Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 24. Serpientes #2
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Capítulo 24. Serpientes #2

De repente, Ruby era Maeve en el comedor todas aquellas semanas atrás, y Maeve era Ruby, con todas sus brillantes y singulares peculiaridades.

Todo se volvió borroso. Annie solo lograba identificar un sentimiento de rabia defensiva, terrible y ardiente.

Sintió que su magia chispeaba. Tuvo que hacer acopio de todo su control para contenerse y no empujar a Vivienne en el pecho y hacer que se cayera sobre Romily.

Por fin podía ver la jerarquía del grupo, una en la que ella siempre se había mantenido en lo más bajo.

Era un contraste nítido frente a la equidad, la paciencia y el apoyo que la habían arropado en la Cabaña Arden.

Hacía mucho tiempo que sospechaba de lo que eran capaces sus supuestas amigas. Había experimentado los golpes y rasguños de su impacto durante toda su vida, pero verlo con tanta claridad fue como una bofetada aguda y punzante.

Se volvió hacia Romily, tratando de encontrar algún rastro de su vieja amiga, la versión más joven, amable y compasiva, que creía en algo más que las apariencias.

—Rom, vamos…

Por un breve instante, Annie creyó ver un destello de algo más tras los ojos marrones de Romily, pero desapareció antes de que pudiera siquiera procesarlo.

—Si no sigues el ritmo, te quedas atrás —dijo Romily con frialdad—. Y ahora mismo vas muy muy por detrás de todas nosotras, Annie. Esto… —Señaló el espacio que las separaba en la habitación—. Bueno, empiezo a preguntarme si todavía funciona.

—A Ruby se le ha acabado el tiempo, Wildwood. Ten cuidado de no terminar igual —la interrumpió Vivienne.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Cuanto más tiempo te quedes en ese lado de la habitación, más fácil nos será a las que estamos aquí olvidar por qué narices aún cuelgas de un hilo de segundas, terceras y cuartas oportunidades —sentenció Vivienne.

—No… Yo… lo siento.

Annie podía oír a alguien pedir perdón con un tartamudeo apenas audible, pero no parecía que ninguna de ellas hablase.

La boca de Romily estaba cerrada, las cejas de Vivienne arqueadas y Harm distraída con su propio reflejo en el espejo de enfrente.

Debía de ser su propia boca; de algún modo, era ella la que se disculpaba.

Repetía «lo siento», para expiar esa traición constante y despreocupada.

El impulso estaba grabado en su interior tras todos estos años.

Pero, por primera vez, se dio cuenta con una claridad brutal de que no sentía ni una palabra de lo que decía.

—No pasa nada, Annie. Siempre cometes tantos errores tontos que ya estamos acostumbradas —achacó Romily con dulzura. Extendió un brazo hacia ella para animarla a que le tomara la mano—. Volvamos. ¡O nos perderemos la fiesta!

—¡Vamos, ven a bailar! —Harmony cruzó la habitación de un salto para tirarle del brazo, pero este cayó inerte junto a su costado. Harmony regresó al grupo como un animal confundido.

—La fiesta. —Annie asintió despacio mientras reflexionaba sobre cómo todo podía desarrollarse con total normalidad justo al otro lado del baño, mientras su intrincado sistema de creencias se desmoronaba—.

Queréis volver a la fiesta. ¿Queréis fingir que todo sigue siendo perfecto?

—El volumen de su voz se elevó por sí solo, hasta que el final de la pregunta se convirtió en un grito.

Se tapó la boca con las manos, como si intentara meter las palabras de nuevo hacia dentro.

La sensación que le producían la rabia y el dolor, auténticos y viscerales, parecida a un terremoto, era tan volátil, tan impredecible, que parecía reflejarse en su tono.

Su grito hizo que Harmony, Vivienne y Romily se sobresaltaran; sus cejas se arquearon al unísono.

Se lanzaron una mirada furtiva de duda, sin saber muy bien qué rumbo tomarían las cosas.

Annie recuperó su compostura y se la puso con cuidado, como quien se enfunda en una bata de seda. Con los ojos cerrados y una respiración serena, suavizó de nuevo su voz.

—¿Por qué me habéis mantenido a vuestro lado todos estos años?

Romily soltó una risita y luego puso los ojos en blanco cuando Annie no se rio con ella.

—No sé a qué te refieres. Actúas como una loca. Deja de imaginarte cosas —dijo mientras se encogía de hombros; el brillo de su precioso vestido centelleó bajo la luz tenue.

—No puedo fingir más que todo esto es normal y que está bien —dijo Annie—. Pretender que no me vais a hacer lo mismo que a Ruby en cuanto dé un paso en falso. Fingir, fingir y fingir. No puedo más.

Miró a Romily con ojos suplicantes. Tenía que haber alguna señal de que la chica que una vez había conocido seguía ahí, en algún lugar.

—Todo el mundo parece estar bien. ¿Por qué eres la única que está disgustada?

Te queremos, Annie. Lo sabes. —Romily volvió a tenderle la mano, con más insistencia.

Annie la miró con expresión vacía, como si su propia mano estuviera desconectada de su cuerpo.

Quiso sentir de nuevo esa alegría en el pecho que siempre surgía cuando Romily le mostraba cualquier tipo de afecto.

Quiso que todo volviera a ser familiar y fácil. Pero esa vez no fue así.

—Vais a libraros de mí también, ¿verdad? En cuanto me niegue a ayudar con lo que sea que se traiga tu madre entre manos, con ese interés por Maeve Cadmus.

Se hizo el silencio.

—Ah, y la moneda cae en el caldero con un golpe estrepitoso. —Vivienne puso los ojos en blanco.

—Viv —dijo Romily, con tono de advertencia.

—Oh, venga ya, Romily. Estoy harta de esta conversación pomposa y patética mientras hay una pista de baile llena de hechiceros que esperan a que juguemos con ellos.

Annie lo intentó de nuevo, con los puños cerrados.

—¿Qué quiere tu madre de ella?

Vivienne la fulminó con la mirada.

—Harías bien en hacer menos preguntas, Wildwood.

La Sortiedad tiene un talento excepcional para hacer que la gente…

desaparezca si deja de ser útil. —Annie vaciló—.

¿Has sabido algo de tu madre en los últimos tiempos?

—preguntó Vivienne, un poco más bajo, para dejar que la pregunta capciosa flotara en el aire.

Romily se dirigió hacia el lavabo y se encaramó a la encimera, con un movimiento muy fluido, y luego volvió a mirarse al espejo. Empezó a recolocarse la tiara con un destello de magia.

—Annie, no hagas preguntas cuya respuesta no quieras saber, cariño.

—¡Dímelo! —demandó Annie otra vez.

Romily se sobresaltó y también gritó.