Deshechizada (Reembrujada 2) Capítulo 24. Serpientes
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Capítulo 24. Serpientes

SERPIENTES

A nnie se recogió la falda mientras se abría paso entre la multitud que inundaba la pista de baile, un laberinto de hombros pegados y codazos.

Atravesó el gentío y empujó las puertas de la parte trasera del teatro, para inhalar de golpe el aire frío que refrescó sus hombros desnudos.

Un largo pasillo se desplegaba ante ella, con paredes verdes revestidas de papel damasco oscuro y retratos de siglos de miembros de la Sortiedad.

El repiqueteo de sus tacones contra el suelo le sonaba como el tictac de los segundos, una cuenta atrás al ritmo de su pulso acelerado.

Abrió con un empujón la puerta del baño y se detuvo en seco.

—¿Ruby?

Ruby estaba encogida junto a los lavabos, con las rodillas pegadas al pecho y la espalda rígida contra la porcelana.

Tenía las manos entrelazadas con fuerza alrededor de las piernas y la cabeza gacha.

Annie se quedó tan desconcertada al verla que tuvo que obligarse a reaccionar, a moverse y correr a su lado.

Era como si la hubieran transportado de vuelta a la Cabaña Arden, y viera a Maeve en ese mismo estado de fragilidad, cuando se hacía tan pequeña como podía ante el miedo.

Pero no era Maeve. Era Ruby. Su amiga Ruby, que en el poco tiempo que se conocían tantas veces la había defendido y, sin saberlo, había sido su escudo.

Al tropezar con el vestido, Annie se arrodilló frente a la chica y la agarró por los hombros.

—¿Qué pasa? ¿Qué te ocurre?

Ruby levantó la vista, con la frente apoyada en los brazos cruzados, y miró a Annie con los ojos rojos e hinchados; unas manchas de rímel le salpicaban el rostro. Se frotó la nariz con el dorso de la mano.

—Este sitio, la presión… No sé cómo lo haces, Annie.

La aludida frunció el ceño, sin entenderlo.

—¿Hacer qué?

—La Sortiedad. Nos van a echar… a mi familia. A mí, a mis hermanos y a mis padres. Nos van a desechar como si ni siquiera importáramos, y todo es culpa mía.

A Annie le dio un vuelco el corazón, mientras las llamas de la empatía se avivaban de la forma más feroz.

Conocía demasiado bien esa sensación: el rechazo, las dudas, el dolor punzante…

Pero debía de haber algún error, ¿cómo podían haber decidido que Ruby Wrathshade no era lo bastante buena?

No tenía sentido. Ruby era uno de los rayos de sol más vivaces y brillantes que Annie había conocido jamás.

Su familia era amable, humilde y generosa, siempre dispuesta a incluir a los demás, igual que Ruby había hecho con ella.

Quizá ese era el problema.

—No me puede dar más igual lo que piensen de mí, nunca me ha importado ni me importará.

Pero ¿mis padres? Ellos solo querían encontrar a los suyos, sentirse integrados…

y yo les he arruinado esa oportunidad. ¿Cómo se lo voy a decir?

Los va a destrozar —se lamentó en voz más baja, sin apenas poder terminar la frase antes de que sus palabras se vieran interrumpidas por unos sollozos profundos y tristes.

—No lo entiendo. —Annie negó con la cabeza—. ¿Cómo lo sabes? ¿Y por qué os expulsarían? ¡Eres… eres maravillosa! Toda tu familia lo es.

—Glory me citó para una «conversación delicada».

—Ruby marcó las comillas con los dedos en el aire—.

Al parecer, alguien les dijo a los Emisarios que yo era una deshonra, que avergonzaba a los miembros de la Sortiedad.

Que no cumplía con los estándares que esperan de los herederos de hechizos.

Pero… —sorbió por la nariz— no entiendo qué he hecho mal. Solo he sido yo misma.

—Oh, Ruby. —Annie sentía cómo el corazón se le rompía al unísono con el de su amiga.

Se sentó a su lado en el suelo y la abrazó con fuerza para que pudiera apoyar la cabeza en su hombro.

Al menos había habido una razón sólida e inamovible para que expulsaran a Griffin y a Cressida.

Pero lo de la familia de Ruby no era más que puro esnobismo, malicia y prejuicios—.

No has hecho nada malo, por favor, no pienses eso.

—Annie, puedo confiar en ti, ¿verdad? ¿Somos amigas?

—Ruby, que por lo general se mostraba tan segura de sí misma, tan confiada en su forma de ser y de moverse por el mundo, tan ajena a la opinión de los demás, parecía vulnerable a más no poder al hacer esa pregunta.

Y algo cambió dentro de Annie al verlo. La Sortiedad había conseguido sacar a la luz esa parte expuesta y vulnerable de una mujer que, hasta verse envuelta en todo aquello sin querer, lo más probable es que nunca hubiera tenido que hacerse esa pregunta.

Annie los odió por ello, por hacerle eso a Ruby.

Le hizo preguntarse qué le habían hecho a ella también.

—Somos amigas. —Annie le dedicó una sonrisa que esperaba que fuera lo más reconfortante posible.

—Eso pensaba —respondió Ruby, con una débil sonrisa como respuesta mientras volvía a secarse la nariz con la manga acampanada—. No sé cómo arreglar esto. Por mi familia. Tiene que haber una forma. A ti te dejaron volver, ¿no?

Annie le acarició el pelo mientras miraba hacia el cuarto de baño.

—Lo hicieron. Pero no sé si va a durar demasiado. Todo es tan… superficial. Tan precario. No puedes obligar a la gente a que le gustes, Ruby. Esa es una verdad fría y dura que alguien intentó enseñarme hace poco.

—Pues qué mal.

—Un poco —admitió Annie—, pero la otra cara de la moneda es que así las personas a las que sí les gustas, las que de verdad te entienden, te hacen sentir como si fueras mágica.

Ruby negaba con la cabeza, solo escuchaba a medias.

—Precario. ¿Qué tiene esa palabra? Sale a relucir todo el tiempo por aquí. Tienes toda la razón —dijo Ruby—. He sentido que nadaba a contracorriente todo este tiempo. Estoy agotada. Es horrible.

—Lo es, pero las personas adecuadas no son precarias —le aseguró Annie—. Dan seguridad y son constantes. Sientes que van a estar ahí siempre.

Hal cruzó por su mente durante un instante.

La puerta del baño se abrió de golpe y chocó contra la pared con tal estruendo que Annie y Ruby se sobresaltaron.

Romily, Vivienne y Harmony entraron a trompicones, se detuvieron un instante al ver la escena y enseguida estallaron en carcajadas.

Romily fue la primera en recomponerse; le dio un golpecito a Vivienne, que a su vez se lo pasó a Harmony, aunque con bastante más fuerza.

—¿Qué demonios ha pasado aquí? —preguntó Romily, con una expresión de preocupación poco convincente en el rostro.

—Ay, querida Rubes, ¿se han quedado sin canapés? —se burló Vivienne, con un puchero.

—¡Annie, ahí estás! Nos preguntábamos adónde habías ido, pensamos que te habías caído dentro del váter. —Harmony arrastraba un poco las palabras, con tono animado.

Se retorcían unas contra otras, como serpientes. El brillo de su piel reluciente reflejaba la luz de las velas de la lámpara de araña con tal intensidad que parecía como si ellas también estuvieran hechas de cristal inmaculado y resplandeciente.

Annie se puso en pie y levantó con determinación a Ruby con ella.

—Supongo que mamá por fin te ha dado la noticia. —Romily focalizó su atención en Ruby—. Es una verdadera lástima; estamos todas muy tristes, de verdad. Pero a veces las cosas… no salen bien.

—Ya —escupió Ruby con frialdad.

—Sin rencores. Muchas brujas han descubierto que las Cuatro de la Fortuna las consideran insuficientes. La mayoría ha vivido para contarlo —añadió Vivienne, con una expresión tan complacida que a Annie le quemó la piel.

—Habla por ti. Para mí todo esto es nuevo —replicó Annie. No se atrevió a dejar que nada de aquello se reflejara en su rostro, pero sintió que una ira visceral se apoderaba de todo lo demás mientras le sostenía la mirada a Vivienne.

—Por supuesto que lo es. Déjame decirte, Annie, que hay muchas cosas que no sabes. No estás al tanto de todo lo que crees —respondió Vivienne—. Te vendría bien recordarlo de vez en cuando.

—¡Oh, cállate! Fuisteis vosotras tres, ¿verdad?

Vosotras sois las que habéis hecho que me echen —gritó Ruby desafiante, aunque la voz se le quebró un poco al final.

A Annie se le volvió a romper el corazón y apretó con más fuerza los hombros de Ruby.

No le cabía duda de quién había sido ese «alguien» que había traicionado a Ruby ante Glory; la mirada de suficiencia en el rostro de Vivienne lo confirmaba con total claridad.

Pero Annie sintió que su amiga se tensaba a su lado, como si se obligara a sí misma a erguirse—.

Claro que fuisteis vosotras. ¿Sabéis una cosa? Las tres estáis fatal de la cabeza.

—Pero bueno, qué borde —dijo Harmony, incrédula—. ¿Qué te hemos hecho nosotras? —vaciló—. Ah, claro… lo de las «amienemigas».

—Si hubiera dependido de mí, ni siquiera nos habríamos codeado con alguien tan vulgar para empezar.

Pero la filantropía es una parte fundamental de ser una buena persona; es lo mínimo que podíamos hacer.

Es el mismo motivo por el que Annie sigue aquí pegada, como la peste —comentó Vivienne, mientras una sonrisa perezosa se dibujaba en sus labios.

—No soporto mirar a estas tres brujas ni un segundo más. —Ruby hizo una mueca—. Me largo de aquí.

Se abrió paso a empujones entre Romily, Vivienne y Harmony y salió corriendo del baño.

—Ruby, espera… —gritó Annie.

Lo único que pudo hacer fue mirarlas, atónita. Se sentía como si estuviera frente a tres completas desconocidas. Quizá lo eran. Tal vez nunca las había conocido de verdad, sino solo a la versión de ellas de la que se había autoconvencido que eran.

—Qué rarita —le soltó Vivienne a Romily entre carcajadas.