Despertar a Orion (Matar a Aquila 3) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Emma Valerie sonrió con suavidad, pero la calidez no le llegó a los ojos.

—Eres la hija de Maxwell Blackmore.

—Sí —respondió Rona con cautela, sin saber si aquello requería respuesta.

—Entonces sabes que Lord Edward Marion compró a tu hermana gemela mayor, Zoey Blackmore, el verano pasado, ¿verdad?

Rona asintió despacio.

—Sí.

Silas dejó una taza de café junto al codo de Rona. Ella la miró y sus ojos fueron automáticamente hacia Emma Valerie, que asintió una vez.

Con manos temblorosas, Rona acercó la taza y la rodeó con los dedos para ocultar los temblores.

—Entonces sabes que está muerto.

Rona se quedó paralizada, con el aire atrapado en los pulmones.

—¿M-muerto?

Emma Valerie se reclinó con una sonrisa afilada en los labios.

—Oh, sí. Me llegó la noticia esta misma mañana. Edward está muerto. Muy muerto, de hecho. ¿Y quién crees que está detrás de su muerte sino tu hermana mayor?

—No lo entiendo —susurró Rona—. Eso no es posible. Zoey ni siquiera estaba allí.

Emma Valerie ladeó la cabeza; todo rastro de humor desapareció de su hermoso rostro.

—¿Cuánto sabes de lo que pasó en Sawnton Manor?

Rona negó con la cabeza mientras un escalofrío le recorría la espalda.

—No estoy... lo último que recuerdo es haberme ido. Lord Marion no tenía a Zoey cuando me fui.

—Entonces déjame contarte lo que ha pasado —dijo Emma Valerie. Apoyó los codos en la mesa y entornó los ojos—. Después de que te saqué de Escocia, Edward se hizo con Zoey y con tu padrino, Simon. Sabes que él también está muerto, ¿verdad?

—No. Simon no —dijo Rona con incredulidad, dejándose caer contra el respaldo. Simon no podía estar muerto. Simplemente no podía estarlo. Ningún poder en la Tierra podía apagar esa sonrisa radiante, acabar con su energía y optimismo sin límites.

Emma Valerie dio un sorbo de vino.

—Está claro que no lo sabías. Está muerto, Rona. Bien muerto. Le disparó el asesino personal de Edward.

—Pero él... —comenzó Rona.

Había estado herido, sí. Más pálido de lo que Rona lo había visto jamás. Sangrando y agotado. Pero no podía estar muerto . Parecía una imposibilidad física. Simon Hunstan no podía estar muerto. Simon Hunstan era una fuerza de la naturaleza que no podía simplemente extinguirse.

Emma Valerie levantó una mano con la manicura perfecta; sus uñas negras destellaban bajo la luz del sol que entraba por la ventana de la cocina. —Muerto, Rona. Simon Hunstan está muerto. Quizás no debería haber elegido ayudar a tu hermana. Si no lo hubiera hecho, puede que siguiera vivo.

Las lágrimas le quemaron los ojos, y la angustia le subió por el pecho hasta cerrarle la garganta y cortarle la respiración.

Sintió la mirada oscura de Emma Valerie clavada en ella.

Fría. Analítica. Rona reprimió el dolor.

No debía llorar. No delante de aquella mujer que la observaba como un tiburón al acecho.

Levantó la taza de café y dio un sorbo tembloroso.

Emma Valerie guardó silencio un largo momento, como si dejara que la información calara. Como si quisiera ver qué haría Rona. Rona se contuvo para no reaccionar.

Entonces Emma Valerie dio otro sorbo de vino y continuó: —Imagínate mi sorpresa cuando esta mañana descubrí que no solo han asesinado a mi buen amigo Edward Marion, sino que ha sido tu querida hermana, Zoey Blackmore, quien se ha atribuido el crimen.

Rona se quedó mirándola con el corazón desbocado. Zoey no lo haría. Zoey jamás habría hecho daño a nadie. Y mucho menos matarlo. Nunca.

—Mientes —dijo Rona con un hilo de voz.

Emma Valerie volvió a sonreír y sacó el móvil de un bolsillo del pantalón negro. —Compruébalo tú misma.

Sin molestarse ya en ocultar el temblor de las manos, Rona se inclinó y cogió el móvil de Emma Valerie. No reconocía la página web. La interfaz parecía antigua. Anticuada. Una reliquia de los primeros tiempos de internet.

Todos esos pequeños detalles parecían intrascendentes. Lo único que importaba eran las palabras en la pantalla. Una sola frase destacaba en un nítido blanco y negro.

Lord Edward Marion asesinado por Zoey Blackmore.

Rona negó con la cabeza y los dedos se le entumecieron. Aun así, siguió bajando por la pantalla. Solo conseguía captar alguna palabra suelta.

Asesinado. La segunda víctima de Blackmore esa noche; la primera fue Varek Houston. Asesinado durante una operación en barco en Loch Ericht.

Una foto de Zoey ocupaba la parte inferior del artículo. Una foto que Rona reconocía. La había tomado ella misma después del último recital de ballet de Zoey, antes de terminar el instituto. Zoey aparecía feliz, con una sonrisa que Rona sentía que no había visto en años.

El mundo se tambaleó. La chica de la foto —su propia hermana gemela, la mayor— no era una asesina.

El móvil de Emma se le escapó de los dedos entumecidos y cayó con estrépito sobre la mesa de madera.

Zoey jamás habría matado a nadie. Era imposible. Tan imposible como la muerte de Simon.

Rona se echó a reír. Se tapó la cara y siguió riendo. No pudo evitarlo ni pudo parar. Rio hasta que las lágrimas le resbalaron por las mejillas y la cabeza le cayó lentamente sobre la mesa.

Zoey, su Zoey, jamás, jamás habría matado a nadie.

Rona cerró los puños contra la madera y hundió la cara entre los brazos. Aquello era mentira. Tenía que serlo. Nada más. Zoey seguía a salvo en Escocia, entera, libre de las garras de Lord Marion. Simon estaba vivo.

Aquello no podía ser real.

Los segundos se arrastraron y Rona fue calmándose; la conmoción inicial dio paso a una especie de realidad concreta.

Los sollozos remitieron y cerró los ojos con fuerza.

Quizá cuando los abriera estaría en otro lugar, uno donde aquella información no pudiera alcanzarla. Donde aquello pudiera no ser verdad.

—No había terminado —dijo Emma Valerie con voz peligrosamente suave. Cada palabra, una daga de filo dentado.

Rona tragó con dificultad, incapaz de deshacer el nudo de la garganta. Se esforzó por incorporarse y se pasó una mano por la cara; tenía las mejillas tirantes y saladas.

Emma Valerie entornó aquellos ojos marrones y gélidos. —Si pudieras recomponerte...

Rona tomó aire con una inspiración breve y tensa, y asintió una sola vez.

—Zoey se ha ido. La hemos perdido. Por ahora. Igual que al resto de tu familia. —Emma Valerie dio otro sorbo de vino y se levantó. Cruzó la pequeña cocina hasta la ventana, metió la mano en el bolsillo y sacó el objeto de mango de marfil. Lo abrió de golpe.

Rona se quedó paralizada. El metal afilado brilló bajo la luz del sol mientras Emma jugueteaba con él. Una navaja de afeitar. La abrió y cerró con rapidez, moviendo los dedos peligrosamente cerca de la hoja.

—Pero los encontraré —continuó Emma—. A tu padre también.

—¿Maxwell? —hipó Rona.

Emma Valerie se volvió, igual que una serpiente que se enrosca sobre sí misma antes de atacar. —Oh, sí. Maxwell es a quien de verdad quiero. Está en el centro de todo esto, y francamente estoy harta de sus intromisiones. ¿Qué mejor cebo que su propia hija?

Rona soltó una risa quebrada. —Nunca vendrá. No lo entiendes.

Emma Valerie volvió a esbozar aquella sonrisa horrible y perfecta. —Lo entiendo mejor de lo que crees, Rona-Belle.