Despacho compartido Capítulo 8
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Capítulo 8

La cita fue el miércoles. En un restaurante de Clifton que ninguna de las dos frecuentaba, con la distancia justa de Caldwell & Marsh para no cruzarse con ningún colega y la distancia justa del piso de Sarah en Stokes Croft para que nadie pudiera interpretar conveniencia geográfica.

Duró tres horas.

Los días después del miércoles fueron extraños de una manera concreta y difícil de describir. No difícil porque fueran malos. Difícil porque eran demasiado buenos para la cantidad de información que Sarah tenía sobre qué estaba pasando exactamente.

Compartían el despacho igual que antes. Se traían café la una a la otra con la rotación ya establecida que nadie había acordado en voz alta.

Hablaban de trabajo y de cosas que no eran trabajo, de la misma manera que llevaban hablando semanas, pero con una ligera diferencia de temperatura que Sarah no habría sabido señalar.

Imogen se quedaba un segundo más de lo necesario antes de volver los ojos a la pantalla cuando Sarah le preguntaba algo.

Sarah buscaba los ángulos de la habitación donde estaba Imogen cuando no la miraba directamente.

Eran cosas pequeñas. Enumeradas, habrían parecido insignificantes.

Pero se acumulaban de una manera que no lo era.

El problema, si era un problema, era que Sarah no sabía qué hacer con lo que tenía.

No era un problema de sentimientos. Los sentimientos estaban siendo razonablemente claros, dentro de sus propios estándares, que reconocía que eran caóticos.

El problema era más práctico: Sarah sabía que le gustaba Imogen Ashford, sabía que el miércoles había sido una especie de umbral que las dos habían cruzado sin decirlo, y sabía que si dejaba pasar suficiente tiempo sin hacer nada concreto la cosa se enfriaría o se solidificaría en algo que no era lo que quería.

Lo que no sabía era si Imogen sabía lo mismo.

El jueves, Priya la llamó a las cuatro y cuarto para confirmar que el equipo de Contenidos había dado su aprobación interna al calendario de entregas de noviembre.

—Bien —dijo Sarah. Estaba de pie junto a la ventana de la sala 2.4, de espaldas al escritorio de Imogen, que en ese momento estaba vacío porque Imogen tenía reunión en la tercera planta—. Mándamelo por correo para que lo archive y se lo paso a Imogen directamente.

—¿A Imogen directamente?

—Al equipo de Estrategia —corrigió Sarah, un segundo demasiado tarde.

Hubo una pausa breve en la que Sarah oyó a Priya decidir si iba a decir algo al respecto.

—¿Cómo va eso, por cierto? —dijo Priya, con un tono completamente neutral que no engañaba a nadie.

—¿El calendario de noviembre?

—La sala 2.4.

Sarah se giró hacia la habitación vacía.

—Bien —dijo.

—Qué respuesta más específica.

—Priya.

—Solo pregunto. Lleváis… ¿cuánto son ya, siete semanas?

—Ocho.

—Ocho semanas compartiendo despacho. Y las obras terminan el viernes de la semana que viene, según Tim.

Sarah no dijo nada. Se quedó mirando la calle, el tráfico de última hora, el autobús que siempre pasaba a una velocidad ligeramente excesiva para la anchura de esa calle.

—Lo sé —dijo al final.

—¿Qué sabes exactamente?

—Que termina la semana que viene.

Priya esperó un segundo más.

—Sí —dijo—. Eso también.

Colgaron. Sarah se quedó junto a la ventana con el móvil en la mano antes de volver a su escritorio.

El viernes por la mañana llegó un correo de Tim Cole informando a los afectados por la reestructuración de la planta segunda que las obras del ala sur progresaban conforme al cronograma revisado y que los espacios estarían disponibles el próximo viernes.

Se pedía a todos que tuvieran sus pertenencias listas para el traslado el jueves por la tarde.

Se agradecía la paciencia durante el proceso.

Sarah lo leyó dos veces. Lo minimizó, abrió el documento en el que estaba trabajando y se concentró en él durante aproximadamente cuatro minutos antes de levantarse a por café.

La cocina compartida de la segunda planta estaba vacía.

Sarah llenó la taza, añadió leche, se quedó de pie junto a la encimera —sentarse en la mesa pequeña sin nadie con quien hablar le parecía demasiado deliberado— y estuvo mirando el recorte de revista que alguien había pegado en la pared años atrás, una cita motivacional que nadie recordaba haber puesto allí ni había quitado tampoco, sin leerla.

Ocho semanas en las que había dejado de llevar paraguas porque el despacho era demasiado pequeño para dos paraguas húmedos.

Ocho semanas en las que había aprendido que Imogen tomaba el segundo café exactamente a las diez y cuarto y que si alguien lo traía antes de esa hora lo dejaba enfriarse.

Ocho semanas en las que el silencio compartido había adquirido una textura distinta, una densidad que no era incómoda sino exactamente lo contrario.

El viernes de la semana que viene.

Sarah bebió el café y volvió a la sala 2.4.

Imogen ya estaba en su escritorio. Había llegado mientras Sarah estaba en la cocina: la chaqueta todavía estaba sobre el respaldo de la silla en lugar de colgada en el gancho, lo que significaba menos de dos minutos. Sarah lo notó. No supo por qué lo notaba..

—Tim ha mandado el correo —dijo, dejando la taza sobre el escritorio.

Imogen no levantó la vista inmediatamente.

—Sí —dijo. Había algo en la economía de esa sílaba que Sarah no pudo interpretar del todo—. Lo he visto esta mañana.

—El viernes que viene.

—Eso dice.

Sarah se sentó. Abrió el portátil. Imogen había vuelto a la pantalla, la línea de sus hombros ligeramente recta, como siempre, y la luz de la ventana entrando desde el mismo ángulo de siempre.

—¿Vas a echar de menos el patio? —preguntó Sarah, sin haberlo planeado del todo.

Imogen se quedó quieta un segundo.

—¿El patio? —dijo.

—El que se ve desde tu despacho en la tercera planta. Dijiste una vez que tenía buena luz por las mañanas.

Hubo una pausa. Sarah mantuvo los ojos en la pantalla.

—No lo he echado de menos especialmente —dijo Imogen.

Sarah no respondió. Ninguna de las dos dijo nada durante un rato, y el silencio fue del tipo al que ya estaban acostumbradas, el que no requería llenarse.

El sábado por la mañana, Sarah estaba en su piso de Stokes Croft intentando ordenar los bocetos del proyecto de noviembre que llevaba dos semanas apilando en la mesa del comedor cuando le llegó un mensaje de Imogen.

Estoy en el mercado de St. Nicholas. Hay un puesto de café que no está mal.

Sarah lo leyó tres veces. Luego respondió:

¿Eso es una invitación o simplemente información geográfica?

La respuesta tardó menos de un minuto.

Tú decides.

Tardó doce minutos en llegar. Imogen estaba junto al puesto de café con dos tazas de cartón y una chaqueta oscura, el pelo recogido de la misma manera que en la oficina pero con algo diferente que no supo identificar hasta estar suficientemente cerca: no llevaba los pendientes de oficina.

Eran pendientes pequeños, perla oscura, que Imogen llevaba casi todos los días laborables.

Hoy no. Era sábado y era un mercado y parecía una cosa insignificante, pero a Sarah le dijo algo sobre Imogen que todavía no tenía palabras para articular.

—Llegas pronto —dijo Imogen, entregándole una de las tazas.

—Son doce minutos andando desde Stokes Croft.

—Lo sé.

Sarah bebió el café. Era bueno.

Estuvieron en el mercado casi dos horas.

Miraron un puesto de libros usados: Sarah compró dos, Imogen uno, comentaron en voz alta los puestos de comida —más Sarah que Imogen, aunque Imogen no intentó callarse—, y discutieron brevemente sobre si cierto queso merecía el precio que tenía (posiciones irreconciliables).

Volvieron por el lado del puerto porque el día estaba gris pero seco y ninguna propuso el camino más corto.

Cuando llegaron al punto donde los caminos se dividían hacia Stokes Croft y hacia Clifton, Imogen se detuvo.

—¿Tienes planes esta tarde? —preguntó.

Sarah miró la bolsa con los libros. Luego a Imogen.

—No especialmente —dijo.

Imogen asintió, una vez, brevemente.

—Tengo comida en casa para dos personas —dijo—. Si eso sirve.

Era, Sarah lo reconoció en ese momento, exactamente la misma proporción de economía y afirmación del mensaje del martes anterior. La puerta entreabierta, sin comprometer. Imogen Ashford había aprendido el idioma o siempre lo había sabido y había estado esperando la ocasión de usarlo.

—Sirve —dijo Sarah.

El piso de Imogen en Clifton era exactamente lo que Sarah hubiera predicho, que no lo había hecho deliberadamente pero que tampoco habría podido evitar después de ocho semanas de despacho compartido.

Era ordenado de una manera que no era fría sino estructurada, cada cosa en su lugar y ese lugar coherente con todos los demás.

Libros ordenados por materia en la estantería del salón.

El número justo de objetos decorativos para que la habitación no pareciera un catálogo.

La cocina limpia con la limpieza de alguien que cocina de verdad y friega mientras cocina, no después.

Lo que Sarah no había predicho era la planta en el alféizar de la ventana de la cocina: grande, un poco desordenada, verde brillante, con la tierra del tiesto todavía algo húmeda.

—¿Desde cuándo tienes planta? —preguntó.

Imogen no se giró desde la nevera.

—Tres semanas.

—¿Por qué?

Hubo una pausa.

—Alguien me dijo que el piso parecía un hotel —dijo Imogen—. No de manera especialmente crítica. Pero me quedé pensando en ello.

Sarah se preguntó quién había dicho eso. Probablemente había sido ella, una tarde en la sala 2.4, en uno de esos comentarios que hacía sin terminar de pensarlos. Imogen había ido a comprarse una planta tres semanas después.

Se sentó junto a la ventana y estuvo mirando la calle mientras Imogen cocinaba.

La conversación fue de la misma naturaleza que en el restaurante del miércoles y en el mercado esa mañana: fácil de una manera que no era superficial, con silencios que tampoco requerían llenarse.

En un momento dado Sarah se dio cuenta de que llevaba un rato sin decir nada y que eso no había producido incomodidad perceptible en ninguna de las dos.

Comieron en la mesa del comedor, pequeña y cuadrada, bien para dos personas.

Imogen había puesto vino sin preguntar si Sarah quería, lo cual decía algo sobre las semanas que llevaban.

Hablaron de Cardiff, de la familia de Sarah, de lo que significa crecer en una casa ruidosa.

Imogen preguntaba con preguntas breves y específicas, las del tipo que demuestran que alguien ha estado escuchando durante más tiempo del que acaba de parecer.

—¿Tú cómo creciste? —preguntó Sarah, con el vino ya mediado.

Imogen se quedó un segundo con el tenedor en el aire.

—Tranquilamente —dijo.

Sarah esperó.

—Mi madre es… —empezó Imogen, y se detuvo. La pequeña pausa fue lo más cercano a indecisión que Sarah había visto en ella—. Encantadora. Genuinamente. Pero muy impredecible. No de manera dramática. Solo la clase de impredecible donde nunca sabes exactamente qué va a pasar después.

—¿Y tú desarrollaste el sistema de comer a la una y veinte?

Imogen la miró. Hubo un segundo en que su expresión se aflojó hacia algo que no era exactamente una sonrisa pero sí adyacente.

—Entre otras cosas —dijo.

Sarah no presionó más. No hacía falta. Era suficiente que Imogen hubiera dicho lo que había dicho, y Sarah lo sabía, y la manera en que Imogen la miraba después sugería que Imogen sabía que Sarah lo sabía.

Fue más tarde, en el sofá del salón, con el ruido de la calle entrando apagado desde la ventana y el piso con esa temperatura específica de los sábados por la tarde en octubre en un edificio bien aislado, cuando la cosa dio su siguiente vuelta.

Sarah estaba hojeando uno de los libros del mercado, o haciéndolo, porque llevaba varios minutos en la misma página. Imogen tenía el suyo abierto cerca del principio. La distancia entre las dos en el sofá era de aproximadamente un palmo.

—El viernes —dijo Sarah, sin mirarlo venir.

Imogen no levantó los ojos del libro inmediatamente.

—El viernes —repitió, en voz baja, con la cadencia de alguien que confirma en lugar de preguntar.

—Tienes que volver a la tercera planta.

—Sí.

Sarah dejó el libro boca abajo sobre el reposabrazos. Imogen seguía mirando el suyo, aunque Sarah tenía la sospecha razonablemente fundada de que no estaba leyendo.

—¿Vas a echar de menos algo? —preguntó Sarah.

Imogen bajó el libro despacio. Lo dejó sobre la rodilla con el marcapáginas puesto, lo cual era completamente innecesario dado que llevaba en la misma página veinte minutos, pero que era muy Imogen de todas formas.

La miró. De la manera que había estado mirándola desde el miércoles en el restaurante, que era distinta de la manera en que la miraba en la sala 2.4, que ya era distinta de hace dos meses. Sarah llevaba semanas catalogando esas diferencias sin saber del todo qué hacer con ellas.

—Sí —dijo Imogen.

No amplió la respuesta. Pero la sílaba estuvo en el aire del salón de una manera completamente inequívoca.

Sarah la miró. El palmo de distancia entre las dos era, en ese momento, la cosa más específica de la habitación.

—Yo también —dijo Sarah.

Imogen no se movió. Tampoco se alejó. Había algo en su quietud que Sarah había tardado semanas en aprender a leer: no era distancia, no era exactamente cautela, era la quietud de alguien que ha tomado una decisión y está esperando que la otra persona también la tome.

—Imogen —dijo Sarah.

—Sí.

—Si no hago nada ahora mismo me voy a arrepentir mañana por la mañana de una manera bastante concreta.

Imogen la miraba. En su cara no había sorpresa, ni alivio, ni nada que pudiera nombrarse limpiamente. Era la expresión de alguien que lleva mucho tiempo manteniendo una distancia precisa y que está calculando, con toda la atención de la que es capaz, si está preparada para reducirla.

—¿Y qué vas a hacer al respecto? —dijo Imogen, en voz muy baja.

Era la pregunta más directa que Sarah le había escuchado sobre nada personal en ocho semanas de despacho compartido.

Era también, y Sarah lo reconoció en el momento, una respuesta.

No era una puerta cerrada. Era la misma puerta entreabierta de los mensajes del martes, pero desde el otro lado, con Imogen sosteniéndola.

Sarah dejó pasar un segundo.

—Esto —dijo.

Y se inclinó hacia ella.