El impulso salvaje y animal de lanzarse por la ventana, descolgarse por las paredes verticales y buscar el escondite oscuro más cercano entre la maleza húmeda empezó a rondarle la mente, y Zoey sintió que la mano se le movía de nuevo hacia el cristal. Si tan solo pudiera abrir el pestillo...

—¿Zoey? ¿Vienes?

La voz de Archie la devolvió a la realidad. No había ningún Lord Marion. Solo estaban ella, Archie y el regusto acre de su propio miedo.

Me llamo Zoey Blackmore. Estoy en La Vicaría, en la isla de Lindisfarne. Estoy en mi dormitorio.

Era una declaración de anclaje débil. Pero era todo lo que tenía. Soltó una risa floja y asintió, siguiendo a Archie fuera del dormitorio y bajando las escaleras hasta la cocina. En silencio, él le abrió la puerta y la hizo pasar. No entró con ella.

La cocina, normalmente luminosa, parecía oscura, mucho más de lo que debería. Maxwell estaba sentado a la mesa, con una taza posada inocentemente delante de él. Flynn se sentaba a su derecha, con un bolígrafo y papel sobre la mesa.

—Zoey —dijo Flynn. Se puso de pie y le sacó una silla—. No estábamos seguros de que fueras a bajar.

—No tenía muchas opciones, ¿verdad? —preguntó mientras se dejaba caer en el asiento, con la voz extrañamente tensa. Demasiado débil.

Flynn no respondió; simplemente volvió a sentarse, con la mirada baja, fija en el papel. Prácticamente irradiaba incomodidad.

Maxwell se inclinó hacia delante, con los codos sobre la mesa y los dedos entrelazados.

—Necesito hablar contigo sobre Sawnton.

Zoey asintió con rigidez. La mera mención del lugar le provocó un escalofrío, y una presión invisible se le instaló en el cuello. Como el recuerdo de las manos de Lord Marion.

—¿Estuviste en Sawnton al mismo tiempo que Rona? —preguntó Maxwell.

—No —respondió Zoey.

—¿Adónde enviaron a Rona?

—No lo sé —dijo Zoey con un hilo de voz.

—Eso no es suficiente —dijo Maxwell—. Necesito respuestas. Si vamos a encontrarla, necesito que hables.

—No puedo decirte lo que no sé, Maxwell —susurró Zoey, con la vista clavada en la mesa.

—¿Está con La Zarina?

—Sí.

—¿Dónde?

—No lo sé —dijo Zoey—. Dijo algo, pero no...

—¿Dónde? —volvió a preguntar Maxwell, con la voz peligrosamente baja.

A Zoey le dio un vuelco el corazón.

—No lo sé. Intento recordar, pero todo está...

—Esto no va de ti . Ni de Rona. Va de encontrar a La Zarina y detenerla para que no le haga esto a nadie más. Intentamos salvar a otras personas, a otras mujeres. Sabes dónde está, Zoey. Dímelo. Marion tuvo que dejar escapar algo.

Como si reconocieran las palabras de Maxwell, el peso de unas manos invisibles se cerró en torno a la garganta de Zoey, ahogando cualquier respuesta. Lo único que pudo emitir fue un gemido estrangulado.

—No puedo —susurró.

¿Por qué no lo entendía Maxwell? Aquel no era un lugar seguro para ella.

Él no era seguro. Nunca lo había sido. Nunca había podido confiar en él.

¿Por qué ahora iba a ser diferente? Era como si Maxwell estuviera al otro lado de una gran presa.

Una que no podía atravesar, porque de hacerlo la delicada estructura estallaría y el agua torrencial la ahogaría.

Quería decírselo. Desesperadamente. Quería ofrecer cualquier cosa, lo que fuera, que los acercara a encontrar a Rona. Se lo habría contado todo con gusto. Si tan solo hubiera podido. Pero no podía. No era capaz de atravesar la bruma de confusión que las drogas hacían girar en su mente.

—¿Adónde fue La Zarina? —preguntó Maxwell, con la voz vibrante de una ira apenas contenida.

—No lo sé. Él la llevó a la pista de baile. No sé adónde fueron después.

—¿Con quién estaba?

—No lo sé. ¿Con nadie? No lo sé, Maxwell —respondió, alzando la voz poco a poco.

—¿Cómo se fue?

—No lo sé...

Zoey miró a Flynn con desesperación. Él había estado allí. Había visto lo caótica que se había vuelto la noche. Pero Flynn no miró en su dirección; simplemente mantuvo la cabeza inclinada sobre el papel mientras garabateaba algo en los márgenes.

—¿No lo entiendes, Zoey? —espetó Maxwell, llevándose una mano a la frente—. Cuanto más nos acerques tú a La Zarina, más cerca estaremos de Rona. Tú eres la clave de todo esto. Pero no podemos recuperar a tu hermana si no ayudas.

—Lo que recuerdo no sirve de nada —susurró Zoey—. No sé cómo llegó allí. Cómo se fue. Nada de lo que dijo fue útil. Ellos... —Se le quebró la voz—. No soltaron nada. Si lo hubieran hecho, te lo diría. Todo está muy confuso.

—¡Cualquier cosa! —espetó Maxwell, levantándose de golpe.

—¡No sé las respuestas a lo que me preguntas! —gritó Zoey—. ¡Ojalá las supiera!

—¡Maldita sea, Zoey! —gritó Maxwell, golpeando la mesa con la mano—. ¿Qué te pasa ?

Zoey dio un respingo cuando la palma de Maxwell golpeó la superficie de madera.

Quería decirle que La Zarina había mencionado a Jodi Blackmore, la esposa de Maxwell.

Quería decirle que La Zarina había mencionado el nombre de un asesino a sueldo, un hombre cuyo nombre Zoey no lograba recordar.

Quería decirle que La Zarina le había pedido algo prestado a Lord Marion, que había dicho que quería volver a algún lugar, el nombre de un lugar que se le había escapado de la memoria.

Pero no podía emitir un solo sonido. En cambio, se quedó mirando los dedos extendidos de Maxwell sobre la mesa. Era un recordatorio visceral de por qué Maxwell no era seguro. De por qué nunca había sido alguien con quien compartir secretos o buscar soluciones.

Aquella mano invisible en torno a su garganta se cerró con ternura, y Zoey tragó con dificultad contra la presión imaginaria. El fantasma de la voz de Lord Marion le susurró al oído, advirtiéndole que guardara silencio.

Tenía razón.

Todo lo que recordara estaba más seguro detrás de la presa de hormigón en su mente. Al menos allí, estaba a salvo de Maxwell. Fuera de su alcance y hecho un lío, pero a salvo. Intacto. Cuando recordara las cosas con claridad, encontraría a alguien con quien hablar. Sascha. Flynn. Incluso Hailee.