Capítulo 8 #2
Escucha mis palabras desde más allá de la tumba. (He escrito «bu» con tinta invisible, para que mi carta sea aún más espeluznante).
Ojalá pudiera bromear más con esto, pero no creo que pueda.
En fin.
Habré sido incinerado. Maxwell tiene una orden permanente de que todos sus operativos sean incinerados en caso de muerte.
Así que… sí. Sin cuerpo. Lo siento. Otra vez.
Sé que tener uno —un cuerpo, quiero decir— puede facilitar el proceso de duelo.
Satisface la necesidad de nuestro cerebro primitivo de racionalizar la muerte o algo así.
¡Pero oye! Al menos podrías convertir mis cenizas en una bola de nieve o algo, ¿no?
La agitas y: «Querido Simon, ¿alguna vez haré las paces con mi padre?
»; las cenizas de Simon burbujean y un rotundo «No» flota a la superficie.
¿O eso es una Bola 8 Mágica? Da igual, podrías convertirme en eso, ¿verdad?
Probablemente este no sea el momento de hacer bromas sobre mi propia muerte, supongo.
Escucha, en serio, ¿puedes esparcirme en la bahía de Conwy? Me encantaba ese lugar. La playa y el mar… me recordaban a casa de algún modo. No es lo mismo en absoluto, pero supongo que al final… todos los ríos van a dar al mismo mar y esas cosas.
Además, que me condenen si dejo que Maxwell me atrape en la lámpara de genio más patética del mundo.
Tengo una parcela en el cementerio de St. Agnes, cerca de The Roost, si necesitas un lugar donde recordarme.
Es solo algo ceremonial, pero podría ayudar.
Eso espero, al menos. Hablando del cementerio, hay otra parcela que deberías revisar si tienes ocasión.
Charity lleva años haciendo una donación, y no me creo que sea para su tío.
Parcela 1734. Échale un vistazo por mí, ¿vale?
Dios.
Por supuesto, el bolígrafo se está muriendo. (¡Ja! ¡Como yo! — No tiene gracia, lo sé [bueno, un poco sí. Puedes reírte]).
Quiero que me escuches bien ahora, Zoey.
Sé que te encanta echarte la culpa de todo.
Pase lo que me haya pasado —muriese como muriese— no fue culpa tuya.
¿Vale? Por favor, ten claro que nunca, jamás te culparé (a menos que me dejes morir de forma ridícula, como tropezando con mis propios cordones o algo así; entonces sí que te perseguiré).
Ahora no.
Nunca.
No tienes la culpa.
Ahora, sal ahí fuera y aterroriza a tu padre. Por los dos.
Con cariño.
—Si.
~ ~ ~ ~ ~ ~
Zoey se quedó mirando la carta, viendo cómo la suave curva de la letra de Simon terminaba en un punto final.
No podía ser real. Unas gotas cayeron sobre el papel y Zoey se secó los ojos.
La leyó de nuevo. Para intentar extraer más significado.
Alguna pista oculta de que no estaba realmente muerto.
De que solo se escondía. De que saltaría de entre las páginas gritando «¡Sorpresa! ».
Pero no había nada.
Simon se había ido. De verdad. Su carta era la confirmación definitiva.
El agotamiento la invadió y Zoey se recostó contra las almohadas.
Lentamente, dobló la carta de Simon y la guardó en la mesita de noche, bajo una capa de calcetines.
Se cubrió la cara con las manos mientras las últimas palabras de Simon aún resonaban en su mente, fundiéndose con las primeras brumas del sueño.
Casi podía oír su voz.
La absoluta certeza que él tenía de estar muerto. Chocaba con todo lo que ella había conocido de Simon. Su vitalidad. Su energía inagotable.
Su suave insistencia en que no se culpara. En su cama, Zoey se estremeció al volver a oír el disparo fantasma que había acabado con la vida de Simon.
Dos palabras resonaban con fuerza en la cabeza de Zoey. Dos palabras que habría jurado haber oído antes. Dos palabras que parecían importantes incluso mientras se sumía en el sopor de los analgésicos. Parcela 1734. Lo último que Simon quería que hiciera por él. Buscar la Parcela 1734.
No era nada. Poco más que dos simples palabras. Pero resultaban tangibles. Lo único a lo que Zoey podía aferrarse en un mundo que, una vez más, se había puesto patas arriba.
Entre brumas, sumida en un duermevela inducido por los analgésicos, imaginó que se levantaba de la cama, salía de los pasillos demasiado silenciosos de La Vicaría, cruzaba la calzada con pasos que no dejaban huellas.
Sin marcas en el barro arenoso que permitieran rastrearla.
Con los ojos cerrados, atravesó los campos verdes de Inglaterra y los bosques apartados, y regresó a Gales, cruzando sus montañas ondulantes que protegían playas de arena.
En su mente, llegó de nuevo a Conwy, recorriendo las calles familiares del pueblo en busca del cementerio.
Tenía que estar en algún lugar. Tenía que estar en algún lugar.
Zoey se giró, buscando a su hermana en un paisaje que se oscurecía.
En la penumbra, las criaturas se movían y cambiaban de forma.
Parloteaban y cuchicheaban en una cadencia ondulante que no era ni reconocible ni natural.
Una versión distorsionada del habla humana.
Casi susurros. A Zoey se le puso la piel de gallina.
Un viento repentino y helado envolvió a Zoey, y de pronto se encontró en la cima de Sgairneach Mohr, en Escocia, mirando hacia Sawnton Manor a través del Loch Ericht.
Las voces se arremolinaban a su alrededor, susurrando aún.
Intentaban tirar de ella como pequeños sedales invisibles.
La voz de Simon. La de Maxwell. La de Sascha.
La de Hailee. Competían por hacerse oír, por imponerse, por el derecho a arrastrarla en distintas direcciones.
En el borde de la consciencia, Zoey oyó también su voz. La de Lord Marion. Una voz poderosa y devoradora. Se ceñía a su alrededor, arrastrándola inexorablemente hacia delante, paso a paso, hacia el Loch Ericht. Como una convocatoria para reunirse con él allí. Para poseerla pese a estar muerto.
Sus pies se movieron. No podía detenerlos.
Paso.
A.
Paso.
Avanzó. Bajando la empinada pendiente de la montaña.
Abajo.
Abajo.
Abajo.
Hacia el lago. Hacia el agua negra. Hacia una noche que solo ansiaba devorar.
Ni siquiera el tirón desesperado de una voz que sonaba como la de Sascha logró detenerla.
El agua le llegaba a las rodillas mientras se adentraba en la oscuridad gélida.
Las estrellas nocturnas se reflejaban en la superficie del lago.
Un espejo. La voz de Lord Marion anulaba todas las demás.
La de Maxwell. La de Simon. La de Sascha.
Incluso la de Hailee. La instaba, le ordenaba hundirse.
Lanzarse al agua y encontrar su propia tumba.
Zoey clavó la mirada en el agua gélida, observando cómo ondulaba contra sus piernas. Más negra que lo negro. Más tinta que agua. Como el hielo, le robaba el calor, congelándola hasta los huesos. Se hundiría pronto. La forzara Lord Marion bajo el agua o no.
Entonces, una sola voz le susurró al oído. Queda y distante. Un sonido que llegaba de tan lejos que Zoey no estaba segura de haberlo oído siquiera.
Pero la hizo detenerse.
La voz de Rona. Una única nota de claridad, creciendo y fluyendo como el mar.
Fue creciendo, anulando la de Lord Marion y ahogándola hasta hacerla desaparecer. Liberó a Zoey de su influencia. Cada vez más fuerte, hasta que la voz de Rona pareció brotar de las aguas, de las colinas, de las propias estrellas.
Zoey contempló la superficie del lago, su propio reflejo antinatural en la oscuridad.
Polaris brillaba en los cielos y se reflejaba en el agua. Zoey se acercó a la estrella, avanzando por voluntad propia.
La voz de Rona pareció susurrar algo afirmativo. Sus palabras eran ininteligibles, pero Zoey las reconocía. Conocía la voz de su hermana tan bien como la suya propia. Una súplica lastimera y distante contra el viento.
Zoey se acercó más aún, su mano proyectando un reflejo antinatural contra la inquietante superficie del Loch Ericht mientras sus dedos rozaban el reflejo de Polaris. Este se desplazó bajo su tacto, las estrellas danzando por la superficie hasta formar una nueva constelación. Orión.
La voz de Rona susurró. Suplicándole a Zoey desde la distancia que no la olvidara. Que la buscara. Que la encontrara a ella también.
La mano de Zoey rompió la superficie del lago, atravesando el reflejo plateado de Orión y sumergiéndose. Frío. Oscuridad. Hundiéndose. Un destino horrible que Zoey sabía muy bien que había evitado por poco.
El terror le palpitaba en el pecho mientras levantaba un pie y daba un paso adelante.
Se sumergió, hundiéndose bajo las olas. Bajo el frío. Más allá del alcance de las estrellas en lo alto.
Pero aunque el corazón le palpitaba en el pecho con una súplica desesperada de vida, Zoey continuó su descenso. Persiguió la voz de Rona hacia la oscuridad acuosa y distante.