Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 32. Sol de invierno
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Capítulo 32. Sol de invierno

SOL DE INVIERNO

E l tintineo de la campanilla sobre la puerta de Celeste resonó en el aire.

Era una melodía de despedida, suave y melancólica, pero llena de cariño, como lo había sido cada vez que Annie regresaba desde que decidió dejar la panadería.

Sin duda había tristeza, esa que acompaña de forma inevitable a cualquier cambio o al comienzo de un nuevo capítulo, incluso uno feliz, pero también una sensación de satisfacción ligera y despreocupada, un sentimiento de paz que equilibraba la balanza como si estuviera pesando harina y azúcar.

Ya no era un dolor agudo; se volvió más bien un anhelo nostálgico que le apretaba la mano y le recordaba con ternura que había tomado la decisión correcta.

A veces, la decisión correcta era una liberación: difícil de soltar, pero maravillosa al dejar que flotara, como un globo.

Del mismo modo, resultaba agradable cruzar el umbral de la pastelería Celestial; su nombre ya no figuraba sobre la puerta y el letrero era de un suave tono azul aciano en lugar de rosa.

Le agradaba disfrutar de los cimientos que ella misma había construido, sin sentir miedo por la jornada, ni preocuparse por la carga de trabajo o por esa presión tras los ojos al intentar mantener a flote todo lo que debía priorizar.

Saber que era libre y que el lugar pasaba a manos buenas y cariñosas le traía serenidad y ligereza.

Annie había arrastrado a Maeve lejos de su pausa de café y cuaderno de dibujo, pero solo con la promesa irían de la mano de pasteles recién horneados.

La vida se había ralentizado de forma considerable, y tenían tiempo de sobra para pasar por allí cuando Maeve no estaba ocupada con sus nuevos amigos, con quienes había conectado de forma rápida y fácil en su nuevo colegio.

Pasarse por la panadería significaba que Annie podía recoger las últimas cosas que le quedaban en la trastienda y darles a sus amigas por fin un nuevo comienzo en su propio espacio, algo que le parecía importante.

Además, estaba bastante segura de que había al menos dos pares de zapatos, si no más, escondidos en su vestidor, que también era el último lugar donde había visto su chaqueta favorita con ribetes de plumas hacía unos meses.

Tras una conversación emotiva y sincera sobre su decisión de marcharse, que dejó a Annie y a Pari entre lágrimas e incluso obligó a Faye a apartar la mirada para ocultar el temblor de su labio inferior, llegaron a la reconfortante conclusión de que, aunque ellas se harían cargo del contrato de alquiler y convertirían Celeste en algo propio, Annie siempre estaría al otro lado del teléfono.

Para aportar ideas creativas o compartir recetas secretas, para la inevitable colección de lazos rosas y pinzas del pelo que parecían aparecer por arte de magia…

Y, sobre todo, para mantener una gran amistad.

Después de todo, aún tenían una tradición de disfraces de Halloween muy importante que cumplir.

—No puedo creer que me lo haya perdido —se quejó Annie, desolada de verdad por haber roto aquella vieja costumbre, a pesar de tener asuntos algo más urgentes que atender. Se preguntó si Maeve y Hal querrían unirse al grupo de desayuno el año siguiente, aunque sospechaba que ya conocía la respuesta.

—No pasa nada. —Faye escurrió la espuma de su estropajo mientras terminaba de lavar el último plato—.

Al final nos disfrazamos de huevos y pan tostado; te habría encantado.

Bien, déjame que… —Se quitó los guantes de goma y se dispuso a vaciar la papelera que había debajo del fregadero, justo cuando se oyó un fuerte estruendo.

Maeve había estado trasteando con la cuidadosa colección de tazas de porcelana vintage .

Tres de ellas cayeron del estante como fichas de dominó.

Por suerte, fue lo bastante rápida con su magia como para ralentizar la caída, atrapando una en cada mano antes de que la tercera golpeara el suelo con estrépito y se hiciera añicos.

—Ups.

Por suerte para Maeve, que aún no estaba del todo acostumbrada a ocultar su magia en el mundo no mágico, Faye había tenido la cabeza metida debajo del fregadero todo el tiempo mientras luchaba por sacar la basura.

—Maeve —suspiró Annie desde su asiento favorito junto al ventanal, donde arreglaba un gran ramo de flores blancas de invierno—.

Haz algo útil. Saca la basura por tu tía Faye.

—Annie le lanzó una margarita y le guiñó un ojo mientras la chica pasaba arrastrando los pies con aire de fastidio.

Maeve puso los ojos en blanco con tanta intensidad que casi parecía mirar al infinito, antes de tomar la bolsa a regañadientes, con el brazo estirado, y salir al callejón adoquinado de atrás.

—¿Sigues convencida de que es la decisión correcta, Annie?

Cuesta imaginar este lugar sin ti —dijo Faye, apoyada en la encimera.

Estaba escudriñando el rostro de Annie con una mirada inquisitiva para asegurarse de que decía la verdad, ya que sabía que era raro que hablara por sí misma o tomara decisiones que le parecieran de verdad correctas.

Siempre había sido capaz de leerla como un libro abierto.

—No —se sinceró Annie, y soltó una risita entrecortada para después sacudir la cabeza con un gesto resignado que hizo que sus rizos rebotaran—, pero ya no estoy segura de que nada sea práctico, sensato o previsible…

Y creo que estoy empezando a darme cuenta de que ahí es donde reside la magia: cuando hay un poco de espacio para la espontaneidad y la posibilidad de tropezar con errores felices.

—¿Tú? ¿Espontánea? —preguntó Faye con la cara muy seria.

—Lo sé, ¿verdad? —dijo Annie, emocionada—. ¿Quién lo habría imaginado?

—Bueno, en ese caso —añadió Faye, mientras se limpiaba los dedos en los extremos del trapo que llevaba al hombro—, estamos pensando en hacer una fiesta esta noche. Un poco improvisada, ya sé, pero queríamos celebrar nuestro nuevo proyecto y…

—¿Esta noche? —exclamó Annie—. Vamos, Faye, he dicho «espontánea», no «preparada para una salida social de último minuto y sin planear». No estoy loca.

Faye resopló.

—Entonces, ¿qué vas a hacer en su lugar?

—Maeve tiene deberes, la voy a ayudar con eso. Después estaba pensando en probar una receta nueva que…

—No esta noche, boba. Me refiero a tu vida. Ahora que dejas atrás Celeste, ¿cuál es el siguiente paso?

—Por una vez, no tengo un siguiente paso.

—Annie pudo notar el orgullo en su propia voz al confesarlo—.

He jugado toda mi vida como si fuera una partida estratégica de ajedrez y estoy agotada.

Es hora de probar otra cosa. Lo único que sé es que quiero seguir con la repostería.

Hal dice que hay un local minúsculo de alquiler en el pueblo, cerca de su cabaña; todo con pantallas de lámparas florales, tapetes de encaje y cortinas con volantes.

Poca afluencia, días tranquilos, paz… —soñó Annie con nostalgia—.

En el momento en el que Hal me mencionó el café vacío, algo me revoloteó en el pecho, como una puerta abierta a nuevas posibilidades.

Una oportunidad de hornear para otros, pero de nuevo según mis propios términos, con todas las revoluciones bajadas al mínimo. Parecía un sueño. Y posible de verdad.

—Suena perfecto —asintió Faye.

—¡Annie! ¡Annie, mira!

Annie estiró el cuello para ver a qué se debía tanto alboroto o, más bien, qué había roto Maeve por accidente.

Pero la chica estaba embriagada de alegría y emoción.

Contra el pecho de su sudadera holgada, sostenía a un gatito negro azabache, diminuto hasta parecer imposible, con una mancha pelirroja en la frente con la forma exacta de una media luna perfecta.

Su pelaje era tan esponjoso que parecía un pompón del tamaño de la palma de la mano.

El gatito soltó un maullido agudo y estridente que sonaba muy satisfecho y se acurrucó aún más contra Maeve.

—¡Estaba junto a los cubos de basura! Me ha maullado tan fuerte que creía que lo había pisado, pero al mirarlo de cerca, creo que solo es un maullón contestón.

Annie se acercó veloz para que pudieran hablar en voz baja.

—¿Te lo puedes creer? Tu familiar es… un pequeño maullón contestón —susurró.

—¿De verdad crees que lo es? —preguntó Maeve con esperanza.

—No me cabe duda. —Annie sonrió y acarició con un dedo la coronilla del gatito—. Las brujas no se tropiezan con gatitos así por casualidad. Es el destino haciendo de las suyas otra vez. Estáis destinados a estar juntos.

—¿Cómo lo llamo? —Maeve frunció el ceño, y extendió la pregunta también a Faye—. ¿Basurilla?

Annie jadeó.

—No puedes llamar «Basurilla» a este gatito adorable, Maeve. Lo prohíbo.

—¿Qué tal Oscuridad, Muerte, Ladrón de almas?

—Qué macabra eres, niña —gritó Faye desde detrás del mostrador, a la vez que negaba con la cabeza.

—Grimm… —murmuró Maeve, y su voz se fue apagando con una aprobación silenciosa.

—Está claro que es tu familiar —intervino Pari con alegría mientras regresaba a la tienda con los brazos cargados de bandejas de sus nuevas galletas de crumble de manzana especiadas, que causaban furor en Celeste aquellos días—. Vuestras auras encajan; ambas son de un tono carmesí.

Annie casi se atragantó con su café con leche; el último sorbo se le escapó de la boca y le cayó directo sobre la camiseta mientras su cerebro se bloqueaba.

Aquello no podía estar pasando. Intercambió una mirada de pánico con Maeve.

Ambas miraron a Pari con una confusión nerviosa, sin saber cuál debía ser el siguiente paso.

—¿Qué? —preguntó ella con indiferencia, mientras colocaba con sus pinzas las galletas en columnas ordenadas tras el cristal del mostrador—. Todas las brujas necesitan familiares… y el pequeño y astuto Grimm nos ha dejado muy claro a todos esta mañana que es el de Maeve. Es obvio.

Annie balbuceó un ruido extraño e incomprensible.

—Oh, lo sabemos desde que nos contrataste.

—Faye se encogió de hombros, como si fuera lo más normal del mundo descubrir la existencia mágica y secreta de Annie en el mundo no mágico—.

Pari es… de influencia mágica, por así decirlo, así que olió tu magia entre toda la vainilla a un kilómetro de distancia.

Supimos que esos chocolates éclairs tuyos eran brujería en el momento en que los vimos.

—Se volvió hacia la cafetera y empezó a sacarle brillo al vaporizador—.

Perdona por el susto. Es un tema un poco difícil de soltar así como así en una conversación, ¿verdad?

—Ay, hace años que sé que me pasa algo, desde que tenía la edad de Maeve. Parece que, sin querer, hago que las cosas floten… todo el tiempo —mencionó como si nada Pari, mientras agitaba las pinzas—. Es un poco molesto, la verdad. ¿No conocerás algún aquelarre o algo así que pudiera ayudarme?

Mientras Annie y Maeve se quedaban paralizadas en pleno movimiento, Celeste pareció soltar un suspiro de alivio entre sus paredes.

Se había acostumbrado a tener a una bruja al mando, sirviendo los dulces más hermosos y hechizantes de todo Londres.

El lugar mantendría su aura mágica, como merecía, con la brujería aún por descubrir de Pari al mando.

La campana sobre la puerta atrapó la luz amelocotonada que se colaba por las ventanas mientras empezaba a formarse la fila para la apertura del día, y pareció guiñar un ojo con un toque de magia, satisfecha de sí misma.

Todo seguía su curso, como de costumbre.

Las chicas regresaron juntas a la Cabaña Arden aquella tarde con los brazos entrelazados; el hechizo de teletransporte de Annie las dejó justo en el borde del prado.

Dos trazos de plata se dibujaban en el cielo como una mancha de tinta metálica derramada; el sol y la luna se hacían compañía.

Karma las esperaba y, lo que era más importante, esperaba su cena.

Saltó del balancín del porche y corrió hacia ellas en cuanto su torbellino de magia aterrizó en la hierba.

Annie se echó a reír al ver su cola, como una nube, balancearse entre el brezo.

Noviembre ya estaba resultando ser hermoso de una manera extraordinaria.

Maeve se adelantó con saltitos hacia la cabaña y la bolsa de libros golpeándole el costado; la joven bruja reía mientras perseguía a Karma, con Grimm, su nuevo familiar, acurrucado en los brazos.

Mage relinchó al lado de la casa, ya que se sentía mucho más valiente cerca del gato en los últimos tiempos, aunque no le haría ninguna gracia saber que oficialmente los felinos le superaban en número.

Annie sintió que el corazón le rebosaba al ver a Hal salir al porche, con las manos en las caderas y el sombrero inclinado sobre los ojos.

Al verlas llegar, levantó un brazo y les saludó con una gran sonrisa tímida que parecía incapaz de controlar.

Annie le devolvió el saludo, pero se quedó quieta un segundo para asimilarlo todo.

Nunca en su vida había tenido tiempo para pulsar el botón de pausa en esos instantes que merece la pena retener y admirar.

Para detenerse y sentir, para apreciar cómo el sol en invierno irradiaba el calor sobre su rostro y alrededor de su cuerpo como si tejiera su propio vestido de oro líquido.

Y lo sintió: cada centímetro de luz de aquel instante.

Lo sintió todo, tan majestuoso y hermoso que parecía imposible que aquel momento pudiera llegar a terminar.

Era como si toda su vida hubiera debido ser esa fotografía en concreto: los matices naranjas, marrones y rojos oxidados de los árboles bajo un cielo de un azul brillante y audaz.

Y un toque imprescindible de rosa de las flores silvestres que trepaban por las vigas del porche como adornos de azúcar, para enmarcar su hogar.

Pero todo cambiaría, y eso estaría bien.

También daría la bienvenida a lo que viniera después.

Annie se maravilló ante los momentos que con toda probabilidad había perdido, al vivir durante tanto tiempo una vida que nunca fue de verdad suya, y que quizá lamentaría cuando las aguas volvieran a su cauce.

Pero al final podía rebosar de una gratitud dorada por los que había encontrado para sí misma.

Por fin, Annie lo sintió. Lo sintió todo: auténtico, alegre y suyo.

Era perfecto.