Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 27. Llamada entrante #2
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Capítulo 27. Llamada entrante #2

—Lo sé, cariño. Pero no levantes las manos o romperás el hechizo.

Déjame a mí —la tranquilizó el fantasma con una voz amable y dulce.

La madre de Maeve dio un último paso hacia su hija y rodeó sus hombros con unos brazos fríos y cariñosos.

Maeve cerró los ojos; se entregó a esa sensación de solidez que los fantasmas amados y bienvenidos siempre podían brindar, y dejó escapar un suspiro de alivio inconfundible mientras se le escapaban un par de lágrimas a pesar de sus esfuerzos por contenerlas.

Su madre se inclinó para depositar un beso firme y tierno en su coronilla mientras la estrechaba contra ella—. Estoy muy orgullosa de ti.

—Gracias, mamá.

Annie hizo todo lo posible por controlar el temblor de sus hombros mientras lloraba, desesperada por no arruinarle el momento a Maeve.

Era una mezcla extraña de las emociones más abrumadoras posibles, incluso para sus estándares extremos.

Alegría y deleite por Maeve, que por fin podía contactar con la madre que tanto había anhelado.

Pero también un profundo y marcado torrente de desolación por las circunstancias que habían hecho posible aquel encuentro; porque a una niña tan buena le hubiera tocado vivir una situación tan dura.

La vida era cruel en todos los ámbitos. Y, de manera egoísta, algo por lo que se odió a sí misma, sintió anhelo de tener un padre o una madre que le dijera esas palabras a su hija y las sintiera de verdad, de forma incondicional.

—Annie, ¿estás bien? —preguntó Maeve, lo que la devolvió al presente.

—¡Claro! No te preocupes por mí, ¡son lágrimas de felicidad! —exclamó Annie con una sonrisa radiante mientras se sorbía la nariz.

—Cariño, no queda mucho tiempo —apremió la madre de Maeve, con un tono bastante suave como para no interrumpir, pero con una urgencia que dejaba claro que su visita tenía un propósito que requería atención. Rodeó de nuevo la mesa para situarse frente al trío—. Enid Cadmus —se presentó en voz baja.

—Ellos son… son Annie y Hal —balbuceó Maeve; las palabras se le tropezaron.

—Nunca podré agradeceros lo suficiente por todo lo que habéis hecho por Maeve —dijo Enid, con las manos retorcidas.

Era muy joven; no podía tener más de veinticinco años.

A primera vista, ella y Maeve no se parecían mucho, pero al verlas juntas se apreciaba algo indefinible en sus rostros: las mejillas redondas y pecosas, y esos ojos oscuros y decididos—.

Pero me temo que debo pediros un favor más.

—Lo que sea —aseguró Annie para tranquilizarla—. Haría cualquier cosa por esta niña.

—Los dos lo haríamos —asintió Hal con firmeza.

—Lo sé —respondió Enid con un suave acento del norte, igual que el de Maeve—. Verlo me ha dado mucho consuelo.

—¿Está a salvo? —preguntó Hal con la mirada severa fija en la visitante.

—No lo sé, yo… no lo creo. —Enid negó con la cabeza y levantó los ojos al cielo como si se obligara a sí misma a no llorar. Annie había escuchado muchas veces el sonido de su llanto, pero apenas pudo soportar verlo por primera vez.

—Es la Sortiedad, ¿verdad? —Annie tuvo que preguntarlo. Sintió que Hal giraba la cabeza hacia ella, a su izquierda, pero mantuvo sus ojos fijos con determinación en Enid mientras esperaba la respuesta. El espíritu asintió con lentitud.

—Las noticias vuelan entre los herederos de hechizos —confirmó Enid con tristeza—.

Siempre supe que vendrían a por Maeve, pero nunca imaginé que sería tan pronto, recién despierta su magia.

Pensé que tendríamos más tiempo, que sería mayor, que estaría más preparada para protegerse, para esconderse…

Pero entonces la emparejaron contigo, Annie, y todo se aceleró.

Pude sentir que eras una nigromante hábil y la oportunidad era demasiado grande como para no intentar avisaros a ambas.

—¿Nigromante hábil? ¿Hemos conocido a la misma bruja? —preguntó Maeve, desconcertada—. ¿A qué te refieres? ¿Os conocíais de antes?

—Annie ha escuchado mis lamentos durante muchos muchos años. Mantienes una comunicación nocturna, ¿no es cierto? —preguntó Enid, algo vacilante, como si temiera haberse confundido.

—Sí —confesó Annie en voz baja, y luego negó con la cabeza—. Bueno, no… Al menos, antes lo hacía.

—He sentido que el puente se ha cerrado en los últimos días —dijo Enid con dulzura, con una expresión amable y comprensiva—.

Así que tuve que aprovechar mi última oportunidad de contacto.

He estado velando por Maeve desde que crucé al otro lado y la dejé atrás.

Pero hay un límite para lo que puedo hacer desde el más allá.

Annie tragó saliva con dificultad.

—Vienen a por ella, ¿verdad?

Enid asintió y cerró los ojos como si el dolor fuera demasiado grande para soportarlo.

—Los Emisarios daban por hecho que el linaje Cadmus se había extinguido, que no quedaba nadie para revelar su secreto más oscuro.

Pero el hecho de que el universo os haya unido a Maeve y a ti ha revelado lo contrario.

Saben que Maeve está, de hecho, vivita y coleando…

y que además es poderosa. Saben que es ella; que es la última Cadmus que queda en el mundo.

—¿Podría alguien decirme de qué demonios habláis? —intervino Hal; su voz se había alzado un poco, con un deje de nerviosismo.

—Yo también lo quiero saber. Vuestras palabras parecen acertijos. ¿A qué os referís? —dijo Maeve, exasperada.

—¿Quieres explicarlo tú? —le preguntó Enid a Annie con suavidad. Annie tomó aire; sabía que, en cuanto empezara, la verdad saldría a borbotones.

—Hay muchas cosas que aún tengo que contaros para que todo encaje, lo prometo.

Pero Enid y yo… nos conocemos. Hemos hablado antes.

Varias veces, de hecho. —Se volvió hacia ella y encontró en su mirada un gesto cómplice y alentador—.

Y parece que hay un vínculo entre Maeve y cierta élite mágica clandestina, lo cual es… poco afortunado y…

—¿Élite mágica clandestina? —tartamudeó Hal, a la vez que apretaba con más fuerza la mano de Annie.

—Espabila, vaquero —dijo Maeve con los ojos en blanco.

—Exacto, una élite mágica clandestina —continuó Annie—.

De la que mi familia también formó parte en su momento, hasta que mi padre lo arruinó todo.

Aunque esa historia mejor la dejamos para otro momento.

—Annie se llevó la mano a la frente por un instante, pero la devolvió de inmediato al círculo cuando el contorno de Enid titiló al romperse el contacto—.

Enid, tendrás que contar tú el resto de la historia.

—Por supuesto —El fantasma centró su atención en Maeve—.

Amor mío, la Sortiedad ha existido en secreto durante muchos siglos, con ciertas familias al mando; aquellas con los legados mágicos más antiguos y, por tanto, más poderosos.

Entre todas ellas, acumulan una cantidad desorbitada de magia del universo, y su estatus se mantiene gracias a la naturaleza engañosa de su club.

Acaparan magia, la arrebatan y nunca la comparten.

Maeve parpadeó y luego frunció el ceño.

—Vale…