Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 29. El error #2
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Capítulo 29. El error #2

—¡Suéltala! —chilló Annie. Estaba avergonzada de sí misma, furiosa por haber permitido que la promesa de cosas brillantes y hermosas volviera a distraerla. En algún rincón de su mente frenética, oyó a Vivienne resoplar y a Harmony reírse, para después burlarse por turnos.

—Claro, eso seguro que funciona.

—Había que intentarlo, supongo.

Glory levantó la barbilla de Maeve con un dedo para mirarla a los ojos. O al menos lo intentó, ya que Maeve se negó a devolverle la mirada y mantuvo la vista fija en Annie.

—Te pareces mucho a Enid, ¿sabes? —dijo—.

Ella también fue un grano en el culo. Con un talento extraño, siempre preparada para cuestionar cómo se hacían las cosas.

Pregunta a cualquiera de los otros Emisarios: todos te quieren muerta, igual que a tu madre.

Una aberración de lo más antinatural, incluso dentro de la comunidad de brujas y hechiceros.

—Ahí es cuando sabes que la cosa va mal de verdad —terció Harmony, todavía a carcajadas, como si no estuvieran en mitad del caos—. Cuando eres el bicho raro entre todos los bichos raros.

—Pero si tiene suerte, es tan lista como dices y hace lo que se le ordena como una buena mascotita, todavía podría resultarnos útil.

—Glory dejó de mirar a Annie para volverse hacia Maeve—.

El siete es un número con más suerte que el seis.

Quizá, después de todo, le gustaría recuperar el legado de los Cadmus y unirse a nosotros.

¿Por qué no iba a ansiar probar una pizca de poder inimaginable?

Aquella posibilidad, que en ese momento pendía de forma peligrosa sobre todos ellos, bastó para que Maeve detuviera su forcejeo.

Annie casi podía oír los pensamientos que luchaban entre sí en la mente de la chica.

Una oportunidad de salvarse. Gente poderosa que reconocía que su magia era especial y que quizá incluso podría potenciarla más.

Annie había visto cuánto había crecido la confianza de Maeve durante las semanas que pasaron juntas.

No podía culparla si la tentación de obtener más era suficiente para influir en las decisiones de una chica de quince años.

La mirada de Maeve se dirigió con decisión hacia Glory.

Mantuvo la boca apretada en una línea firme antes de que una sonrisa burlona empezara a asomar en la comisura de sus labios.

Annie se quedó paralizada, incapaz casi de mirar mientras su querida niña vendía su alma para encajar, tal como ella misma había hecho.

Pero entonces se fijó en el movimiento de la muñeca izquierda de Maeve, en las chispas como yesca que brillaban en la punta de sus dedos.

El árbol cedía despacio, soltando su agarre, seguido de más chasquidos de la magia de la chica.

Las ramas se aflojaron y las raíces se deslizaron de nuevo bajo tierra.

Glory había sido imprudente al pensar que la naturaleza estaría de su lado, cuando siempre se había sentido tan atraída por Maeve.

La magia más pura siempre elegiría proteger a esa muchacha.

—¿No te has enterado? Soy el bicho raro entre todos los bichos raros. —Maeve levantó la barbilla—. Gracias por la oferta, pero por desgracia prefiero arrancarme la cabeza antes que vivir un solo día como vuestra miserable panda.

Tras decir aquello, Maeve empujó a Glory.

Con fuerza, con ambos puños, seguida de una ráfaga de magia dorada y llamas azul brillante.

Los haces rebotaron como petardos entre los árboles, que se astillaron entre un remolino de chispas que saltaban en cientos de direcciones por todo el claro.

Todo sucedió tan rápido que Annie apenas pudo asimilar lo que ocurría; la escena se le presentaba en fragmentos que no lograba recomponer a tiempo.

Vio a Romily lanzarse hacia delante en un intento por evitar que su madre cayera.

Pero no fue lo bastante rápida. En su lugar, Glory empujó con saña a Romily hacia la línea de fuego de la magia de Maeve, para usar a su propia hija como escudo, mientras su mano derecha disparaba un cañón de energía contra el pecho de Maeve.

El golpe fue tan violento y furioso que toda aquella maniobra pareció imposible, un error de la naturaleza.

Algo se desató dentro de Annie en ese instante y sus poderes parecieron actuar por cuenta propia.

Chorros de magia brotaron de sus dedos hacia Glory.

Chispas llameantes estallaron por todo el claro, frenéticas, mientras la magia de Annie y Maeve, de Glory y Romily, rebotaba contra los árboles una y otra vez y caía por todas partes en una lluvia resplandeciente.

Vio a Maeve caer al suelo, golpeada por la magia desde todos los frentes, con su pequeño cuerpo encogido sobre sí mismo al pie del tronco del árbol, mientras su cabello oscuro le caía sobre el rostro y se lo ocultaba.

Vio a Romily tambalearse, con un tajo rojo que le cruzaba la frente y rasguños en carne viva por todos los brazos, sacudida por completo por la decisión cruel e instintiva de su propia madre.

Sin embargo, se las arregló para lanzar un ataque contra Annie antes de ponerse a cubierto, en un esfuerzo por protegerse donde Glory había fallado.

La magia volaba mientras el ataque y la defensa se entrelazaban.

Vio a Karma entrar en acción de un salto; se lanzó desde el corro de brujas directa a la cabeza de Harmony para romper su concentración y anular el ataque mágico que dirigía contra Annie. Harmony salió despedida, solo pudo dar tumbos a ciegas y soltar un alarido.

Vio al padre de Harmony gritar y a los Emisarios vacilar.

Se cruzaron miradas furiosas y desconcertadas, sin saber qué hacer a continuación y reacios a ir en contra de las estrictas órdenes que, sin duda, les había dado Glory.

En esa duda se hacía evidente que, después de todo, pensaban quedarse con Maeve para su propio beneficio; quizá reconocían su valor tanto como Annie, pero de una forma muy distinta.

Al menos, por el momento, estaban ocupados; alzaban los brazos para protegerse de la lluvia de hechizos que rebotaban en todas direcciones mientras intentaban encontrar la manera de centrarse en su objetivo sin alcanzar a los suyos.

Sin importarle ya el incentivo de los amuletos protectores, las ayudas sobrenaturales y todas las promesas de quedarse donde debía, Annie salió disparada del círculo. Nada más importaba. Tenía que llegar hasta Maeve.

En cuanto salió del corro de brujas, unas cuerdas de magia, gruesas y asfixiantes, se enroscaron en torno a sus muñecas con un latigazo punzante y le tiraron de los brazos hacia atrás con fuerza. La sorpresa la pilló desprevenida. ¿De dónde habían salido aquellas extrañas ataduras?

Mientras apartaba a manotazos las ráfagas de magia que volaban por el aire, Glory se acercó a Annie con una mirada fija y siniestra, y una sonrisa que rozaba la locura.

—Tú no eres así, Annie —le siseó, y un escalofrío le recorrió la espalda.

Su voz era distinta… o quizá Annie la oía por primera vez tal como era: cruel, implacable.

Forcejeó para soltarse, decidida a sacar a Maeve de aquella locura, pero las ataduras la mantenían inmóvil.

Los ojos de Glory se entrecerraron al darse cuenta de que, esa vez, Annie no iba a doblegarse a su antojo—.

Después de todo lo que he hecho por ti —dijo con un deje de incredulidad, como si no terminara de asumir que había perdido el control sobre ella.

Alzó la mano y Annie cerró los ojos con fuerza, preparada para sentir el dolor.

Pero se tensó al notar que, en lugar de herirla, aquella mano le acunaba el rostro—.

Te conozco, cielo. ¿Qué te ha pasado? —añadió Glory.

Sus palabras, suaves y casi maternales, chocaban de lleno con el caos que se desarrollaba a sus espaldas.

Lo único que Annie alcanzaba a sentir era la necesidad desesperada de llegar hasta su niña, hasta Maeve; un sentimiento arrollador por el que estaba dispuesta a darlo todo.

Incluso su propia vida, si hacía falta. Supuso que así debía de sentirse una conexión de alma pura con alguien que no fuera su familiar; una amistad, amor o sentimiento de familia genuinos, algo que había surgido de forma inesperada en su vida, como un brote de primavera olvidado y resuelto a sobrevivir a cualquier helada, a cualquier cosa, entregado por completo a su objetivo de seguir adelante.

Un tipo de amor que era incomparable. Annie no tenía intención de dejar que ese amor desapareciera de ese mundo ni de ningún otro.

—Tu lugar está con nosotras, Annie —afirmó Glory, mientras su sonrisa se desvanecía—. Nada puede cambiar eso.

Se produjo un leve estremecimiento entre la densidad de los árboles, un escalofrío que recorrió la espalda de Annie. Lo supo antes de que las ramas se apartaran, antes de verlo irrumpir a toda velocidad en el claro.

Annie sonrió.

—Ella ya lo ha hecho. Y él también.