Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 28. Caos y desenfreno
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Capítulo 28. Caos y desenfreno

CAOS Y DESENFRENO

L a silla de Hal chirrió contra el suelo de madera cuando se levantó de un salto. Se echó el pelo hacia atrás y empezó a recorrer la habitación de un lado a otro, sumido en sus pensamientos mientras hacía lo que mejor sabía: trazar un plan pragmático para cuidarlas lo máximo posible.

—Maeve, quédate en tu cuarto —gritó por encima del hombro mientras empezaba a recoger el abrigo y las botas.

—¿Qué? —gritó Maeve—. Acabo de dirigir con éxito una sesión de espiritismo, por si no os habíais dado cuenta. La Sortiedad viene a por mí porque mi magia es muy poderosa. ¿No habéis oído que soy la legítima heredera? ¡Creo que eso me da derecho a participar en la acción!

—Maeve, no voy a dejar que te acerques ni a cien millones de kilómetros de ninguna acción —la interrumpió Annie, a la vez que lanzaba un rápido hechizo por la habitación como si fuera un lazo para hacer desaparecer el montaje de la sesión de espiritismo y dejar la cabaña como estaba.

—Exacto —añadió Hal, sin dejar de caminar—. El único privilegio que vas a tener hoy es el de irte pronto a la cama en una habitación cerrada con llave. Luego ya veremos eso de la legítima heredera. Puede que ni siquiera tengas «aire legítimo» que respirar si la Sortiedad se sale con la suya.

Maeve soltó un bufido de incredulidad.

—Y yo que pensaba que ibais a ser unos padres enrollados. ¿Queréis pasar derechitos a la parte en la que me encerráis en una torre de marfil para que pueda lanzar mi trenza por la ventana y que un príncipe azul trepe por ella? Así nos ahorraríamos un poco de tiempo.

—Ahora que lo mencionas, lo de la torre no es mala idea —farfulló Hal—. Aunque ningún príncipe, guapo o feo, se acercará a ti hasta que tengas por lo menos cincuenta años.

—Si todos nos pudiéramos calmar un segundo —gritó Annie a pleno pulmón, por encima de sus discusiones—, entonces quizá seríamos capaces de escucharnos, pensar y trazar un plan que no implique el encarcelamiento ilegal de Maeve ni que mi sistema nervioso colapse.

Los tres se detuvieron, con el pecho subiendo y bajando al unísono.

—Mirad —expuso Annie con voz suave—. Yo arreglo cosas. Es lo que hago y lo que siempre he hecho. Esto no es diferente. De acuerdo, la escala es un poco mayor de lo que estoy acostumbrada, pero…

—Y yo cuido de la gente, la protejo. Eso es lo que hago yo —repuso Hal—. De acuerdo, suelen ser animales, pero…

—Y yo tengo poderes extraordinarios, de esos que no se han visto entre el gentío de la gente mágica en siglos. De acuerdo, quizá tenga incluso más talento y sea más inigualable de lo que cualquiera de nosotros podría asimilar, pero…

—Maeve —dijo Annie con una mirada de advertencia.

—Es broma, es broma —bufó Maeve—. Lo que quiero decir es que somos como una especie de «triple amenaza», ¿no?

Arreglos, protección, habilidad… ¿Qué sociedad secreta y estúpida podría con nosotros?

Con toda honestidad, todo su rollo me parece un poco ridículo de todas formas.

Vamos, relajaos y disfrutad un poco, ¿vale?

Annie se frotó las manos, satisfecha con el tono optimista.

—Me gusta —afirmó—. Menos pánico y más planificación. Centrémonos en lo que tenemos a nuestro favor y saquemos partido a nuestros puntos fuertes. ¿Alguien tiene alguna sugerencia útil sobre por dónde empezar a protegernos de… bueno, de lo que sea que esté por venir?

Podía oír la desesperación en su propia voz, a pesar de que hacía todo lo posible por mantener la cordura. Miró a Hal, que fruncía el ceño, absorto en sus pensamientos. Maeve simplemente se encogió de hombros.

—No me miréis a mí. Soy la cría. Estoy aquí principalmente para soltar comentarios ingeniosos.

—Empezaremos por asegurar la cabaña y el prado, para que no puedan pillarnos por sorpresa —propuso Hal al fin, con voz decidida—.

Annie, tú y yo podemos trabajar en reforzar los encantamientos de protección que puse por todas partes.

Han pasado unas semanas; necesitarán un refuerzo. Podemos volver a tejerlos de nuevo.

—Y mientras vosotros dos levantáis el puente levadizo, yo haré lo que mejor se me da y me sumergiré en los libros —dijo Maeve, mientras se dirigía a las estanterías para deslizar los dedos por los lomos y sacar los que le llamaban la atención—.

Cualquier cosa sobre protección, talismanes o amuletos de la suerte podría sernos útil ahora mismo.

Hal le lanzó el abrigo más gordo a Annie.

Salieron apresurados al prado, envuelto en la oscuridad total, y se quedaron uno al lado del otro; los tonos naranjas oxidados del bosque estaban dormidos y ocultos bajo el manto de la noche.

La pareja compartió una mirada tímida y Hal asintió, para indicarle a Annie que comenzara primero.

Ella se echó el pelo hacia atrás y cerró los ojos, para concentrarse con tal agudeza que su atención podría atravesar el ojo más fino de una aguja.

«Mantén a Maeve a salvo. Mantenla a salvo.

Protégela». Esa motivación bastó para que sintiera sus poderes encenderse; hervían con una ferocidad que no podía contener.

Chispas de rosa intenso brotaron de sus dedos en ráfagas y se entrelazaron en nudos intrincados frente a ella, como muros de cota de malla.

Hal levantó los brazos de la misma manera para imitar su hechizo.

—No tienes por qué hacer esto, ¿sabes? No nos debes nada —dijo Annie en voz baja a Hal, sin apartar la mirada de la magia mientras trabajaba.

Una explosión de chispas rosas y bronce estalló cuando sus encantamientos protectores se entrelazaron.

Por el rabillo del ojo, vio cómo él negaba con la cabeza con incredulidad.

—Pensé que ya lo sabrías. Me importa Maeve más de lo que jamás me he importado a mí mismo.

Y tú, Annie…, tú eres mi prioridad, y lo has sido desde que las dos intentasteis dejarme fuera de combate en mitad de la noche, en mi propia casa.

En el momento en que os vi a las dos en aquel salón, fue como si supiera que debíais estar allí.

—Tragó saliva, como para armarse de valor—.

Esta magia… es algo extraño, pero suele acertar en estas cosas.

Siguieron el curso del arroyo al moverse por el perímetro de la cabaña, y pronto un intrincado enredo de magia había amurallado la Cabaña Arden, para envolver la casa, el prado y el bosque circundante en un abrazo vigilante.

La protección bloquearía cualquier hechizo de teletransporte hacia la zona, lo que les haría ganar tiempo.

Annie sintió cómo sus hombros se relajaban de alivio al comprobar que habían avanzado, al haber logrado cualquier tipo de progreso, y esa sensación creció cuando una mano áspera se deslizó en la suya. Hal se aclaró la garganta.

—¿Crees que aguantará? —preguntó con incertidumbre.

—Por ahora —afirmó ella—, pero no es suficiente solo con nosotros dos. Los Cinders, los Morningstars, los Whitlocks… nunca has visto tanta magia junta.

—Tenemos que alertar al aquelarre —respondió Hal con calma y un lento asentimiento.

Una extraña serenidad se había instalado en la escena ahora que la magia protectora estaba en marcha.

Uno al lado del otro, frente al bosque, observaron los árboles oscuros como la tinta, salpicados por los destellos de su hechizo, como si cada uno estuviera decorado con luces luminosas.

Annie asintió también. Lo había aceptado.

—Lo sé.

Eso significaría desvelar otro secreto más, uno tan enorme y crudo que la vida nunca volvería a ser la misma.

Significaría alertar a Selcouth sobre la existencia de la Sortiedad, lo que complicaría el sistema mágico de formas que no se habían visto en siglos.

Pero nada de eso importaba de verdad. Todo se reducía a Maeve.

—Enviaré un mensaje de inmediato. —Hal se giró hacia ella y le acarició con suavidad el rostro—. Al fin y al cabo, es Halloween. Estarán preparados para cualquier problema.

—Tiene que haber algo más que podamos hacer —murmuró Annie, frustrada.

—Todavía me quedan algunos ases bajo la manga.

Cuando descubrí la Cabaña Arden por primera vez, cuando estaba triste todo el tiempo y decidido a estar solo, una de las cosas que más me atrajo fue la sensación de que este lugar siempre velaba por mí —le contó Hal—.

Este sitio está lleno de seres que pueden ayudarnos; es como el círculo de seguridad personal de Maeve.

Un pensamiento cruzó la mente de Annie con tal brillo que las palabras se le escaparon de la boca. Y, en ese mismo instante, Maeve salió disparada por la puerta de la cabaña y casi pareció que levitaba alrededor del poste del porche para saltar junto a ellos al prado.

—El corro de brujas —dijeron al unísono.

Annie sintió una oleada de alivio al oír el galope de los cascos que se acercaban a la cabaña.

No habían pasado más que unos minutos desde que Hal salió corriendo hacia los establos a buscar a Mage, pero cada minuto sin saber si estaba a salvo le había parecido una eternidad.

Por supuesto, se había negado a dejar sola a Maeve ni un segundo, y había seguido a la pobre chica a todas partes como si fuera su sombra.

—¿Quieres alejarte un poco? Voy a terminar por apestar a magdalena de vainilla si te acercas más —se quejó Maeve, malhumorada, irritada porque hasta ese momento no se le había confiado gran parte de la misión.

—¿Llevas al menos dos jerséis puestos? ¿Y tus botas son cómodas?

¿Puedes correr si hace falta? —Annie se movía de los estantes de la cocina al caldero como un torbellino.

Preparar un último brebaje rápido de poción curativa básica le había parecido un uso sensato del tiempo mientras esperaban el regreso de Hal.

—Sí, sí. Estoy preparada —gruñó Maeve, con todo el cuerpo cargado de tanta energía nerviosa que apenas podía quedarse sentada. Su rodilla subía y bajaba tan rápido que hacía vibrar los tablones del suelo.

—¿Y llevas la capa bien abrochada? Sé que no te gusta llevarla, pero ayudará al aquelarre a encontrarnos. Los instintos serán más fuertes si…