Capítulo 30. Desenvaina tu espada
DESENVAINA TU ESPADA
A llí estaba Hal: respiraba con dificultad, con los hombros agitados como si hubiera corrido por su vida para llegar hasta ellas.
Recorrió con la mirada la escena caótica durante un instante para contemplar la magia fulgurante que volaba entre los árboles, hasta que sus ojos se encontraron con los de Annie.
Mage relinchó con desesperación y galopó a su lado mientras Hal levantaba la mano para agarrar la silla, pasaba una pierna por encima y montaba a su leal familiar.
Hizo que Mage se levantara sobre sus patas traseras y retrocediera varios pasos.
Unos segundos después, una estampida de capas ondeantes y hechizos complejos y furiosos, dirigidos a cada miembro de la Sortiedad, irrumpió con fuerza desde sus espaldas.
Hal tenía una muy buena razón para llegar tarde.
No solo había traído consigo a un buen contingente del aquelarre de Selcouth, una multitud de rostros conocidos que salían entre los árboles justo a tiempo y se abrían paso entre los helechos para unirse a la lucha, sino que también parecía estar acompañado por todos los animales que alguna vez habían estado en la Cabaña Arden.
A su lado, entre quizá un centenar de criaturas, Annie reconoció a la familia de lobos que había correteado por la pradera semanas atrás; los cachorros todavía no habían crecido del todo, pero ya mostraban dientes afilados como cuchillas.
Ciervos con cornamentas imponentes que golpeaban el suelo con sus pezuñas, listos para lanzarse a la carga a la menor señal de Hal.
Un ejército de murciélagos bajaba en picado y se cernía sobre las copas de los árboles, para desorientar a los miembros de la Sortiedad mientras luchaban por mantener la compostura frente al enjambre de alas.
Lo que debían de ser unos veinte zorros, al son de un grito de guerra, merodeaban entre las patas de Mage.
Y había muchos más: todos aquellos a los que Annie y Maeve habían acogido durante la tormenta, desde tejones, búhos, linces y ardillas rojas hasta armiños, comadrejas, jabalíes y tantos ratones que parecía como si el suelo del bosque estuviera a punto de desmoronarse.
Cada criatura estaba cargada de una energía protectora, y merodeaba alrededor de Hal a la espera de que su brujo favorito diera la señal para lanzarse en su defensa.
—No os hagáis daño, chicos —dijo él con voz ronca.
Dedicó su característico saludo con un solo dedo a los Emisarios.
La tropa de Hal se abalanzó sobre la Sortiedad, que intentó dar media vuelta y huir, pero se topó con un muro de miembros del aquelarre preparados para la batalla.
Lo último que Annie vio antes de volver la mirada hacia Hal fue un par de astas que levantaban la cola de una capa mientras perseguían al padre de Vivienne.
Hal tardó un momento en darse cuenta de lo que le sucedía a Annie: Glory estaba pegada a su espalda, y mantenía inmóviles sus muñecas para bloquear su magia.
—Yo que tú me lo pensaría muy muy bien antes de dar el próximo paso —le dijo con calma a Glory, aunque Annie pudo ver un fuego tras sus ojos que contrastaba con su habitual serenidad imperturbable.
Mage levantó los cascos con un breve titubeo, lo suficiente para hacer vacilar a Glory, y, con un rápido movimiento de muñeca de Hal, un estallido de magia de color bronce impactó directo sobre las ataduras que sujetaban a Annie.
Estas se partieron y cayeron al suelo del bosque como grilletes.
La chica se alejó tambaleante lo más rápido que pudo mientras sacudía las muñecas con tal fuerza que desprendieron chispas de su propio poder.
—¡Atrapadla! —chilló Glory a los Emisarios, todos ellos enfrascados en sus propias batallas entre el ataque de la magia del aquelarre y el embate de los animales salvajes.
Barnaby Morningstar fue el desafortunado que se encontraba más cerca.
Annie lo vio abandonar dudoso su propio combate para obedecer la orden de Glory.
Corrió hacia ella con la varita extendida en un gesto de amenaza y sonrió con suficiencia cuando su mano se cerró sobre la cola de su capa.
Hal ya había llegado al galope hasta allí.
—Ni se te ocurra.
—¿O qué, salvaje asqueroso? ¿Tu poni me va a atacar? —Barnaby levantó la barbilla puntiaguda mientras lanzaba una explosión mágica. Hal la desvió con facilidad y envió el ataque al suelo mientras giraba el caballo. Se encogió de hombros.
—Si insistes.
Al tensar las riendas con rapidez, Hal hizo que Mage levantara las patas traseras y golpeara a Barnaby con fuerza en el pecho. El hombre se dobló en dos, salió disparado a toda velocidad hacia la oscuridad entre los árboles y desapareció de la vista. Mage resopló satisfecho.
Annie quedó aturdida por la inquietante escena, pero no podía pensar en otra cosa que en Maeve. En algún lugar, entre la refriega de Selcouth contra la Sortiedad, su niña necesitaba ayuda.
Hal hizo girar a Mage de nuevo para galopar por el claro y lanzarse a la pelea, directo hacia Morena, que estaba enzarzada en un forcejeo con un Emisario. Mientras tanto, Vivienne se cruzó en la línea de visión de Annie.
—¡Todo esto es culpa tuya, maldita rubia estúpida! ¡Mira mi vestido! —gritó Vivienne, que al pisotear el barro salpicó aún más su falda. Soltó un gemido y su magia apareció en una maraña tensa entre sus palmas.
—¡Pues llévalo a la tintorería, arpía insoportable! —respondió Annie, sorprendida por la ferocidad que salía de su boca. Sus emociones rugían, más vivas y reales de lo que jamás habría imaginado—. ¿Es que nunca se te ha pasado por la cabeza que hay cosas más importantes?
—¿Más importantes que un Vespertine vintage ? —chilló Vivienne—. ¡Lo dudo mucho!
—¡Como la amistad, por ejemplo! A tu supuesta amiga y abeja reina esa arpía despiadada que tiene por madre la acaba de echar a los lobos —gritó Annie—. ¡Mírala! ¿Por qué no la estás ayudando?
Con un mohín, Vivienne se giró de mala gana para buscar a Romily entre la multitud frenética de brujas y hechiceros en plena pelea.
Por fin la vio: herida y encogida junto al tronco de un árbol, se aferraba a la corteza con ojos aterrados.
En medio del caos, Annie sintió una punzada de compasión inesperada al darse cuenta de que Romily, con todo su instinto de supervivencia y su empeño por ser admirada, no era más que el resultado de tener aquellos padres.
Y esa noche, Romily se había topado con la misma dura realidad que Annie conoció una vez: que su propia madre sacrificaría la vida de su hija con tal de seguir al mando adictivo y absorbente de la Sortiedad.
Vivienne lanzó un último gruñido a Annie y luego corrió hacia Romily antes de pasarle un brazo por los hombros para sostenerla mientras esta se tambaleaba y gemía, con las manos apretadas contra el costado donde la magia de Maeve la había golpeado con una ráfaga dolorosa.
Juntas parecían tan débiles, tan frágiles y cobardes, que a Annie le resultaron irreconocibles.
¿Cómo había podido admirarlas alguna vez?
¿Cómo pudo temer sus opiniones o anhelar su aprobación superficial y vacía?
Sacudió la cabeza para despejar aquel torbellino de ideas y se lanzó de nuevo a la contienda; se abrió paso con furia para llegar hasta Maeve en mitad de la lucha.
—¡Karma, ya basta! —gritó.
La familiar de Annie seguía ocupada en destrozar el recogido de Harmony de la manera más eficiente posible; hundía las garras en el elegante moño mientras Harmony giraba sobre sí misma y agitaba los brazos en el aire.
Ante la orden de Annie, Karma se detuvo a mitad de un zarpazo, se limpió con rapidez una oreja y saltó de la cabeza de la chica para correr directa a su lado, muy satisfecha de sí misma.
Annie la alzó y le dio un beso rápido pero efusivo en la cabeza.
—Buen trabajo. Estarás a salvo en casa, te quiero —susurró con prisa antes de hacer desaparecer a su familiar de vuelta a la seguridad de la cabaña. Aquel no era lugar para una princesa como Karma, aunque hubiera librado una gran batalla por la causa de proteger a la niña.
Harmony, cubierta de arañazos, se tambaleó hacia Romily y Vivienne, para aceptar con gratitud sus brazos mientras las tres sollozaban de forma dramática al unísono.
Se volvieron hacia Annie, iluminadas por los fuegos artificiales de la magia que implosionaba, con unas miradas idénticas, cargadas de odio.
La forma en que se unieron contra ella le resultaba familiar.
El trío concentró su magia, apuntó y lanzó sus golpes finales al unísono.
—¡Mira lo que nos has hecho!
—Sabía que siempre serías un problema, lo dije desde el principio.
—¡Basta! —gritó Annie a la vez que levantaba un muro de magia protectora frente a ella como una pantalla, para que los hechizos rebotaran—. No quiero luchar contra vosotras. Hemos pasado demasiadas cosas juntas como para que esto acabe así.
—¡Pero nosotras somos la Sortiedad! Y tú lo acabas de arruinar todo —chilló Vivienne.
—Vosotras siempre sois vuestra única prioridad. ¿Por qué iba a ser distinto ahora? —Annie suspiró, destrozada—. Esta no es vuestra lucha solo porque involucre a vuestros padres. No tenemos por qué repetir sus mismos errores una y otra vez.
Ante aquello, Romily vaciló apenas un instante; la expresión de amarga venganza que había heredado de Glory se suavizó un ápice.
—Rom, por favor —suplicó Annie, en un último intento de que se marcharan por voluntad propia—. Marchaos de aquí. Poneos a salvo. Aún estáis a tiempo de tomar vuestras propias decisiones. Las cosas pueden cambiar.