Despacho compartido
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Capítulo 1
El lunes siguiente, Imogen llegó a las ocho menos diez.
Razonable. Era muy temprano.
Dejó la caja sobre el escritorio de la izquierda, el que daba a la calle, porque enfrentarse a la ventana desde el principio era más inteligente que negarle atención.
El escritorio de la izquierda tenía la ventana y también era ligeramente más pequeño, y la calle de Clifton a esa hora tenía el tipo de actividad que no ayudaba a la concentración: la señora con el labrador, el hombre del café sacando la pizarra, los ciclistas tomando la curva con exceso de confianza.
El escritorio de la izquierda era más tranquilo.
También era algo más pequeño, lo que Imogen registró con precisión y decidió ignorar, porque elegirlo era más inteligente que elegir el otro, y no había nada más en ello.
Tardó doce minutos en instalar el espacio.
Portátil centrado, cable ordenado por debajo, taza térmica a la derecha del teclado, bloc a la izquierda.
El cactus en la esquina superior del escritorio, donde la pantalla no lo ocultaba.
Los archivadores en el estante que le correspondía, la mitad inferior, porque la mitad superior tenía ya algunas carpetas de un proyecto antiguo de alguien del departamento de Contenidos y no era asunto suyo.
A las ocho y cuarto, cuando ya llevaba veinte minutos trabajando, entró Sarah Vale.
Entró con una bolsa de tela en el hombro, un café en vaso de papel, el abrigo a medio quitar colgado del antebrazo y los auriculares todavía puestos, aunque por su expresión no estaban reproduciendo nada. Se paró en el umbral, miró a Imogen, los dos escritorios, el cactus y volvió a mirar a Imogen.
—Llevas tiempo —dijo.
—Desde las ocho menos diez.
—Claro. —Sarah terminó de quitarse el abrigo, lo colgó en el gancho de la puerta con el movimiento fluido de quien no piensa en los movimientos, y se dirigió al escritorio de la derecha.
Dejó la bolsa encima, sacó el portátil, lo abrió, lo cerró, lo volvió a abrir, y luego miró a su alrededor con la expresión de quien acaba de recordar algo—.
No hay enchufe suficientemente cerca de este lado.
Imogen no levantó la vista.
—Hay un alargador en el cajón central.
Pausa breve.
—¿Lo encontraste tú o era tuyo?
—Lo encontré.
—Ah. —El ruido del cajón abriéndose—. Bien pensado.
Trabajaron en silencio durante cuarenta minutos.
Un silencio funcional, del tipo que existe en bibliotecas y salas de espera: la presencia del otro se nota pero no interrumpe.
Imogen respondió tres correos, revisó el borrador de un informe para la reunión del jueves y tomó dos notas en el bloc.
Sin mirar, supo que Sarah abría y cerraba pestañas del navegador con cierta energía, que escribía en ráfagas cortas y luego paraba, que en un momento dado se levantó, fue a la ventana, miró la calle un segundo y volvió a sentarse sin haber tomado ninguna decisión visible.
A las nueve y cinco, Sarah dijo:
—¿Puedes oír el fluorescente?
Imogen levantó la vista.
—¿El qué?
—El fluorescente. —Sarah señaló hacia arriba con el bolígrafo—. Hace un ruido. Un zumbido bajo. ¿Lo oyes?
Imogen escuchó. Había un zumbido, muy bajo, del tipo que existe en todos los fluorescentes de todos los edificios de oficinas construidos antes de 2010 y que se vuelve audible únicamente cuando alguien lo menciona.
—Ahora sí —dijo Imogen.
—Lo siento.
—Perdona, ¿qué?
—Que lo siento. Ahora ya no vas a poder no oírlo.
Imogen miró el fluorescente un momento. Luego volvió a la pantalla.
—Gracias.
—No hay de qué —dijo Sarah, sin ironía aparente.
El zumbido siguió ahí toda la mañana. Imogen lo oyó otras cuatro veces.
La sala 2.4 medía, según el plano del edificio al que Imogen había accedido ese mismo lunes antes de bajar, aproximadamente dieciséis metros cuadrados.
Un espacio concebido para una persona resultaba perfectamente proporcionado: escritorio amplio, estantería, silla adicional para visitas, ventana a la calle, una planta en la esquina que alguien había dejado y que sobrevivía con una determinación silenciosa que Imogen encontraba, secretamente, admirable.
Concebido para dos personas era otra cosa.
No incómodo, exactamente, pero con la cualidad de los espacios en los que cualquier decisión física —dónde poner algo, cómo cruzar de un lado al otro, si abrir o no la ventana— se convierte en algo que requiere negociación o, alternativamente, en algo que se hace sin negociación y que por eso mismo implica una posición.
Imogen era consciente de esto con una precisión que le resultaba levemente molesta.
Había vivido demasiado tiempo en espacios que controlaba —su despacho en la tercera planta, su piso en Redland, la agenda de sus días— para no notar la diferencia cuando el espacio tenía variables fuera de su control.
Sarah Vale era una variable fuera de su control.
No en sentido amenazante, sino en el más literal: no había forma de predecir cuándo iba a levantarse, qué iba a poner en el estante, si iba a bajar la persiana o subirla, a qué temperatura le parecía razonable que estuviera una habitación.
El martes por la mañana descubrió que Sarah llegaba más tarde que ella pero se quedaba más tiempo.
A las seis y media, cuando Imogen guardó el portátil, Sarah todavía estaba trabajando con los pies subidos al cajón del escritorio y los auriculares puestos, moviéndose levemente con algo que Imogen no identificó pero que por el ritmo parecía jazz, o algo cercano al jazz.
—Me voy —dijo Imogen.
Sarah se quitó un auricular.
—¿Mmm?
—Que me voy.
—Ah. —Sarah miró la hora en la esquina del portátil con la expresión de quien la encuentra sorprendente, aunque no necesariamente tardía—. Sí, claro. Buenas noches.
—Buenas noches.
Imogen cogió el abrigo del gancho, la taza térmica y el bolso, y salió. En el ascensor, durante los cuatro pisos hasta la planta baja, pensó en los pies de Sarah sobre el cajón del escritorio con la misma atención involuntaria con la que pensaba en el zumbido del fluorescente.
El miércoles a mediodía, Tim Cole asomó la cabeza por la puerta de la 2.4 con la expresión de quien viene a comprobar algo que ya sabe pero quiere ver con sus propios ojos.
—¿Cómo va? —dijo.
—Bien —dijo Imogen, sin levantar la vista.
—¿Todo bien? —insistió Tim, perfectamente capaz de distinguir entre las dos formulaciones.
—Sí, Tim.
Tim miró a Sarah, que sí le devolvió la mirada.
—¿Y desde vuestro lado?
—¿Las obras del tercero para cuándo son? —preguntó Sarah.
—Tres semanas. Puede que cuatro. Depende de la empresa.
—Bien. —Sarah volvió a la pantalla—. Funciona.
Tim las miró a las dos con la satisfacción contenida de quien ha gestionado correctamente algo que podría no haber ido bien, y desapareció.
Imogen esperó a oír sus pasos alejarse por el pasillo.
—¿Por qué le has dicho eso?
—¿Qué?
—Que funciona.
—Porque funciona —dijo Sarah, con la misma neutralidad—. ¿No funciona?
Imogen consideró la pregunta con la seriedad que reservaba para las que en apariencia eran simples.
—Funciona —dijo finalmente.
—Ya.
Siguieron trabajando.
Lo que Imogen no había previsto, y que fue haciéndose evidente a lo largo de esa primera semana, era que compartir un espacio con Sarah Vale no equivalía a trabajar al lado de alguien.
Era algo distinto. Era trabajar al lado de alguien con una relación completamente diferente con el espacio, el tiempo y el silencio, cuya manera de habitarlos creaba un campo de referencia constante, involuntario, difícil de ignorar.
Sarah, por ejemplo, pensaba en voz alta.
No continuamente, no de manera intrusiva, pero sí con frecuencia suficiente para que Imogen, en los primeros días, levantara la vista esperando que la frase fuera dirigida a ella, y luego bajara la vista al entender que no lo era.
«No, eso no funciona así» decía Sarah, a la pantalla o al aire, con la certeza de quien ha llegado a una conclusión.
O «venga», con una cadencia que funcionaba como punto y final de algo.
O, una vez, «qué desastre», con una expresión que no era angustia sino una evaluación objetiva y levemente divertida de la situación.
Imogen, que pensaba siempre en silencio y había considerado durante años que el pensamiento audible era una forma de ruido, descubrió que los comentarios de Sarah no eran exactamente eso.
Tenían estructura. Principio y fin. Se podía trabajar alrededor de ellos como se trabaja alrededor del zumbido del fluorescente, que al final se integra en el espacio y deja de ser interrupción.
El jueves, cuando Sarah dijo «no entiendo por qué hace esto» con la voz de quien ha llegado a un límite razonable de paciencia, Imogen respondió sin pensarlo:
—¿Hace qué?
Sarah levantó la vista. Parecía levemente sorprendida, como si no hubiera esperado respuesta.
—El cliente. Cambia el brief cada vez que les mandamos algo. Decían que querían sobriedad y ahora piden dinamismo. No sé qué significa dinamismo.
—¿Para qué sector es?
—Seguros.
—Entonces tampoco lo saben ellos.
—Imogen volvió a la pantalla—. Mándale tres opciones con diferente nivel de lo que sea que entienden por dinamismo y déjales elegir. Si no saben lo que quieren, quieren elegir.
Silencio. No el funcional de las mañanas, sino otro más corto.
—Eso es bastante útil —dijo Sarah.
—Es lo que hacen.
—¿Quién?
—Los clientes que no saben lo que quieren. —Imogen no levantó la vista—. Siempre quieren elegir.
Sarah no respondió, pero el tecleo reanudó con una cadencia ligeramente diferente, más sostenida, del tipo que indica que alguien ha encontrado la dirección de una cosa y está yendo hacia ella.
El viernes por la tarde, a eso de las cinco, Sarah abrió la ventana.
No preguntó. La abrió directamente, con el movimiento de quien lleva una hora con calor y ha esperado ese tiempo por cortesía y ha llegado al final de la cortesía.
Entró aire de la calle, que en septiembre en Clifton huele a algo que combina la tierra húmeda de los jardines con el humo de los primeros fuegos de leña y con ese olor a asfalto que tienen las ciudades cuando las lluvias del otoño empiezan a asentarse.
El aire le llegó antes de que viera que la ventana estaba abierta.
No dijo nada.
Sarah se quedó un momento de pie frente a la ventana con las manos en los bolsillos del pantalón, mirando la calle.
Era una postura que Imogen no había visto en ella antes, algo más quieta que su modo habitual, sin el movimiento periférico de quien está pensando en otra cosa.
Duró quizá treinta segundos. Luego Sarah volvió al escritorio y siguió trabajando.
El aire siguió entrando. Imogen no cerró la ventana.
A las cinco y veinte, recogió sus cosas. Sarah estaba de nuevo con los auriculares, mirando la pantalla con la concentración de quien ha entrado en algo y no quiere salir.
Imogen cogió el abrigo. Dudó un momento.
—Hasta el lunes —dijo.
Sarah se quitó un auricular.
—¿Tienes planes para el fin de semana?
Era una pregunta de cortesía. Del tipo que se hace al final de la semana entre personas que comparten espacio y han llegado a un acuerdo tácito de civilidad. Imogen lo sabía.
—Trabajo —dijo.
Sarah asintió como si eso fuera una respuesta completa, que lo era.
—Yo también, probablemente. Hasta el lunes.
—Hasta el lunes.
Imogen bajó en el ascensor, cruzó el vestíbulo, salió a la calle de Clifton con la luz de septiembre, todavía larga pero ya sin el calor del verano, pegando de costado sobre las fachadas.
Caminó dos manzanas en dirección al coche aparcado, y en algún punto entre la segunda y la tercera caja de escalera de los edificios georgianos se dio cuenta de que había tenido una semana perfectamente funcional en un espacio que no controlaba del todo, junto a una persona que pensaba en voz alta y abría las ventanas sin preguntar, y en ningún momento había sentido la necesidad de pedir que ninguna de las dos cosas cambiara.
No supo qué hacer con esa información.
La guardó en el mismo lugar donde guardaba las cosas que no sabía cómo ordenar, que era un lugar que existía en ella con cierta antigüedad y que generalmente permanecía bastante vacío.
Esta vez no estaba tan vacío.