Capítulo 26. La cosa más rara del mundo
LA COSA MÁS RARA
DEL MUNDO
D ebo de tener un aspecto espantoso —comentó Annie entre risas. Se apresuró a limpiarse los rastros oscuros de rímel de las mejillas, pero enseguida se arrepintió al ver las manchas negras que cubrían la manga de la camisa de Hal que se había puesto.
Hal soltó un «mmm» ronco y se recostó contra el brazo del sofá; la miró con un ojo entrecerrado.
—Estabas preciosa en el momento en el que te vi por primera vez y lo estás ahora. Si es posible, eres incluso más hermosa. —Le acarició con el pulgar el hombro, por el que se le había bajado la camisa.
Annie negó con la cabeza.
—Hace unas semanas estaba impecable… y mírame ahora.
—Oh, te estoy mirando con mucho detalle, créeme. Quizá me guste aún más este momento porque no estás amenazando con matarme con una cuchara de madera, no sé —dijo él.
—La amenaza sigue en pie —replicó Annie—. Siempre.
Estaba tumbada con la cabeza sobre su pecho, como si estuvieran hechos a medida el uno para el otro, igual que aquella mañana en que habían compartido la cama.
Pero esa vez no tenía que huir. Estaba cubierta por una de las mantas que ella había conjurado en su primera noche en la Cabaña Arden.
Poco a poco estaba recuperando el uso de los sentidos, y Annie notó que muchos de los detalles que había retirado antes de marcharse habían vuelto de forma sutil.
Quizá su hechizo se había desvanecido… Había muchas más botas llenas de barro junto a la puerta, varios libros abiertos a medio leer esparcidos por ahí y arreos de caballo abandonados en lugares inexplicables, pero todo convivía con algunos de los detalles que había conjurado en su momento, las partes más bonitas.
Incluso había una fotografía que Maeve les había hecho a los tres con Mage y Karma en un pequeño marco de madera sobre la repisa de la chimenea.
Todo parecía encajar: un hogar lleno de vida y de amor.
La sensación se multiplicaba con el sonido del fuego crepitante que Hal había conjurado en la chimenea.
Annie no había podido resistirse a usar su propia magia para añadir el aroma de malvaviscos fundidos junto al humo de la madera. Olía exactamente igual que Hal.
—Lo siento. Hay tanto que necesito contarte —musitó.
—Nada de «lo siento». Quiero que tengas ganas de compartir tus problemas conmigo, Annie, en lugar de verme como tu última opción. Como ya te dije, formamos un buen equipo.
—De verdad que quiero, lo juro. Es solo que todo esto es muy nuevo para mí, como concepto. Estoy acostumbrada a ocuparme de las cosas yo sola —respondió ella.
—Inténtalo —dijo Hal con sinceridad, a la vez que se incorporaba un poco—. ¿Por dónde empezamos?
—Por… un hechizo —se aventuró Annie, que apoyó la barbilla en su pecho para mirarlo desde abajo—. Mi hechizo.
Los ojos de Hal se entrecerraron mientras la observaba durante un instante extraño y silencioso; luego soltó un suspiro de alivio. Se apartó el pelo revuelto y una leve sonrisa apareció en sus labios mientras se recostaba de nuevo.
—Ya era hora de que por fin habláramos de eso.
Annie parpadeó.
—¿Hablar de qué?
—¿De tu hechizo? Lo de la bañera.
Annie estaba casi segura de que su corazón había dejado de latir por completo.
—Supe que pasaba algo raro en cuanto te vi —confesó Hal con un profundo suspiro y la mirada ausente, como si reviviera el recuerdo—.
Alguien echó abajo la puerta de mi casa y, al entrar, me encontré a una princesa y a un pequeño demonio escondidos detrás de mi sofá.
Pude sentir que había algo sobrenatural a tu alrededor, más que la brujería habitual.
Siempre se me ha dado bien detectar cuando hay magia oculta de por medio.
Supongo que viene de trabajar con animales, que suelen ser mucho más directos que las brujas y los hechiceros, pero…
Hal lo había sabido. Annie había asumido todo ese tiempo que Hal había estado bajo el hechizo tanto como cualquiera.
Que su perfección había tenido, al menos al principio, un papel en sus reacciones pacientes y tiernas ante sus manías.
Que debía de ser la razón principal de sus inusuales muestras de amabilidad y tolerancia.
Incluso más tarde, había creído en el fondo que sus sentimientos no habían sido nunca más que un efecto residual del Splendidus Infernum .
Una obligación encantada de quedarse a su lado.
—¿Lo sabías?
—Digamos que fui atando cabos —refunfuñó él, un poco cohibido por haberlo revelado—.
Me llevó bastante investigar si algo como lo que tenía en mente podía siquiera existir de verdad.
A eso solía escaparme cuando tú ayudabas a la cría: muchas visitas a regañadientes a la Casa Hécate para usar la biblioteca después de alimentar a Mage.
Le dije a Morena que barajaba emprender un viaje a las islas Hébridas Exteriores para tener un encuentro con sirenas.
No estoy seguro de que se lo creyera. Me dijo que me comportaba como un…
¿cómo era la expresión? «Tonto enamorado», creo.
—Un rubor rosado se extendió por la parte superior de sus mejillas, por encima de la barba.
—La noche que Maeve estaba tan alterada, entraste tan rápido en la cabaña para cuidarla que te olvidaste de vaciar la bañera.
Primero tropecé con un montón de ingredientes invisibles para pociones y luego vi el color que tenía.
Pensé que se trataba de un animal herido o…
Podríamos decir que confirmó mis sospechas de que una poción así existía de verdad.
Pero conmigo no funcionó, ¿verdad? Nunca lo hizo.
Por… razones obvias —dijo él, con voz ronca pero suave—.
Desde el primer momento pensé que eras perfecta.
—Yo… —Annie se atragantó con las palabras y negó con la cabeza, demasiado conmovida y avergonzada para decir mucho más—. No sé ni por dónde empezar a contártelo.
—Bueno… —dijo Hal vacilante; un chispazo de magia brotó de su palma al rozarla mientras le levantaba la barbilla y se inclinaba para besarla—. Tenemos tiempo.
Annie sentía los párpados pesados; su cuerpo entero sucumbía tras tantas oleadas de adrenalina. Pero no podía dejar que el sueño ganara todavía. Volver a la Cabaña Arden había sido una distracción, pero garantizar la seguridad de Maeve seguía siendo su máxima prioridad.
—Hay algo más. Bueno, en realidad hay mucho más. Pero creo… —Tragó saliva, y se armó de valor para confesar verdades que le parecían de lo más arriesgadas—. Creo que estoy en peligro y Maeve también.
Hal frunció el ceño. La lluvia tamborileaba como un murmullo sobre el techo de paja y el fuego chispeaba impaciente. El golpeteo de un pájaro carpintero resonaba contra la pared de la cabaña mientras Annie se armaba de valor para contárselo todo.
El golpeteo persistió.
Se hizo más fuerte, más contundente. Annie se incorporó de golpe y agarró la manta para cubrirse. Miró hacia Hal, quien había fruncido el ceño.
—¿Esperas a alguien? —preguntó.
—No —dijo él, dubitativo, y se volvió a poner la camiseta mientras bajaba las piernas del sofá—, pero tampoco esperaba encontrarme esta noche con una princesa empapada y con el corazón revuelto en mi puerta… y aquí estamos. Quédate aquí —dijo con voz más firme al formular esta última petición.
Se dirigió a la puerta principal y, mientras Annie conjuraba a toda velocidad unos vaqueros para ponérselos, lo vio armarse de valor para abrirla.
Era plena noche, y el aroma a tierra mojada de la tormenta aún flotaba en el cielo negro como el carbón.
No podía culparlo por sentirse inquieto ante la posibilidad de recibir un visitante inesperado.
El corazón de Annie volvió a acelerarse, invadido por un repentino pavor.
Alguien la había seguido. Glory, Romily o cualquier otro miembro de la Sortiedad podía haberla acechado hasta aquí para descubrir adónde había huido.
La Sortiedad no era algo de lo que pudieras marcharte sin más, darle la espalda sin consecuencias.
Y estaban enfermos de una curiosidad siniestra por su estancia en la Cabaña Arden.
Annie se estremeció, a pesar del fuego crepitante.
Debería habérselo contado a Hal de inmediato, debería haber abordado el tema de la Sortiedad con él semanas atrás, haber confesado lo del Splendidus Infernum y todas las demás partes complicadas de su historia.
Pero aquello era como tirar del extremo de un ovillo de lana: se desenredaría más rápido de lo que pudiera imaginar.
Hal abrió la puerta de par en par, con todo el cuerpo tenso, en posición defensiva.
—Bueno, ¿puedo entrar o qué?
Annie soltó algo entre un chillido y un alarido.
Maeve estaba allí, expectante, con las cejas altas y arqueadas en señal de indignación, a la espera impaciente de una respuesta, como si Annie y Hal no debieran sorprenderse de encontrarla empapada en el umbral, con la maleta levitando a su lado.
Se sacudió los puños de las mangas de su abrigo largo, lo que salpicó agua sucia en todas direcciones.
Annie corrió hacia la puerta y casi la ahogó; apretó a la joven bruja empapada en un abrazo muy fuerte, sin importarle lo mojadas que quedaran su ropa y la camisa de Hal en el proceso.
Al principio, Maeve se mantuvo rígida, todavía enfadada, con una expresión de profundo disgusto en sus cejas oscuras.
Pero al cabo de un momento cedió, se dejó estrechar y rodeó a Annie con los brazos en respuesta.
—¿Cómo demonios has llegado hasta aquí? —dijo Annie, sin aliento.
—Hechicé mi maleta con una copia de ese hechizo de navegación que usaste en el bosque el día que nos conocimos. Por cierto, ¿por qué llevabas un maletín? ¿Y podrías soltarme ya? —dijo Maeve, con la voz amortiguada por el hombro de Annie.
Annie por fin la soltó, pero solo para poder sujetarla por los hombros y mirarla bien. De repente, el pánico se apoderó de la alegría del reencuentro.