Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 28. Caos y desenfreno #2
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Capítulo 28. Caos y desenfreno #2

—Que sí, ya la tengo puesta. Me pica el cuello por esta maldita cosa y se me engancha con los cordones de las botas, pero está puesta. ¿No podía Selcouth haber elegido algo un poco más estilizado y aerodinámico que este terciopelo tan voluminoso?

—Te gustaría que el uniforme del aquelarre fuera de licra celestial ceñida, ¿eh?

Sus pullas se detuvieron cuando escucharon a Hal silbar desde fuera.

A toda prisa, Annie vertió un cazo lleno de la poción curativa en un frasco, y Maeve la empujó hacia el porche; dio un portazo tras ellas y echó a correr hacia Hal y Mage.

El caballo se levantó sobre sus patas traseras, soltó un relincho fuerte y orgulloso, y sacudió la crin al aterrizar.

—Están cerca. Mage también puede sentirlo —dijo Hal con naturalidad mientras bajaba del lomo del caballo para ajustar la silla y las riendas.

—¿Cómo nos han encontrado? —jadeó Annie, que corría a ayudarle.

—Creo que hemos lanzado suficiente magia protectora al aire como para alertar a cualquiera bajo influencia mágica en todo el Reino Unido sobre nuestro paradero aproximado. El lado positivo es que ayudará al aquelarre a percibir lo que sea que esté a punto de ocurrir.

—Pero ellos no serán los primeros en encontrarnos —dijo Maeve con aire sombrío.

—Mage, el teletransporte está fuera de juego, así que tú te encargas de mis chicas.

—Hal acarició con suavidad el hocico aterciopelado del caballo.

Maeve no perdió tiempo; con un brillo en los ojos, agarró el pomo de la silla, metió un pie en el estribo y se impulsó hacia arriba.

Hal le lanzó una manzana roja que ella atrapó y ofreció a Mage como agradecimiento.

—Pero ¿qué pasa contigo? No cabemos todos sobre Mage. —Annie se había dado cuenta de que la logística no cuadraba—. ¿Podrás seguirnos el ritmo?

—Nos vemos allí. Me topé con el corro de brujas una vez; me mostrará el camino de nuevo —afirmó Hal con determinación, pero Annie, que conocía su rostro lo suficiente, percibió cómo su ceño se fruncía un ápice, casi imperceptible, lo que revelaba su poca convicción—.

Tengo la suerte de que este bosque me quiera y, por extensión, eso significa que a vosotras también.

Os mantendrá a salvo hasta que yo llegue.

—No voy a dejarte atrás.

—Sí que lo harás. A esta gente no le importa alguien como yo. Estaré bien.

—Hal…

—Por favor, nada de besos —refunfuñó Maeve desde arriba.

Annie no estaba del todo segura de cómo logró mover su cuerpo para alejarse de él, pero su lugar estaba al lado de Maeve.

Sintió las manos ásperas de Hal rodearle la cintura y darle un apretón antes de impulsarla hacia arriba para colocarla detrás de la chica.

Con una última y larga mirada a ambas, Hal dio una palmada firme en la pata trasera de su querido familiar.

—¡Vamos, chico! —animó—. Ya sabes qué hacer.

—¿Estás bien ahí atrás? —gritó Maeve, que sujetaba las riendas con todas sus fuerzas. Annie apenas alcanzaba a ver las puntas de las orejas de Karma; el pelaje blanco asomaba por la solapa del bolso de Maeve mientras la gata se acurrucaba en el fondo.

Bajo la luz de la luna, Mage surcaba el prado como un rayo de bronce; la capa rosa de Annie ondeaba tras sus hombros.

Ella miró hacia atrás justo a tiempo para ver cómo la silueta de la cabaña y la tenue sombra de Hal desaparecían de su vista.

Tenía que confiar en que él estaría bien y rendirse a lo que fuera que acabara sucediendo.

No podía arreglarlo todo ella sola; todos tenían un papel que desempeñar.

—¡No, no estoy nada bien! ¡No creo que vuelva a poder peinarme nunca! ¿Y tú? —respondió Annie a gritos, a duras penas contra el viento cortante. Como respuesta, Maeve soltó una carcajada desenfrenada y cargada de alegría.

—Esta es la mejor noche de mi vida. Ya sabes, salvo por la muerte inminente que pende sobre nosotras. La verdad es que prefiero ignorar esa parte. Me lo estoy pasando de miedo.

Annie, a su pesar, se sorprendió a sí misma al soltar una carcajada.

Una risa grande y sonora que se enganchó al viento y las envolvió como un superpoder; sus risas se unieron, como siempre, en algo más grande, mejor y más fuerte.

La reacción eufórica de Maeve era una locura, dadas las circunstancias, pero tenía sentido que se sintiera aún más intocable de lo habitual.

Había mucha magia flotando en el aire en la noche de Halloween, y Maeve tenía un historial probado de atraer esa energía como la marea hacia la orilla.

Eso la fortalecía, la hacía creer en sí misma. Su entusiasmo encantado era contagioso.

—¡Eres un bicho raro! —gritó Annie para hacerse oír.

—¡Pensaba que ya habíamos quedado en que las dos lo somos! —le respondió Maeve, con otro chillido—. ¡Juntas!

Lanzó un grito de alegría a pleno pulmón y Annie no pudo evitar sonreír ante lo absurdo de todo aquello. Esa chica era la persona más valiente que había conocido.

Por fin, tras atravesar lo que parecía toda la extensión de los bosques británicos, Mage redujo el paso a un trote firme pero alerta.

Levantaba los cascos con cautela entre las hojas para guiar a Maeve y Annie hasta el mismo claro con el que se habían tropezado semanas atrás.

Al detectar el mismo aroma de magia concentrada que atraía al caballo, la cabecita peluda de Karma asomó por el hueco del bolso de Maeve y lanzó un maullido curioso de reconocimiento.

Lo habían encontrado. Bueno, lo había encontrado Mage.

Annie conjuró otra manzana roja en la palma de la mano para que él la devorara como recompensa.

Las setas formaban un arco perfecto, intacto, sin que nadie lo hubiera tocado, con manchas de color rojo granate y blanco lechoso que le recordaron a Annie, en un instante que le encogió el corazón, a la mermelada con nata y a Celeste.

Si pudiera volver a aquel día en que Morena la había convocado allí de forma tan inesperada, se preguntó si habría aceptado con la misma facilidad de haber sabido entonces lo que sabía ahora.

Lo habría hecho en cualquier universo. Aquello la había llevado donde debía estar.

Con los pies firmes de nuevo en el suelo, Maeve miró a Annie con incertidumbre.

—La última vez que estuvimos aquí, la regla de oro era no entrar. ¿No dijiste algo sobre unos bailes tan chungos que te mueres?

—En realidad, se trata más bien de bailar por toda la eternidad, incluso después de morir…, un destino bastante solitario y trágico —dijo Annie con ligereza.

—Fantástico —murmuró Maeve, con una mueca.

—Solo… muévete despacio. Hal conoce cada palmo de la Cabaña Arden y a todas las criaturas que lo habitan. Espíritus como estos son los guardianes del bosque, y está convencido de que querrán ayudarlo… y a nosotras por extensión, igual que hicieron con Karma.

Al oír su nombre, Karma saltó con elegancia del bolso de Maeve y aterrizó con las patas delanteras justo dentro del círculo.

Annie y Maeve soltaron un jadeo al unísono, sin saber qué podría desencadenar esa vez, pero la gata se limitó a sacudirse el pelaje, con el tintineo de su cascabel, y enseguida empezó a juguetear con una bellota.

—No deberíamos quedarnos aquí desprotegidas; llegarán en cualquier momento. Déjame ir primero —dijo Annie en voz baja, con una mano apoyada en el hombro de Maeve para retenerla.

—Entramos juntas —replicó Maeve, firme—. Si te da por bailar el merengue de la muerte, yo pruebo con un charlestón, ¿vale? A la de tres.