Capítulo 25. Magia encendida
MAGIA ENCENDIDA
T ras dejar al resto con el marrón en las manos, literalmente, Annie se recogió la falda y atravesó el salón de baile a toda prisa.
Apartó tanto a los miembros de la Sortiedad como a los Emisarios, por una vez sin importarle su opinión ni lo que pensaran, mientras corría convertida en un torbellino de color rosa, maquillaje corrido y pelo alborotado.
Ya lo superarían. En un siglo o dos. De hecho, Annie sabía muy bien que a los herederos de hechizos les encantaría tener más cotilleos sobre los Wildwood de los que alimentarse; los asuntos antiguos empezaban a resultar aburridos.
Era justo lo que habían estado esperando: otra oportunidad para descoserle las costuras como a una muñeca de trapo, y ella estaba encantada de complacerlos si eso significaba no tener que volver jamás a su codicioso control.
Annie salió del teatro Tempestad y se topó con una lluvia torrencial que calaba hasta los huesos.
Caía en cortinas implacables sobre la imagen borrosa del parque Richmond.
El baile de Samhain siempre traía consigo feroces tormentas, resultado de tanta magia de alto nivel concentrada en un espacio reducido.
En años anteriores, se había deleitado con el encanto de todo aquello, hipnotizada por la sensación de dejarse envolver por el polvo de estrellas, pero esa noche Annie no veía la hora de dejarlo todo atrás.
Sus faldas vaporosas y brillantes desprendían una estela mientras cruzaba el parque bajo la tormenta y dejaba a su paso un sendero de barro, hasta que corrió lo suficiente como para estar segura de que nadie la seguía.
Se detuvo un momento para recuperar el aliento.
A su pesar, una parte de ella, antigua y muy arraigada, todavía esperaba que Romily corriera justo detrás, lista para hacerla girar y decirle que había cometido un error tremendo al abandonarla por las demás, que debería haber elegido a Annie desde el principio.
Pero eso nunca ocurriría. Y tampoco era lo que de verdad anhelaba.
Ni la disculpa ni aquel falso intento de amistad importaban ya.
Su corazón ya tenía un hogar. Había dos personas que la habían elegido.
Annie se dejó caer contra un robusto roble y se refugió bajo sus ramas extendidas y nudosas para resguardarse de la lluvia que empezaba a inundar el parque.
Su vestido estaba empapado, los mechones del pelo se le pegaban a la cara y las gotas de agua le caían de las pestañas y en los labios.
Jadeaba para recuperar el aliento, y se secó la cara con el dorso de la mano, que estaba igual de empapado.
No se había parado a pensar, al quemar todos sus puentes allí atrás en un arrebato tan feroz, que necesitaría dar un siguiente paso.
En realidad, no había pensado demasiado en nada… hasta entonces.
Tenía que llegar hasta Maeve y mantenerla a salvo de lo que sin duda sabía que serían complicaciones. Pero para eso necesitaría ayuda.
Annie sabía adónde quería ir. El problema era…
bueno, había varios problemas, pero el más acuciante era que no tenía ni idea de cómo llegar allí.
Por lo general, para teletransportarse se necesitaban al menos unas coordenadas o una ubicación concreta en mente, pero Morena nunca le había explicado con exactitud dónde encontrarla.
Annie solo podía esperar que su magia tomara la iniciativa y completara un hechizo de teletransporte bastante precario en su nombre.
Un rayo cruzó el cielo nocturno, una línea blanca, brillante y definida.
Tenía que ser rápida. No era seguro estar a la intemperie.
Annie volvió a salir a la lluvia, e inclinó la cabeza para sentir el frío caer sobre su rostro.
Gritó al aire.
—Por favor, por favor. Magia, si es que me escuchas…
, necesito ayuda. Necesito ayuda —repitió, para acostumbrarse al sonido de esas palabras poco familiares—.
Llévame a la Cabaña Arden. Por favor. —Annie apenas podía oírse a sí misma por el estruendo de la lluvia torrencial que chocaba contra las copas de los árboles, a pesar de que estaba gritando—. ¡Tengo que ir a casa!
Debería haber sabido que siempre podía confiar en su propia magia.
El instinto de una bruja era uno de sus mayores activos.
No solo podía arreglar las cosas para otros, sino también para sí misma.
Annie sintió que sus pies se elevaban del suelo empapado, tan mojado y resbaladizo que se deslizaron fuera de los tacones de cristal que había elegido con tanto cuidado para el baile.
En medio de la tormenta, la bruja rosa, sola en el parque, se desvaneció.
Solo quedaron atrás los zapatos, y entonces un brillante rayo cayó sobre ellos con tal precisión que estallaron en pedazos.
Annie se desplomó en un montón de tul empapado; el peso de las faldas mojadas la hizo perder el equilibrio.
Resopló y se apartó el pelo de la cara, para encontrarse al retirar la mano una mancha de rímel negro en el dorso.
Todo aquello resultaba muy poco glamuroso, y no era, ni de lejos, como se había imaginado ese momento.
Aunque tampoco es que se hubiera atrevido a imaginar que alguna vez volvería.
Allí estaba la cabaña, al otro lado del prado, tal como la había dejado, aunque estaba claro que más empapada por la lluvia esa noche; la hierba húmeda se le pegaba a las faldas y dejaba manchas de barro en el tul.
Una columna de humo tenaz se elevaba por la chimenea a pesar de la lluvia, y el aroma a leña quemada apenas se percibía frente a la humedad del exterior.
Annie intentó decidir si aquello que veía tras las dichosas cortinas de cuadros era una silueta.
Tras haberse teletransportado hasta allí, con la magia encendida, la rabia y la pasión empezaban a diluirse en incertidumbre.
El miedo a que aquello hubiera sido una mala idea.
Porque, si lo era, no estaba segura de qué vendría después.
Solo había un lugar donde quería estar, un lugar que fuera lo bastante seguro como para intentar recomponer su corazón y empezar de nuevo.
Con cautela, se dirigió al porche, arrastrando su vestido rasgado por el barro.
Hacia el resplandor dorado que se filtraba a través de los cristales de las ventanas, que se reflejaba en cada gota de lluvia como si fueran chispas mágicas propias del prado.
Un faro que la guiaba hacia un lugar seguro tras haber estado perdida en el mar durante tanto tiempo.
Se sentía desconectada de su cuerpo; notó cómo sus pies descalzos se hundían en la tierra húmeda y le salpicaban las piernas; luego, la firme y familiar suavidad de los tablones del porche bajo sus dedos.
El sonido de la lluvia torrencial se había intensificado, y resonaba contra el techo de paja.
Llegó a la puerta principal, tomó una única bocanada de aire para armarse de valor y contuvo el aliento.
Estaba allí. Era real.
Sintió como si el mundo hubiera dejado de girar al levantar la mano para llamar a la puerta.
Antes de que tuviera oportunidad de hacerlo, la puerta se abrió de golpe.
—Tenía que volver a casa —dijo con la voz quebrada.
El momento quedó suspendido entre ellos, como si el universo se hubiera detenido, como si el aire mismo se hubiera convertido en algo sólido e inamovible y esperase a que decidieran qué pasaría a continuación.
—Tu lugar está aquí, ya lo sabes —dijo él en voz baja.
Annie asintió.
—Lo sé.
Hal dio un paso hacia ella. Iluminado por la luna perlada tras la lluvia y el cálido resplandor que escapaba de la cabaña, se movió despacio para sostenerle el rostro con ternura entre las manos.
Annie lo vio tragar saliva, con la mandíbula tensa de forma apreciable mientras le acariciaba la barbilla con delicadeza.
Le levantó con suavidad el rostro para inclinarlo al encuentro del suyo bajo la luz, como si acabara de descubrir un gran tesoro y no terminara de confiar en que fuera real.
Allí donde él la tocaba, un chasquido de su magia cobriza chispeaba y siseaba al entrar en contacto con la lluvia.
A contraluz, en el umbral de la puerta, Annie podía ver su pulso, que latía con fuerza en la base de su garganta.
Su respiración se había vuelto pesada; el pecho subía y bajaba bajo su suave camisa de lino.
Otro estallido de magia, visible y tangible, surgió entre ambos: chispas que saltaban de su piel desnuda a la de ella.
La de Annie respondió del mismo modo: dejaba tras de sí pequeños estallidos de humo y calor, brasas en la lluvia.
Entonces, de repente, el fuego se encendió.
La frágil calma del momento desapareció en el instante en que sus labios se tocaron.
Hal la levantó en volandas, para atraerla hacia sí con todas sus fuerzas, y acortar de un solo movimiento la exasperante distancia que los separaba; la abrazaba con tanta fuerza que parecía que sus brazos la envolvían por completo y no estaban dispuestos a soltarla.
Como si hubiera decidido aferrarse a ella para siempre, antes de que desapareciera de nuevo ante sus ojos.
Por suerte, su antebrazo le rodeaba la cintura con firmeza: Annie sintió que las rodillas le fallaban y la espalda se le arqueaba mientras acoplaba su cuerpo al de Hal.
Su magia se avivó con ese contacto que deseaba en silencio, como si se lo hubiera pedido a las estrellas, desde la primera vez que él le mostró su inquebrantable bondad.
—Te he echado de menos —logró susurrar Annie.
Sus poderes, llenos de vida y energía, se enroscaban a su alrededor como enredaderas invisibles.
Como dedaleras trepadoras y dalias en flor, las chispas los envolvían mientras todo el cuerpo de Annie vibraba en respuesta a su contacto firme y hechizado.
Esperaba que él también lo sintiera, pero la forma en que sus dedos se cerraron sobre su vestido lo confirmaba.
Las manos de Hal se hundieron en su pelo empapado y se lo apartó de la cara para que sus labios pudieran recorrerlo por completo, como si intentara besar cada gota de lluvia hasta hacerla desaparecer.
Sus labios descendieron por su mandíbula, bajaron por su cuello con una respiración entrecortada y regresaron a su boca de una forma que parecía hecha a medida para una tormenta de octubre.
El aire a su alrededor brillaba como una ola de calor, un espejismo de magia que se extendía de bruja a hechicero, que atrapaba reflejos y convertía las gotas de lluvia en luciérnagas.
La vida podía ser así de hermosa si se dejaba que el caos tomara las riendas, aunque solo fuera por un instante fugaz.
Por fin, Annie se separó de él para recuperar el aliento, aunque estaba bastante segura de que habría sacrificado algo tan insignificante como el aire con tal de vivir ese momento un poco más.
—¿De verdad eres real? —preguntó Hal con voz ronca y la mirada nublada.
Annie rio y asintió con timidez.
—Creo que sí. ¿Y tú?
—No estoy seguro —dijo él—. He soñado con esto demasiadas veces como para no dudarlo.
Ella volvió a reír, de repente cohibida de una forma deliciosa y dulce, ambos sin aliento y con los ojos brillantes y salvajes.
Él volvió a atraerla hacia sí con un beso un poco más suave que el anterior, menos frenético, pero no menos apasionado.
Annie podía sentir el cariño y la preocupación detrás del gesto, tan apasionado como el deseo y la premura.
Sin romper el beso ni dejar de rodearle la cintura con el brazo, Hal los hizo girar y los guio con un leve tambaleo más allá del umbral de la cabaña. Cerró la puerta principal de una patada a sus espaldas, antes de dejarse caer contra ella, y atraer a Annie hacia él.
—¿Tienes frío? Seguro que tienes frío —murmuró contra sus labios, con la voz cargada de deseo. Se movieron juntos, y Annie le subió la camiseta a Hal por encima de la cintura para deslizar las manos por sus caderas; jadeó al sentirlas heladas.
—Ya no.
En medio del torbellino de pensamientos sobre Hal, el hogar y el corazón, Annie se preguntó cómo podría superar alguna vez aquella sensación.
Quizá nunca lo haría. La retendría para siempre.
Era algo embriagador, consuelo y pasión a partes iguales.
Qué afortunados eran de haberse encontrado, de quererse tan profundamente y con seguridad, y de sentir ese amor correspondido de una manera que hacía chisporrotear la magia.