Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 24. Serpientes #3
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Capítulo 24. Serpientes #3

—¡No lo sé! ¿Vale? —Se incorporó de un salto y se acercó a Annie despacio, como si acechara a una presa—.

Por una razón o por otra, mi madre está fascinada por completo contigo y con tu patética amiguita.

Y, sin embargo, aquí sigues, dando vueltas en círculos, desesperada.

«¡Pobre de mí, pobre de mí!» ¡Es tan propio de ti ser así de egoísta!

La confesión torrencial de Romily fue tan repentina y contundente…

Cada palabra que salía de aquellas tres brujas estaba tan cargada de malicia que el suave silencio que llenó el baño después resultó fuera de lugar, incompleto.

Annie supuso que aquel era el espacio que debía ocupar su rabia, pero ni aun así lograba invocarla del todo.

Era como un motor que necesitaba un empujón, pero ella ya no tenía fuerzas.

Tal vez porque sabía que era inútil, porque ese iba a ser el resultado tarde o temprano.

Sabía que, algún día, se desviaría del camino que con tanto cuidado había trazado y descubriría pruebas fehacientes y desagradables de que a ninguna de esas personas le importaba de verdad.

Que ninguna de ellas la consideraba más allá de lo que ella pudiera ofrecer en un intercambio unidireccional.

Hacía todo lo posible por no ser egoísta, por no decir nunca que no…

incluso cuando de verdad, de verdad de la buena, quería hacerlo.

Y todo eso solo había servido para que la quisieran mientras pudiera ser útil.

Ella solo era lo que podía aportarles. Romily, Vivienne, Harmony, Cressida, la Sortiedad… Ninguna la quería.

Pero había otros que sí. Tenía la suerte de que eso fuera cierto.

—Ojalá no hubiera tardado tanto en darme cuenta —se dijo Annie a sí misma.

—¿Darte cuenta de qué? —cuestionó Vivienne con fastidio, a la vez que adoptaba una postura despreocupada, como si estuviera aburrida.

Annie soltó una risita.

—No existe suficiente perfección en el mundo para complaceros, ¿verdad?

La confesión se suspendió en la penumbra como una constelación. Una vez que la mantuvo en su sitio, brilló con más intensidad. Podía verla allí, frente a ella, con palabras reales.

—Nunca, jamás, sabréis hasta qué punto intenté estar a vuestra altura.

Todas vosotras. Os tenía subidas a pedestales, mientras yo me quedaba abajo y dejaba que pisotearais las partes de mí que merecían estar ahí arriba tanto como vosotras.

¿Y por qué? ¿Para qué? ¿Para sentir que hay perros salvajes que me muerden los talones el resto de mi vida?

¿Como si por un pequeño tropiezo o un paso en falso fuera a terminarse la carrera y me devorasen?

—¿No crees que estás siendo un poco dramática? —gruñó Romily.

—¿Dramática? —dijo Annie con calma, con un brillo nuevo en los ojos.

El silencio volvió a caer como si alguien hubiera extendido una sábana de seda sobre ellas, un silencio perfecto que ondulaba en el aire.

Y, de entre todos los momentos y lugares en los que pensar en ese instante, la mente de Annie retrocedió a aquel paseo por el bosque con Maeve, cuando buscaban a Karma.

Sabía lo que Maeve, inteligente y fuerte, querría que hiciera.

—Ten cuidado con lo que deseas, Romily.

Annie respiró hondo. Apretó los puños, echó la cabeza hacia atrás y sintió que un sonido brotaba de ella con tanta intensidad y furia que podría haberle desgarrado la garganta.

Gritó. Gritó de verdad. Su rabia abrasaba, un aullido de sirena horrible y agudo, ondulante y… fantástico. Imperfecto, feo y libre.

Antes de que pudiera detenerlo, su magia lo reflejó todo de dentro hacia fuera.

Una intensidad así, cuyo origen fuera una bruja, siempre se manifestaría también en sus poderes.

Annie era volcánica; su magia, candente y abrasadora.

La energía chisporroteaba entre sus dedos mientras gritaba.

Antes de que pudiera siquiera procesar o controlar la necesidad de detenerlo, la magia salió disparada de sus palmas en explosiones de energía cinética.

Había estado reprimida en su interior, contenida durante tanto tiempo, que estaba a punto de estallar al salir a la superficie.

Era el resultado de toda una vida de contención.

Las paredes de espejos de la habitación se agrietaron justo cuando su voz lo hizo y luego estallaron en mil pedazos.

Cintas de cristal cayeron en cascada por el aire. Romily, Vivienne y Harmony se cubrieron la cabeza con los brazos para protegerse de la explosión. Annie se dobló, sin aliento, con los ojos llorosos y el pelo revuelto mientras chocaba contra la pared del baño.

Finalmente, el último trozo de cristal tintineó de forma inestable y luego cayó de lado con una nota final.

Ya era suficiente.

Annie respiró hondo y una pequeña y tímida sonrisa se dibujó en un lado de sus labios.

Dejó escapar un suspiro de satisfacción.

—Qué bien me ha sentado.

Romily se puso en pie con cuidado, con una mirada de asco y furia en los ojos mientras se tambaleaba con los tacones rotos y el vestido destrozado y hecho jirones.

—¡Puaj! —gritó Harmony.

—¡Estás loca! —chilló Vivienne.

—¡Podrías haberme matado, Annie! —gritó Romily, furiosa.

—¿No crees que estás siendo un poco dramática, cariño? —preguntó Annie, con una sonrisa—. Solo está un poco patas arriba. Lo podéis arreglar vosotras solitas.