Capítulo 31. Un nuevo hogar #2
Era Ruby, con un ojo morado impresionante y el brazo sujeto en un cabestrillo.
—Deberíais ver cómo ha quedado el otro —dijo con una sonrisa, pese al labio partido—. Era el padre de Vivienne, y he oído que ahora está en una mazmorra. Pagaría por verlo.
Annie la abrazó con cuidado.
—Te has pasado al otro bando.
—Encajo mucho mejor aquí —contestó Ruby con orgullo—.
Fui directa a la Casa Hécate en cuanto aquellas brujas dejaron claro que no era bienvenida y, ya me conoces y sabes lo bocazas que soy, no tardé en soltar unos cuantos secretos y abrir la caja de Pandora —añadió con una mueca burlona—.
Cuando llegó la carta de Hal y me enteré de que estabas en apuros, tuve que venir.
—Gracias, Ruby. Eres una buena amiga.
—No fue nada; ha sido el Halloween más emocionante que he tenido en mucho tiempo. La gente de Selcouth es muy acogedora. Me llevará un tiempo acostumbrarme a formar parte de un aquelarre medio normal en lugar de a un club de élite peligroso, pero creo que encajo mucho mejor aquí.
—Tengo que darte la razón. No me malinterpretes, tienen sus defectos —admitió Annie, mientras le venían a la mente demasiados ejemplos como para contarlos con las dos manos—, pero son el lado bueno de la magia —añadió con tono tranquilizador.
—Cierto, ya me he dado cuenta. —Ruby asintió con una ligera mueca de dolor por el hombro—. Acabo de conocer a mi nuevo amigo Rune, que me va a enseñar cómo van las cosas en la vieja Casa Hécate.
Un brujo algo desgarbado, con extremidades largas y gran altura, el mismo que había logrado hacerse con un Emisario por su cuenta, dio un paso decidido hacia ellos cuando Ruby lo presentó.
Se apartó un rizo de pelo oscuro que le caía sobre el rostro, que era muy atractivo, y Annie sintió de pronto unas ganas tontas de reír cuando él se quitó las gafas redondas de alambre y le dedicó una sonrisa perezosa.
—Rune Dunstan. Nuevo vigilante de Selcouth. —Estrechó la mano de Hal con entusiasmo—. Un placer conoceros a ambos; he oído cosas fantásticas. Hace tiempo que admiro tu trabajo, Hal. Y, Maeve, claro, lo que hiciste ahí fuera fue algo de veras especial.
—Gracias por haber venido —dijo Hal, un poco desconcertado por tanta interacción humana—. Felicidades por el puesto. Bonito abrigo, colega. Al menos das el perfil.
—Ah, claro. Gracias. —Rune miraba su abrigo negro de cuero algo extrañado—. La verdad es que era algo nuevo que quería probar. No estaba seguro… ¿Crees que me queda bien?
—Está chulo —respondió Hal, con los hombros encogidos y rumbo de vuelta al porche, un poco confundido por haber acabado en una conversación sobre abrigos.
—Es un clásico total para un brujo sofisticado —intervino Annie, deseosa de agradecérselo ella misma—.
Elegante sin esfuerzo para otoño e invierno.
Te queda genial con tu preciosa estructura ósea.
Debería ser tu look característico —añadió, con un asentimiento de aprobación—.
Luego nos vemos —le dijo a Ruby. Mientras guiaba a Maeve para alejarse, Annie notó cómo una sonrisa satisfecha se dibujaba en las comisuras de los labios de Rune.
Incluso le pareció verle levantar el puño en el aire con muchísima discreción.
Tras un par de paradas más para recibir felicitaciones y apretones de manos, Annie y Maeve por fin llegaron al porche con la Bruja Sabia mientras Hal se quedaba atrás para hablar con Rune sobre sus planes de seguridad mágica de cara al futuro.
Annie y Maeve ocuparon cada una uno de los sillones de mimbre con vistas al prado. Eso dejó a Morena en el balancín.
—¿Por qué, en este universo o en el siguiente, alguien necesitaría una silla que levita? ¿De verdad es tan aburrida la vida de alguien?
Se sentó rígida en el balancín y dejó que su capa se desplegara tras ella. Se la veía muy insegura, con los ojos algo desorbitados mientras sus pies flotaban apenas por encima del suelo de madera.
—Dejando a un lado estas extrañas decisiones de mobiliario, quería hablar contigo, señorita Cadmus, sobre tu demostración de magia en el bosque. Fue…
—Peligroso, estúpido y, quizá, un problemón de los grandes. Lo sé, siempre me pasa igual —espetó Maeve, acompañado de una mueca mientras se acomodaba. Con un gesto de fastidio, lanzó al suelo un cojín de cuadros que tenía detrás.
—Todo lo contrario —contradijo Morena con rapidez, lo que sobresaltó a Annie y a Maeve al mismo tiempo.
Ambas se lanzaron una mirada confusa de reojo—.
De hecho, fue… bastante brillante. Una magia extraordinaria y muy creativa.
Las estrellas no se doblegan ante muchos.
Espero que consideres trabajar de cerca con Selcouth en el futuro para pulir tus talentos como se merecen.
—¿Perdón? —resopló Maeve.
—No seré yo quien niegue el talento, señorita Cadmus. Como sabe la señorita Wildwood por experiencia propia, valoro a una bruja que no rehúye reconocer su grandeza ni darle un buen uso. De hecho, lo admiro bastante, sobre todo en una bruja que ha completado tan pocos ciclos orbitales como tú.
—Se refiere a los cumpleaños —susurró Annie por lo bajo.
—Señorita Wildwood, esto también te concierne —prosiguió Morena—.
Ya sabes que no soy de las que endulzan sus palabras y, para ser sincera, creo que deberías ceder mis tan generosas horas de guía a tu pupila.
Sospecho que ella podría aprovechar ese aprendizaje mucho más que tú hoy en día.
Sugiero, en su lugar, que sigas tu trabajo en Selcouth en un puesto más permanente y respetado, mientras yo dedico mis atenciones más… formativas… a Maeve.
Annie arqueó las cejas. Aún no había pensado mucho en cómo continuaría su trayectoria en la Casa Hécate, pero sabía que aquello no era más que otra pieza de su antigua vida a la que ya no sentía necesidad de aferrarse, mientras intentaba desprenderse de todas las expectativas y obligaciones que otros le habían impuesto.
Sus años de aprendizaje con Morena habían sido agradables, pero la verdadera motivación siempre había sido asegurar un futuro incierto dentro de la Sortiedad.
Aun así, era un cumplido enorme, sobre todo de parte de Morena Gowden, de entre toda la comunidad mágica, que la considerara lo bastante valiosa para un puesto real en el aquelarre.
Y la idea de decir que no, de rechazar algo que sabía que a todas luces debería aceptar, le provocaba un nudo en la garganta.
—No, gracias —respondió Maeve con alegría.
—¿Cómo dices? —preguntó Morena; casi parecía que iba a echar chispas ante semejante descaro.