Despacho compartido Capítulo 7
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Capítulo 7

Habían pasado tres días desde la cocina compartida y la pregunta de Priya que Sarah había dejado sin responder del todo, ni siquiera para sí misma.

Era martes por la noche. Sarah estaba en el sofá de su piso en Stokes Croft con el portátil sobre las piernas y una bandeja de comida tailandesa a medio terminar en la mesa baja, revisando bocetos de la propuesta para el cliente de noviembre.

El piso era exactamente el tipo de sitio donde vive alguien que volvió a Bristol con la intención de quedarse seis meses: muebles que funcionan, una planta que había sobrevivido más por suerte que por cuidado, libros por todas partes, una estantería a la que le faltaba un tornillo desde enero. Era su sitio. Le gustaba su sitio.

Cerró el portátil. Volvió a abrirlo.

El boceto que revisaba era el cuarto intento de algo que en teoría ya debería estar resuelto. Sarah sabía perfectamente por qué no estaba resuelto, y el problema no tenía nada que ver con el cliente de noviembre.

Cogió el teléfono. Puso la pantalla hacia abajo. Lo volvió a coger.

Escribió: ¿Tienes un momento libre mañana por la tarde?

Me refiero a tiempo real, no a tiempo de calendario.

Sé que no es lo mismo. Lo leyó. Borró Sé que no es lo mismo .

Lo volvió a poner. Borró toda la segunda frase.

Borró tiempo real . Escribió: Si tienes un hueco mañana por la tarde, la propuesta de noviembre necesita una segunda opinión y confío en la tuya más que en la mía.

Borró más que en la mía . Borró confío en la tuya . Borró todo.

Dejó el teléfono en la mesa baja.

Comió un poco más de la bandeja.

Volvió a coger el teléfono y escribió, sin pararse a corregir: ¿Tienes planes esta semana fuera del trabajo?

Me pregunto si querrías comer algo, no en la cocina de la segunda planta.

Lo envió antes de poder arrepentirse, con la precisión involuntaria de alguien que lleva varios días preparándose para hacer algo y de repente lo hace porque el tiempo de preparación se ha agotado.

Dejó el teléfono boca arriba sobre la mesa y se quedó mirando el techo.

Los segundos pasaron con esa lentitud específica de cuando uno espera una respuesta que le importa más de lo que pensaba. Sarah contó los listones del techo —había once— y luego miró la planta y se dijo que la semana que viene, sin falta, le ponía agua. El teléfono vibró.

Mañana miércoles estoy libre a partir de las siete. Si eso sirve.

Sarah lo leyó dos veces. La economía del mensaje era completamente Imogen: sin exclamaciones, sin adornos, sin ninguna señal de si le había parecido bien la propuesta o si había notado que el mensaje original no mencionaba el trabajo en ningún momento.

Si eso sirve. La puerta entreabierta, sin comprometerse a nada más.

Sirve , escribió Sarah. Te mando la dirección mañana.

Cerró el portátil. Esta vez no lo abrió.

El miércoles por la tarde, en la sala 2.

4, Sarah trabajó con esa concentración extraña que viene de tener la cabeza en otro sitio pero el cuerpo ocupado, lo que produce resultados sorprendentemente buenos.

Resolvió el boceto de noviembre en cuarenta minutos, revisó dos briefs pendientes y respondió a tres correos que llevaban días sin respuesta.

A las cinco y cuarto Imogen le preguntó si había terminado con la impresora en color, porque necesitaba imprimir algo antes de marcharse.

Sarah dijo que sí, que ya había acabado.

Imogen fue a imprimir. Sarah guardó las cosas.

Cuando Imogen volvió, Sarah estaba ya con el abrigo puesto.

—Hasta luego —dijo Imogen, sin levantar la vista de los folios que acababa de recoger.

—Hasta luego —dijo Sarah.

Ninguna de las dos mencionó que se verían en dos horas.

El piso de Sarah en Stokes Croft era un primero con ventanas a la calle y una cocina más grande de lo habitual para la zona, razón principal por la que lo había alquilado.

Había comprado cosas para cenar —pasta, algo de verdura, queso que técnicamente no era para pasta pero podía serlo— y había hecho lo posible con el estado del salón, que en circunstancias normales Sarah clasificaría como "productivamente caótico" y que esa tarde se había parecido peligrosamente a otra cosa.

Había apilado los papeles. Había encontrado el cojín que estaba detrás del sofá.

Había mirado la estantería a la que le faltaba el tornillo y decidido que eso no lo iba a resolver esta noche.

A las siete y cuarto llamaron al telefonillo.

Sarah pulsó el botón de apertura y se quedó parada en el recibidor sin saber qué hacer con las manos, lo que era una sensación lo bastante inusual para resultar informativa. Cuando Imogen llamó a la puerta del piso, Sarah la abrió con la velocidad de alguien que llevaba varios minutos al otro lado.

Imogen estaba sin el abrigo corporativo. Llevaba una americana oscura sobre una camiseta, el pelo recogido como siempre pero con menos precisión que en el trabajo, como si lo hubiera rehecho a media tarde sin espejo. Traía una botella de vino. Blanco.

—No sabía si venías con hambre —dijo Sarah.

—Vine directa desde el trabajo. —Una pausa—. Sí tengo hambre.

Sarah se hizo a un lado. Imogen entró.

Lo primero que hizo fue lo que hace cualquiera al entrar en casa de alguien por primera vez: mirar.

No de forma obvia, sino con esa atención periférica imposible de disimular del todo.

La estantería —los libros, la planta, el hueco donde faltaba el tornillo—, los papeles apilados en la mesa del comedor con el orden deliberado de quien los ha apilado cinco minutos antes, los bocetos pegados con cinta de pintor en la pared junto a la ventana. Se detuvo en los bocetos.

—¿Son del proyecto de noviembre?

—Algunos. Los otros son de uno que terminé en septiembre y no he quitado todavía.

Imogen los miró un momento más sin comentar nada.

—El vino —dijo Sarah, señalando la botella.

—Ah. Sí. —Imogen se la tendió. Sarah la llevó a la cocina e Imogen la siguió, apoyándose en el marco de la puerta mientras Sarah abría el cajón del sacacorchos, que estaba en el segundo y no en el primero porque había una lógica en eso que tenía sentido en su cabeza pero que esa noche no recordaba.

—El tercero —dijo Imogen.

Sarah lo miró. Efectivamente estaba en el tercero.

—No lo sabías —dijo Sarah.

—No. Pero los dos primeros estaban vacíos y el tercero era la siguiente opción razonable.

Sarah abrió el vino. Le dio una copa a Imogen.

Durante un rato cocinaron —Sarah cocinó e Imogen estuvo cerca sin estorbar, que es una habilidad que no todo el mundo tiene— y hablaron de la propuesta de noviembre como si fuera el motivo real de la noche, con la misma energía eficiente con que resolvían las cosas en la sala 2.

4, y algo de esa familiaridad hizo que el piso pareciera menos nuevo para las dos.

La pasta resultó bien. Se sentaron en la mesa del comedor, con los papeles apilados a un lado y las copas delante.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Imogen.

—En el piso, dos años.

—¿Y antes?

—Londres. Y antes de Londres, Cardiff. Y antes de Cardiff, otro sitio que ya no cuenta. —Sarah bebió—. Tengo un historial de no quedarme mucho en ningún sitio, pero Bristol se ha aguantado más que los demás. No sé si eso dice algo del sitio o de mí.

—Probablemente de los dos.

—Probablemente. —Sarah giró la copa por el pie—. ¿Tú llevas mucho tiempo en Clifton?

—Nueve años en el mismo piso.

—Nueve años. —Sarah lo procesó—. ¿Y nunca te han dado ganas de cambiar?

—Sí. —Sin dramatismo, como un hecho—. Pero soy bastante buena distinguiendo entre las ganas de cambiar algo y las ganas de escapar de algo. No son lo mismo.

Sarah la miró. Imogen tenía los ojos en su copa, con esa expresión que ponía a veces en la sala 2.4 cuando pensaba algo que no iba a decir.

—¿Y cuál era? —preguntó Sarah.

—¿Cuál era qué.

—Las veces que quisiste cambiar. ¿Ganas de cambiar o de escapar.

Imogen levantó la vista. Hubo un segundo en que parecía que iba a responder con algo breve y cortés que cerrara la pregunta, el tipo de respuesta que Imogen usaba en las reuniones cuando alguien preguntaba algo que no tocaba. Pero no lo hizo.

—Las dos cosas. En momentos distintos.

—Cuéntame uno.

Imogen no respondió de inmediato. Fuera, en la calle, pasó un coche con la música encendida; el sonido fue apagándose en la distancia hasta que el salón volvió a ser solo ellas dos y el ruido de fondo que Bristol tiene incluso a las nueve de la noche.

—Hay una versión de mi vida —dijo Imogen, despacio, eligiendo las palabras con el mismo cuidado con que elegía todo lo demás— en la que tengo todo en orden y no sé muy bien si lo hice por mí o para compensar algo que no estuvo en orden durante mucho tiempo.

—Se quedó callada un momento—. No sé distinguirlo.

Y hay algo un poco agotador en no saber eso.

Sarah no dijo nada. Era el tipo de silencio que a veces es la única respuesta correcta.

Imogen la miraba ahora. Con esa atención directa que tenía y que Sarah había aprendido, en estas seis semanas en la sala 2.4, a no esquivar.