Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 28. Caos y desenfreno #3
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Capítulo 28. Caos y desenfreno #3

Con respiraciones profundas al unísono, un leve ajuste de gafas por parte de Maeve y un decidido movimiento de pelo de Annie, dieron un primer paso juntas y luego otro, hasta reunirse con Karma en el corro de brujas.

De pronto, una ráfaga de viento furiosa surgió de la nada y enredó su cabello en un frenético latigazo.

Luego cesó de golpe, como si el bosque hubiera juzgado su valentía y suspirara aliviado.

Un brillo tenue e iridiscente brotó de la punta de sus dedos y se extendió por sus brazos antes de recorrerles los hombros y la espalda.

Una magia protectora, sutil pero poderosa, se había activado, cortesía de la Cabaña Arden.

El tiempo transcurría, pero seguía sin haber señales de Hal.

Annie había esperado que Mage regresara al galope a la cabaña en cuanto las dejara a salvo en el círculo, pero el caballo se colocó tras ellas, dio marcha atrás hacia los árboles para poder vigilar el claro.

Hal debía de haberle ordenado a su familiar que permaneciera cerca.

Maeve sufrió un escalofrío; una oleada de piel de gallina erizó los centímetros desnudos de su cuello.

Annie sintió cómo se le erizaban los hombros también.

Estaba a punto de lanzarle una pulla a la chica por no haberse puesto otro jersey, tal como le había indicado…

, pero entonces el viento trajo un aroma dulce a tofe, con una rica combinación terrosa, como brasas y manzanas, tan familiar y otoñal que Annie tardó un momento en darse cuenta de que impregnaba todo el aire.

Su lengua se inundó de un sabor a juego: ácido y metálico, con el rastro más leve y dulce de sangre animal.

Maeve empezó a toquetearse la piel alrededor de las uñas y a rascarse las yemas de los dedos de forma distraída, como si le picaran.

—¿Oyes algo? —preguntó Annie, paralizada en el sitio justo cuando Maeve se tensó. Se oyó un crujido seco y quebradizo sobre la alfombra de hojas muertas, procedente de algún punto no muy profundo del bosque. Un murmullo de voces.

—Algo perverso se acerca —murmuró Maeve con una sonrisa pícara.

Annie levantó la mano de conjuración en posición defensiva y se esforzó por aguzar el oído, para adivinar al menos la dirección por la que podrían aparecer.

Pero los susurros, cada vez más fuertes, llegaban desde todas partes.

Como si cayeran del cielo, brotaran de la tierra bajo sus pies o acecharan en los confines del universo.

Estaban usando su magia para cazar a Maeve, y solo era cuestión de segundos antes de que supieran hacia dónde dirigir sus velas.

No tenían mucho tiempo. Annie sabía que debía aprovechar aquel momento, y Maeve también.

Se giró hacia la chica y la sujetó con firmeza por los hombros.

—Antes de que todo esto se convierta por completo en caos y desenfreno… —empezó Annie.

—Mis dos cosas favoritas. —Los ojos de Maeve brillaban de emoción tras las gafas. Las voces se volvían cada vez más fuertes, más agitadas. Annie podía percibir su furiosa desesperación. Estaban ansiosas por jugar su as, ansiosas por llegar. Las habían encontrado.

—Necesito que sepas que conocerte ha sido la mayor felicidad de mi vida, Maeve.

He dado gracias a mis estrellas de la suerte cada noche desde que nos encontramos.

Me has enseñado mucho sobre cómo vivir con autenticidad.

Sobre la alegría. Sobre la vida. Sobre mí misma. Sobre cuál es el sentido de todo.

—Casi nada, ¿no? —respondió Maeve.

—Y sé que piensas que soy intensa, una loca y un caso perdido —continuó Annie—.

Y tienes razón: yo sería, desde luego, la primera en morir en una película de terror.

Así que, por si acaso nos encontramos en esa situación esta noche, necesito que sepas lo especial que eres, que puedes comerte el mundo.

Necesito asegurarme de que lo escuches, porque eso es algo que yo nunca llegué a oír.

Maeve, eres capaz de brillar más que todas las estrellas del cielo. No lo olvides nunca, ¿vale?

Maeve se mordió el labio inferior.

—¿Vale? —repitió Annie, con un suave apretón en los hombros de Maeve.

—Vale —asintió la adolescente, con una seriedad poco habitual. Abrió la boca para, como siempre, soltar alguna respuesta afilada como una daga, pero, en su lugar, murmuró—: Gracias por cuidar de mí.

Annie alargó el brazo para recolocarle el pelo con un gesto tranquilizador.

—Nos hemos cuidado la una a la otra.

Maeve puso las manos sobre los hombros de Annie para imitar su postura y devolverle el apretón.

—Y, Annie, no vamos a morir esta noche, que lo sepas. —Le brillaron los ojos—. No saben con quién se están metiendo.

Se sonrieron la una a la otra, muestra de una camaradería que, sin darse cuenta, se había enraizado a mayor profundidad que los robles.

Pasara lo que pasara, fueran cuales fueran las cartas del tarot que una fuerza superior hubiera puesto sobre la mesa, o los poderes sobrenaturales que estaban a punto de estallar y desgarrar la atmósfera en la noche de Halloween, Annie había aprendido que algunas cosas eran inquebrantables. Iba a proteger a esa chica.