Capítulo 3
La reunión de departamento en la que Imogen no necesitaba estar era un jueves a las seis de la tarde en la sala de reuniones de la segunda planta, que olía exactamente igual que todas las salas de reuniones de todas las empresas del mundo: a café viejo y a aire que lleva demasiado tiempo sin moverse.
Tim la había convocado con tres días de antelación, junto a otros cuatro directivos, para revisar el estado de la reestructuración antes del informe mensual al consejo.
Era una reunión necesaria. Era también, en opinión de Imogen, una reunión que podría haberse resuelto por correo electrónico, pero llevaba seis años en Caldwell Imogen imaginó que estaba contando— cuatro días aquí y no sé nada de ti.
Profesionalmente, sí. Sé que eres directora de estrategia, que llevas aquí más tiempo que yo, que Tim te tiene en alta estima, que usas el mismo bloc desde hace años porque lo vi en el cajón el primer día y tiene el lomo doblado de otra manera que uno nuevo. Pero nada más.
—¿Qué querías saber?
—No lo sé todavía. Por eso lo comento.
Imogen terminó la frase que estaba escribiendo antes de responder.
—¿Tienes alguna pregunta concreta?
—¿Qué haces los jueves por la noche?
—Esta semana, terminar el correo que estoy escribiendo.
Sarah hizo un ruido entre risa y aire. Imogen no levantó la vista.
—Tiene gracia —dijo Sarah—, que compartas espacio con alguien y que compartir espacio sea todo lo que hay.
—No sé si eso es una observación o una crítica.
—Una observación. —Pausa—. Quizá las dos cosas.
Imogen terminó el correo, lo revisó, lo envió. Abrió el segundo.
La sala estaba en silencio salvo por el ruido de la calle, que a esa hora era más tranquilo que por la mañana —menos furgonetas, menos voces, un coche cada cierto tiempo—, y por el sonido de los teclados, que tenían ritmos completamente distintos.
El de Imogen era regular, sostenido, con pausas cortas y deliberadas.
El de Sarah era en ráfagas: tres segundos de silencio, seis de escritura intensa, dos de silencio, otro arranque.
—¿Siempre has vivido en Bristol? —preguntó Sarah.
—No.
—¿De dónde eres?
—De aquí y de allí.
—Eso es lo que dice alguien que no quiere contestar la pregunta.
Imogen lo consideró un momento.
—Crecí en varios sitios —dijo—. Mi madre no tenía apego particular a ningún lugar concreto. Bristol fue una decisión adulta.
—¿Decidiste quedarte aquí de la misma manera que decides todo lo demás? ¿Con un análisis?
—Más o menos.
—¿Y qué venció en el análisis?
—El mar está cerca. Los trenes a Londres son razonables. Los alquileres en Clifton son caros pero no absurdos. Había trabajo.
—El mar está cerca —repitió Sarah, con algo en la voz que Imogen no llegó a clasificar—. Eso no suena a análisis.
Imogen no respondió. Envió el segundo correo. Cerró el portátil.
Eran las siete y cuarto. Fuera, en la calle de Clifton, la luz de tarde de octubre duraba poco. El edificio de enfrente tenía el color exacto de algo sin nombre. Lo miró un segundo antes de apartar la vista.
—Me voy —dijo.
—Sí. —Sarah no se giró—. Yo en diez minutos.
Imogen recogió la carpeta, el bloc, el bolígrafo. Se puso la chaqueta. Cogió la taza térmica.
—El brick de zumo —dijo, sin inflexión particular.
Sarah lo miró.
—Qué detallista.
—Solo lo menciono.
Sarah cogió el brick vacío y lo tiró a la papelera con una puntería que sugería práctica. La papelera estaba en la esquina derecha del despacho, a unos dos metros y medio de su escritorio, y el brick entró sin tocar el borde.
—Así —dijo Sarah.
Imogen estaba ya en la puerta. Se detuvo un momento, sin saber del todo por qué, y dijo:
—El mar no fue un análisis.
Lo dijo mirando hacia el pasillo, no hacia Sarah.
Luego salió.
Caminó por el pasillo de la segunda planta con el mismo paso de siempre, bajó las escaleras, saludó con un gesto a Marc, el de recepción del turno de tarde, que llevaba allí más años que nadie.
Fuera, Bristol tenía ese olor de octubre a hoja y a asfalto frío, y Imogen caminó seis minutos hasta donde había dejado el coche esa mañana, en la calle paralela porque el aparcamiento del edificio estaba en obras desde hacía dos semanas.
Entró al coche. Dejó la carpeta en el asiento del copiloto, la taza encima de la carpeta, el bolso en el suelo. Arrancó.
No pensó en lo que había dicho en la puerta.
No pensó en ello exactamente, que era diferente a no pensarlo.
Llevaba cuatro días compartiendo noventa centímetros cúbicos de aire de oficina con una mujer que hacía preguntas como quien tira piedras a un lago: no para encontrar nada concreto, sino para ver qué mueve el agua.
Imogen sabía reconocer ese tipo de curiosidad.
La había visto en otras personas, generalmente en personas encantadoras de una forma que ella no terminaba de fiar del todo, porque el primero era raro y el segundo era algo que Imogen llevaba décadas aprendiendo a identificar.
El problema con Sarah Vale era que Imogen no sabía todavía cuál de las dos era.
Puso el coche en marcha. La calle de Clifton estaba tranquila. Tardó doce minutos en llegar a casa, que era lo habitual a esa hora.
Esa noche cenó algo sencillo, revisó una presentación que tenía que dejar lista para el lunes, leyó cuarenta páginas de un libro y se fue a la cama a las once menos cuarto.
No pensó en Sarah.
No en ningún momento concreto que mereciera la pena mencionar.