Despacho compartido Capítulo 10
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Capítulo 10

El lunes, Imogen llegó pronto.

Imogen entró, dejó el abrigo sobre la silla de su escritorio —el de la izquierda, mirando a la ventana— y encendió el ordenador.

La pantalla tardó un momento en cargar. Afuera, en la calle, un camión de reparto maniobró durante más tiempo del necesario hasta que la bocina de alguien lo empujó a tomar una decisión.

Las hojas de noviembre pegadas a la acera por la lluvia del fin de semana no se habían movido.

El cuaderno de bocetos de Sarah seguía sobre el escritorio de la derecha con el bolígrafo sin capuchón encima.

Sarah lo había dejado el viernes antes de la una, cuando salieron a almorzar, y no había vuelto por la tarde.

Imogen lo había visto ahí el resto del día sin tocarlo.

Ahí seguía, sin tocarlo tampoco, lo cual era técnicamente coherente.

Lo colocó en el centro del escritorio de Sarah con un cuidado innecesario. El bolígrafo sin capuchón se cayó al suelo. Imogen lo recogió y lo puso también en el centro.

Abrió el correo.

Sarah llegó a las nueve menos cuarto con los dos cafés y se detuvo en la puerta la misma fracción de segundo de siempre, aunque esa fracción era ahora un poco más larga que en septiembre.

—Hola —dijo.

—Hola.

Sarah dejó el café en el escritorio de Imogen y fue a su silla. Cogió el bolígrafo que alguien había dejado en el centro del escritorio y le puso el capuchón.

—¿Llegaste hace mucho?

—Un rato.

Sarah asintió y encendió la pantalla. Imogen no levantó la vista del correo abierto, sobre los presupuestos de Q1, tres minutos sin avanzar.

Trabajaron en silencio. Era el silencio que había aprendido a funcionar entre ellas durante ocho semanas, con sus propias reglas y texturas, que sabía cuándo significaba concentración y cuándo significaba otra cosa. Este era del segundo tipo. Imogen lo sabía. Presumiblemente Sarah también.

A las diez menos cuarto, Sarah se levantó a buscar agua y volvió con dos vasos.

—Gracias —dijo Imogen.

—De nada.

Eso fue todo durante otra hora.

Tim Cole apareció a las once con la energía de quien trae buenas noticias y no ha calibrado bien el momento.

—Imogen. —Llamó al marco de la puerta con los nudillos—. ¿Todo bien? Pensé que hoy estarías ya arriba.

—Estoy terminando un informe.

—Claro, claro. —Tim miró la sala con la expresión aprobadora de quien ha gestionado una reestructuración complicada y está en paz con los resultados—. Funciona bien este espacio, ¿eh? Tengo que admitir que me alegra que haya servido. Al principio no estaba seguro de que…

—Tim.

—Sí.

—El informe.

—Claro. —Golpeó el marco de nuevo, innecesariamente—. Cuando quieras pásate a ver el despacho. Han hecho buen trabajo. La iluminación es mucho mejor.

Se fue. Sarah no levantó la vista de la pantalla, pero la comisura de su boca se movió dos milímetros hacia arriba.

—¿La iluminación de tu despacho era mala? —preguntó, sin mirar.

—No especialmente.

—¿Les pediste que la cambiaran?

—No.

Sarah asintió, como si eso explicara mucho sobre el funcionamiento general del universo. Imogen cogió el vaso de agua.

—Podrías ir a verlo —dijo Sarah, neutral.

—Podría.

Ninguna de las dos añadió nada.

El almuerzo del viernes había sido fácil de una manera que Imogen seguía procesando en los bordes del fin de semana, en los espacios entre una cosa y otra cuando no había nada que ocupara el pensamiento.

Sarah había hablado sobre la propuesta de noviembre y sobre Dan con esa energía variable suya, e Imogen había pedido una ensalada que no recordaba haber comido aunque el plato estaba vacío cuando se levantaron, y habían caminado de vuelta por Park Street con las manos en los bolsillos del abrigo porque hacía frío y porque ninguna de las dos tomó ninguna otra decisión al respecto.

No habían hablado de nada importante. No era necesario.

Lo que habían estado haciendo era otra cosa, algo sin nombre profesional ni orden del día, y la ausencia de nombre era precisamente lo que Imogen seguía viendo en los bordes del fin de semana.

Cuando era pequeña, en la casa de Birmingham donde creció, las cosas no tenían nombre hasta que explotaban.

Su madre dejaba los platos en el fregadero durante días y luego los lavaba todos a las dos de la mañana con la radio puesta, y nadie sabía cuándo iba a ocurrir la segunda parte.

Imogen aprendió pronto que si ponías nombre a las cosas antes de que explotaran podías, en teoría, controlar cuándo ocurrían.

Eso había funcionado bien durante veinte años en todos los contextos.

Sarah Vale no tenía ningún interés en ser nombrada.

No era que lo evitara deliberadamente. Era que parecía genuinamente cómoda en el espacio previo al nombre, donde las cosas existen pero no están fijadas todavía, donde todavía pueden convertirse en varias cosas distintas.

A Imogen le parecía, desde un punto de vista racional, poco práctico.

Desde otro punto de vista que no tenía bien catalogado, se parecía sospechosamente al alivio.

A las doce y media, Sarah cerró la pantalla con un golpe suave y se estiró.

—Tengo hambre.

—Ya.

—¿Ya en plan me has oído, o ya en plan tienes hambre también?

Imogen guardó el documento.

—En plan los dos.

Sarah sonrió. No era la sonrisa grande que sacaba en las reuniones con clientes ni la irónica que usaba cuando Tim decía algo involuntariamente cómico. Era la otra, la pequeña, la que Imogen había aprendido a distinguir en algún punto de las últimas ocho semanas sin haberlo decidido.

—Hay un sitio en Whiteladies Road —dijo Sarah—. Tailandés. Abre los lunes.

—¿Has estado?

—Una vez, con Priya, en septiembre. Era bueno.

—Bien.

Sarah cogió el abrigo. Imogen cogió el suyo. Salieron por el pasillo y bajaron las escaleras sin decir nada hasta que estuvieron en la calle, donde el frío de noviembre tenía esa humedad que Bristol lleva como rasgo propio y no como queja.

—¿Subiste a ver el despacho el viernes? —preguntó Sarah, sin inflexión particular.

—No.

—¿Vas a subir esta tarde?

—Supongo.

Sarah asintió. Caminaron media manzana en silencio. Un ciclista las adelantó con más convicción que técnica y Sarah lo miró hasta que dobló la esquina.

—¿La planta que pusieron —dijo— es de las que necesitan luz o de las que sobreviven a todo?

—No lo sé. No la he visto.

—Porque si no tiene luz suficiente…

—Sarah.

—¿Qué?

Imogen no respondió de inmediato. Siguieron caminando y el silencio que se formó entre las dos no era incómodo exactamente, pero tampoco era el de antes. Era el tipo de silencio que ocurre cuando alguien está a punto de decir algo y la otra lo sabe y las dos están esperando a que pase.

—Estaba pensando —dijo Imogen al fin, con la misma voz con la que podría comentar un presupuesto— que si la propuesta de noviembre necesita revisión de estrategia esta semana, podría tener sentido que siguiéramos en la 2.4 unos días más. Por proximidad.

Sarah no dijo nada durante tres o cuatro pasos.

—La propuesta de noviembre —repitió.

—La presentación es el jueves.

—Lo sé. Soy yo quien la presenta.

—Exacto. Por eso.

Otro silencio. Llegaron al semáforo de la esquina de Whiteladies Road y Sarah presionó el botón aunque el semáforo ya estaba en verde.

—¿Eso es lo que estabas pensando —dijo Sarah— o es lo que decidiste que era razonable pensar?

Imogen no respondió. El semáforo cambió. Cruzaron.

—Porque son cosas distintas —añadió Sarah, sin urgencia, como si observara algo de valor estrictamente académico.

—Ya lo sé.

—Bien.

—No estoy segura de que sea bien.

—Ya.

Llegaron al restaurante. Sarah abrió la puerta y esperó. Imogen entró. El local tenía el calor de los sitios que cocinan en serio y olía a jengibre y a algo más que Imogen no identificó pero que era positivo con una precisión que le resultó levemente embarazosa.

Comieron y hablaron de trabajo durante los primeros veinte minutos, que era lo normal, el territorio donde las dos manejaban el idioma con fluidez y sin esfuerzo.

Sarah tenía dudas sobre el orden de la presentación del jueves.

Imogen tenía opinión sobre el orden. Estuvieron de acuerdo en la mitad y en desacuerdo en la otra, que era también lo normal, y en esa dinámica específica había algo que Imogen había llegado a valorar de un modo inesperado: Sarah no cedía por deferencia jerárquica.

Argumentaba. Cuando no tenía argumento, lo admitía y cambiaba de postura, lo cual era más infrecuente de lo que debería ser en una empresa del tamaño de Caldwell & Marsh.

—El cliente va a preguntar por el presupuesto en la primera diapositiva —dijo Imogen—. Siempre lo hacen.

—Que lo hagan. La idea tiene que entrar primero o el número los va a asustar antes de entender el valor.

—¿Tienes datos sobre eso?

—Tengo instinto sobre eso.

—No es lo mismo.

—Tengo instinto más catorce presentaciones similares en los últimos tres años. ¿Eso cuenta?

Imogen consideró.

—Cuenta —dijo.

Sarah hizo un gesto pequeño con la mano, no de victoria, más de registro neutral. Cogió el tenedor.

—¿Cuánto tiempo llevas en Caldwell & Marsh? —preguntó, de repente en otro tono.

—Seis años.

—¿Y antes?

—Bain, dos años. Oxford antes de eso.

—¿Oxford de verdad o lo dices para abreviar?

—Oxford de verdad.

Sarah asintió como si eso encajara en algún esquema que llevaba tiempo construyendo.

—¿Qué? —dijo Imogen.

—Nada. Solo estoy completando el cuadro.

—¿Qué cuadro?

—El tuyo. —Sarah la miró—. Llevas ocho semanas completando el mío. Me parece justo.

Imogen cogió el vaso de agua.

—Yo no he estado completando ningún cuadro.

—Has estado completando un cuadro desde el primer día que entraste a la 2.4 y viste que había dejado el cuaderno de bocetos en la silla del medio.

—Eso era un problema logístico.

—Imogen.

—¿Qué?

Sarah sonrió, la pequeña, y bajó la vista un momento antes de volver a mirarla.

—¿Qué estabas pensando antes, cuando dije lo de la planta? La segunda respuesta. No la primera.

Imogen dejó el vaso.

—Que no quería volver al despacho de la planta 3.