Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 31. Un nuevo hogar
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Capítulo 31. Un nuevo hogar

UN NUEVO HOGAR

A nnie tiraba de los hilos sueltos de la colcha de retales, los anudaba en pequeñas trenzas y esperaba. De vez en cuando, las lágrimas le empañaban la vista, pero se negaba a dejarlas caer. Habían pasado horas desde que regresaron a la Cabaña Arden, pero ella no se daría por vencida.

En cuanto Maeve cayó al suelo, Hal corrió hacia ella y la tomó en brazos.

La llevó hasta Mage y sostuvo su cuerpo inerte contra el pecho mientras galopaban de vuelta a la cabaña a toda prisa.

«Esto es asunto mío», dijo con voz áspera cuando otros intentaron ayudar; después permaneció en silencio durante un buen rato.

Antes de partir a toda prisa, Annie se había apresurado a administrarle el brebaje curativo que había metido a última hora entre sus cosas antes de la pelea, con la esperanza de que aquella mezcla sencilla bastara para mantener unidos los pedazos rotos de Maeve por el momento.

El aquelarre envió a toda velocidad a los Emisarios a la Casa Hécate; allí permanecerían bajo llave hasta que se esclarecieran los sucesos que ocultaba aquel secreto tan bien guardado durante tanto tiempo.

La explicación de Annie, breve y llena de lagunas, sobre el sistema de acumulación de magia de la Sortiedad despertó en las hermanas Gowden una mezcla de profunda preocupación y curiosidad.

Como Sabias al mando, se encargarían de preparar el caso para el juicio, y sería el conjunto del aquelarre quien decidiera los siguientes pasos.

Fuera cual fuese el lugar al que los habían enviado, Annie sabía que no sería, ni de lejos, tan cómodo como a lo que estaban acostumbrados.

Romily, Vivienne y Harmony podían dar gracias a sus estrellas de la suerte por haber escapado cuando lo hicieron.

Por un momento, Annie se preguntó qué sería de ellas.

Se dio cuenta de que no le importaba lo suficiente como para averiguarlo.

El aquelarre los acompañó de vuelta a la cabaña, de modo que la diminuta casa estaba abarrotada hasta los topes de brujas y hechiceros, que curaban heridas y atendían contusiones en un silencio grave y sombrío.

Por algún milagro, todos habían salido ilesos, más o menos, de la mayor parte de la lucha…

excepto Maeve. Parecía del todo injusto que ella, la más joven y la que más merecía saborear la victoria, hubiera sido la que había dado el paso al frente para recibir el golpe final, sobre todo cuando el aquelarre la había tratado con tan poca atención.

Annie estaba furiosa, pero su preocupación por Maeve era el único sentimiento que importaba en ese momento.

Quizá por reconocer al fin el sacrificio de la joven, todos los miembros de Selcouth se negaban a marcharse hasta que Hal y Annie estuvieran seguros de que Maeve estaba estable.

Morena y Bronwyn pronto tomaron las riendas de la situación y enviaron a quienes podían moverse por el prado a recolectar ingredientes frescos para las pociones curativas.

Al menos era un consuelo saber que las mentes mágicas más brillantes del país trabajaban tras el porche y que varios brebajes de alto nivel burbujeaban en la cocina, lo que inundaba el lugar con un aroma con matices de chocolate con avellanas.

Hal y Annie no se habían apartado del lado de Maeve.

Estaban sentados al pie de su cama, doloridos, sucios y agotados, uno a cada lado de la chica.

A pesar de su cansancio, Hal estaba inquieto; se levantaba cada pocos minutos para recorrer la habitación, acariciar a Karma, que se había acurrucado sobre el pecho de Maeve bajo las mantas, o murmurar en voz baja al constante desfile de animales que visitaban la ventana.

Muchos habían mostrado preocupación por el bienestar de Maeve y traían con cariño un sinfín de regalos.

Tras una conversación con una ardilla roja que dejó un pequeño montón de semillas de girasol como gesto de buena voluntad, Hal regresó al lado de Annie y le apretó el hombro con suavidad.

—Siempre he querido experimentar con la magia del tiempo, pero nunca me sentí lo bastante tentada como para correr el riesgo —musitó ella en voz baja—, pero ahora mismo, daría lo que fuera por poder dar marcha atrás y evitar que lanzara aquel encantamiento.

—Vamos, Annie, los dos sabemos que a la chica se le da de maravilla obedecer cuando le dicen lo que tiene que hacer —bromeó Hal, mientras le acariciaba el cabello.

Volvió a apretarle con suavidad el hombro, y le rozó el cuello con la yema del pulgar, para depositar después un tierno beso en su coronilla.

Annie se mordió el labio con fuerza. La culpa y la vergüenza que la habían abrumado se habían transformado en un doloroso entumecimiento general desde que vio a Maeve inconsciente en la cama.

Apenas podía soportarlo. Hal se sentó a su lado, en el borde del colchón, y le frotó la rodilla, distraído.

Esas caricias pequeñas y tiernas eran lo único que mantenía a raya que se volviera loca por la preocupación.

Podía escuchar los murmullos de la cabaña abarrotada fuera, los gritos ocasionales de entusiasmo de la siempre positiva Bronwyn y el tono grave y aburrido del sarcasmo mordaz de Morena.

Annie dejó caer la cabeza con los ojos cerrados y la sacudió con frustración; Hal no dejó de acariciarle la mejilla con el pulgar.

—Solo intentaba hacer felices a todos. Creo que, en el proceso, me he roto el corazón a mí misma.

Por fin, las lágrimas surcaron su rostro, y las pocas que Hal no logró atrapar cayeron sobre la colcha.

—Tu corazón funciona a la perfección. De hecho, es un millón de veces más grande que el de cualquiera que haya conocido.

Sientes las cosas con una profundidad, una fuerza y una trascendencia arrolladoras…

—le dijo Hal en voz baja—. Annie, entre muchas otras cosas, eso es lo que te hace perfecta.

Y lo demás no importa. ¿De acuerdo? —Le dio un beso suave—. La cría no se va a ir a ninguna parte.

—No sé… Si mis piernas funcionaran, saldría corriendo de aquí ahora mismo.

Sus cabezas se giraron hacia la almohada: los ojos de Maeve se habían abierto un momento para cerrarse de golpe al ver aquel beso.

—No puedo creer que haya arriesgado mi vida para salvaros y que lo primero que haga al despertar sea vomitar… ¡por vuestra culpa!

Annie dejó escapar un sonido a medio camino entre un jadeo de sorpresa y un grito de alegría, y rodeó a la chica con los brazos mientras esta se acomodaba contra las almohadas, sin recordar que era una enorme masa de golpes y heridas.

Hal echó la cabeza hacia atrás con alivio y se puso en pie de un salto, con una sonrisa.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Annie ansiosa, el dorso de una mano apoyado en la frente de Maeve, y la otra ocupada en acomodarle las mantas, recolocarle las almohadas detrás de su espalda y pasarle un vaso de agua antes de repetir el ciclo de nuevo.

—Como si me hubiera pasado un camión por encima.

O una tonelada de luz estelar, supongo. —Unos cuantos cortes y moratones ya habían brotado como violetas de invierno; parecía agotada, pero el brillo de sus ojos oscuros seguía intacto—.

¿Viste mi hechizo? —preguntó Maeve con una sonrisa débil, para después entrecerrar los ojos ante el resplandor del primer día de noviembre que se colaba por las cortinas.

—No, me lo perdí —dijo Annie con un gesto de decepción—. ¿Puedes repetirlo?

Maeve se quedó boquiabierta.

—Es broma —canturreó Annie, sonriente—. Claro que vi tu hechizo.

Estuviste increíble… más que eso. —Maeve parecía más orgullosa de lo que Annie recordaba—.

Pero eso no quita que estés metida en setecientos problemas distintos.

Tienes que dejar de ocultarme secretos —continuó Annie—.

¿Desde cuándo puedes hacer eso? ¿Y cómo es posible que lo supieras?

Maeve, por supuesto, se limitó a encogerse de hombros.

—Leo mucho. No me subestimes.

Como si pudiera, como si fuera a atreverse alguna vez a hacerlo de nuevo.

—Jamás.

Horas más tarde, después de haber probado más variedades de la poción curativa Salutaris Medella de las que cualquier chica debería poder soportar en toda su vida, Maeve se sentía lo bastante fuerte como para pedir que la dejaran levantarse de la cama.

No solo estaba un poco más recuperada gracias a la destreza con la que se preparaban los brebajes en la enfermería improvisada, sino que también había oído que un público entusiasta esperaba justo fuera de su habitación para llenarla de elogios y, en general, no dejar de repetir lo maravillosa que era.

Annie les había pedido que guardaran silencio y trataran de no exagerar al ver a la joven que había invocado la mismísima luz de las estrellas. Nadie hizo caso a su advertencia.

Con el brazo de Annie como apoyo, Maeve avanzó despacio hasta el salón, donde la recibieron vítores entusiastas y aplausos.

—Hola, extraviada.

Con un vuelo de capa, Morena se plantó frente a Maeve justo cuando esta intentaba hacer una reverencia solemne, a pesar de tener los músculos doloridos y las extremidades llenas de moratones.

Annie había hecho aparecer provisiones recién horneadas para reponer las fuerzas de todos, y Morena blandía un lazo de hojaldre con queso casi como si fuera una varita mágica, como si no tuviera muy claro qué debía hacer con él.

—Toma. —Se lo tendió a Hal y dejó caer una lluvia de migas por el suelo—. Deshazte de esto, señor Bancroft. La señorita Cadmus y yo tenemos mucho de qué hablar.

—Morena, ¿puedes darle un momento? Acaba de despertarse —intervino Annie.

—¿Puede venir Annie? —preguntó Maeve. Sus heridas parecían no importarle, pero apretó un poco más su brazo al decirlo.

—Si no queda más remedio.

Con un gesto seco y sutil de la cabeza, Morena les indicó que se adelantaran, y las brujas avanzaron con paso lento, arrastrando los pies y cojeando con cuidado hacia la puerta principal. Antes de que la alcanzaran, alguien volvió a interceptarlas, pero esa vez Annie agradeció la interrupción.