Capítulo 9
El viernes llega antes de lo que Imogen esperaba, que es absurdo porque Imogen cuenta días como quien audita columnas de cifras: sin error, sin sorpresa, con la anticipación metódica que le permite llegar a todo a tiempo. Pero el viernes llega, y con él el correo de Tim.
Imogen cierra el correo.
Se queda de pie junto a su escritorio, el de siempre, el de la izquierda mirando la ventana, el que da a la calle y no al patio, y mira el escritorio de Sarah.
Encima: el cuaderno de bocetos abierto en una página con flechas dibujadas en distintas direcciones, un bolígrafo sin capuchón, una taza de café de ayer que Sarah olvidó llevarse.
La taza tiene un dibujo de elefante desgastado por el lado donde se pone la boca.
Imogen lo sabe: lo ha mirado muchas veces.
No cierra el cuaderno. No mueve la taza.
Coge su propio café, que ya ha subido de la cocina, y se sienta.
El resto de la mañana transcurre con la cadencia que tienen las mañanas en la sala 2.
4 después de ocho semanas, una cadencia que Imogen conoce en sus huesos sin haberla buscado.
Sarah llega a las nueve menos diez con dos cafés aunque Imogen ya tiene el suyo, porque Sarah siempre trae dos por si acaso, una costumbre que al principio le pareció un exceso de energía social y que ahora le parece simplemente Sarah.
Deja el café en el borde del escritorio de Imogen con el mismo gesto de siempre, levanta la vista, dice buenos días, e Imogen dice buenos días, y durante unas tres horas ambas trabajan en silencio interrumpido por preguntas funcionales y el sonido del teclado de Sarah, que es más agresivo que el suyo.
Imogen no menciona el correo de Tim.
No es una decisión activa, se dice. Es que todavía no es el momento. Es que tienen trabajo. Es que Sarah está en mitad de algo —la concentración le tensa los hombros cuando inclina el cuello hacia la pantalla. No es el momento.
A las doce y cuarto, Sarah se estira hacia atrás, suelta un ruido que no es exactamente un gemido pero se le parece, y dice:
—Propongo un almuerzo que no sea el sándwich que tengo en la bolsa, porque ese sándwich me he hartado de mirarlo.
—¿Cuándo lo preparaste?
—Esta mañana. Ya me harta esta mañana. Es de jamón y queso y debería ser suficiente, pero hay días en que una necesita algo que no haya preparado una misma.
Imogen considera esto.
—Hay un sitio en Park Street que hace ensaladas decentes.
—¿Decentes como inofensivas o decentes como buenas?
—Como buenas.
Sarah cierra el portátil.
—De acuerdo —dice.
Salen. El frío de noviembre en Bristol no es el frío seco del norte sino algo más húmedo que se mete por el cuello del abrigo.
Imogen va un medio paso detrás, o quizá al lado; la geometría cambia en función de la acera.
Sarah habla de la propuesta de noviembre con una energía que tiene picos y valles, de cómo Dan ha hecho algo bueno con la maqueta gráfica pero no sabe explicar por qué funciona, lo que para Sarah es señal de que funciona de verdad, porque cuando algo funciona por razones analizables es competente pero no es brillante.
Imogen escucha. En determinado momento Sarah se gira hacia ella a mitad de una frase, Imogen la está siguiendo, y Sarah asiente y continúa.
El restaurante es pequeño, con las mesas cerca, y se sientan una frente a la otra con los abrigos todavía puestos hasta que el local calienta un poco. Sarah pide sin dudar. Imogen pide despacio, lo que Sarah ya sabe que es su manera y no lo comenta.
Es durante el almuerzo, mientras Sarah parte un trozo de pan con las dos manos e Imogen ha dejado el tenedor en el plato un momento, cuando Imogen dice:
—Esta mañana recibí un correo de Tim.
Sarah levanta la vista.
—¿Las obras?
—Terminaron ayer. Puedo volver al lunes.
Silencio. No el incómodo de cuando dos personas no saben qué decirse, sino el otro: el que ocurre cuando ambas saben exactamente qué está pasando y ninguna ha decidido todavía cómo manejarlo.
Sarah deja el pan en el plato.
—¿Y? —dice.
—¿Y qué?
—¿Volverás el lunes?
Imogen mira el tenedor. Luego la mira.
—No lo sé todavía —dice.
Lo que es una mentira, o al menos no del todo la verdad, porque Imogen lo sabe. Lo que no sabe es si tiene derecho a decirlo en voz alta, qué consecuencias tiene decirlo, si la persona que dice esas cosas en voz alta es todavía ella.
Sarah sostiene la mirada un momento más de lo necesario. Luego coge el pan otra vez.
—Vale —dice.
Las dos horas siguientes al regreso, Imogen trabaja.
Es lo que hace cuando algo interior está demasiado cerca de la superficie: trabaja, con la eficiencia precisa de alguien que ha convertido el orden externo en regulación interna.
Revisa el informe que tenía pendiente, lo corrige, lo manda.
Prepara la presentación del martes, que no es urgente pero es lo que tiene a mano.
Responde correos que no requerían respuesta inmediata.
Al otro lado del escritorio, Sarah trabaja también, pero de otra manera: levanta la vista, la baja, escribe en el cuaderno de bocetos, tacha, vuelve a la pantalla.
Imogen no la mira directamente, pero la tiene en el campo de visión de esa forma en que se tiene a alguien cuando se llevan semanas conviviendo en un espacio pequeño y el cuerpo ha aprendido la presencia de la otra sin necesidad de confirmación consciente.
A las cuatro y media, Sarah dice:
—Tengo una pregunta.
—Dime.
—¿Qué tiene tu despacho de la tercera planta que no tenga esto?
Imogen no contesta de inmediato. Mira la pantalla un momento y gira ligeramente en la silla.
—La vista al patio —dice.
—La vista al patio. —Sarah lo repite sin burla, simplemente registrándolo—. ¿Y?
—Y el silencio.
—Yo no hago tanto ruido.
—Tu teclado es bastante ruidoso.
—El teclado no soy yo.
—El teclado lo manejas tú, lo que te hace responsable del ruido.
Sarah tuerce la boca. No exactamente una sonrisa, pero algo que comparte terreno con una.
—¿Hay algo más que te ofrezca la tercera planta que no pueda ofrecerte esto?
Imogen la mira. Hay una pregunta debajo de la pregunta, y la oye perfectamente. El problema no es que no sepa la respuesta; es que la respuesta tiene una forma que no reconoce como suya, porque lleva diecisiete años construyendo una identidad que no incluye ese tipo de respuesta.
—No —dice.
Una sola palabra. Que podría significar muchas cosas. Las dos lo saben, y ninguna hace nada al respecto todavía.
A las seis, cuando la oficina se va vaciando de ruido y los pasillos tienen esa calidad distinta de los espacios de trabajo cuando la mayor parte de la gente se ha ido, Imogen permanece en el escritorio.
No porque haya trabajo urgente. Se queda porque la sala 2.
4 tiene una temperatura distinta a las seis de la tarde de un viernes, con la luz de la calle entrando desde el ángulo bajo y la calefacción del edificio en modo reducido de fin de semana, y Imogen ya la conoce de memoria.
Sarah también se queda.
No lo dice. No hace el gesto de cerrar el portátil y decidir quedarse. Simplemente no se va. Sigue con lo que tiene entre manos —o con lo que parece tener entre manos—, con la concentración de alguien que tiene una razón válida para seguir allí.
A las seis y cuarto, Imogen dice, sin levantar la vista del informe que no está leyendo:
—Llevo semanas diciéndome que esto era temporal.
Sarah no responde de inmediato.
—¿Y? —dice, al cabo.
—Y supongo que lo es. —Pausa—. Pero he confundido que algo sea temporal con que no importe.
El silencio que sigue no es el del principio, el de las primeras semanas cuando ambas calibraban el espacio de la otra. Es un silencio habitado.
Sarah cierra el cuaderno de bocetos despacio —no es su costumbre: su costumbre es dejarlo abierto o cerrarlo de golpe.
—¿Tienes claro lo que quieres? —dice.
Imogen levanta la vista.
—No. Por lo general, sí. Ahora mismo, no.
—Eso es honesto.
—Intento serlo.
—Lo sé. —Sarah la mira—. Yo tampoco lo tengo del todo claro. Por si eso ayuda.
No ayuda exactamente, porque el problema de Imogen no es la incertidumbre de Sarah sino la suya propia: ha pasado diecisiete años siendo la persona que sabe lo que quiere y lo ejecuta con precisión, que no permite que el desorden ajeno altere la estructura que ha construido.
Y ahora tiene enfrente a alguien cuyo cuaderno de bocetos lleva ocho semanas abierto en su campo de visión, cuyos cafés han llegado cada mañana sin falta, cuya presencia en el espacio dejó de parecer una intrusión hace tanto tiempo que Imogen ya no sabe cuándo ocurrió el cambio. Solo que ocurrió.
Pero tampoco no ayuda.
—Un poco —dice.
Sarah suelta algo que es casi una risa.
—¿Un poco?
—Un poco ayuda.
Sarah la mira un momento largo. Luego se levanta, coge la chaqueta, la bolsa del suelo, el cuaderno. Los gestos de alguien que se prepara para marcharse, pero sin prisa. Con la calma deliberada de alguien que está dejando espacio.
—Imogen —dice, ya de pie, con la bolsa al hombro.
—Sí.
—El despacho de la tercera planta va a estar ahí el lunes independientemente de lo que decidas. El lunes, y el martes, y todos los días que quieras.
No añade nada más. La frase no es un argumento sino una observación, y las dos saben lo que significa.
Sarah sale. La puerta de la sala 2.4 se cierra con el mismo ruido suave de siempre.
Imogen se queda sola.
La sala tiene la calidad de los espacios con una sola persona, la misma que tenía cuando todo esto empezó, hace ocho semanas, el primer lunes que Tim le dijo que habría una nueva compañera de escritorio durante la reestructuración.
Recuerda haber pensado, ese lunes, que ocho semanas eran manejables.
Que era temporal y por lo tanto acotado, y lo acotado se gestiona.
Mira el escritorio de Sarah. El cuaderno se lo ha llevado, pero ha dejado la taza del elefante, y un posit amarillo en el borde del escritorio con algo escrito que Imogen no puede leer desde donde está. No se levanta a leerlo.
Lo que hace es quedarse con el peso de la pregunta que ha llevado toda la tarde evitando formular.
No tiene que ver con el despacho ni con las obras ni con el correo de Tim.
Tiene que ver con ella: con la Imogen que lleva diecisiete años eligiendo la estructura sobre todo lo demás, que sale con personas adecuadas y termina las cosas antes de que se compliquen, que ha interpretado su propio orden como virtud y no como miedo.
La pregunta no es si le gusta Sarah Vale.
Eso lo sabe desde hace tiempo, aunque tardó en reconocerlo porque la forma en que le gusta Sarah Vale no tiene el aspecto claro y gestionable que deberían tener las cosas que le gustan a Imogen.
La pregunta es qué hace con eso. Y más concretamente: cuándo se convirtió la prudencia en la forma que tomó la cobardía cuando necesitaba un nombre más respetable.
No es una pregunta cómoda. Es, de hecho, la más incómoda que Imogen se ha hecho en mucho tiempo, quizá desde aquellos años en que la casa donde creció tenía tanto ruido y tanta imprevisibilidad que ella decidió, con la determinación silenciosa de los niños que aprenden a sobrevivir, que su vida sería distinta. Controlable. Suya.
Lo ha sido. Es suya. Pero algo en estas ocho semanas —la cadencia de los cafés, el ruido del teclado, los bocetos con flechas— le ha mostrado que su propio orden tiene grietas que no había examinado porque no había nadie suficientemente cerca como para verlas.
Que el desorden ajeno no la amenaza sino que la calma: eso es una cosa que Imogen no esperaba descubrir.
Que ha estado eligiendo la soledad no porque sea lo que quiere sino porque la soledad no puede defraudarla: eso es otra.
Son verdades distintas. La segunda es menos cómoda que la primera, porque la primera solo habla de Sarah y la segunda habla de ella.
Reconocer eso no lo vuelve menos doloroso. Lo que hace es cambiar la naturaleza de lo que duele.
Imogen recoge sus cosas despacio. Cierra el portátil, lo mete en la bolsa, coge la taza de café fría.
Antes de apagar la luz, mira la sala una vez más: dos escritorios, la ventana con la calle al fondo, la estantería con archivos que ninguna de las dos usa.
El cuaderno de Sarah no está. La taza del elefante sí.
Apaga la luz.
La pregunta de lo que hará el lunes sigue sin respuesta. Pero ya no es la misma pregunta que era esta mañana cuando leyó el correo de Tim, y esa diferencia, aunque pequeña, es la única que Imogen tiene esta noche.
Sale al pasillo. El edificio está casi vacío. Sus pasos suenan distintos en un espacio sin nadie que los comparta.