Despacho compartido Capítulo 11
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Capítulo 11

El escritorio de la derecha tiene cosas de Sarah.

No muchas, porque Sarah no es desordenada de la manera que Imogen habría predicho en septiembre: es desordenada de una manera que tiene lógica interna y tarda en hacerse visible.

El cuaderno de bocetos está abierto en una página con tres columnas de texto y una flecha que señala a ningún sitio en particular.

Hay un rotulador rojo sin capuchón sobre la esquina del cuaderno.

Hay la taza del elefante, lavada, vacía, con el asa orientada hacia la derecha como siempre.

Imogen sabe que el asa está siempre orientada hacia la derecha porque Sarah la deja así cuando la coloca, lo cual sugiere que Sarah la pone con la mano derecha y no mira lo que hace, lo cual es exactamente la manera en que Sarah hace la mayoría de las cosas: sin mirar lo que hace y con resultado sorprendentemente correcto.

Imogen se sienta, enciende el portátil y abre el correo.

Sarah llega a las ocho y cuarenta y siete.

Dos cafés, como siempre. Deja el de Imogen en la esquina del escritorio sin decir nada, se sienta, se quita la bufanda color mostaza —una bufanda que Imogen registró en octubre y que en noviembre ya considera simplemente parte de Sarah, parte del inventario de lo que llega cuando Sarah llega— y abre su portátil.

—Tim me preguntó ayer si ya te habías instalado arriba —dice Sarah, sin levantar la vista de la pantalla.

Imogen no dice nada durante tres segundos.

—¿Eso te dijo?

—Me lo preguntó en el ascensor. —Sarah mira su café—. Le dije que no sabía.

—Ajá.

—Que era cosa tuya saberlo.

—Sí.

Silencio. No el silencio incómodo de septiembre, que tenía dentro algo parecido a la presión. Este silencio sabe que no hay prisa, aunque quizás la hay.

La primera vez que Imogen reconoció que algo había cambiado de manera irreversible fue en una tarde de octubre, cinco semanas atrás, cuando Sarah se rió de algo que ella dijo —algo sobre el informe de posicionamiento de un cliente del sector farmacéutico, algo que Imogen no habría calificado de gracioso bajo ningún estándar razonable— y el sonido de esa risa llenó la sala de una manera que Imogen no esperaba y que le tomó varios segundos gestionar.

No fue un momento dramático. No hubo nada que señalar hacia afuera.

Pero algo se reorganizó, como cuando uno mueve un mueble en casa y durante semanas sigue girando para buscarlo en el sitio donde ya no está.

Desde entonces Imogen ha tomado algunas decisiones pequeñas que no ha llamado decisiones: traer café antes de que lo traiga Sarah, algunos días, solo para ver si Sarah lo nota; dejar el cuaderno de bocetos donde está cuando Sarah lo olvida, en lugar de moverlo al borde del escritorio; no hablar del correo de Tim el viernes, ni el lunes, ni el martes por la mañana, hasta que Sarah lo menciona primero y entonces tampoco lo resuelve.

No es manipulación. Es más parecido al comportamiento de alguien que está cerca del borde de algo y no da el paso, no porque tenga miedo del paso sino porque no está segura de que el borde esté donde cree que está.

A las once y cuarto, Sarah cierra el portátil con un golpe que no es violento pero sí definitivo, que es la manera en que Sarah señala que ha terminado un bloque de trabajo y necesita pausa o conversación o ambas cosas.

—¿Puedo preguntarte algo? —dice.

—Puedes.

—El correo de Tim. —No lo formula como pregunta. Lo formula como un territorio al que quiere entrar y está nombrando antes de cruzar—. ¿Cuándo lo recibiste?

—El viernes.

—El viernes. —Sarah asiente—. Antes de comer.

No es una pregunta tampoco. Imogen la mira.

—Antes de comer —confirma.

—Y no dijiste nada.

—No.

Sarah se recuesta levemente en la silla. No aparta la vista de Imogen. Tiene esa expresión de concentración que Imogen ha aprendido a reconocer y que significa que Sarah está verificando algo que ya sabía.

—Yo tampoco dije nada —dice Sarah—. Cuando Priya me lo mencionó la semana pasada.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Me lo imaginé.

Silencio. Afuera, en la calle, un autobús pasa con ese sonido largo y húmedo de noviembre.

—¿Y? —dice Sarah.

—¿Y qué?

—¿Y qué hacemos?

Es una pregunta directa. Sarah hace preguntas directas cuando ha decidido que el territorio que estaba nombrando ya lo puede cruzar, y Imogen lleva ocho semanas aprendiendo a reconocer cuándo Sarah ha tomado esa decisión. La reconoce ahora.

—No tengo que subir hoy —dice Imogen.

—No te he preguntado si tienes que subir hoy.

—Ya lo sé.

Sarah espera. Imogen tiene la costumbre, que Sarah ha nombrado exactamente una vez y de manera indirecta, de responder a las preguntas con información adyacente en lugar de con la respuesta, lo cual en circunstancias de trabajo puede ser eficiente y en circunstancias de esto es otra cosa.

—No quiero subir —dice Imogen. Y luego, porque es verdad y porque decir solo la mitad de la verdad es una forma de control que reconoce en sí misma y ha empezado a notar cuando lo hace—: No quiero subir todavía.

Sarah no dice nada durante un momento. Luego asiente, una sola vez, y coge el café.

—Bien —dice.

Una sola palabra, con la voz de alguien que acaba de recibir algo que esperaba y al que eso no le quita el valor de recibirlo.

Priya llama a Sarah a las dos de la tarde.

Sarah sale al pasillo, como siempre, e Imogen no distingue las palabras pero sí el ritmo: Sarah hablando deprisa, luego despacio, luego un silencio largo, luego una carcajada breve.

Cuando vuelve tiene una expresión que Imogen cataloga como «Priya ha dicho algo que no voy a repetir».

—Dan ha mandado la versión final de las ilustraciones —dice Sarah, sentándose—. Priya dice que son buenas.

—¿Lo son?

—Sí. —Sarah abre el portátil—. Son buenas. Dan no sabe por qué son buenas, pero lo son.

Imogen considera esto.

—¿Y tú sabes por qué son buenas?

—Sí. —Sarah no levanta la vista—. Porque le dije exactamente qué tenía que hacer y él lo hizo sin interpretarlo demasiado. Dan es bueno cuando no piensa.

—Eso suena cruel.

—Es un cumplido. Pensar demasiado arruina muchas cosas que habrían sido perfectas si uno simplemente las hubiera dejado ser.

Imogen lo anota, no literalmente pero sí en ese inventario que lleva sin llamarlo inventario.

Trabajan otras dos horas. A las cuatro y cuarto, la luz de la calle ha cambiado al tono plano y casi naranja que tiene Bristol en los atardeceres de noviembre cuando el cielo está encapotado.

Imogen lo observa por la ventana y piensa, sin buscarlo, que lleva ocho semanas viendo esta luz desde este ángulo y que el ángulo de la planta 3 es diferente, apunta al patio interior, y que no ha echado de menos el patio interior ni una sola vez.

No lo dice.

Pero lo piensa.

A las cinco menos diez, Sarah empieza a recoger. Cuaderno de bocetos, rotulador —esta vez con capuchón, lo cual Imogen nota porque nota estas cosas—, la taza del elefante envuelta en la bufanda mostaza para llevarla a la cocina. Imogen sigue mirando la pantalla.

—¿Mañana? —dice Sarah, de pie junto a su escritorio, sin mirarla del todo pero sin apartarle la vista del todo.

—Mañana —confirma Imogen.

Sarah recoge la taza y se va. La puerta de la sala 2.

4 no hace ruido al cerrarse porque la bisagra que chirriaba fue arreglada hace tres semanas por mantenimiento, y Imogen recuerda el día exacto en que dejó de chirriar porque Sarah lo comentó en voz alta y a nadie en particular: por fin , dijo, y era lo mismo que Imogen pensó, pero no lo dijo.

Se queda sola en el despacho.

El escritorio de la derecha está limpio, como cada tarde, con el orden que Sarah impone al final del día y deshace cada mañana.

La taza del elefante ya no está. El rotulador rojo ya no está.

El cuaderno de bocetos ya no está. Es el escritorio de alguien que va a volver mañana.

En la esquina, Gerald sigue ahí, inmóvil y vagamente orgulloso, el único elemento del escritorio de Sarah que nunca se va, que no cabe en ninguna bufanda ni en ninguna bolsa, que lleva ocho semanas siendo testigo de todo y sin opinión aparente.

Imogen apaga el portátil.

El correo de Tim sigue en la bandeja de entrada.

Mañana seguirá ahí. Y mientras siga ahí, y mientras Sarah siga trayendo dos cafés y diciendo mañana con esa voz específica de alguien que no hace preguntas porque ya sabe la respuesta, Imogen va a seguir sentada en el escritorio de la izquierda, mirando a la ventana, aprendiendo los sonidos de un sitio en el que lleva suficiente tiempo para reconocerlos.

No es una decisión que haya tomado formalmente.

Pero es una decisión.