Despacho compartido Capítulo 2
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Capítulo 2

El miércoles por la mañana, Imogen llegó a las ocho menos cuatro y Sarah ya estaba ahí.

Eso no había pasado antes. En los dos días anteriores el orden había sido consistente: Imogen primero, Sarah después, con una diferencia de unos quince minutos que le había dado tiempo para tener el portátil encendido y la taza en su sitio antes de que el otro escritorio entrara en escena.

Ahora Sarah estaba sentada con las rodillas cruzadas sobre el asiento de la silla —postura que Imogen registró como una opción de ergonomía radicalmente subóptima— con el portátil en el regazo en lugar de sobre la mesa, y había tres tazas en su escritorio.

Tres. Una de papel, dos de cerámica que claramente había traído desde la cocina en distintos viajes y no había devuelto.

—Buenos días —dijo Sarah sin levantar la vista.

—Buenos días —dijo Imogen, y dejó la bolsa junto al escritorio y empezó a sacar el portátil—. ¿Todo bien?

—Sí, solo que no podía dormir. Me vine antes.

Era la explicación más larga que Sarah le había dado en tres días sobre cualquier cosa relacionada con su vida personal. Imogen la procesó en silencio y no dijo nada porque no se le ocurrió qué decir que no sonara demasiado interesada o demasiado clínico.

Se sentó. Abrió el portátil. La pantalla tardó un segundo en encenderse.

Desde el escritorio de Sarah llegó el sonido de alguien escribiendo a una velocidad que no debería ser posible antes de las ocho de la mañana.

La reunión que Imogen tenía a las diez se atrasó hasta las once y media, y ese espacio libre —noventa minutos de agenda despejada que tendría que haber ocupado preparando la reunión— lo pasó en la sala 2.

4 trabajando en el informe de reestructuración del tercer trimestre.

Era el tipo de trabajo que requería concentración sostenida, la que en su despacho del tercer piso le resultaba natural, casi mecánica.

El silencio de arriba era funcional: el patio interior apenas daba ruido, el pasillo de aquella planta quedaba lejos de la zona de reuniones, y si cerraba la puerta podía pasar horas sin que nadie la interrumpiera.

En la sala 2.4, la ventana daba a la calle.

No era una calle especialmente ruidosa para ser Clifton, pero era una calle, y eso significaba que entre las nueve y las diez y media Imogen había oído una furgoneta de reparto con la suspensión deteriorada, dos conversaciones al teléfono de personas que caminaban en dirección contraria y un perro que ladraba en intervalos irregulares e impredecibles, lo cual era mucho peor que si ladrara de forma constante.

También significaba que Sarah, que estaba justo delante de esa ventana, llevaba cuarenta minutos sin auriculares.

Imogen no lo dijo. Miró el cursor parpadeando en la frase a medias de su informe y la escribió. La frase completa. Luego la siguiente.

—¿Puedo preguntarte algo?

Imogen levantó la vista. Sarah tenía el mentón apoyado en la mano con el codo sobre la mesa, mirándola con una expresión que no era exactamente curiosidad pero tampoco era nada más fácil de identificar.

—Adelante —dijo Imogen.

—¿Siempre tienes el pelo exactamente igual?

Hubo una pausa.

—¿Eso es lo que querías preguntarme?

—Sí.

Imogen consideró la pregunta. El pelo era un moño bajo, el mismo que se hacía todos los días laborables desde que descubrió en su tercer año de licenciatura que mantenerlo así le quitaba una variable de su mañana. No era una decisión especialmente reveladora.

—Básicamente sí —dijo.

—¿Y no te aburre?

—¿El pelo?

—Llevar siempre lo mismo.

—No —dijo Imogen—. Es práctico.

Sarah asintió como si esto confirmara algo que ya sospechaba y volvió a su pantalla. Imogen esperó un segundo, por si había algo más, y cuando no lo hubo volvió al informe.

Tres líneas después:

—¿Y fuera del trabajo?

—¿Qué?

—El pelo. ¿Lo llevas igual también fuera del trabajo?

Imogen dejó los dedos sobre el teclado sin presionar nada.

—Sarah.

—Es una pregunta legítima.

—Es una pregunta muy específica para las diez de la mañana de un miércoles.

Sarah sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi para sí misma, del tipo que Imogen había aprendido a identificar en dos días como la que precede a algo que Sarah considera gracioso y que probablemente lo es —aunque admitirlo habría sido contraproducente—.

—Tienes razón —dijo Sarah—. Lo retiro.

Volvieron a trabajar. Imogen terminó el párrafo. El perro de la calle ladró dos veces más y luego se fue o se calló; imposible saberlo.

A las diez y veinte, sin aparente transición, Sarah dijo:

—Suelto. Por si te lo preguntabas.

Imogen no respondió durante tres segundos completos.

—¿Perdona?

—El pelo. Fuera del trabajo. Lo llevo suelto. —Sarah no la miraba; seguía tecleando—. Por si te lo preguntabas.

“No me lo preguntaba”, pensó Imogen. Y luego, inmediatamente: “mentira”.

No dijo ninguna de las dos cosas. Dijo «ah y volvió al informe, donde el cursor seguía parpadeando en exactamente el mismo sitio que antes.

La cocina compartida estaba en el otro extremo de la segunda planta, junto al ascensor, y tenía esa atmósfera específica de cocinas de oficina a mediodía: el zumbido del microondas, el fantasma de algo con ajo que alguien había calentado la semana anterior y que todavía habitaba el extractor, el choque de cucharas contra tazas.

Imogen iba siempre a las doce y cuarto, antes de que empezara la oleada del mediodía, y en general se cruzaba con una o dos personas como mucho.

El miércoles, cuando llegó, estaba Dan.

Dan era del equipo de Sarah, uno de los creativos del open space, un chico de veintitantos que había hecho sus primeras prácticas en Caldwell se le notaba en cómo se concentró innecesariamente en remover el café—. Bueno, o eso creo. No llevo un registro.

—Estoy en la dos punto cuatro esta semana —dijo Imogen—. La reestructuración.

—Ah, sí, claro. Lo de Sarah. —Dan sonrió—. ¿Qué tal está siendo?

—Funciona.

—Bien. Sí. Sarah es muy… —Buscó la palabra con el cuidado de quien sabe que el adjetivo real no es del todo apropiado para decírselo a una directora—. Es muy ella.

—Lo es —dijo Imogen.

Dan no supo exactamente qué hacer con eso.

Imogen recogió su taza, añadió agua caliente del hervidor y dejó reposar el té los mismos dos minutos de siempre.

—¿Os lleváis bien? —preguntó Dan, y luego, casi a la vez—: No hace falta que lo cuentes, lo pregunto por curiosidad.

—Bien —dijo Imogen—. Nos llevamos bien.

Lo dijo porque era lo que correspondía decir. Pero mientras lo decía se dio cuenta de que era también la respuesta correcta, lo cual no era exactamente lo mismo.

La reunión de las once y media duró hasta la una y cuarto.

Plazos y presupuestos, el tipo de reunión que Imogen podía gestionar con un nivel de atención reducido porque conocía todos los argumentos de todas las partes antes de que nadie los dijera.

Tim estaba al otro lado de la mesa con esa expresión de gestor que procesa tres conversaciones simultáneas mientras mantiene la cara de quien está completamente en la que le toca.

—Cuatro semanas —dijo Tim, cuando llegaron al punto de la sala 2.4—. El retraso en los materiales del tercer piso es de cuatro semanas como mínimo.

Imogen miró su bloc.

—Dijeron tres.

—Eso dijeron. —Tim se encogió de hombros con la resignación de quien ha aprendido que las obras siempre mienten—. Los paneles del revestimiento vinieron mal. Los nuevos tardan.

—¿Y la sala dos punto cuatro?

—Sigue disponible todo lo que necesites. Sarah también lo sabe ya, le mandé el correo esta mañana. —Tim le dirigió una mirada breve, del tipo que lleva información secundaria—. ¿Hay algún problema?

—No —dijo Imogen.

Tim asintió. Era amigo suyo desde hacía seis años, tiempo suficiente para saber cuándo Imogen decía que no había ningún problema y significaba exactamente eso, y cuándo lo decía y significaba que no iba a hablar de ello en una reunión con cuatro personas más.

A las dos menos veinte, Imogen volvió a la sala 2.4.

Sarah estaba, algo que a estas alturas había dejado de ser sorprendente.

Había cambiado de sitio: el portátil seguía en el escritorio pero ella estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la vista en la calle, con la postura de quien está pensando en algo completamente distinto de lo que parece.

Imogen dejó la bolsa en el suelo y se sentó.

Sarah no se movió.

—¿Has hablado con Tim? —preguntó Sarah, sin girarse.

—Esta mañana. ¿Tú?

—Me llegó el correo. Cuatro semanas.

—Sí.

Sarah se giró entonces. Tenía una expresión que Imogen no había visto antes en ella, o quizá sí la había visto pero no en ese grado: concentrada, pero no en el trabajo. En Imogen.

—¿Cuatro semanas más te parece bien?

Era una pregunta directa y requería una respuesta directa. Imogen buscó esa respuesta y encontró que no la tenía tan a mano como debería.

—No me supone un problema —dijo, que no era exactamente lo mismo pero era lo que tenía.

Sarah la estudió un segundo.

—A mí tampoco —dijo. Y volvió al escritorio.

La frase era corta pero ocupaba más espacio del que debería en el silencio que la seguía.

Imogen abrió el portátil. La pantalla tardó un segundo en encenderse, igual que siempre, y durante ese segundo Imogen miró el escritorio de enfrente sin ver a Sarah, que estaba inclinada sobre su teclado con la curva del cuello visible sobre el borde de su jersey, concentrada en algo que no era Imogen.

Cuatro semanas , pensó Imogen.

No era un pensamiento de alivio. No era un pensamiento de alarma. Era el tipo de pensamiento que se queda suspendido sin clasificarse, y que Imogen, que clasificaba casi todo, dejó ahí sin tocarlo.

A las cuatro y media, Sarah preguntó si Imogen quería un café.

—Voy a la cocina de todas formas —dijo, ya de pie, con la chaqueta sobre un brazo—. ¿Qué tomas?

—Té. Earl Grey, si hay.

—Siempre hay. —Sarah recogió las dos tazas vacías del escritorio, las de cerámica, que en algún momento durante la tarde habían bajado de tres a dos—. ¿Leche?

—Un poco.

Sarah asintió y salió. Los pasos de Sarah en el pasillo —esa cadencia concreta que ya distinguía de la de otros compañeros—, aunque no habría sabido decir exactamente cuándo había aprendido a hacerlo.

Trabajó durante los ocho minutos que Sarah tardó en volver. Cuando la puerta se abrió y apareció con las dos tazas, Imogen estaba en mitad de un párrafo y terminó la frase antes de levantar la vista.

Sarah dejó la taza en el único borde libre del escritorio de Imogen: el ángulo superior derecho, donde estaba el cactus. Lo había esquivado con precisión.

—Gracias —dijo Imogen.

—De nada. —Sarah se sentó y envolvió su taza con las dos manos—. ¿Qué es ese cactus, por cierto?

—¿Qué quieres decir?

—¿Tiene nombre?

Imogen miró el cactus. Era un cactus columnar, comprado tres años atrás en una floristería de Whiteladies Road, al que nunca había dado nombre porque nombrar las plantas era un tipo de inversión emocional que no veía particularmente necesaria.

—No —dijo.

—Deberías ponerle uno.

—¿Por qué?

—Porque lleva tres días en este escritorio y va a llevar cuatro semanas más. Para entonces algo es ya una presencia.

Era una lógica difícil de desmontar. Imogen miró el cactus otra vez, como si revisarlo pudiera aportarle nuevos datos.

—¿Tú les pones nombre a tus plantas?

—Yo no tengo plantas —dijo Sarah—. Me las mato todas. Pero si las tuviera, sí.

—¿Y qué nombre le pondrías?

Sarah inclinó la cabeza levemente, considerando el cactus con la seriedad que normalmente se reserva para decisiones laborales.

—Depende del cactus. Ese tiene cara de Gerald.

Imogen no respondió durante un momento.

—¿Gerald?

—Gerald —confirmó Sarah, sin asomo de ironía.

—Es un nombre de hombre.

—Los cactus no tienen género.

—Biológicamente —empezó Imogen, y luego se detuvo porque ese era exactamente el tipo de argumento que no valía la pena hacer y que además iba a perder.

Sarah la miraba con algo que era diversión y era también otra cosa más tranquila por debajo, algo que no hacía ruido.

—Gerald —repitió Imogen, despacio, como probando el peso de la palabra.

—Gerald —dijo Sarah.

Imogen tomó un sorbo de té. Estaba bien hecho: la temperatura correcta, la cantidad correcta de leche, el tiempo correcto de infusión, todas las cosas que Imogen nunca había tenido que especificar porque Sarah no le había preguntado y sin embargo había acertado.

Miró la taza. El cactus. La pantalla.

—Gerald es un nombre horrible —dijo.

—Lo sé —dijo Sarah.

No cambiaron el nombre.

A las seis menos cuarto, Imogen empezó a recoger.

Era su hora habitual de salida, la que mantenía con independencia de si había terminado lo que tenía que terminar o no, porque había aprendido hacía tiempo que las horas acumuladas después de las seis no producen trabajo de calidad, solo la ilusión de él.

Cerró los archivadores. Enrolló el cable. Puso el bloc en la bolsa.

Sarah seguía tecleando.

Imogen se levantó. Cogió la chaqueta del respaldo de la silla.

—Hasta mañana —dijo.

Sarah levantó una mano sin dejar de escribir, el gesto de quien está en el hilo de algo y no puede soltarlo, pero acusa recibo. En otras circunstancias, con otras personas, Imogen podría haberlo encontrado descortés. No lo encontró descortés.

Salió al pasillo. La moqueta absorbía los pasos. El ascensor llegó enseguida y Imogen entró, pulsó la planta baja y se quedó de cara a las puertas mientras se cerraban.

Cuatro semanas , pensó otra vez.

Esta vez sí había una clasificación, aunque era una que Imogen no tenía del todo etiquetada, y que tampoco hizo el esfuerzo de etiquetar durante el camino hasta la parada del autobús, ni en el trayecto de vuelta por Whiteladies Road con la luz de septiembre todavía larga sobre los tejados, ni cuando abrió la puerta de su piso y el silencio de siempre la recibió desde dentro.