Capítulo 4
La llamada de su madre era en principio un recordatorio.
Helen Ashford llamaba el primer martes de cada mes para confirmar que iban a comer juntas el domingo siguiente, no porque hubiera incertidumbre real sobre la comida —llevaban diez años comiendo juntas el primer domingo de cada mes, con excepción de dos Navidades y un viaje de trabajo de Imogen a Ginebra— sino porque llamar el primer martes era la forma que había encontrado Helen de tener una excusa para hablar.
Imogen lo sabía. Su madre también lo sabía.
Ninguna de las dos mencionaba que lo sabía, y en eso consistía el sistema.
—Tengo que coger esto —dijo Imogen, levantándose.
Sarah levantó la vista del monitor. —Claro.
Imogen cogió el móvil y salió al pasillo.
El pasillo de la segunda planta era funcional: paredes de pintura clara, un cartel de evacuación, una fila de perchas de las que nadie colgaba nunca nada. No tenía las condiciones acústicas del despacho, pero era neutral, que era lo que Imogen necesitaba para hablar con su madre.
—Imogen, cariño, el domingo. ¿Puedes venir a la una o mejor a las dos?
—A la una, como siempre.
—Es que Margot también viene, Margot de la cerámica, ¿la conoces?
Creo que te la presenté en la exposición aquella de la galería de Whiteladies Road, ¿o fue en otra cosa?
Bueno, da igual, viene ella también y su marido que se llama —espera— Patrick, creo que Patrick, aunque podría ser Peter, voy a llamarle y preguntarle antes de que llegue porque sería horrible llamarle por el nombre equivocado durante cuatro horas seguidas, ¿no?
Imogen apoyó el hombro en la pared. —Sí. Sería horrible.
—Entonces a la una, perfecto. ¿Traes algo? No tienes que traer nada, pero si tienes ganas puedes traer ese vino que trajiste la vez del cumpleaños de la señora de abajo, el blanco ese que no sé de dónde era pero que estaba estupendo.
—Era de Rueda. Puedo traer otra botella.
—¡Perfecto! Bueno. ¿Cómo estás?
Imogen reconoció la pregunta como la que siempre llegaba al final del orden del día oficial, cuando los asuntos logísticos estaban resueltos y su madre consideraba que el terreno estaba suficientemente desbrozado para preguntar por lo que de verdad quería saber.
—Bien. Ocupada. Hay una reestructuración.
—¿La misma de siempre o una nueva?
—Una nueva.
—¿Y tú estás bien dentro de ella? ¿No te van a… no sé cómo se dice. ¿Reestructurar también a ti?
—No. La gestiono yo.
—Ah, bien. —Pausa breve—. ¿Y qué más?
Imogen miró el cartel de evacuación. La flecha señalaba a la izquierda, hacia la escalera. —Nada más, mamá. Es trabajo normal.
—¿Y personalmente?
—También normal.
—Imogen. —El tono de su madre cambió, no de manera dramática, sino con ese ajuste leve que Helen hacía siempre cuando pasaba de la logística a la maternidad—. Llevas tres veces seguidas diciéndome que todo está normal. Eso ya es un patrón.
—O es que todo está efectivamente normal.
—Sí, sí —dijo Helen, con la serenidad de quien lleva treinta y seis años conociendo a alguien y ya no se ofende cuando la esquivan—. Bueno. El domingo a la una. Trae el vino de Rueda.
Colgaron.
Imogen se quedó un momento en el pasillo con el móvil en la mano.
Las llamadas de su madre siempre le dejaban una sensación difícil de localizar, entre la irritación y algo que no era exactamente su contrario pero tampoco era solo eso.
Helen era el tipo de persona que dejaba la nevera abierta mientras buscaba el queso, que perdía las llaves en el bolso con regularidad geológica, que empezaba frases y no las terminaba si el pensamiento siguiente le parecía más urgente.
De niña, vivir con eso había sido una forma permanente de tensión.
De adulta, verla dos veces al mes era casi manejable. Casi.
Volvió a la sala 2.4.
Sarah no levantó la vista, lo que Imogen interpretó como una forma de cortesía: la oferta implícita de que la vuelta no necesitaba reconocerse, que podía simplemente ocurrir. Era un gesto inhabitual en Sarah, que tendía más a la pregunta que al silencio. Imogen lo registró.
Se sentó. Abrió el portátil. Buscó el documento que había dejado a medias antes de la llamada.
Tres minutos después, Sarah dijo, sin levantar la vista: —¿Todo bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Era mi madre. Un recordatorio de que como con ella el domingo.
Sarah levantó la vista entonces. Tenía una expresión que Imogen había aprendido a identificar en las últimas semanas: no curiosidad de cortesía, sino la que va antes de la pregunta y no después.
—¿Es agradable? ¿La comida?
—Es puntual.
Sarah esperó.
—Sí —añadió Imogen—. Es agradable.
No era mentira. Era también, como la mayoría de las cosas sobre su madre, más complicado que eso.
A las dos y cuarto, Sarah se fue a buscar algo de comer y volvió con dos sándwiches de la cafetería de la planta baja, uno en cada mano, y los depositó en el escritorio de Imogen con una sencillez que no dejaba espacio para la negociación.
—El de pollo y pesto es el tuyo —dijo—. Pregunté cuál era la opción más del martes y este ganó por consenso.
Imogen miró el sándwich. Luego a Sarah. —No tenías que hacer eso.
—Lo sé. —Sarah ya estaba abriendo el suyo—. ¿Quieres agua? Hay una botella nueva en la cocina.
—Tengo la mía.
—Bien.
Comieron. Fue una de esas cosas que ocurrían en la sala 2.
4 y que Imogen no había anticipado: no los grandes ajustes de convivencia, los que había gestionado con su lista mental de normas y tolerancias, sino los pequeños, los de dos personas que comen en el mismo espacio y construyen sin proponérselo un vocabulario de gestos mínimos.
Sarah había dejado de disculparse cuando le pedía a Imogen que repitiera algo porque no la había oído desde el otro escritorio.
Imogen había dejado de preguntar si el nivel del calentador estaba bien cada vez que lo subía.
Pequeñas rendiciones, ninguna de ellas consciente.
—Hay una cosa que quería preguntarte —dijo Sarah, después de un momento—. Y puedes decirme que no es asunto mío.
—Puedo.
Sarah frunció ligeramente el ceño, como buscando la forma menos torpe. —¿Tienes personas? Fuera del trabajo, quiero decir. Gente con la que hablas cuando algo va mal.
Imogen dejó el sándwich sobre el envoltorio. Era una pregunta extraña de recibir un martes en un despacho compartido temporal, con la luz de mediodía cayendo sobre el suelo de vinilo y el ruido de una moto pasando por la calle de abajo. Era también una pregunta justa.
—Tim —dijo, después de un momento.
—¿Tim Cole.
—Sí. Somos amigos desde antes de que trabajáramos juntos. Y mi madre.
—¿Y tu madre cuenta como alguien con quien hablas cuando algo va mal?
—Cuenta como alguien con quien como el primer domingo del mes.
Sarah consideró esto. —Eso no es lo mismo.
—No. —Imogen recogió el sándwich—. No es lo mismo.
Sarah no dijo nada más durante un momento. Luego: —En mi familia en Cardiff somos cinco. Más los que se han ido sumando, las parejas, los hijos. Cuando hay un problema se entera todo el mundo antes de que tú hayas decidido si es un problema o no.
—Eso suena —Imogen eligió la palabra con cuidado— agotador.
—Lo es. —Sarah tenía una media sonrisa—. También es lo más parecido a una red de seguridad que conozco.
Imogen pensó en su madre perdiendo las llaves en el bolso, empezando frases sin terminarlas, preguntando si todo estaba normal con ese tono de quien sabe que no lo está.
Pensó en Tim, que conocía sus sistemas y los respetaba y preguntaba lo suficiente sin preguntar demasiado.
Pensó en si eso era, en alguna definición razonable, una red de seguridad.
No dijo nada de esto.
—¿Y funciona? —preguntó en cambio—. ¿La red.
—Depende del día. —Sarah terminó su sándwich y dobló el envoltorio en un rectángulo pequeño, preciso, que contrastaba con el resto de su escritorio—. Los días que más la necesito suele ser demasiado ruidosa. Los días que no la necesito es lo más cálido que existe.
—Eso es una definición muy poco eficiente de apoyo emocional.
Sarah se rió. Era una risa corta, genuina, sin esfuerzo. —Sí. Pero es la que tengo.
A las cuatro menos cuarto, Tim asomó la cabeza por la puerta de la sala 2.4.
—Imogen. ¿Tienes un momento para hablar del presupuesto de la segunda fase?
—Dame cinco minutos.
Tim asintió, desapareció, e Imogen terminó la línea que estaba revisando antes de guardar.
—Vuelvo en veinte —le dijo a Sarah, que ya tenía los auriculares puestos.
Sarah levantó un pulgar sin mirarla.
Tim la esperaba en el pasillo, apoyado en la pared con los brazos cruzados y esa expresión de quien ha tenido una reunión larga y necesita hablar de algo más simple antes de poder volver a casa.
—¿Cómo va la convivencia? —preguntó, mientras caminaban hacia su despacho.
—Bien.
Tim la miró de reojo. —Eso es lo que me dijiste la semana pasada.
—Porque sigue siendo verdad.
—¿Sin matices?
—Con alguno. —Imogen pensó en el celo azul en el lateral del monitor. En los dos sándwiches sobre el escritorio a las dos y cuarto—. Pero manejables.
—El despacho estará listo en tres semanas, según los de mantenimiento.
—Lo sé. Me mandaron el correo.
Tim abrió la puerta de su despacho y dejó pasar a Imogen primero, un gesto tan automático que ninguno de los dos lo notaba ya. —¿Y estás contenta con eso?
Imogen se sentó en la silla frente a su mesa. —¿Con qué?
—Con que el despacho esté listo en tres semanas.
Era una pregunta que podría haber sido logística. El tono de Tim la convertía en otra cosa. Imogen lo conocía demasiado bien para no notar la diferencia.
—¿Por qué no iba a estarlo?
Tim abrió el presupuesto en su pantalla y lo giró hacia ella. —Por nada. Solo preguntaba.
Imogen miró los números. Los números tenían el mérito de ser exactamente lo que eran.
—¿Qué te preocupa del gasto en consultoría externa? —dijo, y la conversación volvió a ser sobre el presupuesto, que era donde ambos sabían estar.
Cuando Imogen volvió a la sala 2.4, eran casi las cinco.
La luz de la tarde entraba oblicua por la ventana del escritorio de Sarah, del modo en que entraba siempre a esa hora, trazando una franja sobre el lado derecho del espacio y dejando el izquierdo en una penumbra suave que no era oscuridad sino otra cosa.
Sarah no estaba en su escritorio.
Imogen lo notó antes de darle importancia: el espacio sin Sarah era distinto.
No en términos que pudiera nombrar con precisión.
El escritorio seguía siendo el mismo desorden ordenado de siempre —las notas adhesivas por el lateral del monitor, los dos bolígrafos y el rotulador de color, la taza con el asa rota que Sarah había rescatado de la cocina una semana atrás porque, según ella, las tazas con el asa rota merecen una segunda oportunidad.
El portátil seguía encendido. Los auriculares estaban sobre el teclado. Era solo que Sarah no estaba.
Imogen se sentó. Abrió su portátil.
Al cabo de un momento sonaron pasos en el pasillo y Sarah entró con dos cafés, uno en cada mano, con la misma economía directa con la que había traído los sándwiches. Los dejó sobre el escritorio de Imogen sin pedir reconocimiento.
—El tuyo es el solo —dijo—. Que ya sé que el café lo tomas sin leche.
Imogen miró el café. Luego a Sarah, que ya estaba sentándose y colocándose los auriculares. —¿Cómo sabes que no tomo leche?
Sarah se detuvo con un auricular a medio colocar. —¿Cómo no iba a saberlo? Llevamos casi dos semanas en el mismo despacho.
Era una respuesta completamente razonable.
Imogen cogió el café. Estaba caliente, en vaso de cartón, solo, sin azúcar, que era exactamente como lo tomaba.
—Gracias —dijo.
Sarah ya tenía los auriculares puestos. Asintió, un movimiento pequeño, sin levantar la vista del monitor.
La luz de la tarde siguió moviéndose por el suelo de la sala 2.
4. Fuera, en la calle, alguien frenó en bicicleta.
Imogen abrió el informe que le quedaba por revisar antes del miércoles, y lo que advirtió, sin querer advertirlo, fue que le resultaba completamente natural estar aquí.
En este espacio con sus dimensiones específicas, este zumbido del fluorescente al que ya no prestaba atención, este escritorio que había elegido porque era el más tranquilo y que ahora reconocía como suyo del mismo modo en que reconocía su despacho del tercer piso, aunque de manera diferente, de una manera que tenía que ver con otra persona en lugar de con la ausencia de ella.
Tres semanas.
Imogen leyó la primera línea del informe. La leyó dos veces, porque la primera vez no la había procesado.
La leyó una tercera.