Capítulo 31. Un nuevo hogar #3
—No, no creo que esta vida en el aquelarre sea para mí… al menos por ahora —se disculpó Maeve—. Sin ofender, seguro que os lo pasáis genial, pero todo esto es un poco… cuadriculado para mi gusto. Y la verdad, me va muy bien explorando mi magia aquí fuera, junto a Annie.
Era justo el empujón que Annie necesitaba oír. Si eso era lo que Maeve también quería, mejor aún; hacía que su decisión fuera mucho más sencilla.
—Maeve tiene razón, Morena. Estoy muy agradecida por las oportunidades que me has brindado.
Pero… —vaciló, y se pasó la mano por el pelo para reunir un poco más de confianza— pero creo que estoy lista para dar un paso atrás.
Seguiremos siendo parte tradicional del aquelarre, por supuesto, y mantendremos el contacto.
Pero estoy lista para que mi vida no esté tan fragmentada en mil ámbitos distintos.
Es hora de probar algo diferente por mí misma. Así que no. No, gracias.
Morena soltó un bufido brusco por la nariz. Annie se preparó para sentir su ira. Pero no llegó.
—Como desees.
La tierra no se detuvo. El mundo no se derrumbó. Había dicho que no y eso no la había convertido de inmediato en una persona horrible. Todavía era ella misma y el mundo parecía girar aún. De hecho, quizá era incluso más ella misma gracias a eso.
—El otro asunto que nos ocupa es tu alojamiento. En teoría, sigues bajo la responsabilidad de Selcouth, señorita Cadmus… —comenzó a decir Morena.
—Quiero quedarme aquí y vivir con Annie y Hal —soltó Maeve de repente, antes de empezar a morderse una uña, como si intentara contener aquellas palabras reveladoras y volver a guardarse la confesión.
Annie la miró y luego volvió la vista hacia Morena, insegura sobre cuál sería la respuesta adecuada.
Morena permaneció en silencio, con los labios fruncidos a la espera de que Annie hablara.
Una vez más, parecía que la única respuesta correcta era la sincera.
—Me encantaría tener a Maeve conmigo —confirmó Annie, en voz baja pero firme, apretando la mano de la chica—. Por favor, considéralo, Morena.
La aludida arqueó una ceja puntiaguda.
—¿Estás segura?
—Nunca he estado segura de nada en mi vida —confesó Annie—. Pero de esto estoy muy muy segura. El aquelarre no tendrá que preocuparse por ella en absoluto, salvo por asegurarse de que reciba una enseñanza mágica completa. Yo me encargaré del resto. Pagaré todo. Nos mudaremos a mi casa…
—No, no lo haréis —interrumpió Hal con voz ronca, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados.
Salió al porche y cerró la puerta tras de sí en silencio—.
Os quedaréis las dos aquí, conmigo. Si queréis, claro.
Ya no parece un hogar sin vosotras para poner mi vida patas arriba todos los días.
Y la maldita gata también, por supuesto —refunfuñó Hal.
Le lanzó a Annie una pequeña sonrisa de reojo y un asentimiento silencioso que decía todo lo que ella necesitaba oír: que estaba seguro, que hablaba en serio y que no iba a cambiar de opinión.
—Bueno, ¿no es maravilloso? —dijo Morena, antes de que Annie lograra encontrar las palabras para responder—.
Me encanta cuando todo queda bien atado con un lazo, aunque quizá uno de un rosa espantoso en este caso —añadió, en dirección a Annie—.
Redactaré el papeleo en cuanto regrese a la Casa Hécate.
Morena se levantó para volver con el resto del aquelarre, trastabillando al bajar del balancín, mientras plantaba los pies a salvo en el suelo con una mirada de absoluta incredulidad.
Annie estaba casi segura de haberla oído murmurar entre dientes las palabras «idiota» y «muebles estúpidos» dirigidas a Hal.
El hechicero ocupó el lugar de Morena en el balancín y se impulsó con suavidad con las botas.
Annie contempló la pradera: el sol de noviembre bañaba en oro la hierba alta.
Maeve se despatarró a su lado y Hal se reclinó con los ojos cerrados y el sombrero algo inclinado sobre la cabeza, para soltar después un largo suspiro, mientras estiraba un brazo y rozaba las puntas de los dedos de Annie, solo por el placer de sentirla cerca.
Tenía tanto que decirles, tanto que explicar sobre por qué aquel momento significaba tanto para ella…
Pero no era el momento de contarles cómo se sentía, sino de dejar que el instante fluyera, de sentirlo pasar como el arroyo que los rodeaba y de acostumbrarse a que aquella calma hermosa fuera su vida real y auténtica; al menos por el momento.
Qué afortunada era por haber encontrado tanta dulzura.
—¿Qué te apetece hacer esta noche, cuando se hayan ido todos? —preguntó Annie a Maeve, mientras le acariciaba el pelo distraída, con cuidado de no rozar los cortes de su cara—. La casa va a quedarse demasiado silenciosa cuando volvamos a estar solo nosotros cuatro.
—Cualquier cosa que no implique salvar a las brujas sería ideal —refunfuñó Hal.
—¿Podríamos ver una película? ¿Ponernos mascarillas? ¿Hornear algo? —preguntó Maeve con esperanza, y se acurrucó contra Annie con los ojos cerrados. Era justo la velada que Annie había planeado para ellas cuando la conoció.
Annie sonrió.
—Podemos hacer eso.