Capítulo 5
Imogen tenía los números del segundo trimestre en pantalla y el informe de Tim abierto en paralelo. Lo que necesitaba era una hora sin interrupciones y el tipo de concentración que requería, precisamente, no estar pendiente de si alguien al otro lado del despacho estaba a punto de decir algo.
Sarah no dijo nada durante cuarenta minutos.
Fue Sarah quien habló primero, como solía ser.
—¿Puedo preguntarte algo sobre el informe del consejo?
Imogen levantó la vista.
—Depende de qué quieras preguntar.
—La sección de proyecciones de contenidos para el cuarto trimestre.
—Sarah giró el portátil hacia Imogen, más de lo estrictamente necesario, sin que nadie lo negociara en voz alta—.
Priya quiere que alineemos nuestros números con los de Estrategia antes de presentar al consejo, pero los datos que me dio Tim son del año pasado.
—Porque los de este año no están consolidados hasta el viernes.
—¿El viernes de esta semana?
—El viernes de esta semana.
Sarah sopló el aire por un costado de la boca, no con irritación sino con esa resignación divertida que tenía para los plazos imposibles.
—Estupendo. Le digo a Priya que esperemos.
—O presentas los preliminares con una nota metodológica que especifique que los datos finales estarán disponibles el lunes. Es lo que hago yo.
Sarah la miró un segundo.
—¿Y eso funciona?
—Con Tim, siempre. Con el consejo, depende del consejo.
—Qué respuesta tan útil.
—Es una respuesta honesta.
Sarah cerró el portátil y se recostó en la silla, brazos cruzados sobre el pecho, con la expresión de quien procesa algo y prefiere que no se note.
Imogen la conocía lo suficiente, a estas alturas, para saber que lo siguiente iba a ser un silencio de entre treinta segundos y dos minutos, después del cual Sarah diría algo completamente distinto.
El silencio duró cuarenta y cinco segundos.
—¿Tú siempre comes a la misma hora?
Imogen detuvo las manos sobre el teclado.
—¿Perdona?
—Son casi las doce y media y ya has mirado el reloj cuatro veces. —Lo dijo sin acusación, con la curiosidad directa que tenía y que Imogen había aprendido que no era intromisión sino simplemente cómo era Sarah—. Solo me preguntaba si tienes horario.
—Como todo el mundo.
—No como todo el mundo. Yo como cuando me acuerdo o cuando algo huele bien en la cocina. —Pausa—. El miércoles pasado comí a las cuatro.
—Eso no es comer a las cuatro. Eso es merendar y llamarlo de otra manera.
Sarah soltó una carcajada corta, genuina, de las que llegaban sin aviso y llenaban la sala de un modo que Imogen nunca habría anticipado cuando eligió sentarse con la espalda a la ventana tres semanas atrás.
—Una veinte —dijo Imogen, respondiendo a la pregunta original.
—¿Qué?
—Que como a la una y veinte, si puedo. Una reunión que empieza a la una termina normalmente a la una y cuarto, y con cinco minutos para bajar a comprar algo o calentar lo que haya traído, la una y veinte es razonable.
Sarah la miró con la expresión que Imogen ya identificaba como la que significaba esto es exactamente lo que esperaba que dijeras y al mismo tiempo no puedo creer que lo hayas dicho así .
—¿Y si la reunión termina tarde?
—Entonces como tarde y ajusto la tarde.
—¿Y no te molesta?
—Me molesta la reunión, no el ajuste.
Sarah asintió despacio, como si archivara ese dato.
—¿Vienes a comer?
Imogen tardó un segundo más de lo razonable en responder, lo suficiente para que Sarah lo notara. Sarah notaba ese tipo de cosas.
—Tengo los datos del segundo trimestre a medias.
—Que se quedan a medias media hora. —Sarah ya estaba recogiendo la chaqueta del respaldo—. La cocina tiene la lasaña de ayer si llegamos antes que Dan, que lleva dos días hablando de ella.
Imogen guardó el documento. No porque la hubiera convencido el argumento de la lasaña, sino porque quedaban cuarenta y cinco minutos para la una y veinte y el tipo de concentración que requería el informe no era el que le quedaba después de una conversación como esa.
Lo más eficiente era cortar, comer y volver con la cabeza despejada.
Eso era todo.
La cocina tenía cuatro mesas pequeñas y una barra en el centro.
A las doce y cuarto solía haber tres o cuatro personas de contabilidad en la mesa del fondo y alguien de comunicaciones calentando algo en el microondas.
Ese miércoles había también una conversación ruidosa entre dos personas del equipo de operaciones que Imogen reconocía vagamente y no había logrado asociar a ningún nombre en once años, lo cual decía algo que prefería no examinar.
Dan estaba en la barra con un recipiente de lasaña y la expresión de quien ha ganado algo.
—Llegué a las doce y cuarto —le dijo a Sarah en cuanto las vio entrar—. Había exactamente dos raciones.
—Eres un problema, Dan.
—Hay ensalada de pasta.
—Eso no es una compensación y lo sabes.
Dan alternó la vista entre las dos con esa transparencia afable que Imogen encontraba, en dosis pequeñas, bastante tolerable.
—Puedo dejarle una mitad —le ofreció a Imogen.
—No, gracias. Me llevo la ensalada.
—¿Lo ve? —le dijo Dan a Sarah—. Imogen tiene clase.
—Imogen come ensalada porque calculó lo que había y así lo previno —dijo Sarah, sirviéndose la última ración—. No es clase, es logística.
Imogen tomó la ensalada y se sentó en la mesa más alejada de la conversación de operaciones.
Sarah se sentó enfrente.
No era que lo hubiera planeado. O sí lo había planeado sin pensarlo. Lo segundo era más probable. Sarah hacía muchas cosas sin pensarlas y luego resultaba que eran exactamente lo que debía hacerse, un tipo de competencia que Imogen reconocía aunque no la compartía.
Comieron cinco minutos sin hablar, otro de los hábitos construidos sin haberlos decidido: la comida podía existir sin conversación.
—La nota metodológica —dijo Sarah, con la mitad de la lasaña ya consumida—, ¿la formulas tú o la formulo yo?
—La formulo yo. Es un formato estándar de Estrategia.
—¿Me la mandas antes del jueves?
—Te la mando esta tarde.
Sarah asintió.
—Gracias.
—Es parte del proceso —dijo Imogen. No como modestia sino como descripción técnica: era parte del proceso. Los equipos de Contenidos y Estrategia tenían que presentar cifras coherentes al consejo y eso requería un documento metodológico y alguien que lo redactara.
Sarah tenía una expresión que Imogen no terminaba de clasificar.
—¿Sabes que cuando haces eso parece que estás restando importancia?
—¿Cuando hago qué?
—Cuando conviertes algo en proceso cuando alguien te da las gracias.
Imogen dejó el tenedor sobre el recipiente con cuidado.
—Lo es.
—Ya. —No lo dijo como reproche. Lo dijo como quien observa algo y lo guarda—. Pero también puedes recibir un gracias y decir de nada, que es igualmente verdad.
Imogen no respondió. La conversación de operaciones llenó el espacio un momento.
—De nada —dijo.
Sarah sonrió. No la sonrisa de cuando ganaba un argumento, que era más amplia y llegaba antes. Esta era más quieta. Levantó la vista del plato un segundo y volvió a bajarla.
Imogen terminó la ensalada.
A las cinco y cuarenta y cinco, con la sala 2.4 ya en la luz anaranjada de septiembre que entraba por la ventana y cambiaba el despacho en algo distinto a lo que era a las nueve de la mañana, Imogen envió la nota metodológica a Sarah. Dos páginas. Doce minutos.
La respuesta llegó cuatro minutos después.
Perfecta. Oye, que la ensalada no estaba mal del todo.
Imogen lo leyó.
Lo dejó un minuto.
Luego escribió: Tampoco estaba bien.
La respuesta llegó en diez segundos: tres letras. Jajaja.
Imogen cerró el teléfono. Guardó los documentos del día con la estructura de siempre. Apagó el monitor secundario. Recogió la chaqueta.
Sarah se había ido a las cinco y media, antes que ella. Normalmente era al revés.
La sala 2.4 tenía la temperatura de siempre. Era, de una manera que Imogen no iba a examinar, una temperatura diferente.
Cogió el bolso. Apagó la luz.
Bajó por las escaleras.