Despacho compartido Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Lo dijo con la voz del presupuesto y de la propuesta de noviembre, la misma voz plana, porque era la única manera de decirlo sin que el suelo hiciera algo inesperado. Afuera, en Whiteladies Road, un autobús pasó con el ruido rotundo de los autobuses de Bristol en noviembre.

Sarah no dijo nada durante un momento. Luego:

—Yo tampoco quiero que vuelvas.

No lo dijo con la voz de las reuniones ni con ninguna otra particular. Lo dijo como se dicen las cosas que se llevan tiempo pensando y que cuando salen suenan más simples de lo que uno esperaba.

Imogen miró la mesa. Un círculo de condensación marcaba donde había estado el vaso. Lo contempló con más atención de la que merecía.

—Es un poco inconveniente —dijo al fin.

—Bastante.

—Las obras han terminado.

—Sí.

—No hay ninguna razón funcional para que sigamos compartiendo espacio.

—No. —Sarah la estaba mirando—. A menos que queramos.

Imogen levantó la vista. Sarah tenía esa expresión que había aprendido a leer en algún punto indeterminado de los últimos dos meses: directa, sin el humor de cobertura, esperando.

No era exigente. Era honesta, del modo en que Sarah era honesta cuando decidía serlo, que era casi siempre pero especialmente en esto.

—¿Y si decidimos que queremos —dijo Imogen, despacio— y resulta un problema?

—¿Qué tipo de problema?

—El tipo que no se puede ordenar en una carpeta.

Sarah ladeó la cabeza.

—Imogen. ¿Tienes carpetas para todo?

—Para la mayoría de las cosas.

—¿Y cómo está funcionando eso últimamente?

Silencio.

—Mal —dijo Imogen.

—Ya. —Sarah se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa—.

Mira. No sé qué es esto. No tengo una presentación de PowerPoint sobre ello.

Pero sé que esta mañana llegué a la oficina y fui directamente a la 2.

4 antes de ir a ningún otro sitio, y tú ya estabas ahí, y eso me pareció bien.

Me pareció exactamente bien. Y no sé qué hacer con eso salvo que no quiero que deje de pasar.

Sarah llevaba el pelo más corto que en septiembre, porque lo había cortado en octubre sin comentarlo, y tenía el jersey azul que le gustaba más que ningún otro aunque Imogen no había dicho eso en voz alta.

La taza de café con el elefante desgastado seguía en el escritorio de la 2.

4. El bolígrafo con el capuchón puesto también.

—Yo tampoco —dijo Imogen.

Fue una frase bastante corta para la cantidad de cosas que contenía. Sarah pareció entenderlo de todas formas.

Pagaron a medias. Salieron al frío de Whiteladies Road y caminaron de vuelta hacia Clifton con las manos en los bolsillos del abrigo, igual que el viernes, igual que siempre últimamente.

No se dijeron nada particularmente significativo durante los quince minutos de vuelta.

Sarah dijo que le parecía que iba a llover y que no llevaba paraguas.

Imogen dijo que tampoco. Llovió brevemente, sin convicción, justo al doblar la esquina de la calle del edificio, y llegaron a la puerta con los hombros húmedos y el pelo ligeramente aplastado.

Tim Cole estaba en el vestíbulo con cara de quien acaba de recordar algo.

—Imogen —dijo—. ¿Subiste ya a ver el despacho?

—Todavía no.

—¿Hoy?

—No lo sé todavía.

Tim la miró un momento. Luego miró a Sarah. Luego volvió a mirar a Imogen con la expresión de quien está realizando un cálculo que no estaba en el orden del día.

—Muy bien —dijo—. Sin prisa.

Subió hacia la planta 3 sin hacer más preguntas, lo cual era una demostración de tacto que Imogen anotó mentalmente en la columna de sus virtudes.

Sarah esperó a que desapareciera por el rellano.

—¿Sin prisa? —repitió, sin inflexión.

—Eso ha dicho.

—¿Crees que sabe algo?

—Tim Cole sabe casi todo lo que pasa en este edificio y finge no saber nada. Es su función principal en la empresa.

Sarah procesó eso.

—Bien —dijo—. Que sepa.

Imogen no respondió, pero cuando llegaron al segundo piso y Sarah abrió la puerta de la sala 2.4 y entró, Imogen entró detrás.

La tarde fue tranquila. Sarah trabajó en la presentación del jueves con la concentración intermitente de siempre: veinte minutos de foco absoluto, diez mirando por la ventana con el bolígrafo en la mano, cinco abriendo pestañas sin aparente propósito y luego otro bloque de veinte minutos.

Imogen revisó los informes de Q1 y respondió correos y a las cuatro y media fue a buscar café para las dos sin preguntar, porque Sarah siempre quería a las cuatro y media.

A las cinco menos cuarto, Sarah se recostó con las manos sobre el teclado.

—¿Puedes mirar esto?

Imogen se levantó y se colocó detrás de su hombro derecho. En la pantalla había tres diapositivas con el esquema de apertura de la propuesta, la parte que habían discutido al almuerzo. La idea primero, el presupuesto después.

—Funciona —dijo Imogen.

—¿Estás segura?

—Estoy segura.

Sarah asintió, pero no volvió a la pantalla. Miraba el escritorio delante de ella: el cuaderno de bocetos, el bolígrafo con el capuchón puesto, la taza del elefante.

—¿Cómo se llama la planta que pusieron en tu despacho? —preguntó.

—No la he visto todavía.

—¿Pero si la fueras a ver?

—Podría ser una pothos. Las ponen en oficinas porque no necesitan demasiada luz.

—¿Y necesita riego?

—Una vez a la semana, más o menos.

Sarah asintió de nuevo, como si eso resolviera algo.

—Es manejable —dijo.

Imogen volvió a su escritorio. Las luces de la calle ya estaban encendidas aunque todavía quedaba algo de claridad en el cielo sobre los tejados.

En noviembre en Bristol la luz dura exactamente lo que tiene que durar, ni más ni menos, y esa tarde en la sala 2.

4 había suficiente de las dos para iluminar la habitación sin que nadie tuviera que encender el fluorescente del techo, que tenía un zumbido levemente irritante que ninguna había mencionado nunca pero que las dos habían aprendido a tolerar, porque la sala 2. 4, con zumbido y todo, era la sala 2.4.

A las seis menos diez, Sarah cerró el ordenador y cogió el abrigo. Se detuvo junto a su escritorio.

—Imogen.

—Sí.

—Mañana llego a las nueve.

Era una frase perfectamente ordinaria, del tipo que alguien le dice a un colega cuando planifica el día siguiente. También era otra cosa, del tipo que las dos sabían que era y que ninguna necesitaba explicar.

—Yo a las ocho y media —dijo Imogen.

—Ya lo sé. —Sarah cogió el cuaderno de bocetos y lo metió en el bolso—. Deja el café en el escritorio si llegas antes.

Salió. Imogen oyó sus pasos en el pasillo, la escalera, luego nada.

Se quedó sentada frente a la pantalla un momento. Afuera, la calle tenía el ruido de la tarde que se convierte en noche: coches, pasos, la bocina lejana de alguien que había tomado la misma decisión incorrecta en el mismo sitio que el camión de la mañana.

Imogen apagó el ordenador. Cogió el abrigo. Cerró la puerta de la sala 2.4 con cuidado, el tipo de cuidado que se tiene con los sitios que importan.

No subió a la planta 3.