Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 27. Llamada entrante #3
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Capítulo 27. Llamada entrante #3

—Pero hay algo más. La fuerza de esas familias no es natural.

Depende de un ritual secreto, la magia más abominable y retorcida que los líderes de las familias puedan conjurar.

Hechizos capaces de llevar a las brujas y a los hechiceros al borde de la muerte, lo suficiente para difuminar los límites de su propia magia, alterar el equilibrio y confundir su dirección.

Entonces, mientras los lazos con la vida se desvanecen y los vínculos mágicos se debilitan, extraen magia adicional de las reservas del universo.

Su poder crece gracias a sacrificios peligrosos.

—Hay seis de esas familias —añadió Annie, confundida por las revelaciones, pero deseosa de ayudar—. Cada una con un Emisario al mando en la Sortiedad.

—Seis ahora —dijo Enid con cautela—, pero en el pasado eran siete. La familia Cadmus.

Annie se sobresaltó. Hubo un silencio.

—De ahí que mamá esté muerta —entendió Maeve, con un tono de asombro en la voz.

—Nunca, jamás, te habría dejado atrás por voluntad propia, mi niña —continuó Enid—.

Desde hacía tiempo sospechaba que mi padre planeaba llevar el ritual al límite.

Había cambiado, se había vuelto obsesivo con secretos y ausencias inexplicables, obcecado en investigar más para aumentar su poder mágico.

Así que, con la llegada de la luna llena y el simposio de la Sortiedad cada vez más cerca, escondí a Maeve en un lugar seguro, donde sabía que, pasara lo que pasara, nada la alcanzaría.

Annie notó cómo Maeve se tensaba a su lado.

—Había visto la codicia en sus ojos cuando se comparaba con el resto de los Emisarios de la Sortiedad —continuó Enid—.

La magia de nuestra familia siempre fue la más potente por naturaleza; podía dominar a todas las demás si se lo permitieran.

Y mi padre quería más. Nunca sería suficiente, y yo sabía que, tarde o temprano, eso acabaría por condenarnos.

Nos costó la vida a todos: a mi madre, a mis hermanos…

Para algunas personas mágicas, nunca es suficiente.

En sus mentes, siempre merecerán más, aunque ese «más» ponga en peligro la seguridad de su propia familia.

Annie, en medio de la confusión, sabía que eso era cierto por experiencia propia. Su propio padre había hecho lo mismo.

—Por supuesto, los Emisarios nunca podrían revelar lo que le había sucedido a la familia Cadmus.

Jamás podrían confesar que el ritual había ido demasiado lejos en manos de mi padre, por miedo a exponer lo que ellos mismos llevaban a cabo en secreto para mantener un control tan férreo.

Así que borraron nuestra existencia de todos los registros; los Emisarios ejecutaron los hechizos más poderosos de memoria sobre el resto de la Sortiedad para asegurarse de que ningún miembro hiciera preguntas incómodas o se cuestionara adónde habíamos ido.

Las seis familias nos hicieron desaparecer de la historia.

A Annie le escocían los ojos. Aquello explicaba por qué había estado tan ciega ante la verdad, ignorante de los verdaderos y malévolos secretos de la Sortiedad. Pero no era consuelo suficiente por todo lo demás que ella misma había provocado.

Sus peores temores se habían hecho realidad. Todo había acabado salpicando a Maeve por su culpa: los retorcidos vínculos de su familia con la Sortiedad y su propia y patética desesperación por demostrar su valía, por hacer que todo el mundo la necesitara, costara lo que costase.

—Los he guiado directos a ella. Todo es culpa mía.

—No —la reconfortó Enid con voz suave pero firme. Hal y Maeve se hicieron eco de esas palabras.

—Parece que… —Maeve hizo con la mano el gesto de cortarse el cuello— siempre estuvo en los planes, Annie. Si no te hubieran usado a ti para llegar a mí, habrían utilizado a cualquier otro.

—En el momento en el que Glory Whitlock oyó el nombre de Maeve entrelazado con el tuyo, quedó escrito en las estrellas —explicó Enid—.

El regreso de la última superviviente de la familia más poderosa, en un giro perfecto del destino.

Y os han rastreado hasta aquí. Vienen a por mi pequeña. Vienen a por ti, Maeve.

El corazón de Annie dio un vuelco con un golpe fuerte en las costillas, como si quisiera volcar la mesa, agarrar a Maeve con una mano y a Hal con la otra, y salir corriendo.

Sintió un dolor profundo por Enid, un deseo, con toda su magia, de hacer que aquella joven bruja se sintiera mejor por sus decisiones; al fin y al cabo, habían sido las correctas.

Había salvado la vida de su hija. La alternativa era impensable.

En el mundo de Annie, nadie había protegido a su yo más joven.

Nadie se había preocupado lo suficiente como para intervenir y arroparla, para prometerle que todo iría bien o que podía dejar que otros se encargaran de solucionarlo de manera segura.

Pero ella daría un paso al frente para proteger a Maeve.

Sería la bruja que su versión más joven había necesitado con tanta desesperación.

—Ya vienen. Ya vienen.

Annie abrió los ojos de par en par, las lágrimas brotaron mientras la voz de Enid se volvía de repente más frenética. Su tono había cambiado, y su voz sonaba ahogada.

—Te quiero, Maeve. Siempre que me necesites, estaré cerca. —La imagen de Enid parpadeó y se desvaneció en la bruma de la habitación mientras retrocedía hacia la chimenea envuelta en una nube de humo. La conexión se debilitaba—. Annie, Hal, os ruego que la protejáis. Maeve, tienes que huir.