Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 27. Llamada entrante
85%

Capítulo 27. Llamada entrante

LLAMADA ENTRANTE

H al había movido la mesa del comedor al centro de la cabaña tras apartar el sofá a un lado (mientras Karma se aferraba a él con las garras) para asegurarse de que tuvieran espacio de sobra.

Annie no estaba muy segura del todo de para qué, pero sospechaba que él solo quería mantenerlas a salvo lo máximo posible y se engañaba a sí mismo pensando que el espacio marcaría alguna diferencia a la hora de intentar comunicarse con los muertos.

Crear algo bonito con lo que distraerse de una montaña de preocupaciones era la especialidad de Annie, así que había conjurado unos cuantos adornos mágicos adicionales para completar la escena.

Un suntuoso mantel de terciopelo verde cubría la mesa, con estrellas y lunas bordadas en los dobladillos con flecos.

Había llenado toda superficie posible de la cabaña con velas, transformado las llamas de la chimenea en un púrpura amatista, e incluso había reemplazado las cortinas de cuadros por unas oscuras y pesadas, tras prometerle a Hal que las volverían a cambiar en cuanto todo acabara.

Con unos cuantos pañuelos colocados sobre las lámparas, Annie tuvo que admitir que, a pesar de sus temores, el lugar tenía el aspecto perfecto para Halloween.

También, por supuesto, se había encargado de proporcionar la indumentaria adecuada para la ocasión.

Hal se había negado en rotundo a ponerse un poco de eyeliner que, según Annie, le daría un aire más oscuro a su look , pero había aceptado a regañadientes el hecho de que, al igual que las chicas, llevara puesta su capa del aquelarre para dar un toque de formalidad.

Annie había optado por un vestido de retales en tonos rosas y púrpura, con un poco de lavanda entretejida en su trenza para aportar un extra de suerte y calma.

Insistió en que Maeve, al menos, se pusiera un pequeño ramillete en el coletero.

Mientras Hal y Maeve buscaban una vieja bola de cristal que él juraba que estaba en algún rincón del cobertizo, Annie confeccionó un vestido sencillo para la chica, negro y con enormes mangas acampanadas.

Colgó unos cuantos amuletos de la suerte de plata (un pequeño lápiz de artista, una pila de libros y una estrella) a modo de cinturón y esperaba que Maeve apreciara el simbolismo de una pequeña llama plateada como toque final.

Las dos brujas, una ansiosa y la otra aprensiva, y el hechicero, siempre vigilante, se sentaron a la mesa, todos sumamente inseguros de en qué estaban a punto de adentrarse.

Sus rostros resplandecían a la luz de las velas, mientras el brillo de la chimenea acentuaba las sombras de la cabaña y las teñía de púrpura.

En el centro de la mesa, Hal colocó una bola de cristal polvorienta y la limpió con el extremo de su manga; la superficie bullía con las más tenues volutas de humo.

El movimiento hipnótico de la bola despertó algo en Annie y le recordó con tanta fuerza cómo el Splendidus Infernum la había atrapado que tuvo que apartar la mirada

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Maeve, con los ojos muy abiertos tras las gafas, que reflejaban las pequeñas mechas brillantes de las velas. Acercó la silla hasta que sus costillas quedaron pegadas a la mesa y se inclinó todo lo que pudo para observar la bola de cristal de cerca.

—Hay que colocar las palmas de las manos sobre la mesa —explicó Annie con calma. Si iban a hacerlo, al menos se aseguraría de que fuera siguiendo las reglas, paso por paso: una sesión de espiritismo como es debido—. Y las puntas de nuestros dedos deben tocarse.

Apoyó las manos sobre el mantel y enseguida notó cómo las yemas de los dedos de Maeve rozaron su mano derecha.

Las de Hal no tardaron en llegar y tocaron la izquierda.

Un instante después, quizá algo más valiente, él colocó la palma completa sobre el dorso de la mano izquierda de Annie y la apretó con fuerza.

Annie sintió que su corazón daba un vuelco ante aquel gesto de consuelo y estuvo a punto de echarse a llorar cuando, poco después, Maeve tomó la misma decisión.

La palma más pequeña se posó sobre su mano derecha.

Aunque aquello no bastaba para disipar del todo su miedo, fue como si se hubiera puesto una armadura sobre el vestido.

El cariño de los demás era algo muy poderoso.

—Ahora, cerramos los ojos. Maeve, pronunciarás el conjuro tal como lo hemos practicado. Y luego esperaremos y confiaremos en no encontrarnos con nadie… inapropiado —farfulló Annie, con un tono de aprensión en la voz.

—Te lo prometí hace tiempo, niña. Mientras yo esté de guardia, ningún fantasma va a molestar a nadie —recordó Hal—. Ambas estáis a salvo —añadió con firmeza.

Annie entrelazó los dedos con los suyos y le apretó la mano, como para que aquel gesto transmitiera lo que no sabía muy bien cómo decir en voz alta.

—Estamos listos, entonces —anunció Maeve; una sonrisa pícara le iluminaba el rostro a la luz de las velas.

Annie nunca la había visto tan emocionada, aunque la conocía lo suficiente como para reconocer que aquella confianza era, en parte, una manera de compensar sus nervios.

Le dedicó una débil sonrisa y asintió para que empezara.

Todo saldría bien. La chica era extraordinaria. Estaban a salvo. El Splendidus Infernum estaba fuera de su organismo. Annie se estremeció un poco cuando Maeve se aclaró la garganta y comenzó:

Trazad el aire con aliento de plata,

almas que vagáis tras la muerte ingrata.

Os damos voz para hablar aquí,

magia triple, escúchanos así.

Os llamamos para una palabra compartir,

sabiendo que de buena fe os vamos a oír.

Viajad desde las constelaciones,

acudid ante mis invocaciones.

Maeve tropezó un poco con las palabras y el ritmo del encantamiento, pero lo recitó con gran determinación y Annie sintió un orgullo tan grande que estuvo a punto de aplaudir. Se contuvo para no arruinar la delicada atmósfera.

Por un momento, pensó que el hechizo había fallado. Maeve entreabrió un ojo al mismo tiempo que Annie, y ambas se sorprendieron al ver que no pasaba nada. Annie notó cómo la palma de Maeve sudaba contra la suya, esa reacción traicionera que delataba lo mucho que se jugaban en ese instante.

De pronto, todas las velas se apagaron de golpe, de forma tan repentina e inesperada que fue casi audible. Su humo gris ascendió hacia el techo y dejó solo al fuego como fuente de luz.

Una suave brisa agitó las cortinas, a pesar de la quietud que reinaba en el prado tras haber pasado la tormenta.

Annie sintió que sus sentidos se replegaban sobre sí mismos con precisión milimétrica, en tensión absoluta.

Un poder silencioso vibraba a su alrededor, como si la propia cabaña contuviera la respiración.

El aroma, perfumado y embriagador, resultaba casi soporífero… de no ser por los movimientos que empezaban a cobrar forma.

La bola de cristal se iluminó de pronto.

Se encendió como un interruptor eléctrico: irradiaba un resplandor blanco azulado, tan suave e hipnótico que resultaba imposible apartar la vista.

Las volutas de humo comenzaron a danzar tras el cristal a medida que la magia de su hechizo a tres bandas cobraba vida, hasta que empezaron a filtrarse fuera de la esfera.

Annie reconoció aquella magia al instante, igual que la invocación de los espíritus dentro del maleficio al que había recurrido durante tanto tiempo.

El humo se espesó y subió hacia el techo sobre la mesa como una hiedra fantasmal, para extenderse por la cabaña hasta llenar la estancia de una bruma que se volvía violeta frente a la chimenea.

El aroma perfumado era sedante y embriagador, casi narcótico, si no hubiera sido por los movimientos que empezaban a dar forma a una imagen. Una silueta. Un cuerpo. Un espíritu.

—Me has encontrado, Maeve.

Annie se había preguntado si debía existir una conexión profunda, un vínculo de sangre entre el espíritu y Maeve; incluso había sospechado lo que podrían ser la una para la otra, pero no había sido capaz de comprender cómo encajaba todo.

Hasta ese momento, con los cuatro entrelazados por la brujería.

Reconoció la voz al instante. Una voz que conocía demasiado bien, después de tantas noches de escuchar su mayor arrepentimiento, su dolor más hondo y desgarrador. Una decisión imposible. Una hija amada a la que tuvo que dejar atrás.

Y al ver el rostro que acompañaba a esa voz, resultaba evidente. Maeve había visto la imagen y Annie había escuchado los quejidos. En la cabaña, ambos se unieron a la perfección, como las dos mitades de un corazón roto.

La madre de Maeve.

Annie miró de reojo a Hal para ver si él había logrado encajar las piezas por sí mismo y vio que lo tenía escrito en la cara. Estaba paralizado, sumido por completo en su preocupación por la chica. ¿Cómo demonios iban a explicarle eso a Maeve?

—Hola, mamá —susurró Maeve, cautivada. Tenía los ojos muy abiertos y vidriosos. Annie notó un leve temblor en su barbilla, pero la chica se armó de valor en un instante, como siempre hacía, y pronto la expresión de incertidumbre se transformó en una alegría pura y casi infantil.

Por supuesto que Maeve lo sabía. Como si alguna vez hubiera podido quedarse atrás frente a Annie a la hora de descubrir la verdad sobre cualquier cosa.

El corazón de Annie se hinchó de un orgullo protector; hacía mucho tiempo que se había resignado a que Maeve se las ingeniaría para ser más lista que ella de todas las formas posibles durante el resto de sus días.

El fantasma se deslizó hacia ellos desde la chimenea hasta situarse detrás de Maeve en el círculo.

—Quiero abrazarte —susurró Maeve.