Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 30. Desenvaina tu espada #2
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Capítulo 30. Desenvaina tu espada #2

Romily desvió la mirada, furiosa, pero Annie notó cómo se sonrojaba a pesar de que se negase a mantener el contacto visual.

Su antigua amiga se mordía de forma frenética el interior de la mejilla, con una expresión de dolor e incertidumbre que Annie no había visto en ella desde hacía años.

Harmony y Vivienne solo esperaban instrucciones, con los ojos muy abiertos y llenas de desesperación, hasta que Romily asintió al fin con el gesto más imperceptible y renuente posible.

En un destello brillante, las Cuatro de la Fortuna, en ese momento Tres, se apiñaron entre sollozos sincronizados y desaparecieron mientras una niebla oscura se arremolinaba para llevárselas.

—¡Annie!

De algún modo, en medio de la refriega de magia que rebotaba y poderes que estallaban, Maeve se había puesto de pie de nuevo.

Hacía muecas de dolor y se frotaba las costillas donde la magia de Glory la había golpeado, pero había una mirada firme en sus ojos mientras se tambaleaba.

Annie intentó correr hacia ella, pero un brazo la rodeó rápido por la cintura y tiró de ella hacia atrás.

Era Hal. Reconocería su fuerza y su calidez en cualquier parte.

—¿Qué haces? Déjame ir con ella. —Annie forcejeó para soltarse.

—Es su momento —gritó él cerca de su oído—. Deja que lo arregle por sí misma. Es valiente y se lo merece. Quiere brillar.

—Pero…

—Estamos aquí para ayudarla si falla. Pero no lo hará. Déjala intentarlo.

Annie supo que tenía razón. Todo su cuerpo se relajó contra él y fue como si el mundo se detuviera, como si dejara de girar sobre su eje por completo.

Era el momento de Maeve. Sus miradas se cruzaron, y Annie esperaba que aquel contacto visual le recordara que estaban allí, que aguardaban entre bastidores, junto con todo lo que le había dicho antes de que estallara el caos.

«Maeve, eres capaz de brillar más que todas las estrellas del cielo… ».

Con sus últimas reservas de fuerza y determinación, Maeve levantó la mano y lanzó el hechizo directo hacia arriba. Annie no entendía qué intentaba hacer. Pero entonces vio que sostenía algo entre los dedos.

Un lápiz rosa. Ese mismo que Annie había encantado con la punta de plata de luz estelar semanas atrás y que la chica había usado para dibujar el retrato de su extraña familia antes de que nadie la reconociera por lo que de verdad era.

Annie no podía creer que lo hubiera guardado.

La punta plateada centelleó con un brillo mágico y encantador que, incluso en medio del caos, le recordó a Annie a sus cintas rosas especiales en Celeste.

Quizá, después de todo, sí le había transmitido algo útil, aunque solo fuera la importancia de un destello fugaz.

Las últimas estrellas que salpicaban el cielo del amanecer se sintieron atraídas hacia ella, al reconocer su magia especial, familiar en su singularidad, belleza y creatividad.

La luz plateada de las estrellas se unió al lechoso brillo de la luna matutina en rayos que brillaban sobre la joven.

Todo descendió hacia ella para permitirle canalizar su poder y su luz en el lápiz; Maeve movió la muñeca en círculos amplios, y arrastró la luz estelar hacia el campo de batalla para dibujar firmes bucles celestiales alrededor de cada uno de los Emisarios.

La luz se solidificó en líneas envolventes, tal como lo había hecho aquella noche en el prado.

Antes de que pudieran siquiera comprender lo que ocurría, cada miembro de la Sortiedad quedó atrapado en una cuerda de plata inquebrantable.

Algunos de los Selcouth más valientes, incluido Hal, actuaron de inmediato para reforzar las ataduras.

Pero ni siquiera la luz de las estrellas bastó para retener a Glory.

La furia explosiva de sus poderes, fortalecidos de forma antinatural, esa acumulación de brujería venenosa y excesiva tras años de sacrificios peligrosos, permitió que la Emisaria Suprema se liberara.

Envió la luz estelar de vuelta contra Annie y el aquelarre para dispersarlos, y luego se volvió hacia la chica, sola.

Glory se acercó a ella con pasos agigantados, como un depredador.

—Ya casi está, y apenas he movido un dedo —dijo con calma una vez frente a Maeve, aunque su voz rezumaba veneno—.

Ya puedo oler la muerte en ti. De normal, insistiría en hacer esto de la manera correcta para honrar la tradición, para preservar el ritual hasta devolverte al teatro Tempestad.

Pero no te queda mucho tiempo, y sería un error desperdiciarlo.

Se alzó sobre Maeve, quien retrocedió tambaleante; gimió de dolor mientras escupía un coágulo de sangre sobre el suelo del bosque.

Glory acercó la mano izquierda a la garganta de la chica y apretó mientras abría la palma derecha para convocar su magia más oscura.

—Tus líneas de vida ya están borrosas, tus vínculos son débiles. Tu magia está lista para que la tome. Quédate quieta, cielo. Haz lo que se te ordena y te prometo que esto no dolerá ni un poco.

—Qué bien. —De alguna manera, Maeve levantó la cabeza—. Porque esto sí que va a doler.

Annie no podía comprender de dónde sacaba fuerzas la joven tras todo lo que había pasado.

Pero con un último golpe de su puño, con el lápiz agarrado como si fuera una espada, una oleada de su magia estalló en marañas brillantes.

Tan hermosa y luminosa era aquella marea de conjuros que todas las brujas, hechiceros, criaturas y seres mágicos que observaban tuvieron que protegerse los ojos de la luz.

Sorprendida, Glory gritó y retrocedió, cegada por un deslumbrante estallido plateado a escasos centímetros de su rostro.

La Emisaria Suprema tropezó hacia atrás, agitando los brazos y dando patadas al aire.

Un paso más: en cuanto su bota resbaló sobre la tierra dentro del corro de brujas, el anillo de setas se encendió.

Brilló con indignación ante la visitante no deseada que se había atrevido a cruzarlo sin invitación.

Un pánico que rompía su habitual compostura se reflejó en el rostro de Glory, por lo normal tan sereno, mientras el círculo la atrapaba.

Sus ojos se abrieron con un espanto antinatural al comprender su destino. En un parpadeo, desapareció.

En cuanto el estallido estelar comenzó a apagarse, el aquelarre se lanzó a la acción.

Los cuatro Emisarios restantes, sorprendidos por la oleada de magia incendiaria, no tuvieron otra opción que rendirse.

La magia de Maeve les había proporcionado unos valiosos segundos que permitieron a Selcouth capturarlos de una vez por todas.

Morena inmovilizó a dos de ellos, uno en cada mano, con apenas una leve sonrisa de satisfacción.

Hal se lanzó sobre el padre de Vivienne mientras un hechicero delgaducho del aquelarre se encargaba sin esfuerzo de atrapar al cuarto Emisario.

Annie apenas podía creerlo. De verdad lo habían conseguido.

Habían ganado. Habían derrocado a los Emisarios y desenmascarado a la Sortiedad, habían tomado el control de una fuerza dominante, siniestra y manipuladora sin parangón, cuyo secreto susurrado había sido la cadena implacable que había mantenido su vida atada durante tanto tiempo.

—¡Maeve, lo logramos! ¡Lo has conseguido! —chilló Annie mientras giraba sobre sí misma y aplaudía sin poder evitarlo, con un frenesí en la mirada y en la voz que nunca había sentido antes, mientras todo Selcouth estallaba en celebración.

Entonces percibió cómo caía el silencio.

Vio a Maeve quedar lánguida y desplomarse al suelo mientras el último destello de magia se drenaba de su cuerpo joven.

Se había vuelto gris, como si se marchitase de un modo que Annie jamás había visto, mientras la última luz de las estrellas, entrelazada con su propia magia natural, se vaciaba del lápiz con un temblor entrecortado y regresaba al cielo.

Como era típico en ella, y la razón por la que Annie la había admirado desde el momento en el que se conocieron, Maeve había entregado hasta la última gota de su ser, tan extraordinario y auténtico, a aquel instante.

Igual que hacía siempre. Por eso Annie la quería. La chica no conocía otra manera de vivir.