Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 29. El error
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Capítulo 29. El error

EL ERROR

U n torbellino de niebla espesa y gris se abrió paso entre los árboles, y Annie supo que aquel viento repentino, que se filtraba entre los árboles en penachos de humo, no era lo que parecía.

Era una niebla enfermiza y antinatural que se extendió y se desplegó para enroscarse en los troncos y levantar montones de hojas caídas.

Mientras el rastro de la niebla las rodeaba, Annie se aferró a Maeve y tiró de la niña hacia atrás al rozar el borde del corro de brujas, aunque sin llegar a cruzarlo nunca.

Annie sabía que los Emisarios encontrarían un resquicio en sus hechizos de protección.

Glory le había prometido que tenían métodos para dar con quien hiciera falta.

Pero Annie no esperaba un truco tan antinatural e inquietante.

Los encantamientos de Hal y los suyos podrían haber prohibido el teletransporte, pero la Sortiedad se había transportado hasta allí por otros medios: una magia elemental retorcida a su antojo que los envolvía en los vientos mismos de la noche de Halloween.

A medida que los zarcillos tormentosos de bruma comenzaban a disiparse, se revelaron varias figuras de entre las sombras.

Eran nueve —contó Annie con rapidez mientras ella y Maeve daban media vuelta— intrusos no deseados los que rodeaban el corro de brujas en un estallido de magia centelleante.

Mage se irguió sobre sus patas traseras y resopló furioso.

Annie reconoció a todos y cada uno de los miembros de la comunidad mágica que tenían la misión de asegurarse de que Maeve dejara de ser la amenaza extraordinaria que creían que era.

Justo delante de ellas estaba Glory Whitlock en persona.

Y… a Annie se le cayó el alma a los pies al ver a Romily.

Otra traición impensable por parte de la chica que una vez había considerado una gran amiga, una patada en el estómago tan incomprensible que Annie sintió cómo se incendiaba de rabia.

Como si no le hubiera causado ya suficiente dolor.

La fuerza de la magia de las Whitlock, al irrumpir de forma tan brusca, resultaba abrumadora para los sentidos, como inhalar una y otra vez un perfume demasiado intenso. A Annie le dolía la cabeza y notó que Maeve vacilaba a su lado, pero no iba a dejarse intimidar. No volvería a ceder ante ellos.

A la izquierda de las Whitlock, Vivienne y Harmony, agarradas del brazo, discutían incluso en pleno hechizo.

Vivienne intentaba zafarse de su amiga como si fuera una especie de pulpo pegajoso adherido a su chaqueta de piel.

Harmony vio a Annie y la saludó con alegría con la mano, antes de que Vivienne la empujara para recordarle que, en efecto, estaban en bandos opuestos.

El resto de los Emisarios de las familias principales, incluidos los padres de Vivienne y Harmony, salieron de las sombras a la luz de la luna. Estaban rodeadas.

Annie dio un paso a un lado, con decisión, y se colocó delante de Maeve, para interponerse como una barrera, mientras cuadraba los hombros.

Era hora de interpretar otro papel: el de una bruja a la que gente como aquella no lograría intimidar ni doblegar.

Por dentro no sentía más que miedo, pero si algo había aprendido de Maeve era a mantenerlo bien oculto.

—Vaya grupito estáis hechos. Os ha costado lo vuestro encontrarnos. Podríais parecer un poco más contentos ahora que por fin habéis llegado. ¿Qué pasa, que en la vieja Sortiedad había un dos por uno en palos metidos por el culo?

—¡Maeve! —siseó Annie.

Maeve, como era de esperar, se empeñaba en lanzar el primer golpe antes de que nadie pudiera frenarla.

La bruja mayor tiró de la chica para ponerla detrás de ella, con un fugaz recuerdo de aquella noche en la Cabaña Arden, cuando Hal apareció y ambas adoptaron la misma postura. ¿Dónde demonios estaba el hombre?

—No, Annie. —Maeve se abrió paso de nuevo hasta el frente del corro de brujas—. Déjame hablar con ellos. Al fin y al cabo, se han tomado muchas molestias para pasar un rato conmigo. —Su tono era burlón.

—Desde luego, es tan encantadora como cabría esperar —dijo Glory, con el rostro tan tenso y afilado como la punta de un puñal.

Annie podía sentir la rabia incandescente que hervía en la Emisaria Suprema ante la mera visión y el sonido de la chica que, sin quererlo, suponía una amenaza para su existencia—.

Apártate, Annie. Haz lo que se te ordena.

Annie tragó saliva y se echó el pelo hacia atrás.

—Annie, de verdad —intervino Vivienne, con tono de estar harta de todo aquello—.

Esto no está a tu altura, cielo. No está a la altura de ninguna de nosotras.

¿Por qué tengo que desperdiciar mi noche de Halloween en arrastrarme por la mugre para venir a recoger a una mocosa muerta de hambre llena de granos que no sabría distinguir una dedalera de unas huevas de rana?

—Claro que lo sé —replicó Maeve—. Las huevas de rana son las que se parecen a tu cara.

—Muy bien, ya es suficiente —cortó Annie mientras Maeve daba un respingo hacia delante, como si estuviera a punto de salir del corro de brujas. Harmony estiró un brazo para impedir que Vivienne se abalanzara sobre la adolescente.

—Tiene razón, Annie —dijo Harmony en tono de súplica—. Danos a la dichosa chica, ¿quieres? Y así todos podremos irnos a casa. Esto es aburridísimo y voy a perderme el especial de Bahía Hechizada por tu culpa. No me he saltado ni un episodio y…

—Callaos las dos ahora mismo, antes de que me muera de vergüenza ajena por vuestra culpa.

Por fin habló Romily, mientras daba un paso lento y medido hacia el corro de brujas. La tensión se palpaba en el aire, a punto de romperse ante la primera descarga de magia que alguien se atreviera a lanzar.

—Ninguna de nosotras quiere que esto acabe así —aseguró, con las manos entrelazadas con cuidado a la espalda—.

Pero la realidad es, Annie, que a tu amiguita se la ha identificado como un error importante y desafortunado en el sistema mágico.

—Sonrió mientras avanzaba, con una combinación aterradora de elegancia y violencia contenida—.

Y a nadie le gustan los errores, ¿verdad?

Annie se obligó a responder con calma, aunque sentía que las chispas bajo su piel se fragmentaban en armas diminutas. Aquellas emociones tan nuevas, crudas y reales seguían siendo difíciles de mantener bajo control.

—A mí sí. —Le temblaban los puños al responder—. Me gusta mucho este error. De hecho, adoro este error.

Maeve le tomó la mano y se la apretó con fuerza.

Romily puso los ojos en blanco.

—Oh, ¿de verdad? —Le dedicó una sonrisa de lástima, con la cabeza ladeada—.

¿Tanto como querías a tu antigua vida? Vamos, Annie.

Sabes tan bien como yo que nada va a cambiar, aunque te lances sobre la bomba.

La Sortiedad no permite errores como este.

¿Qué pretendes hacer? ¿Derribar todo el sistema?

Así es como funcionan las cosas —dijo con énfasis, y soltó una carcajada mientras se encogía de hombros.

—No tiene por qué ser así —replicó Annie, aunque hasta ella tuvo que admitir que su declaración sonaba incierta.

—No seas ridícula. Es mejor para todo el mundo si este problema, por así decirlo … desaparece del mapa. Nos encargaremos de que reciba el trato adecuado. Será como si nada de esto hubiera pasado. Piensa en lo bonita que podría volver a ser tu vida.

Romily se había acercado despacio mientras hablaba y extendió el brazo hacia Annie, a la vez que jugueteaba con un rizo rubio que se había escapado de su trenza.

—Y, solo entre tú y yo, sobre todo ese asunto de haberte «dejado atrás»: sabes que nunca permitiría que eso pasara. Valoro nuestra amistad. Siempre has sido mi favorita.

—Oh, por favor —murmuró Maeve.

—¿No lo echas de menos, Annie? —dijo Romily, con los ojos brillantes—. Nosotras, inseparables, tal como debía ser. Formar parte de algo especial. Tu hermosa y encantadora vida. ¿No echas de menos ser perfecta?

Annie tragó saliva, con los párpados temblorosos.

En cierto modo, sí. Lo echaba todo de menos.

A Celeste y aquellos pasteles como almohadas de oro hilado.

Su casa inmaculada, con cada cosa siempre en el sitio exacto donde la había dejado.

Sus horas en la Casa Hécate, refugiada en la biblioteca, en las que se esforzaba por superarse para enorgullecerlos a todos.

Todo encajaba con facilidad cuando hacía lo que se esperaba de ella.

No había enfrentamientos, ni sentimientos incómodos o difíciles, ni baches en el camino.

Y sí, en cierto modo, Annie echaba de menos ser perfecta.

Como si pudiera ver cómo los pensamientos de Annie se deslizaban hacia el pasado, atraídos por su abrazo teñido de rosa, Romily aprovechó su oportunidad.

Se abalanzó sobre Maeve y le tiró del pelo sin piedad; consiguió sacarla del corro de brujas con manos ansiosas, y retrocedió a trompicones hasta chocar con Glory, sin soltarla en ningún momento.

Con una carcajada de pura malicia, Glory lanzó un rayo de magia al pecho de Maeve y la hizo salir despedida hacia atrás, contra el árbol que tenían a sus espaldas.

La adolescente se estrelló contra el tronco con un golpe seco que dejó a Annie con un vacío en el pecho.

Se estremeció por el dolor, pero su expresión se transformó enseguida en un gesto feroz al darse cuenta de que estaba atrapada.

Las gruesas raíces del árbol se habían enroscado alrededor de sus tobillos, mientras las ramas se anudaban en torno a sus muñecas.

—¡No salgas del círculo, Annie! —logró gritar a duras penas, con la voz tensa por el esfuerzo, mientras Glory echaba la palma de la mano hacia atrás y tensaba las raíces todavía más en torno al cuerpo de la chica.

El árbol pareció gemir, reacio a aquel cruel y antinatural aprisionamiento en el que lo estaban obligando a participar; un crujido profundo y chirriante que hizo vibrar el suelo del bosque.